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jueves, 9 de agosto de 2012

Fines y Principio VI


              E
ra una computadora bastante vieja. No recordaba haber visto a ninguno de los administrativos encenderla jamás. Tampoco sabía cuántos administrativos había en el lugar. No recordaba sus nombres, ni sus caras. No podía asegurar si eran hombres o mujeres. De pronto la misma sensación de segundos atrás lo aferró a la intención de recordar.
Cerró los ojos. Todos sus sentidos enfocaron la voluntad en reconstruir alguna imagen, algún vestigio de realidad anterior a lo que hoy constituía su aparente único contexto.  El vacío que obtuvo como primera respuesta lo hizo perder el interés en resucitar la fecha exacta de su ingreso. Pero necesitaba revivir el momento, la manera.
Rascó su cabeza como si el temblor que provocaba la fricción de sus manos sobre su cuero cabelludo hubiera de remover las telarañas que mantenían cautivos los cuadros de su pasado. Mas las pinturas parecían haber sido borradas prolijamente, devolviendo al lienzo su originaria virginidad. Ni siquiera podía retratar burdamente los recuerdos que por su importancia debiesen de estar grabados en la memoria del más despistado amnésico.
Advirtió que la propia confusión que promovía lo desierto de sus pensamientos lo mantenía inútilmente inmóvil frente a lo que podría ser la revelación que dé muerte a sus dudas. Tenía órdenes estrictas de no hacer nada más que lo que se le había encomendado. Supuso siempre, desde ese momento, que el castigo cantado lo internaría en una de las celdas que él mismo se encargaba de custodiar. La sola posibilidad de perder su libertad lo hizo levantarse apresuradamente de la silla y alejarse a trancos largos pero silenciosos de la máquina. Sollozó agitado y recorrió con los ojos el recinto. Pronto descubrió que los trescientos sesenta grados que dibujaba la circunferencia de su alrededor o habían padecido una circunstancial ceguera u oportunamente habían enmudecido luego de ser testigos de su rebelde intención. El único rastro de su maquinación era el aire de ansiedad que exhalaban las paredes del lugar, aire que lo invitaba a volver a intentar, que lo empujaba a recobrar el valor que la incertidumbre le había generado un rato atrás.
Titubeó, osciló unos segundos entre la posibilidad de ser descubierto y la de descubrir lo que tanta perplejidad le causaba. Tomó aire y se encaminó por fin, decididamente, a revelar la verdad.  Sus dedos temblorosos encendieron la computadora; así lo acusó el estruendo que rompió el silencio de la prisión, el que disimuló anticipadamente con un sobreactuado ataque de tos. La opacidad usual del monitor se tiñó de un brilloso blanco al que a sus maltratados ojos les costó acostumbrarse. Exploró cada archivo, de principio a fin. Buscó entre nombres, fotos, relatos, datos y más datos. Cada detalle apuntado allí confirmaba sus innumerables conjeturas. A medida que leía aquella información algo extraño le sucedía. Una simultánea identidad se generaba espontáneamente en su recuerdo, como si su memoria hubiese contenido previamente esos archivos. Imaginó su cabeza como un rollo de fotos que protege celosamente los negativos poseedores de pequeños trozos robados al entorno. De la misma manera en que una fotografía inmortalizaba un objeto dejándolo fuera del transcurso del tiempo, o un momento, logrando repetirlo cada vez que alguien se dispusiese a observar su retrato; esos archivos habían eternizado las almas de los cautivos de la prisión congelando sus caminos a la fecha de ingreso. Era evidente ahora ante su mirada. Los allí encerrados habían quedado colgados en el último momento vivido antes de declararse rendidos, y pasarían el resto de su perpetuidad girando cíclicamente en el mismo segundo una y otra vez. Su capitulación tenía el efecto de esa cámara fotográfica; retrataba el preciso instante de entrega. Un mismo instante repetido continuamente podría bien durar una millonésima de segundo, un día, un año. Donde el inicio era lo mismo que el final la duración del momento podría apreciarse desde el núcleo del  mismo únicamente. Sólo notaría el paso del tiempo dentro de la fijación atemporal de la repetición quien fuese protagonista de ella. El observador podría solamente distinguir la fotografía capturada, inmóvil, detenida, paralizada.
Se pensó a sí mismo. Todos los días recorriendo los pasillos de los calabozos, encontrando todo en el mismo lugar. Repitiendo lo mismo cada uno de los días de su vida. Su vida. Recordó entonces que le era imposible recordarse antes de aquella rutina; como si hubiese de pronto aparecido de la nada en ese lugar, sin haber existido antes en ningún otro sitio. “En ningún otro tiempo” – pensó- “no hubo tiempo para mi anterior a este”. No habrá tiempo después. Justo cuando la desesperación amenazaba invadirlo recordó ver amanecer y anochecer. Los días sí transcurrían para él. El fastidio con que apagaba el despertador cada mañana evidenciaban el paso de la noche, y el cansancio con que iba deseoso a su cuarto a acostarse anunciaba el final de la jornada.  Ciertamente se levantaba, se duchaba, se vestía, recorría las celdas, comía, volvía a recorrer las celdas, cenaba, ajustaba la alarma del reloj a la misma hora y se acostaba a dormir. Efectivamente cada tarea demostraba que los días sí transcurrían para él.
Con la tranquilidad que ese último pensamiento le devolvió, recorrió su cuerpo con la mirada, tal vez para terminar de convencerse humano. Se observó detenidamente, y cuando estaba a punto de desechar esa absurda idea de no ser más que un instante repetido, una ráfaga de lucidez volvió a invadir su trabajada convicción. Se vio con la misma vestimenta que todos los días, se recordó degustando exactamente el mismo plato de comida una y otra vez, almuerzo y cena, con el apetito de estar probando un manjar del que el asombro de sus papilas gustativas no tenían recuerdo. Dibujó sus recorridas diarias de memoria y pudo jurar que daba la misma cantidad de pasos en la misma dirección a diario. Cada acción que realizaba desde el inicio de lo que ahora sabía una especie de pesadilla se repetía una y otra vez, trazando una circunferencia que mirada desde esa perplejidad fundía principios con finales, convirtiendo la figura en un retrato estático. No era más que una imagen retratada a perpetuidad.
El entumecimiento que provocó la revelación le dio náuseas. Se levantó de la silla y corrió hacia el baño intentando contener las ganas de vomitar. Salió del baño débil, como si en el vómito hubiese dejado esa vida que hasta  ayer creyó tener. Sus piernas casi ausentes lo obligaron a acudir a sus manos, siempre más obedientes que aquellas, y se sostuvo de las paredes para volver a la galería principal. No sabía ya si existía diferencia entre seguir custodiando las celdas de los prisioneros o estar dentro de una de ellas. Pero la idea de ser descubierto aún lo incomodaba y deseaba sólo llegar a la máquina para poder apagarla y borrar la huella de su intromisión.
No podía decir que había muerto con el descubrimiento porque para que ello hubiese sucedido debería haber estado vivo; pero así lo sentía.  No lograba del todo comprender, aunque para ser sinceros, ya no sabía si tenía entendimiento. Suponer que todo era un sueño le era imposible, tenía la certeza de estar despierto, si bien la situación reflejaba una gran similitud entre una cosa y la otra.
Aturdido, logró con gran esfuerzo alcanzar la silla, se sentó dispuesto a deshacer cualquier evidencia cuando escuchó una voz susurrándole al oído una frase que desencadenó una procesión de recuerdos desvaneciendo la arritmia que la espesura de aquella sangre solidificándose le había provocado: “nunca creíste que el río se ensancharía para nosotros”.
Resucitó. 

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