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jueves, 21 de febrero de 2013

Lo recordé por aquello de la confianza

Hay cosas que uno no debe hacer a determinadas horas, a riesgo de quedar como un loco, parecer idiota o ser desubicado; pero nunca me llevé bien con el reloj. Hoy es jueves; cuatro jueves ya desde aquel primero. Poco tiempo, pero es como si de siempre. Cuatro jueves, dos días para la fecha de la consigna, que te toca a vos, y yo y mi ansiedad que nos comemos los dedos. Te repito, nunca me llevé bien con el reloj. Y para colmo estoy en ayunas.
Tomo café y ensayo algunas letras que ahuyente ese pequeño eco que me hizo pedir auxilio disimuladamente por ahí. Estoy loca, lo sabemos ya. Miro el reloj; hoy es jueves, y dentro de veinte minutos el taxi tocará bocina en mi puerta reclamando que me apure. El mundo va rápido, corre, y la gente corre detrás de él. Pero hay un tiempo indicado para cada cosa, no vayas a adelantarte porque sería muestra de inmadurez. ¡Al diablo con eso!
"Cuando te das cuenta que querés pasar el resto de tu vida con alguien, deseas que el resto de tu vida empiece lo antes posible". Ansiedad. Bella e incontrolable ansiedad.
Tengo que mudarme, pienso mientras voy a paso con el día, sorbo rápido el café y me visto. Mudarme es difícil, sobre todo por esa historia de las garantías. Estar en ayunas mezcla las ideas, acabo de descubrirlo. Garantías; de eso habla la gente cuando te aconseja que no te apresures. Claro, cuatro jueves, algunas semanas, varios días, un mes, es poco tiempo. Digámoslo así:
Señor que casi no conozco:
Me dirijo a usted para comunicarle que más allá de haberlo encontrado hace 672 horas, y que esto no le suene a nadie razonable, se ha convertido usted en mi lugar en el mundo. Me han dicho por ahí que es prudente aprender a quererse; pues bien, si así ha de ser, me declaro una alumna prodigia, pues he aprehendido lo que debiese tomarme años en menos de un mes. Nadie me ha sabido decir cuál es la currícula en este asunto, pero no tendría problemas en pasar una especie de examen si fuera necesario.
Señor que casi no conozco (porque se supone que conocer a alguien es una tarea tan inmensa que no termina nunca), déjeme contarle algo que dice mi hijo. Lo cito: "Está mal eso de no hablar con extraños, porque si no lo hacés no tendrías amigos. ¿Cómo conocés gente si no podés hablar con aquellos que no conocés?"
Esto es como eso de "Rayuela": total parcial, total general. Señor extraño, lo amo. ¿Puedo amarlo y tratarlo de usted? No quisiera ser tan confianzuda.
Prudencia. Prudencia.
Creo que deberían haberme dado el manual de instrucciones, o un croquis del "paso a paso". Madurez, eso te exige la gente. Si madurar implicara, de alguna manera no hacerle caso a esta magia, me declaro en rebeldía, no quiero crecer.
¿Qué se supone que haga? ¿Que me pode las desesperadas ganas de un beso tuyo? ¿Que aniquile los brotes de la ilusión que , desde vos, han germinado hasta en el suelo más árido e infértil? ¿Que te quiera en cuotas?
Quizás sería prudente. Quizás debería esperar. Esperar que algún erudito vaya cambiando los colores del semáforo. ¿Seguimos en rojo? ¿Cuántas horas tienen que pasar para que se ponga en verde? ¿Me hacen un test? ¿Tengo que responder una serie de preguntas sobre usted? ¿Color preferido, nombre de la primera mascota, año en que egresó?
¡Qué ridículo me suena amar a alguien por sus accidentes!
Ok. Supongamos que accedo, que lo entiendo o no, pero lo acepto. ¿Podría usted, señor extraño, quedarse quieto? Si, quieto. No crezca, no cambie, ni de forma, ni de necesidades, ni de miedos, ni de sueños, ni de opinión, por favor.
Un mes; en un mes yo he cambiado tanto. Mirame; ya no tiemblo de miedo, ya no sangro como antes. Y eso es gracias a vos.
Creo que esto es un poco así: dos que van en su propio camino, con su propio rumbo, en linea recta, curva, torcida, con envión. Y de pronto ¡crash!, chocan, se cruzan, se encuentran. Entonces ninguno conserva su camino, se desvían; y, si supiera algo de física, hasta podría predecir su nuevo destino multiplicando alguna fuerza por alguna distancia, o sumando y restando algún otro factor. Por eso digo magia, porque usted y yo, señor extraño, nos cruzamos, pero el choque, lejos de dispararnos en direcciones opuestas, nos fundió el camino. Apelando a la lógica eso es imposible, inadmisible; a menos que no tuviéramos marcha en ese momento. Quizás estábamos quietos, quizás todo eso que nos aconsejan lo esperamos antes.
¿Poco tiempo? Treinta y dos años de mi vida esperando no me parece poco tiempo. Treinta y dos años de mi vida chocando contra obstáculos que intentaron alejarme de mi sino; treinta y dos años de intentos...¡poco tiempo!
Señor extraño; no sé si el quieto era usted y yo arrasé como huracán; si yo había quedado girando sobre mi eje después de tanto torbellino; no sé.
Hay una hora para cada cosa y hay ciertas cosas que no se debieran decir con el estómago vacío. Pero ¿sabe qué?, el reloj me parece puro cuento, y ya nada está vacío en mi vida desde que llegó usted.
Señor extraño, se lo digo con todo respeto (¡si ni tutearlo!) me he enamorado de usted. Y no sé si paso el cuestionario sobre sus cosas preferidas, pero tenemos el tiempo que nos quede de vida para contarnos. Sólo sé que la frase "para siempre" era de cuentos, y que con usted siento que me queda chica la eternidad (y aquí debo pedir disculpas por el robo, usted sabrá entender). Yo no sé en qué año le salió el primer diente, ni cuándo dejó de pensarse un superhéroe y se resignó a caminar. No sé si se llevó materias, si debe alguna, si pagó o no los impuestos en fecha. No sé ni cuánto hace que se compró la última remera, ni en dónde ni cómo se sienta para ver televisión. No sé cuándo o a quién le profirió la primera mentira, ni cuántas veces pidió perdón. No sé si se baña dos veces al día, o una o cien. Pero sé que le hacen falta un par de curitas y sé de mis manos con sus ansias de venda; sé que, como a mi, ante la inmensidad del amor se le llenan los ojos de lágrimas. Sé de sus guerras pendientes y de sus batallas ganadas, empatadas y perdidas; de la paz que lo descubre durmiendo en un abrazo cuando juró que abrazarse y dormir eran cosas incongruentes; sé que amanece a deshora, como yo; que es capaz (y lo hace) de dar la vida por los que quiere; que atesora momentos gigantemente pequeños en un diminuto baúl de recuerdos, que cada tanto mira y revive, también como yo; que lleva un cuaderno donde escribe las cosas más bellas, que está lleno de pánico escénico y que más de una vez por semana lo invade el eco de lo que vivió. Sé que sus ojos miran al mundo con ganas de encontrarlo cada día un poco mejor, y que si su voz copara todas las voces la historia entonaría los versos más dulces, no importa si en mi, en do o en sol menor.
Pero por sobre todas las cosas sé eso de mirarte, encontrarme en tus ojos y reconocerme; y sé mejor que nadie lo que somos cuando somos juntos. Somos juntos, y el camino para ser juntos es de a dos. Y si el sol nos encuentra desprevenidos, si en el abrazo se nos detiene el mundo, ya no importa la prudencia que aconsejan, ni los días, ni los tests, ni el reloj.
Entonces, así, en una hora no apta ello, tan a destiempo como nuestro amanecer, con la canción inconclusa, la casa en plena mudanza, el estómago vacío y más de una cosa por hacer; le pregunto, o más bien repregunto, o mejor le contesto, o le digo o le reafirmo: Señor extraño, me quiero casar con usted.

Palabrerío de jueves por la mañana


Este mundo es tan antimundo que nos ha malacostumbrado. Es tristemente tan usual la mentira, el engaño, la traición, la tergiversación de las cosas, que estamos como en estado de alerta permanente. A veces pareciera que poco importa la realidad objetiva, pues vivimos inmersos en una suerte de incomunicación, y suele pasar que, sean como sean las cosas, no podemos dejar de verlas con el aumento de la lente que los malos tragos nos han obligado a usar. Vivimos observándonos pero sin mirarnos; hablando, llenando el espacio de ruido, pero casi sin decir nada; estudiándonos pero sin conocernos; oyéndonos sin prestarnos atención. Y como juzgar a veces nos parece poco, redoblamos la apuesta en sentencia. Miedo; vivimos con miedo. Lejos, cada vez más, entre nosotros. La alteridad es más un peligro que una bendición. 
Ojalá no perdamos la batalla. Ojalá un par de ojos, una sonrisa, una palabra sea suficientes aún para creer. Ojalá dejáramos de condenarnos a esta prisión de vivir con cuidado y pudiéramos tomarnos de la mano sin tener que consultar el veraz. Ojalá no perdamos del todo la inocencia y aprendamos a soltarnos y vivir con más espontaneidad. Que retorcido fuera simplemente una palabra en extinción; quizás así la soledad tendría idéntico destino.

lunes, 18 de febrero de 2013

Adelanto


Es una sensación extraña. Empieza por la punta del dedo pulgar de alguno de mis pies. Pincha, se clava bajo la uña y avanza. Sube, por la planta y el empeine hacia arriba, me rodea el tobillo y escala por las piernas. Una especie de hormigueo. Pincha; un millón de hormigas  me trepan los tobillos pero no me dejan mover. Los pies no responden. Quisiera decir que han perdido toda sensibilidad, como si esas pequeñas patitas sobre los poros dejaran deslizar alguna especie de narcótico que adormece. Pero sienten, pues siento como me suben por las piernas, las hormigas y el hormigueo. Siento o veo. Quizás la sensación sea parte de la imaginación con que completa mi cabeza la imagen de esos cientos, miles de bichitos negros escalando por mi piel. Mis ojos ven e imaginan; no es posible que no haya respuesta, son demasiadas hormigas para no lograr despertar mis pies. Las veo en fila,  prolijamente ordenadas, una tras la otra o al revés. Se mueven, ensayadamente; montan sobre mi empeine una coreografía irrepetible. Se siguen, aunque la primera no tenga noción de hacia dónde guiará a las demás. Obediencia. La hormiga número dos es cómplice de ésta, sobre todo cuando al llegar poco antes de la rodilla la primera titubea las antenas y gira, y otra vez en el norte el pie, y nada más allá del pulgar; desde lejos la número dos logra ver que la uña invita al fin de la travesía. Será entonces momento de volver a girar. Y si el destino las ayuda, mi pierna se mueve, vuelta a empezar; a dibujar nuevos mapas al roce de las patas; y anda la primera, la cómplice y la tercera, pues una hormiga más allá todo paso es perfectamente creíble, una hormiga más allá el horizonte depende de las demás huellas en el itinerario y la proyección de la imaginación o simplemente el ir caminando.
La fila avanza, del pulgar casi hasta la rodilla y regresa, en una hilera semejante, unos centímetros más allá. Todo marcha con normalidad. Pero la normalidad dura lo que dura la obediencia, y no es necesario más que un simple destello de curiosidad para que todo cambie. La tercer hormiga es la que rompe la hilera de súbditas sumisas. Frena repentinamente. Y parada, cabeza de reojo hacia atrás, pega un grito que escandaliza; y es toda una nube negra lo que se dispersa por el pulgar, el tobillo y sube por el pie. Mis ojos imaginan la cosquilla, y todo el resto de mi cuerpo responde hasta estremecer. Pero las piernas siguen inmóviles; comienzo a desesperar. Imagino una guerra de conquista, porque este ejército de hormigas no tiene pensado ofrecer la rendición. Una batalla napoleónica sobre mi piel; las trincheras en mi talón. Pero ¿quién ofrecerá resistencia? No es posible pelear con quien no ofrece combate, ni tiene tácticas, ni opone resistencia. Mi pierna ha plantado bandera blanca desde el inicio de esta situación. Pero las hormigas han reverdecido en ánimo de revolución, y no se irán a casa hasta que no encuentren un enemigo. Y si lo hubiera, si mi pie se dignara a moverse y sacudiera con fuerza hasta acabarlas… ¿las acabaría? Mi pie sólo puede moverse. Reglas claras: nada de alianzas. Para empuñar otra arma seduciría a alguna de mis manos a colaborar. Pero las reglas claras. Pie contra hormigas; a lo sumo pie y pierna, o pierna con su pie. Pierna y pie. Alguna vez hubo entre ellos una contienda. ¿Pierna y pie, pierna con su pie o pie con su pierna? Cuestiones de soberanía que no creo que hayan podido resolver; más bien imagino estarán de tregua, quizás obligada por esta invasión externa. Primero derrotarían a las hormigas; hasta ese momento habrán de esperar las cuestiones de independencia. Lo cierto es que ambos, pierna y pie, contra las hormigas. Ese era el plan; no más roles en esta película. Manos fuera. Pierna y pie contra las hormigas. Único recurso: sacudirse. Y ni eso. Pierna y pie completamente adormecidos. Y la cabeza que los mira desde los ojos y les plantea el conflicto simulándome una sensación. Yo no sé mentir, eso hace de su plan un fracaso. Allí abajo mi pierna y mi pie completamente invadidos por las hormigas; mis ojos que atestiguan y un escalofrío que me cuenta que mis ojos lo sienten. Pero ellos allí no lo creen y quedan petrificados, ausentes. Las hormigas corren de acá para allá, se asoman a todos los frentes. No está el enemigo. Muerto mi pie simula ser tan sólo el campo de batalla. No está el enemigo y la pierna no ofrece oposición. Miles, millones de hormigas me recorren, me invaden, me conquistan. Buscan, se asoman y buscan con quién batallar. La piel un completo desierto. Habrán de haberse rendido, piensan, y van tomando consciencia de la conquista, del territorio nuevo, de la expansión del imperio. Y se reúnen en algún sitio que no alcanzo a ver y festejan; brindan y bailan los nuevos amos de mi pierna y mi pie. Mientras, mi cuerpo mira atónito, desconfiado, confundido. Ellas reparten ese trozo de mi geografía y organizan la nueva nación. Pronto acabarán de dividir las funciones y comenzarán a cavar en mi pie. Llegarán hasta lo más profundo y descubrirán mis arterias, túneles por donde comenzar a trazar el camino de la próxima invasión. Y así colonizarán cada otro punto de mi sitio hasta tenerme a mí. Soberanas  decidirán ser vigías desde las ventanas de mis párpados y, el día en que nuevos exploradores lleguen al nuevo mundo, seguramente ellas sí agiten su pie. Enemigo, no sólo enemigo, sino digno. Huir es demasiado cobarde; y mis poros que respiran profundo, y mi pierna debajo de mi pie esboza algún movimiento. Debo apurarme antes de que se hayan apoderado de todo. Y mi pierna que acompaña el movimiento de mi pie. Aún es lento, casi por completo producto de mi imaginación, pero de a poco crece, se hace visible, perceptible. Es entonces que estalla la guerra. Ellas clavan sus puñales, pinchan y hacen cosquillas; nosotros sacudimos con toda la fuerza hacia delante y hacia atrás. Se sacuden, una y otra vez, pero es tarde; las hormigas han invadido todo el lugar, han clavado sus puñales y a medida que esa parte de mi cuerpo se va despertando la presencia del dolor es protagonista. Dolor o ardor, o los dos. Muevo mi pie, y el dolor punza, clava, se acelera por entre los tejidos y penetra y duele desde adentro hacia fuera también. Su veneno está por todas partes, se ha apoderado de mi pierna y mi pie. El dolor se agiganta, crece y me traga y lo demás se estremece y grita el dolor. En ese mismo instante florecen sobre mi piel las marcas del ataque y el cuero se me llena de ronchas rojas, intensas, por momentos violáceas, por momentos coloradas. Una al lado de la otra, por todo el pellejo, desordenadas. Se unen por debajo de la cáscara y se aferran de las manos y tiran, retuercen y duele. Y el dolor amedrenta las intenciones de ofrecer combate; el dolor amenaza peligrosamente. Se rinden la pierna y el pie y vuelta a aquella quietud inicial. Una esperanza ilusa imagina por un segundo que todo vuelva a la normalidad y la hilera de hormigas regrese al tobillo y se vuelva a ordenar. 

sábado, 16 de febrero de 2013

Somos


Somos una alegoría. O tal vez una repetición en eco difuso, confuso, mareado, perdido, irritado, de un solo sonido que alguien pronunció alguna vez. Una suerte de canto desafinado, desentonado, disfónico, atolondrado; que confunde notas con derrotas y olvida la letra en mitad de la canción. Una obra mal ensayada, que omitió contratar apuntadores, que borroneó tanto el guión que ni el director la entiende;  demasiado rica en escenario, decorado y vestuario, con más actores que papeles, sin público y sin telón. Una enfermedad autoinmune pero cobarde, que llega siempre hasta el borde pero no se anima a más, y nunca da el último paso; entonces se recupera, se perdona y casi se pone de pie, hasta que ciega por el virus y la culpa vuelve a contaminarse, y se envenena con más virulencia, y la promesa de muerte es cada vez más violenta, aunque también es más piadoso el perdón. Una fábula sin moraleja, un cuento tartamudeado hasta hacerle perder el suspenso, una falsa premonición. 

viernes, 8 de febrero de 2013

Un cupido distinto


Con lo tiempos que corren, la globalización,  con tanto sorete sin diluir que anda dando vueltas por el mundo, estos HDP que no cesan en su afán por cagarnos la vida, hemos diseñado un nuevo plan para combatirlos. Es ni más ni menos que un “Cupido para Hijos de Puta”. ¿Cómo es eso? Sencillo. Viste que la Iglesia te dice (en palabras mucho más rebuscadas y con millones de argumentos) que Dios ayuda a los que son buenos. Si sos malo, si te  la mandaste, primero te tenés que arrepentir. Cupido, que es un angelito,  podemos afirmar que depende de Dios, aunque no sepamos bien de cuál de todas sus jurisdicciones. Entonces a Dios no le podemos pedir que se haga cargo de estos forros porque ni modo. Y creemos que la solución sería algo similar a aquella vieja frase de las abuelas "las nenas con las nenas, los nenes con los nenes"; o sea los hijos de puta con los hijos de puta y he ahí la solución. Porque imaginate: buena gente con buena gente ni un problema, a relajarse y gozar; el tema se presenta cuando una buena persona se cruza en el camino con un HDP, porque claro, el bueno le cree y el sorete se aprovecha. Ahora, si juntáramos dos HDP, se sacarían los ojos por ver quién es peor de los dos, y de esa manera podríamos hasta asegurar que, sin darse cuenta, establecerían una suerte de autoregulación; que se maten entre ellos (hablando en criollo).
De todo ese análisis hemos podido, como bonus track, caer en la conclusión de que el comunismo no puede aplicarse a sociedades pobladas de hijos de puta. ¿Por qué? Miralo así: en una sociedad donde hay un justo reparto de las cosas, tendríamos la misma cantidad de víctimas para cada victimario. Entonces, antes de la revolución, sería prudente aquel tratamiento del que estábamos hablando. Lo mejor para acabar con estos malos bichos, que pareciera que sólo viven para cagarnos la vida, es mantener este sistema algunos años más. ¿Por qué? Porque, contagiados de la avaricia típica, de esto de capitalizar, acumular riquezas, tendríamos HDP de la high society, donde cada HDP tendría más de una víctima, entonces podría dedicarle menos tiempo a martirizar a cada una (con suerte podríamos planificar algún plan de fuga, de rescate, y más de una salvaríamos); y estarían los HDP pobres, los que no tendrían más opción que  compartir una víctima entre toda una familia de hijos de puta, y de esa manera lograríamos idéntica autorregulación, pues nuevamente los tendríamos sacándose los ojos en esa estúpida lucha por ser el peor, por no tener competencia. Como muchas veces, el germen del fracaso de esta cura está en la clase media medio idiota (como dice un gran cantautor de la cordillera) que anda casi siempre confundida; un día tiene más de una víctima, un día no tiene ninguna y tiene que andar pidiendo prestado, embargando hasta el apellido por ello; sobre todo cuando se ve inmersa en esos jodidos tiempos de inflación a los que en este país estamos tan acostumbrados; andarían diciendo por ahí “antes por dos pesos tenía tres víctimas, ahora una sola me sale un ojo de la cara”. Y aquí es donde le terminamos de encontrar la vuelta y aplicamos aquel principio filosóficos de ver la oportunidad en medio de la crisis, puesto que sería fácil a estos pequeños burgueses de la maldad reconocerlos, andarían por la calle con un ojo menos, y serían perfectamente identificables hasta para el más distraído,  confiado y “boludo”. 

jueves, 7 de febrero de 2013

Para no perderse

MIGUEL SPRUMONT TRÍO (MÁS INVITADOS) EN EL ARRIMADERO TEATRO !!!!!!


  • El Arrimadero Teatro. Misiones 234, Neuquén Capital
  • En el ciclo de música de los viernes, Miguel Sprumont Trío (Hernán Sanchez y Juanca Barros) más invitados, estarán presentando sus canciones en un espectáculo multiarte que incluye fotografías, cuentos y poemas...
    INVITADOS ESPECIALES: ANDREA BRAUN Y WALTER CUEVAS !!!!!
    Los títeres de María Pía Borghero
    Tambien Ana Jorgelina Sotelo, Ana Herrera, y la escritora Marta Andreoli