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martes, 11 de febrero de 2014

Retazo de Oda

Raumboid se sentía mareado. No le disgustaba el mareo. Son las consecuencias del vuelo, esa instancia de la desorientación, de ver izquierda en derecha. Florecer… constante florecer sin raíces. Huérfano de ese néctar del olvido con que los días suelen convidar. He descubierto la bandera, esa que han plantado en mi cabeza. Y lo primero es el derrumbe. Saber que todo cuanto se sabe que existe bien podría ser una ilusión. Escombro sobre escombro, andando a tientas. Intoxicado. Encontrarnos, perdernos y buscarnos. Asumir la decepción. Todo deja huella, y uno no pierde la consciencia de la intoxicación. Aún cuando pienso libre dudo, pues quizás sea una fea jugarreta, una peor. Uno mira y duda. Duda y descubre. ¡No! Uno mira y duda; y ante la duda salen otra vez, corriendo, a taparnos los ojos, ahora con un oasis que creemos una iluminación. Y nos declaramos libres, sin notar que lo que estamos viendo es un barato cartel luminoso, un vez más el perfume venenoso que nos ciega. Ellos otra vez, manejando los hilos de la marioneta, haciéndole pensar que piensa. Si hasta cuando digo esto puedo estar tendiéndonos una trampa. No, por favor. No confíen en mí compañeros; no. Plantarán el traidor en el corazón de la revolución. No confíen en quien guía, en quien indica el camino a seguir. No. Ese es el vendido, a él han secuestrado. Creer de una voz certera. La fe nos ciega. Volvamos la realidad atea. El siguiente paso de su plan. Y así juega, juega y juega... haciéndonos caminar eternamente dentro de una esfera.  Es tiempo de parar.
Todavía estaba a tiempo.
¿Y si todo ese argumento fuera sólo la trampa para hacerme quedar quieto? Exagera. Siempre exageraba.

Debemos hacer nacer una memoria nueva.

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