Translate

martes, 16 de octubre de 2012

Horas insanas



Hoy es once de mayo.  La casa está vacía de gentes pero llena de silencios. Igual que hace un año.  Como si las cosas se repitiesen una y otra vez, la computadora recorre la misma lista de temas que, casualmente, son los únicos que he podido rescatar del formateo del disco.  Afuera el clima tan inclemente como acostumbra a esta altura del año; digamos que eso no es casual. El teléfono idénticamente desesperado a mayo del año anterior. Y él en silencio.
                No es fácil transitar la soledad, y mucho menos sus primeros pasos. Hay cosas absurdas, como el sonido de la hornalla que calefacciona la casa (el año pasado también estaba averiado el calefactor) que se convierte en algo así como el sonido del mismísimo infierno. Pensar que en horas de compañía esa misma melodía tentaba a descansar; y hoy no me da tregua.
                Estiro una sábana sobre el sillón pues ya no tiene mucho sentido ocupar la cama; además es peligroso su desabrigo.  Me recuesto y enciendo un cigarrillo. El humo entre la oscuridad danza, de aquí para allá, hasta formar la figura exacta de su recuerdo.  Tiemblo porque  conozco el resultado de ese ritual, y sólo pensarme otra vez haciéndole el amor a los restos de su perfume me llena de miedo.  Apago el cigarrillo intentando apresurar la llegada del sueño, doy la vuelta, me tapo. Pero no hay caso, la almohada ya ha hecho carne de su aroma.  Definitivamente alguien está allí, detrás de la historia, esperando el momento justo para dar el zarpazo, pues Filio ha alterado el orden de la lista de reproducción y hasta parece haberse tragado alguna estrofa con tal de repetirme eso de que la mañana se puede recortar para enviarla donde él despierta. Suspiro; ni siquiera sé dónde está ese sitio.
                Cierro los ojos y lo veo, parado sobre el escenario. No sólo canta, es algo más. Sus dedos recorren las cuerdas de la guitarra con la misma ciencia que han trazado este trayecto imborrable sobre mi piel. Quién pudiera devolverle a sus caricias tan entonadas melodías, quién pudiera ser canción.
                El silencio corta el poco oxígeno sano que me rodea y repito su nombre, una, dos, tres veces. Lo nombro una y otra vez, rogando que llegue. Y es allí, en ese preciso instante en que la ficción acude a mi rescate y me salva del naufragio.
Sonrío mientras lleno sus espacios vacíos con excusas absurdas, con intenciones irreales, con palabras no dichas. Recorro cada mensaje, de los pocos que me escribe, varias veces y así parecen ser más.  Entonces recuerdo la última vez que lo vi y dibujo conexiones que me alcancen para lograr la paz necesaria aunque no esté.
Hoy es once de mayo, hace un año nacía esta historia y hoy, a las doce exactas, me buscaba entre la gente de la sala para dedicarme esa canción que tanto me gustaría merecer. No ha podido venir conmigo, no ha contestado nada de lo que le he dicho, pero sé que entre la gente esos ojos me buscaron hasta encontrarme, y esa sonrisa de manantial, al cruzarse conmigo, era toda para mi.  
Hace unos días estuvo acá, acostado entre mis besos. Inspiro profundo y voy hasta la pequeña caja que está junto a la puerta, donde guardo los tesoros. Revuelvo entre atados de cigarrillos vacíos, gruyas de papel de beldent, la letra de mi canción, horas de infinita espera,  hasta que encuentro su pañuelo.  Lo abrazo fuertemente contra mi pecho y es como si esa tela cobrara de pronto la dimensión de su cuerpo. Lo huelo, lo saboreo, lo acaricio, y decido llevarlo a la cama conmigo. 
Lo desnudo, siempre a media luz, y recorro cada uno de sus centímetros con los ojos cerrados, pues en estos meses me lo he aprendido de memoria.  Repentinamente las paredes de la habitación parecen murmurar multitudes, el mundo se llena de gentes, pero nunca lo pierdo entre el tumulto.  Y si me alejo unos pasos soy testigo de esa magia de encontrarnos siempre, como si el cosmos todo se configurase para juntarnos. Sonrío y me acerco a él nuevamente, confesándole lo mucho que me vale verlo sonreír ante la evidencia y corro a sus brazos rendida ante la certeza de saberlo un arrebato a la sensatez en mi vida.  El rapto de locura nos envuelve, nos mece entre sus brazos, nos convida a olvidarnos de todo ese murmullo, y deja sobre el aire sólo el sonido conjunto de nuestra respiración.  Los besos se hacen dulces, nos embriagan el paladar. Me atrevo a dibujarle un gesto en el rostro que me hable de amor. Allí encuentro en su tibieza el calor necesario para derretir los miedos a no volver a tenerlo. Sueño despierta, vivo en el sueño, me baño del olor de su cuello. Ahora la realidad y la ficción no se reconocen límites, se funden, se atrapan, se confunden, acaban por asemejarse, identificarse, imitarse y volverse tan una como la otra en el acorde que, de fondo, acusa la canción. Ese es el momento exacto para lograr dormir el delirio, al menos hasta la mañana siguiente. Otra vez sola, siempre es mejor el sillón. 

No hay comentarios: