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jueves, 30 de agosto de 2012

Pedacitos de Lola


En el diario siempre las mismas noticias, aunque quiera creerlas distintas; quizás otro nombre, otro sitio, pero al cabo todo siempre es igual. Crónicas de la misma cosa repetida, la última pitada al cigarrillo y la certeza de encontrar cada esquina exactamente la misma, más allá de sus coordenadas; personas que reclaman, otros que no dan, gente que sale a la calle vestida de la misma manera aunque siempre lleve una ropa distinta; rutinas, acá, allá, donde quiera que veas, rutinas; levantarse, el baño, el cepillo de dientes, el café del desayuno, las tostadas hechas con el mismo fuego y el mismo pan; tostadas recicladas, gente reciclada, vidas recicladas; noticias y más noticias;  están los que tienen, a los que siempre les va a faltar, los que luchan por eso, los que dicen luchar, a los que no les interesa, los que no saben de qué coño les hablo, los que roban y van presos, los que van presos sin robar, los que denominan trabajo a sus grandes estafas, el miedo por todas partes sembrando amenazas; los títeres y los titiriteros, el público que aplaude o abuchea, el que dirige, el que corrige y el otro que ni dirige ni corrige, el que está y lo sabe, el que no sabe y está, el que está y ni cuenta, el que pretende llevarnos las cuentas, los que suman, los que restan, los de la división y los que dividen mientras otros multiplican; gente que se multiplica como conejos, y puebla, y conquista y vende y negocia; los que se quedan, los que quieren irse, cada una de las salidas de escape y la prisión; el que siembra, el que recolecta, el que gana fortunas con la recolección; las casas, las plazas, las ventanas, la gente tomando mates al sol; los planes, los imprevistos,  el orden y la impertinencia de querer desordenar; los martes, una y otra vez martes, las madrugadas y cada uno de los cigarrillos; todo exactamente igual. Y hay gente que escribe sobre ello, y gente que lee y logra sorprenderse como si nunca hubiese estado en ese lugar. Copias, calcos, reiteraciones y el reloj, la única manera de convencernos de algo distinto. Acá son las seis treinta,  sigue siendo martes, y el reloj parece no funcionar. Piense en lo que piense, lea lo que lea, siga estando yo aquí o me haya movido  a otro sitio,  todo sigue exactamente igual.  Enciendo el último cigarrillo, quizás lo único que no me permite del todo aferrarme a este delirio de martes por la mañana, quizás la única parte del relato que no puede permanecer quieta, que se consume,  que se descuenta. Siento alivio por no haber dejado de fumar. 

miércoles, 29 de agosto de 2012

Pequeño retazo de lo que viene

"Sería mejor haber enceguecido, haber logrado de la idiotez un estadío constante, sin intervalos lúcidos, perder por completo la razón o recuperar el juicio. Sería mejor desayunar tostadas, vivir en un barrio un poco menos tranquilo, cambiar de ciudad, revisar más a menudo las pilas del reloj. Sería mejor acabar por asumir la soledad, aprender a dar algo por perdido, ensayar un poco mejor la distr
acción, limpiar más a menudo la casa, no prolongar tanto el ayuno. Claro que sería mejor; sería mejor reemplazar el café por un vaso de agua, comer más a menudo, cortarme el pelo de tanto en tanto, llenarme las horas de horas perdidas, ir a trabajar. Sería mejor adoptar un perro, comprar alguna otra compañía, pagar por sexo o cobrar por ello. Sería mejor, claro que sería mejor; dejarme sobornar por el amor de mercado, haberme resignado a cualquier cosa de utilería, vestirme distinto,cambiar de oficio, no llamar tanto la atención. Claro que sería mejor haberme casado, haber cumplido con todos los mandatos; tener una casa más grande, un auto, un jefe, que este escritorio trajera un salario, haber votado en la última elección; no buscarle los piojos al mundo, no mirarlo a los ojos, aceptar que las cosas no son más que como son; no volar, no imaginar, no luchar, no esperar. Claro que sería mejor."

jueves, 9 de agosto de 2012

Fines y Principio VI


              E
ra una computadora bastante vieja. No recordaba haber visto a ninguno de los administrativos encenderla jamás. Tampoco sabía cuántos administrativos había en el lugar. No recordaba sus nombres, ni sus caras. No podía asegurar si eran hombres o mujeres. De pronto la misma sensación de segundos atrás lo aferró a la intención de recordar.
Cerró los ojos. Todos sus sentidos enfocaron la voluntad en reconstruir alguna imagen, algún vestigio de realidad anterior a lo que hoy constituía su aparente único contexto.  El vacío que obtuvo como primera respuesta lo hizo perder el interés en resucitar la fecha exacta de su ingreso. Pero necesitaba revivir el momento, la manera.
Rascó su cabeza como si el temblor que provocaba la fricción de sus manos sobre su cuero cabelludo hubiera de remover las telarañas que mantenían cautivos los cuadros de su pasado. Mas las pinturas parecían haber sido borradas prolijamente, devolviendo al lienzo su originaria virginidad. Ni siquiera podía retratar burdamente los recuerdos que por su importancia debiesen de estar grabados en la memoria del más despistado amnésico.
Advirtió que la propia confusión que promovía lo desierto de sus pensamientos lo mantenía inútilmente inmóvil frente a lo que podría ser la revelación que dé muerte a sus dudas. Tenía órdenes estrictas de no hacer nada más que lo que se le había encomendado. Supuso siempre, desde ese momento, que el castigo cantado lo internaría en una de las celdas que él mismo se encargaba de custodiar. La sola posibilidad de perder su libertad lo hizo levantarse apresuradamente de la silla y alejarse a trancos largos pero silenciosos de la máquina. Sollozó agitado y recorrió con los ojos el recinto. Pronto descubrió que los trescientos sesenta grados que dibujaba la circunferencia de su alrededor o habían padecido una circunstancial ceguera u oportunamente habían enmudecido luego de ser testigos de su rebelde intención. El único rastro de su maquinación era el aire de ansiedad que exhalaban las paredes del lugar, aire que lo invitaba a volver a intentar, que lo empujaba a recobrar el valor que la incertidumbre le había generado un rato atrás.
Titubeó, osciló unos segundos entre la posibilidad de ser descubierto y la de descubrir lo que tanta perplejidad le causaba. Tomó aire y se encaminó por fin, decididamente, a revelar la verdad.  Sus dedos temblorosos encendieron la computadora; así lo acusó el estruendo que rompió el silencio de la prisión, el que disimuló anticipadamente con un sobreactuado ataque de tos. La opacidad usual del monitor se tiñó de un brilloso blanco al que a sus maltratados ojos les costó acostumbrarse. Exploró cada archivo, de principio a fin. Buscó entre nombres, fotos, relatos, datos y más datos. Cada detalle apuntado allí confirmaba sus innumerables conjeturas. A medida que leía aquella información algo extraño le sucedía. Una simultánea identidad se generaba espontáneamente en su recuerdo, como si su memoria hubiese contenido previamente esos archivos. Imaginó su cabeza como un rollo de fotos que protege celosamente los negativos poseedores de pequeños trozos robados al entorno. De la misma manera en que una fotografía inmortalizaba un objeto dejándolo fuera del transcurso del tiempo, o un momento, logrando repetirlo cada vez que alguien se dispusiese a observar su retrato; esos archivos habían eternizado las almas de los cautivos de la prisión congelando sus caminos a la fecha de ingreso. Era evidente ahora ante su mirada. Los allí encerrados habían quedado colgados en el último momento vivido antes de declararse rendidos, y pasarían el resto de su perpetuidad girando cíclicamente en el mismo segundo una y otra vez. Su capitulación tenía el efecto de esa cámara fotográfica; retrataba el preciso instante de entrega. Un mismo instante repetido continuamente podría bien durar una millonésima de segundo, un día, un año. Donde el inicio era lo mismo que el final la duración del momento podría apreciarse desde el núcleo del  mismo únicamente. Sólo notaría el paso del tiempo dentro de la fijación atemporal de la repetición quien fuese protagonista de ella. El observador podría solamente distinguir la fotografía capturada, inmóvil, detenida, paralizada.
Se pensó a sí mismo. Todos los días recorriendo los pasillos de los calabozos, encontrando todo en el mismo lugar. Repitiendo lo mismo cada uno de los días de su vida. Su vida. Recordó entonces que le era imposible recordarse antes de aquella rutina; como si hubiese de pronto aparecido de la nada en ese lugar, sin haber existido antes en ningún otro sitio. “En ningún otro tiempo” – pensó- “no hubo tiempo para mi anterior a este”. No habrá tiempo después. Justo cuando la desesperación amenazaba invadirlo recordó ver amanecer y anochecer. Los días sí transcurrían para él. El fastidio con que apagaba el despertador cada mañana evidenciaban el paso de la noche, y el cansancio con que iba deseoso a su cuarto a acostarse anunciaba el final de la jornada.  Ciertamente se levantaba, se duchaba, se vestía, recorría las celdas, comía, volvía a recorrer las celdas, cenaba, ajustaba la alarma del reloj a la misma hora y se acostaba a dormir. Efectivamente cada tarea demostraba que los días sí transcurrían para él.
Con la tranquilidad que ese último pensamiento le devolvió, recorrió su cuerpo con la mirada, tal vez para terminar de convencerse humano. Se observó detenidamente, y cuando estaba a punto de desechar esa absurda idea de no ser más que un instante repetido, una ráfaga de lucidez volvió a invadir su trabajada convicción. Se vio con la misma vestimenta que todos los días, se recordó degustando exactamente el mismo plato de comida una y otra vez, almuerzo y cena, con el apetito de estar probando un manjar del que el asombro de sus papilas gustativas no tenían recuerdo. Dibujó sus recorridas diarias de memoria y pudo jurar que daba la misma cantidad de pasos en la misma dirección a diario. Cada acción que realizaba desde el inicio de lo que ahora sabía una especie de pesadilla se repetía una y otra vez, trazando una circunferencia que mirada desde esa perplejidad fundía principios con finales, convirtiendo la figura en un retrato estático. No era más que una imagen retratada a perpetuidad.
El entumecimiento que provocó la revelación le dio náuseas. Se levantó de la silla y corrió hacia el baño intentando contener las ganas de vomitar. Salió del baño débil, como si en el vómito hubiese dejado esa vida que hasta  ayer creyó tener. Sus piernas casi ausentes lo obligaron a acudir a sus manos, siempre más obedientes que aquellas, y se sostuvo de las paredes para volver a la galería principal. No sabía ya si existía diferencia entre seguir custodiando las celdas de los prisioneros o estar dentro de una de ellas. Pero la idea de ser descubierto aún lo incomodaba y deseaba sólo llegar a la máquina para poder apagarla y borrar la huella de su intromisión.
No podía decir que había muerto con el descubrimiento porque para que ello hubiese sucedido debería haber estado vivo; pero así lo sentía.  No lograba del todo comprender, aunque para ser sinceros, ya no sabía si tenía entendimiento. Suponer que todo era un sueño le era imposible, tenía la certeza de estar despierto, si bien la situación reflejaba una gran similitud entre una cosa y la otra.
Aturdido, logró con gran esfuerzo alcanzar la silla, se sentó dispuesto a deshacer cualquier evidencia cuando escuchó una voz susurrándole al oído una frase que desencadenó una procesión de recuerdos desvaneciendo la arritmia que la espesura de aquella sangre solidificándose le había provocado: “nunca creíste que el río se ensancharía para nosotros”.
Resucitó. 

viernes, 3 de agosto de 2012

DARGANFOD (“El que se pierde es el que encuentra las nuevas sendas” )


E
l coronel sufría en silencio la distancia que lo separaba del Guillermo. Intentaba distraer sus días inmiscuyéndose en cuanta campaña militar aparecía, pero entre tantos hombres de las tropas buscaba los ojos de su ministro preferido. Se habían jurado amor eterno, aunque sabían que no volvería a estar juntos jamás, y menos ahora, que todos los ojos estaban puestos en la Patagonia, pendientes de cada cosa que sucediera allí.
            El tiempo le ponía las cosas cada vez más difíciles. Debía, no sólo aparentar ser rudo frente a sus soldados, sino también aguantar alguna que otra tentación. Como la tarde en que llegó ese nuevo  recluta, Larrosa. Joven, llevaba encima apenas diecinueva años. Julián lo sintió venir, y ya, sin verlo, lo sospechaba. Era realmente buen mozo; alto, con un incipiente bigote asomando los primeros intentos debajo de su nariz, entre rubio y pelirrojo. El uniforme le quedaba tan bien que a Murga le costó guardar la compostura. El muchacho se presentó entre la resistencia disimulada del coronel a bajar la mirada un poco más allá de la cintura del soldado recién inaugurado. Como pudo lo logró, frunciendo el ceño un poco más que de costumbre para desdibujar así cualquier esbozo de sonrisa que pudiese escapársele.
            Quizás ya no le fuera tan sencillo esconder sus ademanes, sus gestos, sus ganas; o quizás Larrosa haya tenido la impertinencia necesaria como para poder pensar a su coronel gay. El caso es que, a los tres días de haber llegado al campamento, caída ya la noche, el muchacho se adentró en la carpa del coronel con la absurda excusa de estar extraviado. Julián, entre asustado y asombrado, se paró abruptamente de la silla que lo sostenía sentado frente al escritorio mientras delineaba algunas frases que enviaría al doctor, dejando caer la pluma y el tintero sobre el papel, arruinando todo lo escrito y evidenciando lo nervioso que lo ponía la situación. Luego de tremendo salto la autoridad del rango había desaparecido por completo, al menos para ese instante entre ellos dos. Inmediatamente, luego de sonreír al descubrir el sonrojo en las mejillas de un hombre al que le costaba cada vez más pasar por severo, el muchacho apresuró el paso y se acercó hasta el coronel, para ayudarlo a recoger el desastre que había provocado su inesperada interrupción.  Julián se sentía avergonzado y descubierto y temblaba, inmóvil, como una hoja; cosa bastante inoportuna  para hacer delante de un subordinado. Pero no podía evitarlo. Entonces Larrosa, que no había ido hasta allí con ninguna mala intención, lo tomó por los hombros, le borró el sudor que se asomaba, escandaloso, sobre la frente de su superior, y lo invitó a tranquilizarse. Esas manos eran tan suaves que lograron calmarlo e inspirarle la confianza de sentirse seguro. Ya no tenía sentido seguir escondido frente a este joven, de manera que se relajó y le pidió disculpas.
            Permanecieron un largo rato conversando, primero casi austeramente, hasta que la noche convidó a ablandarse. Anécdotas e historias se entretejieron en el lugar hasta converger en este secreto compartido. El joven era oriundo de Mendoza, y le contó sobre su necesidad de irse de casa tras haberse enamorado del hijo de un reconocido abogado del lugar.  Julián no pudo resistir la tentación, y, en confianza luego de tremendas confesiones, le contó sobre el doctor y sus hazañas para verse escondidos entre reuniones y planes de invasión. Sin darse cuenta los abrazó la madrugada con pinceladas de risas y alguna que otra lágrima de añoranza, hasta que los sorprendió el primer rayo de sol.
            Apresurado, el coronel le aconsejó a su compañero que regresara a su cama, antes de que algún curioso notase su ausencia. El joven se marchó; le hubiera encantado decirle las ganas que se le habían antojado de partirle la boca de un beso, pero esas ideas jamás se le hubieran cruzado tan desfachatadamente a un subordinado. Murga bajó la cabeza y suspiró por el muchacho, por Guillermo, por la distancia y por la  maldita fidelidad que no le permitía ni un desliz nocturno. Esa fue la única vez que estuvo a solas con Larrosa.
            Mientras tanto el doctor intentaba convencer a Mitre sobre la necesidad de construir “la frontera de hierro” con el ferrocarril, como mejor método para “ampliar  la frontera contra el indio”, alegando mayor efectividad en ello que en la ocupación de las tierras. De esa manera aumentaban sus posibilidades de encuentros con Julián. Así impulsó desde el ministerio la construcción de líneas férreas, del telégrafo y del servicio postal; todo para poder estar un poco más cerca de él.
            Aunque para Rawson era un tanto menos grave la distancia. No porque amara menos a su lejano compañero, sino porque desde la aparición de Jones tenía, al menos, con quien conversar del asunto. Lewis se transformó en su confidente; pasaban horas y horas hablando.
Guillermo trabajaba fervientemente en la elaboración de unas medicinas que suministraba a su amigo, con resultados cada vez más  eficientes, y entre tanto le contaba de cómo había conocido al coronel, de las noches que habían pasado juntos mientras los excusaba la convulsionada realidad de la ciudad, y hasta alguna que otra vez le leía fragmentos de las cartas que recibía.
Jones iba narrando su propia historia en pequeñas partes desordenadas, como una especie de rompecabezas; y el doctor pasaba las horas de su siesta tratando de encajar esas piezas. La vida de Lewis había sido mucho más complicada que la suya, pero a pesar de ello la actual situación del joven galés era mucho más benevolente que la del propio Guillermo. Sabía que no era el único que había notado que la tersura de ese rostro no era la que generalmente portaban los hombres en la cara, pero nadie decía nada, al menos no a viva voz. De modo que Jones vivía casi libremente su condición, sobre todo desde que había arribado al Río de la Plata. Él admiraba la dedicación que éste ponía en su apariencia.
Mil novecientos setenta trajo una nueva exigencia. Rawson pisaba los cincuenta y su soltería comenzaba a dar de qué hablar. De pronto sus esfuerzos por mantener limpio su nombre de ciertos juicios se desvanecía, y hasta algún que otro chismoso había levantado la perdiz con aquello de que el coronel, con quien muy a menudo se lo había visto, hubiese bautizado aquel poblado patagónico con su nombre. Esta imprudencia, la avanzada edad de Guillermo, el curioso detalle de no haberlo visto jamás acompañado de una mujer, y su nueva amistad con Jones, eran terreno fértil donde comenzaron a hilvanarse sospechas y a murmullar conjeturas en cada rincón de la ciudad. Debía detener todo eso antes de que el caos estallara.
Jacinta Rojo apareció como si el destino le regalase la gracia de estar a su favor. Era una mujer de buena familia, agradable, y por sobre todas las cosas sumisa. Y se casó[1], a pesar de todos los intentos del coronel por evitarlo. 
Murga lloró a escondidas noche tras noche por aquella boda. No podía entender tremenda traición. El doctor le seguía escribiendo, luego del matrimonio, pero algo más espaciado y escueto que hasta entonces, y en cada epístola, además de jurarle seguir amándolo como el primer día, le rogaba que no cometiese ninguna locura, que a estas alturas podría costarles la vida a los dos. Julián leía esas líneas absorbido por un profundo dolor; su enamorado no sólo hoy dormía en brazos de una mujer, sino que además lo creía capaz de hacer algo que lo perjudicase; él hubiera entregado la cabeza antes de permitirse algo así.
Desde la boda el coronel no volvió a responderle jamás; no encontraba qué decirle.
El próximo tiempo fue más duro aún que aquellos años de amarse a lo lejos, pero resistió.
Una mañana, tras haber permanecido en cama una semana y algunos días, preso de una fiebre que los médicos adjudicaban al clima sin saber de su depresión, se levantó decidido a continuar su camino. Y lo logró, aunque nunca dejó de llevar consigo aquel cofre con los retazos de su historia.
Fue al año siguiente en que la vida lo volvió a abofetear, cuando en una nueva campaña “amistosa” a Choele Choel se topó con el “Rey de Araucanía y Patagonia”.
Orélie  Antoine de Tounens[2] llegó a Chile en 1858, atraído por la heroica resistencia del Pueblo Mapuce defendiendo su soberanía frente a las intenciones europeas. Fascinado como estaba con la cultura de estos indígenas, aprendió su lengua, vistió ponchos y se dejó crecer el pelo para asemejarse a ellos. Logró conquistar la confianza y el respeto de los jefes máximos, y hasta comió y vivió con ellos. Este francés era abogado, y utilizó su academia para ayudar a los Toqui[3] a negociar con los gobiernos chileno y argentino, que por ese entonces pretendían ocupar definitivamente las tierras pertenecientes a este pueblo.  Fue un verdadero aliado fiel de la Nación Mapuce.
Según Armando Braun Menéndez[4]  los caciques lo aceptaron porque vieron en él el símbolo de la resistencia frente al Estado chileno, y por aquella leyenda mesiánica, influida por la evangelización cristiana que hablaba del fin de la guerra y la esclavitud de la mano de la llegada de un hombre blanco a la región.  Lo cierto es que tan sólo a un mes de haber llegado, los convenció y decretó el nacimiento de la primera monarquía constitucional y hereditaria de la Araucanía, y se autoproclamó Rey. Promulgó la Constitución de la Monarquía y la publicó en varios periódicos.  Como si eso fuera poco, en noviembre de 1860 decidió, además, incorporar la Patagonia a su reino, de costa a costa y hasta el estrecho de Magallanes.
Oriélie se dirigió a Valparaíso para dar a conocer su “Nueva Francia”, pero hasta sus amigos se rieron de sus ocurrencias y jamás ninguna autoridad lo recibió.
Entonces reclutó otros nativos, a los que ofreció ayuda para defender la frontera norte a cambio de adhesión a su reino. Esto hizo que las autoridades chilenas se sintieran amenazadas, y pusieron precio a su cabeza.  En 1862 fue apresado, enjuiciado y encerrado por diez años, pero ese mismo año, el cónsul francés Henri Cazotte lo liberó y lo envió a Europa.
En 1871 que el coronel lo conoció personalmente. Fue verlo y rendirse enamorado a sus pies. Quedó seducido y perplejo por lo bien que le quedaban a este extraño europeo el poncho y los pelos largos. Era una combinación perfecta de la delicadeza característica de los hombres del viejo continente y la rudeza de los pobladores originarios.
Le salvó la vida, pues las cosas a su regreso eran más cruentas que años atrás,   y las autoridades chilenas no escatimaban a la hora de asesinar a quien se opusiera en su camino de conquista.
Pasaron una única noche juntos, pero no como Julián lo hubiese querido. Refugiados entre las malezas de la meseta el extranjero durmió y el coronel veló por su descanso. Un rato antes de la salida del sol el rey partió, escabullido entre la oscuridad, evitando que la luz y el enemigo lo descubriesen.
Otro amor que se le iba lejos y Murga cada vez más debilitado. Le escribió al monarca alguna que otra misiva, pero éste jamás contestó, a pesar de haberle prometido hacerlo.
Y la desazón se convirtió en ira. Entonces encontró una forma de vengar  sus dolores. De noche solía tener pesadillas en las que encontraba a Orélie nuevamente entre los Mapuces, en amoríos con alguna joven muchacha. Eso lo llevó a aceptar participar enfáticamente en el genocidio que encabezaba el General Roca. Muchos indígenas murieron en sus manos, pero no fue suficiente la sangre de ninguno para saciar su sed. Y al francés jamás lo volvió a ver.
En 1878 supo de su muerte. Las fuerzas le resistieron para dar pelea en una sola batalla más, en la que fue derrotado. Desde allí, fue dado de baja en el ejército y se instaló en su casa en Carmen de Patagones. Pasó sus últimos días acompañado únicamente de aquellas viejas cartas, las que leía una y otra vez.
El día de su muerte[5] lo encontró dormido. Era demasiado temprano para morirse, y el coronel, que tenía decidido vivir algún tiempo más,  había olvidado deshacerse de aquel cofre en que resguardaba el secreto. Un mes después la verdad escupía en la cara a la historia y su estúpida moral.




[1] 29 de enero de 1870, Basílica de San Nicolás de Bari, Buenos Aires
[2] Citado en español como Aurelio Antonio
[3] Jefes máximos del Pueblo Mapuce
[4] Biógrafo más importante de Tounens
[5] 1883 en Carmen de Patagones

jueves, 2 de agosto de 2012

HUNANIAETH (Ser es pertenecer a alguien )



L
ewis Jones  llegó a la Argentina en 1862. Cuando nació lo habían bautizado Elin[1]. De hecho, su verdadero apellido no era Jones, sino Evans.  Pero a los dieciséis años abandonó su casa, corrido por sus propios padres, que no aceptaban la verdadera identidad de Lewis. Y desde que salió de allí no dejó jamás de ser quien realmente era. Cortó su cabello más corto aún de lo que usualmente lo llevaba; vistió sus pantalones con orgullo.
La historia lo recuerda como Lewis Jones, pero no porque haya tenido la sabiduría de entender que así él había construido su identidad, sino por pacata. Fue más cómodo invisibilizar la situación y así lo hicieron, más allá de los murmullos que generó entre la gente  su posterior matrimonio con Ellen.  Tanto sepultaron quienes escribieron las memorias de aquella época, que los honores de haber sido la primera persona con la fortaleza suficiente para afrontar el puritanismo de la época se los llevó Michel Dillon, quien es considerado el primer transexual[2].
Llegó a Buenos Aires encargado de las negociaciones con el gobierno local que perseguían fundar una colonia galesa en la Patagonia. Los galeses inmigraron a nuestro país en la búsqueda de recuperar su identidad. En aquel entonces sus tierras estaban dominadas por los ingleses, quienes los obligaban a trabajar en condiciones infrahumanas, hablar en un idioma que les era completamente ajeno,  y abandonar sus antiguas costumbres.  “Hemos encontrado tierras, en una lejana región del sur, en Patagonia, allí viviremos en paz, sin miedo a traidores ni espadas, y allí Gales será rey, loado sea Dios”, entonaba el primer contingente de galeses que partió hacia estas tierras. Estaban resignados a que sus intentos de rebelión siempre fracasasen.
La primera vez que Jones y el doctor se vieron ambos reconocieron en sus miradas ese peso que llevan los ojos de quienes se sienten juzgados por ser como son. Lewis podía percibir la humedad que inundaba los párpados del, por ese entonces, ministro, aunque demoró algunos días más en conocer el nombre propio de esa desazón. Pero aún sin conocer al mismísimo responsable, Jones sabía que esas mejillas estaban surcadas por lágrimas de quien llora un amor lejano, y de alguna manera notaba la diferencia entre los otros hombres y él. Guillermo, que siempre observaba en detalle a los muchachos con que el destino lo cruzaba, lo estudió milimétricamente; hasta que sus sospechas se confirmaron en el apretón de manos de la bienvenida. Esa piel del joven galés era una piel distinta. Se miraron, manos aferradas, y una sonrisa cómplice se pagó con la otra, bañada de la misma complicidad. Desde ese momento ambos supieron que podían confiar mutuamente.  Quizás por eso Guillermo accedió al pedido de los inmigrantes casi sin objeción, a excepción de que la colonia que estaba por instalarse en el valle del río Chubut fuera soberana. Y eligió al coronel para que lo acompañase a Jones.
El 15 de septiembre de 1865 el coronel Julián Murga fundaba el nuevo poblado, al que bautizaría Rawson en honor a su eterno enamorado, sin importarle que este acto pudiese sembrar alguna sospecha al respecto.
Cuentan que los primeros días en las nuevas tierras fueron muy duros. El contingente de colonos llegó en pleno invierno, el clima no los ayudaba y, como si esto fuera poco, no tenían demasiados conocimientos agrícolas.
Jones, por su parte, había regresado a Buenos Aires a encontrarse con Rawson, quien le había prometido suministrarle unos sellos medicinales que ayudarían al desarrollo de su aspecto masculino. Pasó allí dieciocho meses que cambiarían mucho más que su propia vida.


[1] Nombre femenino de origen galés que significa Ninfa. Equivalente de Elena
[2] Nacido en 1915