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viernes, 10 de enero de 2014

Texto para censurar

Negros los silencios de tu
complicidad y sus agujeros, llenos de
 rencor, de ira, de rabia, sucios por donde los
 mires; de huellas que equivocan el camino,
 que siembran sobre las cabezas que
cosechan tus bolsillos; tus vueltos y las
monedas con que creés asegurarte el
paraíso; las sonrisas esquivas y las veces que
cruzás de vereda, tu amenaza de protección
 y tu constante abandono, las migajas con
que saldás tu indiferencia; tus oídos ciegos y
 los espejismos de tus rutinas de papel
madera; los acordes de tu concepto de
 cultura, frívola, repugnante, vacía.


Putos tus juicios ignorantes, el
conservante de tu figura, las cremas que
 usás a escondidas; tus horas de gimnasio y
el rubor de tus abdominales; el reflejo que
desde el espejo te mira, la combinación de
 tus zapatos y tu camisa; las lágrimas
 silenciosas y tu fútbol de maricas; tu
concepto de la palabra natural, tu sexo de
 reproducción y los cuernos que esconden
 tus amigas; tu aceptación, tu permiso, tu
tolerancia, tus reglas y tu moral asesina.

Extranjero, paragua, chileno, sudaca,
 bolita, tus asquerosas fronteras, tu finitud,
 tus límites y tus banderas; tu incapacidad de
amarme sea de donde sea; la insignificancia
 de tu himno, tu ejército y tus tierras; tu
estúpida clasificación de razas, tu perro con
papeles que acreditan importancia, el
pedrigí de tu abuela, su pelo rubio y la
tintura con que se tapaba las canas.

Gorda tu sombra de catálogo, el
sudor de tus dietas y tu discriminación; que
 me ajusta las puertas e intenta no dejarme
 pasar; tus maquetas de un mundo de una
sola medida y el temor de que allí algún día
sea a vos a quien no le quepan las caderas; el
hambre de las patas flacas de tus modelos
que menean el culo sobre tus resbalosas
pasarelas y tus vulgares deseos de hacernos
a todas anoréxicas.

Chorro tu aire acondicionado, tus
siestas en colchones de agua, la seda de tus
sábanas, tus días de Shopping y tu
aguinaldo; tu trabajo honrado, tu jefe, tu
asenso y tu patrimonio asegurado; tus hijos
de uniforme y sus colegios privados, tu
 medicina prepaga, tu empresa, tus ahorros y
su inflación; que nos sacan el pan de las
manos y nos acusan de vagos; que aún creen
que el que no tiene es porque no trabaja y
nos manda a limpiarle la mierda a los baños
de los adinerados, que nos encierra, nos
silencia, nos reprime, nos mutila, nos
margina y nos encarcela; que nos culpa del
 pánico al salir a la calle, esa misma selva
donde vos comés y yo no.

Discapacitado tu gobierno, que
jamás nos tiene en cuenta y tus votos en la
urna con su demagoga política de inclusión;
 tu escaso idioma que nos incomunica, tus
 veredas de obstáculos, tus carreras y tu
coeficiente de inteligencia; tu  estética
simétrica, cuadrada, ridícula, patética, que
hace raíz de las diferencias.

Débil tu sexo machista, tus gritos
obscenos, tus propuestas indecentes, tu
extorsión, tu intento de dominación, tu Idea
de poder y el señorío de mis piernas que te
hacen tambalear; tu rutina de roles, tus días
de paternidad y tus dudas sobre genes.

Hipócrita tu hija, tu mamá, tu
hermano, tu tío, tu vecino, tu amigo, tu
abuela; tus modelos para armar, tus planos,
 tus manuales de instrucciones, tus normas
de calidad, tu escala de eficiencia; tu vida
exitista, tu familia, tu nombre, tu apellido,
 toda tu genealogía y su descendencia; tu
 prudencia al encontrarte conmigo, tus
palabras medidas, tus políticamente
correctos, tus protocolos, tus buenos
modales, tus formas y sus etiquetas. Tu
onda ecologista, tus estandartes de paz, tus
 libros de autoayuda, tu optimismo y tu
energía positiva; tus clases de yoga, tu
ánimo de rivotril, mientras el hambre
camina por calles de supermercados
atestados de ofertas de comida.

Maldita esta rabia que no mide, que crece,
que no se esconde, que vomita; la
impotencia de sabernos tantos y sentirnos
tan solos; la insistencia en convencernos
sobre lo injusta que es la vida y tentarnos a
sonreír, sin dejar que al menos nos sintamos
egoístas, que nos llena de argumentos para
mirar hacia otro lado, que nos tilda de
intolerantes, de guerrilleros, de subversivos,
 de inconvenientes, y el silencio de la causa
de los pacifistas, que nos convidan a poner
 la otra mejilla; el merchandising de su
concepto de amor, que nos juzga por no
 estrecharle la mano a ese mismo que día a
día nos asesina.

¿Violento este escrito? Puede ser. Tenga el
 placer de recortar por donde usted quiera,
pues este es un texto para censurar por
donde crea que más le convenga.






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