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jueves, 27 de septiembre de 2012

Instrucciones para perderse

Lo que más cuesta, en esto de perderse, es el primer paso. Y es que uno se pone a pensar si, después de darlo, sabrá dónde ha dejado el otro pie para poder seguir, cosa no menos importante si se emprende la tarea con real convicción. 
Es así que, querido lector, si lo que usted quiere es extraviarse, la clave del éxito, han concluído los teóricos, es avanzar de a saltos. Deberá usted pararse, 
tobillo contra tobillo, inspirar profundo para obtener un buen envión, y saltar. Si bien es cierto que los catedráticos, en su mayoría, aconsejan mantener los párpados apretados para no marearse, dudar, arrepentirse o tambalear, permítaseme la irreverencia de expresar mi desacuerdo en este punto; pues nada más bello que mirar cara a cara el vértigo y atestiguar la humedad regada en lágrimas sobre las mejillas.
Sépase que, en el viaje que se está emprendiendo hacia este sitio sin coordenadas, está permitido llevar cualquier tipo de equipaje. Abra las maletas y ponga allí cuanta cosa le venga en ganas. No se vea acongojado si considera que, por ejemplo, la suma de sus temores habrá de ser detectada por los sensores de sobrecarga; una vez que inicie la travesía comprenderá que todo eso está de sobra y será usted mismo el que abra la ventanilla y lo tire por la borda.
Si está parado sobre la duda, imaginando cómo será ese destino, intrigado; es mi deber hacerle saber que está contraindicado andar asomándose a la ruta a paso pausado y con precaución. Aunque le cueste creerlo y esto le suene a locura, recuerde aquello que le dije al principio sobre el primer paso y el segundo pie, no vaya a ser cosa que por precavido se quede usted varado y no pueda ni llegar ni volver (sobran, en referencia a este apartado, testimonios que narran este tipo de desgracias; puede usted conseguirlo sobre todo en formato de bolero, lamento o canción).
Tenga en cuenta, también, que ante tamaña decisión jamás recibirá una palabra de aliento; por el contrario, sus allegados insistirán en la tarea de desalentarlo y hasta le contarán terribles historias de lo que sucede en ese “más allá”. Y está claro que así sea, al cabo ninguno de ellos ha tenido el coraje suficiente para saltar. Tampoco les crea a esos que se hacen llamar arrepentidos; esos han errado en el cálculo, habrán llegado a un lugar parecido; acá estamos hablando de extraviarse en serio, y una vez que uno se pierde es imposible regresar.
Habrá concluído, a esta altura, que esto no puede haber sido escrito sino antes de saltar, pues si yo ya estuviese extraviada al momento de sentarme frente al papel, el texto también estaría perdido. Sabrá, entonces, que todo lo que escribo está basado en un simple y llano reflejo de fe. Y he pensado bastante que, si está usted en sus cabales, quizás necesite una garantía de que esto no es tan sólo un delirio. Es por eso que cuando se enfrente a esta pequeña instrucción yo ya lo habré hecho, segura de que me propio salto le dará la confianza, habré saltado.
Recuerde inspirar profundo, abrir bien los ojos, juntar lo más que pueda los pies y dejarse caer. Yo estaré esperándolo.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Hace cuatro horas

Hace días que resisto a la tentación; debo admitir que no es fácil. Llevo horas esquivando el papel, lo miro de reojo; te juro que llama, me grita desde el blanco, se ofrece virgen y dispuesto a toda esta sensación. Y yo ciego mis ojos, miro para otro lado; y cuando no puedo más dibujo alguna palabra ajena, le regalo alguna oración que no haya escrito yo. 
Durante días resistí inmersa en la lectur
a, pero las letras son tan estrategas que te encuentro hasta donde no estás; y cada frase de otro autor tiene un dejo tuyo. Y acá estoy, rendida, asumiendo la derrota, entregada a la tarea de escribir sobre vos.
No es que no quiera, en realidad esa es la parte más difícil; es que tengo miedo, tengo miedo de que suceda lo mismo una y otra vez.
Pero el oficio reclama, exige, y hasta quizás condena; heme aquí fundida entre los trazos dibujándote. Suspiro y suplico que hoy sea diferente, que el texto no te atrape, que no te lleve, o que al menos te sepa compartir.
De fondo una canción que no escucho, es que tu nombre tiene ese poder. De pronto el mundo se reduce a tu abrazo, y el tiempo, dentro de ellos, deja de existir. No hay lugar más seguro que tu beso, me digo aliviada y me atrevo a seguir.
Las letras se vuelven garabatos si intento definirte; se abrazan en esa misma melodía con que tus dedos acarician mi sed. Cierro los ojos y recuerdo cada recoveco de tu geografía; sonrío porque sé que he descubierto ya, los sitios donde esconderme.
Y te recorro, y en cada centímetro descubro una palabra nueva; una palabra nueva y al instante la magia que promete mantenerla intacta durante todo el recorrido, y que redobla la apuesta, cuando de a ratos se atreve, y la impregna de nuevos sentidos.
Hay momentos en los que le gritaría al mundo aquello del bendito azar de reencontrarte, como vos; pero la ansiedad nos ha hecho gritar en falso tantas veces... Entonces escondo la nariz entre las sábanas y decido guardarte en silencio; pero desborda, inevitablemente desborda. Es que la inmensidad no cabe en ningún envase, trasciende, aunque me guarde el secreto para mantenerlo a salvo, trasciende. Me delata la sonrisa, me delata la canción.
Mirá todo este desorden, mirá todas estas letras mezcladas que, aunque aparentan estar ordenadas, no dicen nada. Mirá cómo se me derrumba el mundo, cómo se tambalean hasta las metáforas, cómo se declaran pequeñas, finitas y se quedan calladas. Mirá cómo no me alcanzan las teorías, cómo te me has vuelto inevitable, cómo ni el miedo, ni las dudas, ni los consejos, ni las heridas, ni la sal, ni nada. Mirá cómo no paro de repetir tu nombre, de imaginarme el camino, cómo asumo sentirme a gusto hasta con sus días repetidos. Mirá cómo creo y me animo. Mirá cómo me atrevo y desafío todo mal augurio, y me le río en la cara a la mismísima mala suerte, al papel y su maldición; mirá cómo te escribo.

lunes, 24 de septiembre de 2012

Inolvidables de "La habitación cerrada" de Paul Auster



“No estoy hablando de deseo tanto como de conocimiento, del descubrimiento de que dos personas, a través del deseo, pueden crear algo más poderoso de lo que ninguna de ellas podría crear sola. Ese conocimiento me transformó, creo, e hizo que me sintiera más humano. Al pertenecer a Sophie, empecé a sentir como si perteneciera a todos los demás. Resultó que mi verdadero lugar en el mundo estaba más allá de mí mismo, y si estaba dentro de mí, también era ilocalizable. Era el diminuto espacio entre el yo y el no yo, y por primera vez en mi vida vi esta nada como el centro exacto del mundo."
“Luego, sin previo aviso, ambos nos erguimos, nos volvimos el uno hacia el otro y empezamos a besarnos. Después de eso, me resulta difícil hablar de lo que sucedió. Estas cosas tienen poco que ver con las palabras, tan poco, en realidad, que casi parece inútil tratar de expresarlas. En todo caso, diría que estábamos cayendo el uno en el otro, cayendo tan rápido y tan lejos que nada podía pararnos.”
“Sólo la oscuridad tiene la fuerza necesaria para hacer que un hombre le abra su corazón al mundo, y la oscuridad es lo que me rodea cada vez que pienso en lo sucedido. Si hace falta valor para escribir acerca de ello, también es cierto que sé que escribir es la única posibilidad que tengo de escapar. Pero dudo que esto ocurra, ni siquiera suponiendo que consiga contar la verdad. Las historias sin  final no pueden hacer otra cosa que continuar eternamente, y verse atrapado en una de ellas significa que morirás antes de haber interpretado tu papel hasta el final. Mi única esperanza es que lo que tengo que decir tenga un final, que encuentre en alguna parte un claro en la oscuridad. Esta esperanza es lo que defino como valor, pero que haya razones para la esperanza es otra cuestión enteramente distinta.”
“Toda vida es inexplicable, me repetía. Por muchos hechos que se cuenten, por muchos datos que se muestren, lo esencial se resiste a ser contado. Decir que fulanito nació aquí y fue allá, que hizo esto y aquello, que se casó con esta mujer y tuvo estos hijos, que vivió, que murió, que dejó tras de sí estos libros o esta batalla o ese puente, nada de eso nos dice mucho. Todos queremos que nos cuenten historias, y las escuchamos del mismo modo que las escuchábamos de niños. Nos imaginamos la verdadera historia dentro de las palabras y para hacer eso sustituimos a la persona del relato, fingiendo que podemos entenderle porque nos entendemos a nosotros mismos. Esto es una superchería. Existimos para nosotros mismos quizá, y a veces incluso vislumbramos quiénes somos, pero al final nunca podemos estar seguros, y mientras nuestras vidas continúan, nos volvemos cada vez más opacos para nosotros mismos, más y más conscientes de nuestra propia incoherencia. Nadie puede cruzar la linde que le separa de otro por la sencilla razón de que nadie puede tener acceso a sí mismo.”
“Las vidas no tienen sentido, argumenté. Un  hombre vive y luego muere, y lo que sucede en medio no tiene sentido.”
“No hay probabilidades que vencer, no hay reglas que pongan límites a la mala suerte, y en cada  momento empezamos de nuevo, tan a punto de recibir un golpe bajo como lo estábamos en el momento anterior.”
“En general, las vidas parecen virar bruscamente de una cosa a otra, moverse a empellones y trompicones, serpentear. Una persona va en una dirección, gira abruptamente a mitad de camino, da un rodeo, se detiene, echa a andar de nuevo. Nunca se sabe nada, e inevitablemente llegamos a un sitio completamente diferente de aquel al que queríamos llegar.”
“No tengo intención de insistir en esto. Pero las circunstancias bajo las cuales las vidas cambian de rumbo son tan diversas que lo lógico sería no decir nada sobre un hombre hasta que muere. La muerte no sólo es el único verdadero árbitro de la felicidad (comentario de Solón), sino que es la única medida por la cual podemos juzgar la vida misma.”
“No morí allí, pero estuve cerca, y hubo un momento, quizá hubo varios momentos, en que saboreé la muerte, en que me vi muerto. No hay cura para semejante encuentro. Una vez que sucede, continúa sucediendo; vives con eso el resto de tu vida.”

sábado, 22 de septiembre de 2012

Lola persiste

Escribir, escribir, escribir; a veces olvido que escribo; a veces olvido todo lo que está fuera del papel y escribiendo me olvido de vivir. Extraño es este oficio que se mete con todo, que no conoce descansos ni fronteras, ni tiempos ni espacios. Escribir. Sentarse en la silla y escribir. Sentarse en la silla, sobre el escritorio la taza de café, los infaltables cigarrillos, y escribir. Una, dos, tres letras; flueyen, tienen vida propia, se atreven, inundan el papel con una inercia distinta a la agilidad de mis dedos. Palabras, letras, oraciones, que no se detienen, que corren y se tiran de cabeza sobre el papel. Papel lleno de letras, de palabras, de oraciones, lleno de balncos. Horas y horas con el papel en blanco, horas mirando fijamente la misma oración, leyendo y releyendo las palabras; días enteros, con todo y sus noches, detrás de la frase exacta, de la combinación más exquisita de palabras, con los ojos petrificados sobre el punto seguido, sobre una palabra, sobre una oración, como si correr la vista de allí les permitiese escapársenos. Mirarlas fijo para detenerlas, para no dejarlas ir, para lograr entenderlas; leerlas y corregirlas, y ellas que se ofenden si las queremos corregir. Las palabras son sensibles, las palabras, las letras y cada oración. Suelen ser tímidas, y se esconden detrás de la pluma y no hay cómo convencerlas de que salgan a la luz. Las palabras son osadas, osadas, atrevidas, maleducadas; las palabras dicen lo que no deben decir. Las palabras hablan, gritan; susurran, gritan, hablan. Las palabras, los puntos, el texto, cada oración; las palabras se escriben sobre el texto, se esciben sobre mi. Un texto frente a mis ojos, sus palabras frente a mis ojos y mis ojos que creen que las escriben, que las escriben, las desnudan y las leen. Sospecho que es exactamente al revés. Mis ojos las leen, se posan sobre ellas y creen que las leen; y ellas se dejan, al cabo son quienes les han dado forma, lugar y color a mis ojos. Las palabras miman mis ojos, los malcrían, les permiten andar por ahí con la soberbia de creerse lectores, de creer que pronuncian su sentido, que las entienden y pueden denotarlas; que las usan, que las corrigen, que las mueven, que las cambian de lugar. Mis ojos, en complcidad con mis manos, se sientan y se pierden en la ficción de creer que escriben; las palabras se ríen, se sonrojan, se sonríen, y disfrutan las cosquillas haciendo que se dejan escribir. Y el papel se llena de personajes, se llena de gentes; gentes y personajes; gentes, lugares y personajes. El papel se llena de gentes y mi casa también. La casa con sus ruidos y sus silencios; la casa con sus ruidos, sus silencios, la hornalla encendida; la hornalla, la silla, incómoda silla donde todos los días me siento a escribir; el papel en blanco, la soledad, mis ojos, mis manos, y la casa llena de gentes, poblada, sobrepoblada, de caras, de historias, de gentes. La casa que se llena de gentes y todos los ruidos convergen en la misma historia sobre el papel; y si afuera hace frío probablemente se me congelen las letras y las frases tiemblen sobre los renglones; y si ellas sobreviven al invierno entonces seré yo quien empiece a tiritar. Tirito; escribo, leo, y tirito. Tirito y un sujeto se acerca y me ofrece un café. Gustosa lo acepto; acepto el café, lo miro y pienso en lo guapo que es ese sujeto; acepto el café y lo invito a sentarse a mi lado. Escribo, sentada en la misma incómoda silla, frente al papel, y a mi lado un extraño sujeto, extraño pero guapo, que me mira mientras escribo. Escribo, sentada al lado del extraño sujeto, y cada vez me parece más guapo. Escribo y mientras escribo lo miro de reojo; me gustaría decirle algo. Escribo, con los ojos distraídos en el perfil de ese sujeto extraño que me ha convidado el café, y ensayo la frase exacta, la palabra justa; escribo y pienso en decirle algo. Escribo, y ya casi lo tengo, casi decido la mejor manera de entablar una conversación con este extraño sujeto que se sienta al lado mío y me observa escribir. Pero las palabras se traban, se enredan y se traban antes de que mi voz pueda pronunciarlas. Las palabras trastabillan y mis dedos no pierden ocasión, se lanzan sobre ellas y no me permiten decirlas; las atrapan, les tapan la boca y las derraman sobre el papel. Allí está, la frase perfecta, la que con tanto esmero diseñé para regalarle al extraño sujeto que me convidó el café; pero ya no sirven; han muerto sobre el papel renaciendo otra historia; y el sujeto me mira decepcionado, murmura algo fastidiado y se va. “Siempre me sucede lo mismo”, pienso, y maldigo la rapidez de las palabras, la velocidad de mis manos sobre ellas, la diligencia de mis dedos sobre el teclado, la impertinencia del papel que me roba las historias, que me roba el mundo, que me desvalija la casa y hasta se lleva mis visitas para luego ostentarlas frente a mis ojos obligándome a leerlas, que rapta mis misterios y los desnuda ante los ojos de quien quera leerlos, que me asalta sin importarle el cansancio y la madrugada y me desvela obligándome a que lo escriba.

viernes, 21 de septiembre de 2012

Lola, otra vez

Te miro, una vez más te miro. Te observo, con los ojos camino cada centímentro de tu cuerpo; con los ojos hasta que me acerco, y te repito con la yema de mis dedos, y me alejo, cierro los ojos mientras me alejo y duplico tu contorno en mi imaginación. No somos uno y ahora tampoco somos dos. Somos tres, cuatro, cinco, somos tantos como tantas veces nos multiplique el simulacro párpados adentro. Primero tu cuerpo, perfectamente calcado a la imagen que logro de vos; y sos dos, y estás allí, tendido sobre las sábanas, y estás acá también, reiterado en una copia fiel; o quizás sea ese otro el intruso, el que permanece inmóvil sobre el colchón, y tu original sea éste que se mueve, me abraza y me tiembla por dentro. Luego yo, parada, única, sobre las plantas de mis pies, a la par de la ventana; yo exclusiva, precisa hasta mi sombra, que no es más que mi primer repetición, y después mis ecos, danzando de tu mano por debajo de mis pestañas, enlazada a los dedos de tu clon. Ambos reincidiendo, reiterándonos en la blancura de los límites del cuarto gracias al sol; en redudandancia de nosotros mismos cuando nos pienso.
Estoy, estamos, estás, parada frente a tu cuerpo, que yace sobre el lecho, de espaldas a la ventana; parada frente a un cuerpo que ya no sé si es el tuyo, dentro de uno que ya no reconozco como mío. Pero estoy; estás, estamos, en algún sitio. Estoy, estás, estamos en algún sitio, o en varios, o en todos, o en ninguno, quizás todo eso sea exactamente lo mismo. Estás sobre la cama; te veo, te observo, te miro. Al menos algo hay sobre la cama. Un cuerpo, perfectamente determinado, surcado por el perímetro de una piel que lo cubre, lo mantiene, los sotiene, lo recubre; y aquí, en este punto específico, en esta intersección desde donde te miro también ocupa un espacio otro cuerpo, que otrora llevaba puesto vistiéndolo ciertamente como el mío. Una piel, un montón de huesos acomodados bajo un determinado órden, músculos, fibras, tendones y músculos en perfecta articulación; venas, venas, y sangre y arterias, plasma, glóbulos y plaquetas; órganos, sistemas y células; células, mitocondrias, ribosomas, lisosomas, y todo lo demás también. Cuerpos, dos cuerpos; dos estructuras físicas, materiales. Corpus: extensión limitada y perceptible por los sentidos. Cuerpos, sistemas orgánicos, conjuntos de cosas, cuerpos. El tuyo sobre el lecho, el mío de pie, a espaldas del rayo del sol, el perro y su ladrido. Cuerpos; ¿el tuyo, el mío, el de ninguno de los dos? Cuerpos, dos cuerpos; uno tieso sobre el colchón, otro de pie, de espaldas al rayo del sol, el perro y sus aullidos. Cuerpos, dos cuerpos y su imitación, en la sombra, en el recuerdo, en el pasado, en el camino, en tus restos en mis dedos, en mis palabras en tu voz, en el eco de los sueños. Cuerpos, dos cuerpos y su imitación. Dos imitaciones y sus muchos cuerpos, idénticos, interminables e infinitos cuerpos. 
Respiro y un indicio de tos se atreve. Uno, dos, tres… y la evito. 
Un cuerpo o su simulacro te observa con sus pies en el piso, sobre la sábana y el piso. Un cuerpo o su parodia te observa, con sus pies en el piso, sobre la sábana y el piso, y tiembla. Un cuerpo o su representación te observa, con sus pies en el piso, sobre la sábana y el piso, tiembla y te observa, observa otro cuerpo, otro cuerpo o su falsificación, observa otro cuerpo o el mismo, recostado, boca arriba sobre el colchón. 
Uno, dos, tres cuerpos, un montón. Todos los cuerpos y un par de ojos que los observan, un par de ojos que también se duplican con los cuerpos. Ojos, un par de ojos en cada cuerpo, montones de cuerpos, montones de ojos. Te miran, me miran, nos miran y ven; ven los cuerpos y ven los ojos que miran otros ojos, otros cuerpos. Ojos que miran, ojos que se dejan ver. 
Un cuerpo yace sobre la cama, quieto sobre la cama. En él un par de ojos cerrados, los únicos ojos que no ven en todo este escándalo. Inútiles los ojos de ese cuerpo si no miran, infructuosos ojos sobre tu cuerpo, un cuerpo pálido, quieto entre medio de tanta multiplicación, un cuerpo inerte con ojos infecundos, absurdos tu ojos y absurdo tu cuerpo, absurda su quietud y su ceguera; más absurdo este enojo que me provoca que no veas, que no vean tus ojos, que tu cuerpo no se mueva, que el perro aún aulle, que no suene otra vez el reloj, absurdo como el sol, que se empecina con quemarme y hacer sombra de mi cuerpo sobre tu cuerpo, una sombra que sólo mis ojos ven y repiten en otros cuerpos mientras tus ojos siguen declárandose innecesarios.

domingo, 16 de septiembre de 2012

Lola51


El barrio donde vivo es usualmente tranquilo. Recorro las veredas sorteando trocitos de helada resbaladizos y hago memoria de otras veces. Ayer, sin ir más lejos volví de noche y las cosas se veían igual que hoy. Camino y repaso las otras huellas que pisé en otros tiempos del mismo recorrido. ¿Cuántas veces habré andado por el mismísimo sitio? ¿Será que cada paso que doy sobre este suelo ocupe el mismo lugar que el paso que di ayer? Camino, toso, y para distraer la distancia, el frío, las ganas de fumar y la tos imagino sobre la acera mis otros pies, esos que anduvieron antes, ayer, a las cuatro de la madrugada, cuando volvía del bar de los jueves, la semana anterior, quizás el último domingo que también olvidé comprar cigarrillos. Si los pasos permanecieran debajo de los pies que los
pisan una y otra vez, el asfalto se hincharía, caminaríamos cada vez más arriba, aunque no pudiéramos notarlo, y un día descubriríamos el cielo más cerca, tendríamos la extraña sensación de ir flotando, volando; saldrían a la calle esos de siempre, los de la ecología y el ahorro, a decirnos que procuráramos pisar siempre sobre el mismísimo sitio para no andar contaminando huellas por ahí; harían bandera oportunista del asunto (como tantas otras veces) y llenarían las paredes con anuncios de conciencia; y la gente comenzaría a caminar con más cautela, ojos siempre clavados en el piso para saber bien dónde pisar, y nos perderíamos el cielo, más inmenso aún en su cercanía, apoyaríamos el pie con más firmeza que antes, con más tezón; ya nos serían pies apoyados sobre el piso, sino casi una patada al suelo, profunda la de los más pretensiosos, intentando recuperar el espacio perdido; y los estudiosos seguirían diciendo que cada vez hay menos espacio para pisar, invertirían millones en campañas publicitarias, aparecería algún actor famoso con cara de buena gente a darnos consejos por la televisión; nos encontraríamos culpables de robarnos el camino, y allí algún prudente optaría por quedarse quieto, y otro un poco menos consciente se lo cruzaría en el sendero y no se atrevería a esquivarlo; pronto una fila de hombres cautelosos, juiciosos y responsables sobre las veredas de la ciudad, cada uno prolijamente ubicado en su sitio, no puede uno andar así por la vida, despilfarrando.

lunes, 10 de septiembre de 2012

Agujero Negro


A veces creo que el papel es una especie de agujero negro, un agujero negro por donde se me escapa el mundo, un agujero negro que me desangra el mundo; un agujero negro donde han ido a parar todas esas cosas que hoy me faltan, todo lo que no tengo, todo lo que no está acá; un agujero negro que me saquea la existencia y se lleva mis cosas, como se ha llevado recién al guapo sujeto que me convidó un café. El papel me robó esas bonitas palabras que yo, con esmero, había combinado para él; y él, el extraño sujeto se ha ido tras ellas, al cabo le pertenecen. Se ha ido tras ellas porque son la frase exacta, la frase perfecta; se ha ido tras ellas porque ellas han sido creadas a su medida, porque las escribí cargadas de seducción. El papel me ha robado esas palabras y el sujeto se ha ido tras ellas. Siempre me pasa lo mismo pero no me resigno a estos atracos del papel, no voy a darme por vencida. Y entonces asomo la nariz; asomo la nariz  y el resto del cuerpo; asomo la nariz, el resto del cuerpo y me adentro en el agujero negro; voy en rescate de mis palabras y, con ellas, del sujeto que me convidó el café. Aunque quizás no sea una buena idea; quizás no sepa cómo salir. Quizás debiese quedarme aquí afuera, fuera del papel, y ver cómo el guapo sujeto danza entre las letras. Quizás debiese quedarme aquí fuera y hacerle cosquillas con la punta de la lapicera, y rodearlo de otras palabras bonitas, de otras frases perfectas. Quizás debiese quedarme de este lado del mundo, fuera del papel, y hacerle el amor con las letras a es guapo sujeto que me ha convidado un café. Cierro los ojos y dudo; dudo si entrar o quedarme obserándolo desde aquí. Y entonces tirito, una vez más tirito, y es que la ventana trae demasiado frío. Tirito; tiemblo, tirito de frío, y un guapo sujeto se acerca y me  convida un café.
A veces creo que el mundo es una especie de agujero negro, un agujero negro que me desangra; un agujero negro donde han ido a parar todas esas cosas que hoy me faltan, todo lo que no tengo, todo lo que no está acá; un agujero negro que me saquea la existencia y se lleva mis cosas.  El mundo me roba las palabras bonitas o lo intenta, pero las palabras resisten y abren un hueco por donde escapar en el papel. Las palabras me sostienen desde la punta de los dedos y me salvan del agujero negro en que se ha convertido el mundo; las palabras evitan que el mundo me trague, como se ha tragado al guapo sujeto que me convidó un café. Me ha robado al extraño sujeto pero en realidad viene por mí. El mundo, agujero negro, viene por mí;  por mí o por mis palabras. El mundo viene a devorarse mis palabras, y como no puede con ellas viene por mí. Viene por mí como ha ido por todos; el mundo enceguecido por el hambre, voraz, siguiendo el instinto de su gula, viene por mí. Y cuando está demasiado cerca, cuando ya es peligrosa su cercanía y se escuchan sus pasos tras la puerta, las palabras penetran el papel y ofrecen una guarida; y allí me escondo, entre las letras, oculta tras la espalda del texto; y el mundo entra, rompe las puertas de mi casa y entra; entra y me busca en cada habitación y no me encuentra; y desepera, y se para frente al papel; se para frente al papel y lo husmea; lo agarra, lo toca, lo lee y lo deja. Las palabras, las letras y yo estamos a salvo, el mundo nunca nos habrá de creer.
A veces creo que soy una especie de agujero negro, un agujero negro que se desangra; un agujero negro donde han ido a parar todas esas cosas que hoy me faltan, todo lo que no tengo, todo lo que no está acá; un agujero negro que me saquea la existencia y se lleva mis cosas.  Soy un agujero negro que me roba las palabras bonitas o lo intenta, pero las palabras resisten,  abren un hueco por donde escapar en el papel y me reescriben.