Translate

domingo, 11 de marzo de 2012

CARIAD

 (El amante cuando contempla al amado
 y su belleza, se acuerda de la belleza 
verdadera y adquiere alas[1])

G
uillermo crecía y con ello también lo hacía su desolación. Desde pequeño sus deseos no se correspondían con lo que su familia esperaba de él. Ya en años de sus estudios primarios se había comenzado a sentir extraño. Y es que sus amigos, hijos todos de gente perteneciente al círculo social de su padre, comenzaban sus intentos de cotejar alguna  que otra jovencita. Él pasaba horas sentado, mirándolas de reojo. Eran todas muy bonitas, no podía negarlo, pero no se sentía atraído realmente por ninguna de ellas; y en cambio podía perderse escuchando a alguno de sus compañeros contando aventuras.
            Sus sospechas no se confirmaron hasta que apareció Domingo en su vida. Este hombre, mayor que él, lo cautivó a primera vista. Había regresado unos meses atrás de su exilio en Chile por cuestiones políticas, y fue por él precisamente que Guillermo ingresó a dicho ámbito, a pesar de que la historia se lo adjudique a la herencia.
            No era simplemente admiración; el futuro doctor se había enamorado profundamente de Domingo, y lo amó por años en silencio. Se ilusionó con los elogios del  maestro cuando recibió su título en medicina; pero no había nada de lo que Guillermo deseaba detrás de esas palabras. Su oposición a Juan Manuel de Rosas, su pertenencia a la Generación del 37 y su participación en el Grupo de los Cinco, se debieron a su afán por estar vinculado de alguna manera con su amor imposible.
            Vivió todo ello prácticamente en silencio. A la única persona a quien confesó sus emociones fue a su hermano Benjamín, el gran pintor, aunque la charla terminó por distanciarlos, pues el artista también había perdido la cabeza por el irresistible Domingo y hasta se había exiliado con él en Chile, abusándose de la leal amistad que le profesaba, cosa que recién en ese momento Rawson vino a conocer. De hecho, poco hablaron desde aquél suceso; Guillermo se sintió traicionado, y el conocido retrato al óleo que Benjamín le regaló como muestra de cierta culpa o arrepentimiento, no tuvo el éxito por el plástico esperado. Sólo luego de que el hermano mayor de Guillermo contrajera matrimonio[2]        las cosas se pacificaron un tanto, pero jamás dejó de fruncir el ceño del doctor el recuerdo de aquél desengaño. Y desde su regreso a Buenos Aires la cercanía que ostentaba con Domingo terminó por desencantarlo. Como si el amor se curase con el odio, desde entonces se enfrentó sucesivamente a quien, años atrás, sus más profundos deseos había habitado.




[1] “Fedro”- Platón
[2] 25 de marzo de 1847 con Paz Mendieta

3 comentarios:

algamarina dijo...

Un placer recorrer este lugar...

Mis saludos de agua y horizontes grana...

roberto dijo...

Excelente tu relato, con final inesperado, muy bueno.

Saludos.

Federico L.M. de Luque dijo...

Hermoso tu blog, escritora.
Recién te descubro pero volveré, me encanta como escribes.

Te invito a leer mis poemas, muchacha

Un beso desde Buenos Aires

Federico