Translate

lunes, 18 de febrero de 2013

Adelanto


Es una sensación extraña. Empieza por la punta del dedo pulgar de alguno de mis pies. Pincha, se clava bajo la uña y avanza. Sube, por la planta y el empeine hacia arriba, me rodea el tobillo y escala por las piernas. Una especie de hormigueo. Pincha; un millón de hormigas  me trepan los tobillos pero no me dejan mover. Los pies no responden. Quisiera decir que han perdido toda sensibilidad, como si esas pequeñas patitas sobre los poros dejaran deslizar alguna especie de narcótico que adormece. Pero sienten, pues siento como me suben por las piernas, las hormigas y el hormigueo. Siento o veo. Quizás la sensación sea parte de la imaginación con que completa mi cabeza la imagen de esos cientos, miles de bichitos negros escalando por mi piel. Mis ojos ven e imaginan; no es posible que no haya respuesta, son demasiadas hormigas para no lograr despertar mis pies. Las veo en fila,  prolijamente ordenadas, una tras la otra o al revés. Se mueven, ensayadamente; montan sobre mi empeine una coreografía irrepetible. Se siguen, aunque la primera no tenga noción de hacia dónde guiará a las demás. Obediencia. La hormiga número dos es cómplice de ésta, sobre todo cuando al llegar poco antes de la rodilla la primera titubea las antenas y gira, y otra vez en el norte el pie, y nada más allá del pulgar; desde lejos la número dos logra ver que la uña invita al fin de la travesía. Será entonces momento de volver a girar. Y si el destino las ayuda, mi pierna se mueve, vuelta a empezar; a dibujar nuevos mapas al roce de las patas; y anda la primera, la cómplice y la tercera, pues una hormiga más allá todo paso es perfectamente creíble, una hormiga más allá el horizonte depende de las demás huellas en el itinerario y la proyección de la imaginación o simplemente el ir caminando.
La fila avanza, del pulgar casi hasta la rodilla y regresa, en una hilera semejante, unos centímetros más allá. Todo marcha con normalidad. Pero la normalidad dura lo que dura la obediencia, y no es necesario más que un simple destello de curiosidad para que todo cambie. La tercer hormiga es la que rompe la hilera de súbditas sumisas. Frena repentinamente. Y parada, cabeza de reojo hacia atrás, pega un grito que escandaliza; y es toda una nube negra lo que se dispersa por el pulgar, el tobillo y sube por el pie. Mis ojos imaginan la cosquilla, y todo el resto de mi cuerpo responde hasta estremecer. Pero las piernas siguen inmóviles; comienzo a desesperar. Imagino una guerra de conquista, porque este ejército de hormigas no tiene pensado ofrecer la rendición. Una batalla napoleónica sobre mi piel; las trincheras en mi talón. Pero ¿quién ofrecerá resistencia? No es posible pelear con quien no ofrece combate, ni tiene tácticas, ni opone resistencia. Mi pierna ha plantado bandera blanca desde el inicio de esta situación. Pero las hormigas han reverdecido en ánimo de revolución, y no se irán a casa hasta que no encuentren un enemigo. Y si lo hubiera, si mi pie se dignara a moverse y sacudiera con fuerza hasta acabarlas… ¿las acabaría? Mi pie sólo puede moverse. Reglas claras: nada de alianzas. Para empuñar otra arma seduciría a alguna de mis manos a colaborar. Pero las reglas claras. Pie contra hormigas; a lo sumo pie y pierna, o pierna con su pie. Pierna y pie. Alguna vez hubo entre ellos una contienda. ¿Pierna y pie, pierna con su pie o pie con su pierna? Cuestiones de soberanía que no creo que hayan podido resolver; más bien imagino estarán de tregua, quizás obligada por esta invasión externa. Primero derrotarían a las hormigas; hasta ese momento habrán de esperar las cuestiones de independencia. Lo cierto es que ambos, pierna y pie, contra las hormigas. Ese era el plan; no más roles en esta película. Manos fuera. Pierna y pie contra las hormigas. Único recurso: sacudirse. Y ni eso. Pierna y pie completamente adormecidos. Y la cabeza que los mira desde los ojos y les plantea el conflicto simulándome una sensación. Yo no sé mentir, eso hace de su plan un fracaso. Allí abajo mi pierna y mi pie completamente invadidos por las hormigas; mis ojos que atestiguan y un escalofrío que me cuenta que mis ojos lo sienten. Pero ellos allí no lo creen y quedan petrificados, ausentes. Las hormigas corren de acá para allá, se asoman a todos los frentes. No está el enemigo. Muerto mi pie simula ser tan sólo el campo de batalla. No está el enemigo y la pierna no ofrece oposición. Miles, millones de hormigas me recorren, me invaden, me conquistan. Buscan, se asoman y buscan con quién batallar. La piel un completo desierto. Habrán de haberse rendido, piensan, y van tomando consciencia de la conquista, del territorio nuevo, de la expansión del imperio. Y se reúnen en algún sitio que no alcanzo a ver y festejan; brindan y bailan los nuevos amos de mi pierna y mi pie. Mientras, mi cuerpo mira atónito, desconfiado, confundido. Ellas reparten ese trozo de mi geografía y organizan la nueva nación. Pronto acabarán de dividir las funciones y comenzarán a cavar en mi pie. Llegarán hasta lo más profundo y descubrirán mis arterias, túneles por donde comenzar a trazar el camino de la próxima invasión. Y así colonizarán cada otro punto de mi sitio hasta tenerme a mí. Soberanas  decidirán ser vigías desde las ventanas de mis párpados y, el día en que nuevos exploradores lleguen al nuevo mundo, seguramente ellas sí agiten su pie. Enemigo, no sólo enemigo, sino digno. Huir es demasiado cobarde; y mis poros que respiran profundo, y mi pierna debajo de mi pie esboza algún movimiento. Debo apurarme antes de que se hayan apoderado de todo. Y mi pierna que acompaña el movimiento de mi pie. Aún es lento, casi por completo producto de mi imaginación, pero de a poco crece, se hace visible, perceptible. Es entonces que estalla la guerra. Ellas clavan sus puñales, pinchan y hacen cosquillas; nosotros sacudimos con toda la fuerza hacia delante y hacia atrás. Se sacuden, una y otra vez, pero es tarde; las hormigas han invadido todo el lugar, han clavado sus puñales y a medida que esa parte de mi cuerpo se va despertando la presencia del dolor es protagonista. Dolor o ardor, o los dos. Muevo mi pie, y el dolor punza, clava, se acelera por entre los tejidos y penetra y duele desde adentro hacia fuera también. Su veneno está por todas partes, se ha apoderado de mi pierna y mi pie. El dolor se agiganta, crece y me traga y lo demás se estremece y grita el dolor. En ese mismo instante florecen sobre mi piel las marcas del ataque y el cuero se me llena de ronchas rojas, intensas, por momentos violáceas, por momentos coloradas. Una al lado de la otra, por todo el pellejo, desordenadas. Se unen por debajo de la cáscara y se aferran de las manos y tiran, retuercen y duele. Y el dolor amedrenta las intenciones de ofrecer combate; el dolor amenaza peligrosamente. Se rinden la pierna y el pie y vuelta a aquella quietud inicial. Una esperanza ilusa imagina por un segundo que todo vuelva a la normalidad y la hilera de hormigas regrese al tobillo y se vuelva a ordenar. 

No hay comentarios: