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domingo, 16 de septiembre de 2012

Lola51


El barrio donde vivo es usualmente tranquilo. Recorro las veredas sorteando trocitos de helada resbaladizos y hago memoria de otras veces. Ayer, sin ir más lejos volví de noche y las cosas se veían igual que hoy. Camino y repaso las otras huellas que pisé en otros tiempos del mismo recorrido. ¿Cuántas veces habré andado por el mismísimo sitio? ¿Será que cada paso que doy sobre este suelo ocupe el mismo lugar que el paso que di ayer? Camino, toso, y para distraer la distancia, el frío, las ganas de fumar y la tos imagino sobre la acera mis otros pies, esos que anduvieron antes, ayer, a las cuatro de la madrugada, cuando volvía del bar de los jueves, la semana anterior, quizás el último domingo que también olvidé comprar cigarrillos. Si los pasos permanecieran debajo de los pies que los
pisan una y otra vez, el asfalto se hincharía, caminaríamos cada vez más arriba, aunque no pudiéramos notarlo, y un día descubriríamos el cielo más cerca, tendríamos la extraña sensación de ir flotando, volando; saldrían a la calle esos de siempre, los de la ecología y el ahorro, a decirnos que procuráramos pisar siempre sobre el mismísimo sitio para no andar contaminando huellas por ahí; harían bandera oportunista del asunto (como tantas otras veces) y llenarían las paredes con anuncios de conciencia; y la gente comenzaría a caminar con más cautela, ojos siempre clavados en el piso para saber bien dónde pisar, y nos perderíamos el cielo, más inmenso aún en su cercanía, apoyaríamos el pie con más firmeza que antes, con más tezón; ya nos serían pies apoyados sobre el piso, sino casi una patada al suelo, profunda la de los más pretensiosos, intentando recuperar el espacio perdido; y los estudiosos seguirían diciendo que cada vez hay menos espacio para pisar, invertirían millones en campañas publicitarias, aparecería algún actor famoso con cara de buena gente a darnos consejos por la televisión; nos encontraríamos culpables de robarnos el camino, y allí algún prudente optaría por quedarse quieto, y otro un poco menos consciente se lo cruzaría en el sendero y no se atrevería a esquivarlo; pronto una fila de hombres cautelosos, juiciosos y responsables sobre las veredas de la ciudad, cada uno prolijamente ubicado en su sitio, no puede uno andar así por la vida, despilfarrando.

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