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martes, 2 de octubre de 2012

Martes de Lola


Libro una batalla contra la tos, contra la tos, contra la abstinencia y contra el ahogo; contra el ahogo, contra la tos, contra la maldita estupidez de no querer caer rendida y no parar de toser. Toso y el eco de la tos me devuelve una puntada, esa puntada que quema desde la base de los pulmones, que me atraviesa hasta el centro del pecho y me deja, por unos cuantos segundos, sin respiración.
Me siento en el cordón de la vereda, me siento o allí me arroja la tos.
El cielo se desviste del negro de antes; el frío empieza a transpirar. La calle se abarrota de gente y yo sentada allí, dando manotazos entre el ahogo, y la calle que se llena de gente. Una, dos, tres personas que van, que vienen; gente por todos los rincones; gente, gente, más gente. Estoy sentada, arrojada por la tos, intentando no perder la batalla contra la muerte y la ciudad se llena de gente.  Pies, pasos, pisadas y pies sobre la vereda, sobre el asfalto y la vereda. Gente, apurada, de prisa,  envuelta en telas bien acomodadas, a talle; gente, gente, gente. Gente que camina, que camina a mi lado, detrás de mi, por enfrente y pasa sin verme. Gente y más gente, con sus pasos, sus pisadas, sus huellas, sus zapatos y sus pies; que camina de un lado a otro, en todas y cada una de las direcciones; gente que camina y no me ve, como aquellas personas imaginarias que maté. Gente indiferente, que existe a mis costados, debajo mío y sobre mi.  Y no sólo la  gente,  que brota desde los más recónditos sitios y camina y viene y va. El mundo;  el mundo ha decidido ocupar el sitio, el mundo que está, que lo veo, que se siente, alredor, abajo y sobre mi. El mundo ha amanecido, al unísnono y no de a poco. El mundo aparece, como por arte de magia, delante de mi. Y yo, sentada sobre el cordón de la vereda, entre asfixiada y confundida, aún lidiando con la maldita tos. El mundo delante de mis ojos, fuera de mis ojos, fuera de mi. El mundo, distinto a como puede palparlo ni bien abrí la puerta de casa. Este mundo que ni frío  que ni tos; este mundo que ni viento, que ni postigos, que ni martes, que ni mío. El mundo, ese mundo que se mueve delante de mi, sobre mí y hasta debajo mío; este mundo y sus gentes, esas gentes y su mundo, ese mundo ajeno a mi, esta yo ajena al mundo. Gente, que camina entre medio de mi tos y ni la siente; gente que no me ve ni para esquivarme; gente que me pisa y que ni eso, porque ni siquiera me confunde con el suelo. Gente, un mar de gente que brota desde los más recónditos sitios, gente que camina bajo el sol, porque este mundo ni frío, ni llueve, ni viento, ni madrugada. Este mundo lleva un sol colgado en la pechera, justo debajo del mentón, y sus gentes que caminan siempre a una altura no más elevada que la de su ombligo, que miran hacia arriba y lo ven, y lo miran sólo hasta allí, estas gente que ignoran que más allá de la pera este mundo ha de portar una cabeza, un sentido, una razón. Y yo, sentada en el cordón de la vereda, lo miro a los ojos, desde la tos. Lo miro a los ojos y el mundo me mira; me mira y se ríe, se ríe tímidamente o a carcajadas, pero se ríe. Y yo, sentada desde el cordón de la vereda que miro al mundo, con el sol colgado debajo de la pera, lo miro fijo y le encuentro los ojos, y más allá de los ojos le encuentro la cabeza. Este mundo de cabeza casi sin cabellera, de cabeza semidesnuda y de ojos fijos sobre mi. Este mundo y en su abrazo sus gentes, y estas gentes que caminan y no me ven, y esta tos, siempre esta maldita y endemoniada tos. Este mundo, que me mira, que me descubre fuera del vértigo de sus gentes, que me descubre, que me mira, que me ve; y yo, sentada en el cordón de la vereda, con el pecho oprimido por la tos, siguiendo como puedo el camino de las gentes que me pasan por encima, esquivando el pisotón. Este mundo que mis ojos miran a los ojos, y esos ojos del mundo que me reflejan y me devuelven más desnuda, desnuda en eco y con eco de tos. El mundo me mira, me descubre, sentada en el cordón de la vereda, con la respiración amordazada por la tos; me mira y me refleja y me duplica, me copia, y me devuelve esa copia como clon. El mundo me mira y me imita, imita mi imagen con su tos, y me elige un sitio, elige cuidadosamente un sitio donde ubicar a mi reemplazo, me transforma en pieza de su rompecabezas, me imprime un apuro y me echa a rodar. 

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