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viernes, 3 de agosto de 2012

DARGANFOD (“El que se pierde es el que encuentra las nuevas sendas” )


E
l coronel sufría en silencio la distancia que lo separaba del Guillermo. Intentaba distraer sus días inmiscuyéndose en cuanta campaña militar aparecía, pero entre tantos hombres de las tropas buscaba los ojos de su ministro preferido. Se habían jurado amor eterno, aunque sabían que no volvería a estar juntos jamás, y menos ahora, que todos los ojos estaban puestos en la Patagonia, pendientes de cada cosa que sucediera allí.
            El tiempo le ponía las cosas cada vez más difíciles. Debía, no sólo aparentar ser rudo frente a sus soldados, sino también aguantar alguna que otra tentación. Como la tarde en que llegó ese nuevo  recluta, Larrosa. Joven, llevaba encima apenas diecinueva años. Julián lo sintió venir, y ya, sin verlo, lo sospechaba. Era realmente buen mozo; alto, con un incipiente bigote asomando los primeros intentos debajo de su nariz, entre rubio y pelirrojo. El uniforme le quedaba tan bien que a Murga le costó guardar la compostura. El muchacho se presentó entre la resistencia disimulada del coronel a bajar la mirada un poco más allá de la cintura del soldado recién inaugurado. Como pudo lo logró, frunciendo el ceño un poco más que de costumbre para desdibujar así cualquier esbozo de sonrisa que pudiese escapársele.
            Quizás ya no le fuera tan sencillo esconder sus ademanes, sus gestos, sus ganas; o quizás Larrosa haya tenido la impertinencia necesaria como para poder pensar a su coronel gay. El caso es que, a los tres días de haber llegado al campamento, caída ya la noche, el muchacho se adentró en la carpa del coronel con la absurda excusa de estar extraviado. Julián, entre asustado y asombrado, se paró abruptamente de la silla que lo sostenía sentado frente al escritorio mientras delineaba algunas frases que enviaría al doctor, dejando caer la pluma y el tintero sobre el papel, arruinando todo lo escrito y evidenciando lo nervioso que lo ponía la situación. Luego de tremendo salto la autoridad del rango había desaparecido por completo, al menos para ese instante entre ellos dos. Inmediatamente, luego de sonreír al descubrir el sonrojo en las mejillas de un hombre al que le costaba cada vez más pasar por severo, el muchacho apresuró el paso y se acercó hasta el coronel, para ayudarlo a recoger el desastre que había provocado su inesperada interrupción.  Julián se sentía avergonzado y descubierto y temblaba, inmóvil, como una hoja; cosa bastante inoportuna  para hacer delante de un subordinado. Pero no podía evitarlo. Entonces Larrosa, que no había ido hasta allí con ninguna mala intención, lo tomó por los hombros, le borró el sudor que se asomaba, escandaloso, sobre la frente de su superior, y lo invitó a tranquilizarse. Esas manos eran tan suaves que lograron calmarlo e inspirarle la confianza de sentirse seguro. Ya no tenía sentido seguir escondido frente a este joven, de manera que se relajó y le pidió disculpas.
            Permanecieron un largo rato conversando, primero casi austeramente, hasta que la noche convidó a ablandarse. Anécdotas e historias se entretejieron en el lugar hasta converger en este secreto compartido. El joven era oriundo de Mendoza, y le contó sobre su necesidad de irse de casa tras haberse enamorado del hijo de un reconocido abogado del lugar.  Julián no pudo resistir la tentación, y, en confianza luego de tremendas confesiones, le contó sobre el doctor y sus hazañas para verse escondidos entre reuniones y planes de invasión. Sin darse cuenta los abrazó la madrugada con pinceladas de risas y alguna que otra lágrima de añoranza, hasta que los sorprendió el primer rayo de sol.
            Apresurado, el coronel le aconsejó a su compañero que regresara a su cama, antes de que algún curioso notase su ausencia. El joven se marchó; le hubiera encantado decirle las ganas que se le habían antojado de partirle la boca de un beso, pero esas ideas jamás se le hubieran cruzado tan desfachatadamente a un subordinado. Murga bajó la cabeza y suspiró por el muchacho, por Guillermo, por la distancia y por la  maldita fidelidad que no le permitía ni un desliz nocturno. Esa fue la única vez que estuvo a solas con Larrosa.
            Mientras tanto el doctor intentaba convencer a Mitre sobre la necesidad de construir “la frontera de hierro” con el ferrocarril, como mejor método para “ampliar  la frontera contra el indio”, alegando mayor efectividad en ello que en la ocupación de las tierras. De esa manera aumentaban sus posibilidades de encuentros con Julián. Así impulsó desde el ministerio la construcción de líneas férreas, del telégrafo y del servicio postal; todo para poder estar un poco más cerca de él.
            Aunque para Rawson era un tanto menos grave la distancia. No porque amara menos a su lejano compañero, sino porque desde la aparición de Jones tenía, al menos, con quien conversar del asunto. Lewis se transformó en su confidente; pasaban horas y horas hablando.
Guillermo trabajaba fervientemente en la elaboración de unas medicinas que suministraba a su amigo, con resultados cada vez más  eficientes, y entre tanto le contaba de cómo había conocido al coronel, de las noches que habían pasado juntos mientras los excusaba la convulsionada realidad de la ciudad, y hasta alguna que otra vez le leía fragmentos de las cartas que recibía.
Jones iba narrando su propia historia en pequeñas partes desordenadas, como una especie de rompecabezas; y el doctor pasaba las horas de su siesta tratando de encajar esas piezas. La vida de Lewis había sido mucho más complicada que la suya, pero a pesar de ello la actual situación del joven galés era mucho más benevolente que la del propio Guillermo. Sabía que no era el único que había notado que la tersura de ese rostro no era la que generalmente portaban los hombres en la cara, pero nadie decía nada, al menos no a viva voz. De modo que Jones vivía casi libremente su condición, sobre todo desde que había arribado al Río de la Plata. Él admiraba la dedicación que éste ponía en su apariencia.
Mil novecientos setenta trajo una nueva exigencia. Rawson pisaba los cincuenta y su soltería comenzaba a dar de qué hablar. De pronto sus esfuerzos por mantener limpio su nombre de ciertos juicios se desvanecía, y hasta algún que otro chismoso había levantado la perdiz con aquello de que el coronel, con quien muy a menudo se lo había visto, hubiese bautizado aquel poblado patagónico con su nombre. Esta imprudencia, la avanzada edad de Guillermo, el curioso detalle de no haberlo visto jamás acompañado de una mujer, y su nueva amistad con Jones, eran terreno fértil donde comenzaron a hilvanarse sospechas y a murmullar conjeturas en cada rincón de la ciudad. Debía detener todo eso antes de que el caos estallara.
Jacinta Rojo apareció como si el destino le regalase la gracia de estar a su favor. Era una mujer de buena familia, agradable, y por sobre todas las cosas sumisa. Y se casó[1], a pesar de todos los intentos del coronel por evitarlo. 
Murga lloró a escondidas noche tras noche por aquella boda. No podía entender tremenda traición. El doctor le seguía escribiendo, luego del matrimonio, pero algo más espaciado y escueto que hasta entonces, y en cada epístola, además de jurarle seguir amándolo como el primer día, le rogaba que no cometiese ninguna locura, que a estas alturas podría costarles la vida a los dos. Julián leía esas líneas absorbido por un profundo dolor; su enamorado no sólo hoy dormía en brazos de una mujer, sino que además lo creía capaz de hacer algo que lo perjudicase; él hubiera entregado la cabeza antes de permitirse algo así.
Desde la boda el coronel no volvió a responderle jamás; no encontraba qué decirle.
El próximo tiempo fue más duro aún que aquellos años de amarse a lo lejos, pero resistió.
Una mañana, tras haber permanecido en cama una semana y algunos días, preso de una fiebre que los médicos adjudicaban al clima sin saber de su depresión, se levantó decidido a continuar su camino. Y lo logró, aunque nunca dejó de llevar consigo aquel cofre con los retazos de su historia.
Fue al año siguiente en que la vida lo volvió a abofetear, cuando en una nueva campaña “amistosa” a Choele Choel se topó con el “Rey de Araucanía y Patagonia”.
Orélie  Antoine de Tounens[2] llegó a Chile en 1858, atraído por la heroica resistencia del Pueblo Mapuce defendiendo su soberanía frente a las intenciones europeas. Fascinado como estaba con la cultura de estos indígenas, aprendió su lengua, vistió ponchos y se dejó crecer el pelo para asemejarse a ellos. Logró conquistar la confianza y el respeto de los jefes máximos, y hasta comió y vivió con ellos. Este francés era abogado, y utilizó su academia para ayudar a los Toqui[3] a negociar con los gobiernos chileno y argentino, que por ese entonces pretendían ocupar definitivamente las tierras pertenecientes a este pueblo.  Fue un verdadero aliado fiel de la Nación Mapuce.
Según Armando Braun Menéndez[4]  los caciques lo aceptaron porque vieron en él el símbolo de la resistencia frente al Estado chileno, y por aquella leyenda mesiánica, influida por la evangelización cristiana que hablaba del fin de la guerra y la esclavitud de la mano de la llegada de un hombre blanco a la región.  Lo cierto es que tan sólo a un mes de haber llegado, los convenció y decretó el nacimiento de la primera monarquía constitucional y hereditaria de la Araucanía, y se autoproclamó Rey. Promulgó la Constitución de la Monarquía y la publicó en varios periódicos.  Como si eso fuera poco, en noviembre de 1860 decidió, además, incorporar la Patagonia a su reino, de costa a costa y hasta el estrecho de Magallanes.
Oriélie se dirigió a Valparaíso para dar a conocer su “Nueva Francia”, pero hasta sus amigos se rieron de sus ocurrencias y jamás ninguna autoridad lo recibió.
Entonces reclutó otros nativos, a los que ofreció ayuda para defender la frontera norte a cambio de adhesión a su reino. Esto hizo que las autoridades chilenas se sintieran amenazadas, y pusieron precio a su cabeza.  En 1862 fue apresado, enjuiciado y encerrado por diez años, pero ese mismo año, el cónsul francés Henri Cazotte lo liberó y lo envió a Europa.
En 1871 que el coronel lo conoció personalmente. Fue verlo y rendirse enamorado a sus pies. Quedó seducido y perplejo por lo bien que le quedaban a este extraño europeo el poncho y los pelos largos. Era una combinación perfecta de la delicadeza característica de los hombres del viejo continente y la rudeza de los pobladores originarios.
Le salvó la vida, pues las cosas a su regreso eran más cruentas que años atrás,   y las autoridades chilenas no escatimaban a la hora de asesinar a quien se opusiera en su camino de conquista.
Pasaron una única noche juntos, pero no como Julián lo hubiese querido. Refugiados entre las malezas de la meseta el extranjero durmió y el coronel veló por su descanso. Un rato antes de la salida del sol el rey partió, escabullido entre la oscuridad, evitando que la luz y el enemigo lo descubriesen.
Otro amor que se le iba lejos y Murga cada vez más debilitado. Le escribió al monarca alguna que otra misiva, pero éste jamás contestó, a pesar de haberle prometido hacerlo.
Y la desazón se convirtió en ira. Entonces encontró una forma de vengar  sus dolores. De noche solía tener pesadillas en las que encontraba a Orélie nuevamente entre los Mapuces, en amoríos con alguna joven muchacha. Eso lo llevó a aceptar participar enfáticamente en el genocidio que encabezaba el General Roca. Muchos indígenas murieron en sus manos, pero no fue suficiente la sangre de ninguno para saciar su sed. Y al francés jamás lo volvió a ver.
En 1878 supo de su muerte. Las fuerzas le resistieron para dar pelea en una sola batalla más, en la que fue derrotado. Desde allí, fue dado de baja en el ejército y se instaló en su casa en Carmen de Patagones. Pasó sus últimos días acompañado únicamente de aquellas viejas cartas, las que leía una y otra vez.
El día de su muerte[5] lo encontró dormido. Era demasiado temprano para morirse, y el coronel, que tenía decidido vivir algún tiempo más,  había olvidado deshacerse de aquel cofre en que resguardaba el secreto. Un mes después la verdad escupía en la cara a la historia y su estúpida moral.




[1] 29 de enero de 1870, Basílica de San Nicolás de Bari, Buenos Aires
[2] Citado en español como Aurelio Antonio
[3] Jefes máximos del Pueblo Mapuce
[4] Biógrafo más importante de Tounens
[5] 1883 en Carmen de Patagones

1 comentario:

Horacio Beascochea dijo...

Buen relato. El amor, sus versiones y periplos. Hay verdades que tarde o temprano, salen a la luz.

Beso grande