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sábado, 22 de septiembre de 2012

Lola persiste

Escribir, escribir, escribir; a veces olvido que escribo; a veces olvido todo lo que está fuera del papel y escribiendo me olvido de vivir. Extraño es este oficio que se mete con todo, que no conoce descansos ni fronteras, ni tiempos ni espacios. Escribir. Sentarse en la silla y escribir. Sentarse en la silla, sobre el escritorio la taza de café, los infaltables cigarrillos, y escribir. Una, dos, tres letras; flueyen, tienen vida propia, se atreven, inundan el papel con una inercia distinta a la agilidad de mis dedos. Palabras, letras, oraciones, que no se detienen, que corren y se tiran de cabeza sobre el papel. Papel lleno de letras, de palabras, de oraciones, lleno de balncos. Horas y horas con el papel en blanco, horas mirando fijamente la misma oración, leyendo y releyendo las palabras; días enteros, con todo y sus noches, detrás de la frase exacta, de la combinación más exquisita de palabras, con los ojos petrificados sobre el punto seguido, sobre una palabra, sobre una oración, como si correr la vista de allí les permitiese escapársenos. Mirarlas fijo para detenerlas, para no dejarlas ir, para lograr entenderlas; leerlas y corregirlas, y ellas que se ofenden si las queremos corregir. Las palabras son sensibles, las palabras, las letras y cada oración. Suelen ser tímidas, y se esconden detrás de la pluma y no hay cómo convencerlas de que salgan a la luz. Las palabras son osadas, osadas, atrevidas, maleducadas; las palabras dicen lo que no deben decir. Las palabras hablan, gritan; susurran, gritan, hablan. Las palabras, los puntos, el texto, cada oración; las palabras se escriben sobre el texto, se esciben sobre mi. Un texto frente a mis ojos, sus palabras frente a mis ojos y mis ojos que creen que las escriben, que las escriben, las desnudan y las leen. Sospecho que es exactamente al revés. Mis ojos las leen, se posan sobre ellas y creen que las leen; y ellas se dejan, al cabo son quienes les han dado forma, lugar y color a mis ojos. Las palabras miman mis ojos, los malcrían, les permiten andar por ahí con la soberbia de creerse lectores, de creer que pronuncian su sentido, que las entienden y pueden denotarlas; que las usan, que las corrigen, que las mueven, que las cambian de lugar. Mis ojos, en complcidad con mis manos, se sientan y se pierden en la ficción de creer que escriben; las palabras se ríen, se sonrojan, se sonríen, y disfrutan las cosquillas haciendo que se dejan escribir. Y el papel se llena de personajes, se llena de gentes; gentes y personajes; gentes, lugares y personajes. El papel se llena de gentes y mi casa también. La casa con sus ruidos y sus silencios; la casa con sus ruidos, sus silencios, la hornalla encendida; la hornalla, la silla, incómoda silla donde todos los días me siento a escribir; el papel en blanco, la soledad, mis ojos, mis manos, y la casa llena de gentes, poblada, sobrepoblada, de caras, de historias, de gentes. La casa que se llena de gentes y todos los ruidos convergen en la misma historia sobre el papel; y si afuera hace frío probablemente se me congelen las letras y las frases tiemblen sobre los renglones; y si ellas sobreviven al invierno entonces seré yo quien empiece a tiritar. Tirito; escribo, leo, y tirito. Tirito y un sujeto se acerca y me ofrece un café. Gustosa lo acepto; acepto el café, lo miro y pienso en lo guapo que es ese sujeto; acepto el café y lo invito a sentarse a mi lado. Escribo, sentada en la misma incómoda silla, frente al papel, y a mi lado un extraño sujeto, extraño pero guapo, que me mira mientras escribo. Escribo, sentada al lado del extraño sujeto, y cada vez me parece más guapo. Escribo y mientras escribo lo miro de reojo; me gustaría decirle algo. Escribo, con los ojos distraídos en el perfil de ese sujeto extraño que me ha convidado el café, y ensayo la frase exacta, la palabra justa; escribo y pienso en decirle algo. Escribo, y ya casi lo tengo, casi decido la mejor manera de entablar una conversación con este extraño sujeto que se sienta al lado mío y me observa escribir. Pero las palabras se traban, se enredan y se traban antes de que mi voz pueda pronunciarlas. Las palabras trastabillan y mis dedos no pierden ocasión, se lanzan sobre ellas y no me permiten decirlas; las atrapan, les tapan la boca y las derraman sobre el papel. Allí está, la frase perfecta, la que con tanto esmero diseñé para regalarle al extraño sujeto que me convidó el café; pero ya no sirven; han muerto sobre el papel renaciendo otra historia; y el sujeto me mira decepcionado, murmura algo fastidiado y se va. “Siempre me sucede lo mismo”, pienso, y maldigo la rapidez de las palabras, la velocidad de mis manos sobre ellas, la diligencia de mis dedos sobre el teclado, la impertinencia del papel que me roba las historias, que me roba el mundo, que me desvalija la casa y hasta se lleva mis visitas para luego ostentarlas frente a mis ojos obligándome a leerlas, que rapta mis misterios y los desnuda ante los ojos de quien quera leerlos, que me asalta sin importarle el cansancio y la madrugada y me desvela obligándome a que lo escriba.

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