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martes, 17 de abril de 2012

Melanocetus Johnsoni (o pez abisal)

Es gordo, pero gordo engordado, a eso me refiero. Lleva encima esas gorduras que hablan de haberse indigestado. Huele mal, como si por la piel exudara la antítesis del aroma. Y transpira, dejando la huella de su sudor por donde camina. Ha estado por todos lados, hasta en esos sitios a los que nunca fue, porque de eso se trata su vida o así lo cree él. Tiene los bolsillos tan colmados como la barriga, o aún más. Si lo ves andar por ahí sabrás que no exagero; camina de pie pesado pero ligero, dejando un hueco por donde planta el pie, con los billetes haciendo malabares para no caer de su pantalón rojo, azul y blanco. Se despierta siempre primero que el resto, probablemente por la misma avaricia, o quizás porque en algún lado haya guardado su consciencia y ésta no le permita dormir; aunque yo dudo que la tenga. Lo cierto es que, ni bien abre los ojos, haya o no tenido lugar detrás de ellos para algo parecido a un sueño, saca sus notas del maletín de cuero, afila su pluma y comienza a escribir. Llena páginas y más páginas de libros de historia, y esa tinta con que carga sus letras tiene el poder de convertir sus delirios en lo que fronteras afuera vaya a suceder. 
Para los días aburridos, hace años que guarda en el primer cajón de su baulera, el tablero de un juego que lo pierde horas y horas, al que suele batir por sorpresa a indefensos contrincantes. Toma gaseosa, como intentando no perder la infladura, y, mientras los demás sueñan, hace desaparecer sus destinos con un estruendoso eructo que resuena en el eco por mucho más tiempo que el que perdura en el vibrato de su grasosa boca y las paredes de su habitación. Lleva un registro de exculpaciones para cada atraco que se pega, pues, como reza, cree en Dios, y ante él habrá de explicarse el día en que desaparezca de esta tierra. El mundo entero lo duda, aunque lo espera, y se hinca a rezar si lo ve tambaleando, rogando porque caiga de una buena vez. Muchos han perdido la fe justamente después de verlo erguido como siempre luego de cualquier temblor. Hay quienes dicen que ha firmado un pacto con el diablo y por eso sobrevive, pero eso sería imposible, pues el diablo no existe, y si lo hiciese, sería él. 
Es peligroso, sobre todo por la manera en que seduce. Cuando elige la presa es un astuto cazador, de esos que jamás asumiría serlo a punta de escopeta, aunque haya muchas veces en que lo haya hecho. Tal vez por el mismo vértigo que ha de generarle todo ese maquiavélico erotismo. Esconde la panza y disimula la ira de su piel, a la que le quita las escamas y la convierte en promesas de alianzas. Abraza a quien enamora primero suavemente por la cintura, y a medida que florece la confianza, sube sus ansiosos dedos por la espalda de quien, a esta altura, ya está entregado a la ilusión de una historia de amor. Le susurra al oído, con una voz creíblemente fingida y le regala la teoría de una vida distinta a su lado. Se acerca siempre a quien sabe necesitado de rescate, porque de esa manera le cuesta menos obtener el sí. Y la víctima sonríe saciada, pues las primeras horas de romance son una maravilla, y hasta se ríe en la cara de aquellos otros que no han creído en su palabra, orgullosa de ser ella quien duerma en su cama. Los primero indicios del veneno comienzan a verse cuando el nuevo habitante de esos ridículos pantalones estrellados agita el dedo acusando a quienes lo juzgan, y hasta invitándolo a vengar esas injusticias. Es allí cuando el gordo sabe que tiene la presa en la palma de su mano, y con la espalda más ancha que hasta entonces, cierra el puño repentinamente, no sin antes enmendar su decisión con vendas de motivos, y siempre mirando de reojo a los que se atreven a ser testigos, como avisándoles que algún día ellos también caerán. 
Hay que andar con cuidado si caminás por estos pagos, porque el tipo sabe camuflarse lo suficientemente bien como para que aquellos que lo combaten de una u otra manera le acaudalen las arcas de fortaleza.
Los más optimistas aseguran que le queda poco. Dicen que hay un continente entero sobre el que hace años tiene apoyado su pie, creyendo que ese pisotón sobre la cabeza los mantiene doblegados. Dicen que esa tierra tiene en las venas regadas la sangre de cada inocente que su hambre se llevó, que en los bosques ya se escuchan los murmullos, que cada vez son más fuertes, que hay algunos locos que hace un tiempo andan de un rincón al otro convenciendo a la gente que unidos no hay gordura que se resista, y que en las noches, cuando la furia de los días se apaga, se pueden escuchar las estrofas de sus himnos. Enciendo un cigarrillo y el humo dibuja una silueta. Es de noche y la ciudad duerme. Sonrío de esperanza ante la idea. Quizás sea una locura, pero yo apuesto por creerles. El cansancio me lleva, aunque resista, a la cama, y sueño con esa idea. Mañana, apenas despierte, lo he decidido, voy a unirme a esa legión.

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