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sábado, 16 de marzo de 2013

"Aporía" fragmento


Miro alrededor y pienso. ¿Cuántos otros techos bajos y tristes como el mío existirán? Cierro los ojos e imagino otros sitios idénticos a éste; otro espejo con su reflejo y la causa de esa duplicación, parados frente a frente, fusionados en un unísono invertido, y todas esas otras ausencias reflejadas cuando frente a ellos no se para nadie a quien imitar. Quizás haya otros sitios idénticos a éste, con un techo tan bajo y tan triste, con las mismas hormigas y el mismo colchón. Abro los ojos y miro todo cuanto me rodea. El universo está lleno de cosas; esa idea se hace más tangible, más vigente, cobra mayor dimensión cuando cuento todo lo que rellena este pequeño espacio. Todo está repleto de cosas, y allí donde no las vemos suponemos que las hay. ¿Cómo ha llegado todo a estar tan superpoblado? ¿De dónde ha salido todo lo que contiene este lugar?  Todo está tan colmado, tan cargado, todo lo que existe lo hace en tal abundancia que a veces pareciera que hasta cuesta respirar. La realidad debiera de una buena vez sentirse harta, satisfecha, saciada. Sin embargo pareciera adicta a la generación, a esta fecunda procreación infinita, incubando sonriente y feliz cuanta  entidad se le ocurra. Y el tiempo se llena de partos, y ella camina orgullosa de su gravidez. La veo engordada de futuros presentes. ¿Cuál será el semen que la abona? Una voz sale desde algún sitio y me susurra una palabra, una palabra que nunca había pensado tan poderosa, una palabra que le da sentido a todas las demás, punto de partida de cualquier otro vocablo. La palabra que define que las palabras sean palabras. Ella, la unidad gramática del discurso, la que nombran tácitamente como género y de la cual son especie todas las demás. La palabra crea. La palabra, poderosa,  erige aquello cuanto nombra. ¿Y si cada vez que uno nombra una palabra estuviera creando aquello que ella denota? Decir sería fundar, sería génesis, y el universo sería un montón de universos contendidos en uno cuyo nombre no se revela precisamente para evitar su duplicación. Uno al lado del otro, sobre el otro, dentro del otro, como sea, pero múltiple. ¿Cuántos mundos habré creado en mi intención de nombrar éste que habito? Uno nombra y crea, y juega a ser dios sin darse cuenta. Este mundo convertido en un gigantesco Olympo, titiriteros ignorando su rol de dirección. Peligroso el destino de aquellos mundos que han sido creados fuera de la consciencia de su propio creador, abandonados a su suerte, librados al azar; muchos de ellos incompletos, estériles por la omisión de haber nombrado su forma de subsistencia. Un todo y sus partes, llenas de otras partes volviéndolo a crear. Quizás por eso el universo es caos; no podría ser de otra manera si un pensamiento finito comete la soberbia de creerse pensando la infinitud, pretendiendo imaginar la eternidad presos en una realidad temporal. 

1 comentario:

Horacio Beascochea dijo...

Un fragmento muy bello, felicitaciones.