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viernes, 24 de mayo de 2013

No escribo

No escribo porque mi mamá a mis dieciséis andaba con el borrador abrazado, el de mi primer libro, mostrándolo entre sus amigas, orgullosa; hoy siente orgullo de los hijos de sus amigas que han logrado un puesto bien remunerado por allí. No escribo porque el editor tiene demasiado material de ganancia garantizada como para detenerse un día a leer lo que le envío y decirme quizás sí. No escribo porque la dueña de la casa que alquilo tiene todo el derecho del mundo de esperar el pago antes del diez y enojarse conmigo si lo hago el último día del mes. No escribo porque la ropa se aja, se gasta, se rompe, y una vestida casi en harapos de lo que alguna vez pudo comprar, no es para nada coqueta. No escribo porque la impresora se cansa, no sirve, no imprime, me deja a pata, y diez libros por día es demasiado para ella y muy poco para mí, porque las manos llenas de tinta tampoco son sensuales y, mucho menos, redituables. No escribo porque me deja demasiado tiempo para vivir, entonces le demando a la gente atención en cosas que la presura de las obligaciones no considera importante, y es lógico, nadie vive de escribir.  No escribo porque la gente prefiere los libros de autoayuda, o los clásicos reconocidos, o como mínimo algo con forma de libro, y los míos cada vez son más rústicos, más desprolijos, más improvisados. No escribo porque nadie paga más de diez pesos por un título extraño de alguien que ni siquiera es conocido, y eso obliga a los amigos a comprarlos todos y pagar demasiado. No escribo porque escribir, seguir escribiendo, me aleja de la renuncia que la vida obliga, y ahí voy, de pies lejos de su lugar en el piso, cuando todo el mundo espera otra cosa de mí. No escribo porque la lucha cansa, sobre todo cuando se brinda contra mí misma, que me debato entre la angustia por lo que quiero ser y lo que soy en realidad, del sueño de la escritora a la insoportable vendedora de libros, que encima no tiene mejor idea que destilar, escribir, publicar. No escribo porque la perseverancia es buena, pero esto se ha vuelto una obsesión, porque el camino está lleno de señales de que estoy yendo en otro sentido, y porque es indefendible el argumento de que haya un enemigo haciéndomela difícil. Porque he dado todo por conseguirlo, pero mi todo siempre ha sido mucho menos que nada. Porque ya no tengo fuerzas para la perseverancia, porque la indiferencia en las calles lo vivo como un castigo y hasta en este texto hago culto del pobre de mí. No escribo porque se ha vuelto nocivo, me ha corroído hasta el hueso al punto de hacer de esta locura, una parecida, pero ridícula, tonta, absurda. Porque la plata no alcanza hasta fin de mes, ni hasta el principio, y nadie tiene la culpa de eso más que esa parte de mí, que algún día izó la bandera de los sueños posibles. Soberbia. Estúpida e ignorante soberbia. Porque los títulos pasan y nada queda, porque ni los que me aman alcanzan a sentarse a leerme. Porque ha de ser como dicen, un alter ego, y habrá llegado la hora de hacerme cargo de mí. No escribo porque si no sigo escribiendo, y las cosas se repiten en espiral, hacia adentro. Quizás el blanco y la abstinencia logren que estalle, y en el estallido cobre propulsión y me eleve y crezca y deje de ser este proyecto inacabado de mí. Por eso y por todo lo demás, no escribo. 

3 comentarios:

Amanda Beatriz Paz dijo...

Alejandra, me llegó hasta los huesos tu "NO ESCRIBO" me sentí tan pero tan identificada que tus palabras parecen haber salido de mi cabeza. Te felicito.

Alejandra Rey dijo...

Entonces, ¡misión cumplida! Mucha gracias, de corazón; vienen a ser algo así como las palabras que necesitaba. Beso

Horacio Beascochea dijo...

Bellísimo texto. Y escribí, lo que diga el resto, no interesa.

Beso grande