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martes, 31 de julio de 2012

Número 8



miércoles, 18 de julio de 2012

Dos menos diez



Llegó  pasadas las once. Agitado de haber corrido debajo de la tormenta; como si pudiera ganarle a la lluvia. Alguien me dijo alguna vez que disfrutaba observar a la gente en invierno, pues todos apuran el paso, como si en verdad creyesen que existe la posibilidad de vencer el  tiempo.
                Llevaba el mismo sobretodo que la última vez que lo vi; anoche.  Creo que siempre debo haberlo visto en invierno. No lo recuerdo vestido de otra manera, pero tampoco recuerdo haber pasado un sólo día sin observarlo desde la ventana del bar.
                Solía hacer siempre lo mismo. (¿Será que en esta ciudad siempre llueve?). Jamás lleva paraguas. Pienso que alguna culpa ha de querer lavar bajo la lluvia.  Se detiene bajo el techito del zaguán y busca frenéticamente las llaves en cada uno de los bolsillos, siempre en idéntico orden. Izquierdo, derecho… susurro desde lejos “en el de adentro”. No creo que me escuche, más bien el descarte lo lleva hasta él y las encuentra.
                En este preciso instante es que la torpeza con que ha bañando el frío a sus dedos, lo hacen dejarlas caer sobre la vereda. Se agacha, también rápidamente, y las recoge. Las seca contra el impermeable y tantea unas cuantas veces hasta dar con el hueco de la cerradura.
                Pido el segundo café, esta vez uno doble, y bien cargado, pues me esperan un par de horas hasta volver a verlo salir.
                El tiempo sentada allí ya no me sienta tan incómodo; es como si hubiera aprendido a apresurarse. Para las seis de la mañana habrá dejado de llover, como otras veces. El mozo sostendrá su mentón con la mano derecha y dormirá con los ojos entreabiertos para no dejarme entender que está durmiendo del todo. 
A las seis y diez llegará la misma gente y pasará por delante de mi lugar sin notar que estoy allí sentada. El señor que reclama el diario bien temprano, porque quiere saber antes que nadie que está ocurriendo en la ciudad, la señora del perfume importado con su lágrima doble y su pelo lacio, el abuelo que demora unos quince minutos en decidir qué tomar para luego pedir siempre la misma taza de té.
Poco a poco todo comienza a ponerse en marcha. Entonces sale el sol, y casi en el mismo instante lo veo cruzar nuevamente la puerta. Cuento hasta diez desde que cierra con llave, pido la cuenta y salgo detrás de él.
El recorrido es siempre el mismo, al igual que la distancia que procuro mantener entre mis pasos y su espalda. Cien metros por la avenida hasta la plaza frente al correo. Cruza la calle y toma por la diagonal hasta las vías del tren. Luego el parque, dos cuadras hasta la ruta y le pide La Mañana al diariero, aprovechando la demora del semáforo. Es cuando saca la billetera para pagar que vuelve a tirar las llaves al suelo y decide guardarlas en el bolsillo interno para evitar perderlas en alguna distracción.
Trabaja en el octavo piso. Lo veo entrar mientras desabrocha los botones de su sobretodo, y antes de quitárselo pierdo su perfil dentro del ascensor.  Espero sentada en el cordón de la vereda de enfrente hasta el mediodía. Lo bueno es que no volverá a llover hasta el atardecer.
Un rato antes de la una camino hasta el bar de la esquina y me siento en la mesa que está debajo del televisor. Pido un café y espero. Cuando lo vea cruzar esa puerta serán las dos menos diez y la taza estará vacía.
Llegará y caminará hasta la barra para pedir el almuerzo. Mientras espera me levanto y me acerco a él. Me paro a su lado y le pido al mozo la cuenta. -“¿Podría decirme la hora?” – será lo único que me escuche decir. -“Las dos menos diez”- dirá sin siquiera mirarme.
Su voz es tímida; tanto que no volveré a oírla hasta la próxima vez que la hora me sirva de excusa, mientras él espera su comida y yo haya acabado mi café.
La tarde es un tanto más difícil de manejar. Me siento otra vez en el mismo sitio que antes del almuerzo y lo veo entrar en el edificio. Pero el sol empieza a esconderse y el frío me obliga a moverme. 
Camino desandando los pasos que perseguí durante la mañana y llego, oliendo la estela de su perfume hasta la puerta de su casa. Casi siempre a esa altura del día tengo la decisión tomada, y doy los últimos trancos ensayando cómo acercarme esa noche a él. ¿Qué le diré? ¿Qué hace más de dos años que lo persigo? ¿Qué cada día, desde el segundo, le pregunto la hora sin que verdaderamente me interese otra cosa más que escuchar su voz?  ¿Que he usado esas pocas letras para imitarles el tono y fabricar conversaciones? Pensaría que estoy absolutamente loca. Entonces ensayo alguna nueva excusa, una nueva casualidad.  Y me siento en el bar para estudiar el libreto de memoria.
Cada día llega, pasadas las once, apresurado, bajo la lluvia y deja caer sus llaves al piso mientras el miedo me deja paralizada sin permitirme ser otra cosa más que testigo fugaz de ese instante. Y cuando el portazo acaba de un golpe el sentido de mi día me muerdo los labios del arrepentimiento y amenazo a mi cobardía con vencerla la próxima vez.
Me siento en el bar, siempre en la mesa junto a la ventana que mejor me permite ver. Llamo al mozo y pido un café.
-“Lo siento señorita, estamos cerrando”- . El corazón se me detiene, como si hubiese olvidado la manera en que acostumbra latir. –“Debe irse”-
Afuera hace mucho frío, pero no llueve. Son más de las doce y sigo sentada bajo el techito del zaguán, pero nadie llega, nadie corre bajo la tormenta ausente, nadie deja caer las llaves. Algo parecido al miedo me invade a intento pararme, pero un mareo me obliga a permanecer allí. Cierro los ojos con la ilusión de sentir la lluvia sobre mí. Nada sucede.
Probablemente me haya quedado dormida en su espera, pues el brillo del sol me obliga a abrir los ojos. ¿Cuánto tiempo habré pasado aquí? Aún hace frío.
Me levanto rápidamente y el insitito me lleva a correr por la avenida hasta la plaza frente al correo. Cruzo la calle y bajo por la diagonal hasta las vías del tren, El parque está más desolado que otras veces y a la vera de la ruta  ni rastros del diariero. 
Llego al bar de la esquina. Voy tan de prisa que no noto que llueve torrencialmente.  La respiración se calma cuando cruzo la puerta y lo veo, de espaldas, como otras veces, esperando su comida en la barra. Seco los restos de la tormenta de mi rostro, inspiro profundo y decido caminar hasta él. Voy a decirle algo, no sé bien qué. Quizás lo salude y diga algo inteligente; ¿cuál será la palabra exacta que lo tiente a quedarse conmigo? Confío en mi instinto.
Sonrío, a pesar del temor, pues ha llegado el día. Estoy a tan sólo dos pasos; me apresuro. Puedo oler su perfume desde acá, ese mismo que hace tanto tiempo me lleva hacia él.
Casi estoy ahí. Pero entonces un sonido me alerta. Una silla y desde ella una figura de mujer que se levanta, se acerca a la barra y pide la cuenta. –“Disculpe, ¿podría decirme la hora?- Y esa voz le pesan a mis pies más que el peso de mis propias piernas. –“Las dos menos diez”- lo escucho justo antes de desvanecerme.
No recuerdo bien cómo he llegado desde el desmayo hasta el bar frente a su casa. Lo cierto es que son poco más de las once, que mi café está amargo y frío y que desde entonces él ya no tira sus llaves, pues las trae ella en su cartera.
-“Señorita, debe irse; tenemos que cerrar”- Salgo del bar sabiendo que quizás sea esta la última vez.  Camino hasta la parada del colectivo; ya es tiempo de volver a casa.
Espero paciente; estoy acostumbrada. De pronto una sombra se acerca. Es un hombre, casualmente dentro de un sobretodo.
-“Disculpe señorita”- dice mientras se sienta a mi lado a esperar conmigo- “¿me podría decir la hora?- Miro el reloj. –“Son las dos menos diez”- y sonrío. 

El rostro de mi conciencia


¿Alguna vez pensaste qué rostro tendrías si no tuvieras el que llevás puesto? Suele sucederme que un espejo me encuentra y la imagen que devuelve a mis ojos es completamente desconocida. En esos momentos me acerco y me pregunto en silencio ¿así me verás? No lo sé.  Pues hasta hace pocos días tampoco tus palabras tenían piel.
                Las  noches más desesperantes son esas en que las demás caras también pierden el recuerdo de si mismas y se dibujan extrañas; esas en que salís a caminar y no sos capaz de reconocer nada ni nadie a tu alrededor.  Y ésta es una de ellas.
                Quizás sea esta gripe que ya lleva más de una semana conmigo, o el contraste entre su persistencia y la fragilidad de mi sonrisa que lo único que recuerda a menudo es cómo desaparecer.
                Camino y sonrío, de ensayo, cada vez que encuentro mi imagen reflejada en alguna vidriera.  Se asoma y se borra, casi al unísono. Me consuelo pensando que quizás no importe que dure unos segundos si aprendiese al menos a resonar en eco el resto el día.  Pero aún no aprende a permanecer y los siguientes pasos siguen sumidos en el silencio.
                La ciudad está llena de gentes. Todas ellas caminan buscando el rumbo entre las baldosas y el asfalto. Todas tienen rostros tan distintos que hasta parecen el mismo, una y otra vez repetido.  Te encuentro en ellos, cuento; te veo pasar delante de mí cincuenta, cien, mil veces. Pero ninguna de ellas me reconocés.
                La noche está oscura en esta zona, la luna habrá de haberle prestado su cara de hoy a algún indeciso que encontró por allí, pues parece no tenerla puesta, Tal vez ese alguien sea yo y por eso no logre verla, pues hace falta luz para que funcionen los espejos.
                Aún no sé bien por qué he salido a buscarte si todavía no te conozco.  Creo que la ansiedad suele jugarme estas malas pasadas. ¿Cómo sabré cuál de todos los que me esquiva sos?  ¿Habrás de reconocerme con la cara de la luna y sin sonrisa?  Se supone que sí, pero tantas cosas erradas se suponen…
                Deambulo hasta que me encuentra el sol, extrañamente muda entre tanto ruido.  Y la luz me siembra una duda. No sé si te espero o te odio por hacerme esperar. Suelo desesperar más a menudo de lo que me conviene.