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martes, 28 de mayo de 2013

Declaración de Rebeldía

Aquellas épocas sin miedos, ¿te acordás?; esas donde sabíamos que la ilusión era casi una cosa cumplida. O los días de juegos, asumiendo personajes pintorescos, locos y pintorescos, todos los días. Las charlas pinceladas de valentía con todo y sus palabras; y el debate surgía en torno a cuál de todos los superhéroes uno elegiría para salvar a este pobre mundo de tanta desidia. Y hasta nos atrevimos a inventar uno, porque la nuestra era la imaginación más original. Allá había días de risas sostenidas, de caramelos y abrazos, donde amanecer renovaba la apuesta y encarábamos el día con afán de vivir la más inmensa aventura, aunque sólo se tratara de descubrir una nube con forma extraña, o rescatar alguna hormiga, o simplemente disfrutar del sol. Ese salir corriendo a los encuentros, permitirse a borbotones la emoción. Corríamos sin descanso, a pasos agigantados, y no teníamos idea de lo que significaba la asfixia. Horas llenas de ritual, de celebrar la vida. 
Quizás sea por eso que me resisto tanto a llevar el cartel de adulto, a resignarme a los esquemas que exige la vida; quizás por eso aún sigo teniendo estos vestigios de la pequeña atolondrada que iba tras lo que quería sin oír las advertencias ni advertir los peligros; quizás por eso es que aún sueño, que sigo viviendo la vida como si realmente fuese una braza encendida; quizás por eso y porque creo que mí, y porque creo en vos, y porque creo en nosotros, es que me declaro en rebeldía. 

viernes, 24 de mayo de 2013

No escribo

No escribo porque mi mamá a mis dieciséis andaba con el borrador abrazado, el de mi primer libro, mostrándolo entre sus amigas, orgullosa; hoy siente orgullo de los hijos de sus amigas que han logrado un puesto bien remunerado por allí. No escribo porque el editor tiene demasiado material de ganancia garantizada como para detenerse un día a leer lo que le envío y decirme quizás sí. No escribo porque la dueña de la casa que alquilo tiene todo el derecho del mundo de esperar el pago antes del diez y enojarse conmigo si lo hago el último día del mes. No escribo porque la ropa se aja, se gasta, se rompe, y una vestida casi en harapos de lo que alguna vez pudo comprar, no es para nada coqueta. No escribo porque la impresora se cansa, no sirve, no imprime, me deja a pata, y diez libros por día es demasiado para ella y muy poco para mí, porque las manos llenas de tinta tampoco son sensuales y, mucho menos, redituables. No escribo porque me deja demasiado tiempo para vivir, entonces le demando a la gente atención en cosas que la presura de las obligaciones no considera importante, y es lógico, nadie vive de escribir.  No escribo porque la gente prefiere los libros de autoayuda, o los clásicos reconocidos, o como mínimo algo con forma de libro, y los míos cada vez son más rústicos, más desprolijos, más improvisados. No escribo porque nadie paga más de diez pesos por un título extraño de alguien que ni siquiera es conocido, y eso obliga a los amigos a comprarlos todos y pagar demasiado. No escribo porque escribir, seguir escribiendo, me aleja de la renuncia que la vida obliga, y ahí voy, de pies lejos de su lugar en el piso, cuando todo el mundo espera otra cosa de mí. No escribo porque la lucha cansa, sobre todo cuando se brinda contra mí misma, que me debato entre la angustia por lo que quiero ser y lo que soy en realidad, del sueño de la escritora a la insoportable vendedora de libros, que encima no tiene mejor idea que destilar, escribir, publicar. No escribo porque la perseverancia es buena, pero esto se ha vuelto una obsesión, porque el camino está lleno de señales de que estoy yendo en otro sentido, y porque es indefendible el argumento de que haya un enemigo haciéndomela difícil. Porque he dado todo por conseguirlo, pero mi todo siempre ha sido mucho menos que nada. Porque ya no tengo fuerzas para la perseverancia, porque la indiferencia en las calles lo vivo como un castigo y hasta en este texto hago culto del pobre de mí. No escribo porque se ha vuelto nocivo, me ha corroído hasta el hueso al punto de hacer de esta locura, una parecida, pero ridícula, tonta, absurda. Porque la plata no alcanza hasta fin de mes, ni hasta el principio, y nadie tiene la culpa de eso más que esa parte de mí, que algún día izó la bandera de los sueños posibles. Soberbia. Estúpida e ignorante soberbia. Porque los títulos pasan y nada queda, porque ni los que me aman alcanzan a sentarse a leerme. Porque ha de ser como dicen, un alter ego, y habrá llegado la hora de hacerme cargo de mí. No escribo porque si no sigo escribiendo, y las cosas se repiten en espiral, hacia adentro. Quizás el blanco y la abstinencia logren que estalle, y en el estallido cobre propulsión y me eleve y crezca y deje de ser este proyecto inacabado de mí. Por eso y por todo lo demás, no escribo. 

24 de Mayo de 2013

Creo que hay que aprender a asumir las derrotas. Ese pelotudo optimismo sólo termina haciendo que una se vuelva necia e insista con algo que, es evidente, nunca va a llegar. Perdón a los que creyeron; seguramente se pueda, y esta renuncia tenga que ver con algo personal. Les deseo toda la suerte y toda la fortaleza. Y les paso la posta a los que aún crean, a los valientes, a los que sí son dignos de admirar. 
Al cabo todas las historias deben llegar a su fin. Acá se clausura la que hasta hoy escribí, o mejor dicho repetí en tantas páginas absurdas. 
Fin.

miércoles, 1 de mayo de 2013

Tuve un sueño

          Sentencia. Entre ella y la muerte ese largo pasillo lánguido, y sus pasos por allí, abatidos. Sus pies, imitando los trancos de las botas de su destino, que la empujaba por la espalda apresurándole el camino. Los sonidos y sus silencios rebotaban en esos muros hasta perderse en el horizonte gris, uno metros más allá. Miró de reojo los ladrillos; las paredes tampoco habían logrado conservar intacto su maquillaje. Y por esos huecos parecían colarse los nombres de antiguos condenados. Era un consuelo, si es que algo podía servir para consolarla de saberse camino a su ejecución; el sitio estaba regado de otras huellas que también llegaron de pie hasta el lecho de su verdugo.
Tenía, de tanto en tanto, la sensación de dejarse caer, la gana de rendirse, la necesidad de echarse sobre las rodillas y desafiarlo a que la empuje hasta allí; quizás por lo ridículo de caminar sumisamente hacia el lugar donde la fatalidad haría rodar su cabeza. Huir sería simplemente una tregua, y qué caso tenía vivir escondida. Llegaba hasta el punto final erguida y así sería como enfrentase los ojos de su despedida.