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miércoles, 29 de julio de 2015

Auspicio

La lucha contra los femicidios y la violencia de género la debemos dar en diferentes espacios: en la calle, en las escuelas, en los medios de comunicación, dentro de las familias. Es tarea de todxs desnudar y exponer la cultura patriarcal, esa visión y práctica de vida androcéntrica heredada de generación en generación. 
“Hay criminales que proclaman tan campantes ‘la maté porque era mía’, así nomás, como si fuera cosa de sentido común y justo de toda justicia el derecho de propiedad privada que hace al hombre dueño de la mujer. Pero… ninguno, ninguno, ni el más macho de los súper machos tiene la valentía de confesar ‘la maté, por miedo’ porque al fin y al cabo, el miedo de la mujer a la violencia del hombre, es el espejo del miedo del hombre a la mujer sin miedo”, dice Eduardo Galeano en un juego de palabras revelador.
Promocionar y alentar la publicación de este libro es para nosotrxs una emergencia ineludible. Alejandra Rey apela a un registro literario donde la ficción incorpora lo metafórico que transforma la contundencia y la frialdad de los números (casos de femicidios cometidos desde 1980 hasta la actualidad) en un sentimiento universal que impregna toda la obra.
Todas las veces que me salvé, donde las mujeres “somos parte de una ruleta” que en cualquier momento “me puede tocar a mí”, dice la autora, expresa ese miedo a la violencia. Pero a la vez lo enfrenta y lo visibiliza, le pone números, nombres y apellidos, fechas… lo acerca y lo aleja de su vida, lo hace parte y lo expulsa… Todas las veces que me salvé expresa eso y denuncia.
Aten Capital, a través de su Secretaría de Derechos Humanos agradece a Alejandra Rey por permitirnos hacer llegar este libro a todos los colegios de la provincia, un espacio más donde la batalla cultural contra los femicidios y la violencia de género, se debe construir día a día.


viernes, 17 de julio de 2015

"Todas las veces que me salvé" - Preliminares




Soy mujer. Tengo treinta y cuatro años. Tengo una hija  mujer. Tengo muchísimas amigas mujeres, una pequeña hermanita, una mamá. Y tengo esta costumbre, o quizás esta  herramienta de escribir. Vivo en este país, hoy, ahora, donde cada treinta horas matan a una mujer. También tengo un hijo varón, pareja y varias ex parejas. Salgo todos los días a la calle, trabajo en la calle. Desayuno cada mañana leyendo los diarios. Miro, aunque casi siempre de reojo, la televisión. Me compro ropa y alguna vez he seguido alguna dieta. Llevo adelante una casa, a tropezones, con sus rutinas diarias. Todavía estudio. Paseo, aunque con menos frecuencia de lo que me gustaría, pero paseo al fin. Vivo; aún vivo, y las noticias me dicen que eso es simplemente una cuestión de suerte.
En nuestro país las estadísticas desnudan una tristísima realidad: cada treinta horas muere una mujer víctima de la violencia de género. Un femicidio cada treinta horas. Atroz. Y quizás sean más, puesto que no hay un registro oficial de esos asesinatos. Los medios relevan algunos casos, pero no la mayoría. Muchas mujeres son asesinadas en el anonimato.
            El propósito de este libro es amplio. Es una novela, porque no soy periodista, ni psicóloga, ni abogada, ni erudita en ninguna rama parecida. Soy simplemente una escritora de ficción. Pero esta ficción es cruelmente real. Cada caso que nombro lamentablemente sucedió.
                Sentarme a escribirlo no ha sido fácil. Ante todo porque leer los destinos que les ha costado la vida a ellas fue mucho más que triste; luego porque encontrar la información ha sido toda una odisea.  Y es por esto último que pido perdón a la memoria de todas las mujeres que no pronuncié, esas que a los ojos de la prensa, al menos al sector de la prensa que yo alcancé, siguen siendo invisibles.
            Me senté frente al papel con la necesidad, la urgencia de decir algo, y llena de preguntas. Quise poner sus nombres porque, aunque entiendo la importancia y la utilidad que tienen los números al momento de visibilizar realidades y generar las políticas necesarias para modificar situaciones,  siempre tuve un problema personal con ellos, me parecen fríos, vacíos.  Leí (leí mucho, no sólo los artículos sobre esas muertes, sino una variada literatura relativa al tema), lloré, maldije, putié. Y al final de todo me quedó grabada una idea: un femicidio es el asesinato de una mujer por el solo hecho de serlo, como una forma extrema de la violencia machista. Cada una de ellas podría haber sido cualquiera.
Este libro no pretende ser una recopilación con visión jurídica de casos, aunque he contado en él detalles de algunos, he nombrado condenas e impunidad; porque si bien la incorporación de la figura del femicidio como tipo penal ha sido un gran avance en pos de la visibilización y de la  justicia, cuando llegan la sentencias ellas ya no están. Claramente no me es indiferente que los femicidas estén cumpliendo una condena o anden sueltos por las calles, pero el grito  de estas hojas es que nos dejen de matar.

Este libro es una denuncia (y una autodenuncia), un grito, una voz; que va cargado de ganas de contagio; pero, por sobre todas las cosas, es una esperanza de reacción, porque esta historia podría tener un final muy triste, el peor de todos: que no tenga final.