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martes, 27 de marzo de 2012

Cajón para Pañuelos

Entra. Sube, dificultosamente, agarrándose la borrachera de las barandas de la escalera. Arriba ella, dormida, acurrucada entre las sábanas y su espacio vacío. Llega al baño y se mira al espejo. Se ve, y casi no se reconoce. Se moja la cara y encuentra otra vez ese reflejo. No es él el de ese vidrio, esos ojos no son los de siempre. O quizás sí, y el impostor sea el las otras miradas. Sonríe burlonamente. Las pupilas dilatadas de ira. Ella anoche no fue, no quiso acompañarlo. Hace días que pelean y pelean. Llevan nueve meses juntos, pero ese tiempo ha parido las cosas distintas a lo que imaginaron alguna vez, al encontrarse. No es la rutina; no podría haberse aburrido tan pronto ella de él. Otra cosa sucede; vuelve sus ojos a su imagen allí enfrente y piensa. Se moja las manos, junta un poco de agua en ellas, se inclina hacia el lavatorio y hunde en el líquido el rostro. Permanece así algunos segundos, aguantando la respiración, buscando respuestas. La ama, desde el día en que la vio por primera vez. Ella es delgada, inteligente y pequeña, pero bastante terca. Se incorpora lentamente y sus pestañas gotean manchando el piso de humedad. El mareo no cesa. Vuelve a mirarse y se ve. Inspira profundo y retiene el oxígeno dentro. Está nervioso, demasiado, y tiembla. Ha hecho una promesa y ha cometido el descuido de traer a casa las pruebas de no haberla cumplido. Otra vez ese demonio, que lo mira desde la ventana del botiquín y se le ríe en la cara. No ha podido resistir, y su eco lanza carcajadas como espadas que se le clavan en la frente. Ha quebrado el pacto y ella duerme tranquila, ignorando lo mucho que él la necesita. Sabe que, al llegar a la cama, no podrá imitarla, pues la consciencia le riega las culpas sobre el insomnio y le quiebran los parpadeos hasta dejarlos completamente abiertos y sin reacción. Camina dos pasos hacia el pasillo y se descubre tan borracho como antes, o tal vez peor, pues ahora al vértigo y las nauseas se le han sumado unas terribles ganas de matar. Ira, una profunda ira por saberse impotente ante sí mismo. Enojo, porque ella descansa tranquila y no da excusas para acusarla. Llega hasta la cama y, suavemente, desliza desde un extremo, las sábanas con que se cubre. Primero un pie, chiquito, cual geisha. Luego la adrenalina de la piel de sus piernas, que tanto lo hacen perder. Un poco más y llega hasta sus caderas, inmersas en la velocidad de esa mortal curva hasta llegar a su espalda, el punto exacto de la locura enamorada. Duerme con el pecho sobre el colchón, con las manos escondidas debajo de la almohada y su rostro siempre sobre el mismo perfil. Debajo de sus brazos, por los costados se asoma el busto de sus pecados más exquisitos. ¡Es tan bella! Evita caerse y se descalza, para quitarse más cómodamente los pantalones. Se le acerca despacio, pues aún no está convencido de la intención de despertarla, y comienza a recorrerle los caminos con las huellas de su cuerpo. Intenta acariciarla disimuladamente, pero continúa borracho y los movimientos le salen torpes, hasta que en una mala maniobra pierde el equilibrio y tropieza sobre su sueño, que despierta abruptamente. Ella abre los ojos, se asusta, mucho no entiende. Él la mira a los ojos, le acerca la boca e intenta besarla. Pero ella huele su aliento, pasado de alcohol, y corre la cara a un costado. Él insiste de manera hasta bruta, pero ella sigue esquivándolo. Aturdido, se le tira encima, casi desplomándose sobre su cuerpo y ella gira, tratando de sacarlo de allí arriba. Él cae al otro lado de la cama y la ve, esta vez sentada sobre la frazada y la agarra de un brazo. Es hermosa, es frágil, está semidormida, y la desea. Ella no quiere, y rechaza la invitación agitando un poco el codo. Pero él la sostiene con fuerza, sus dedos se hunden entre el hueco de los huesos y duele. Lo mira a la cara y le pide que la suelte; el aprieta más aún. Ella intenta bajar los pies hasta el piso pero él la jala con fuerza hasta llevarla consigo. Queda acostada y otra vez él, que le salta encima. En los ojos el mismo enfado que acusaba su reflejo en el baño. Lo mira y el miedo de pronto comienza a aparecer. Con fuerzas de no sé donde se lo quita de encima, sale de la cama y se echa a correr. Algo no está bien, y ella lo siente. Lo ha visto borracho muchas veces pero hoy además está enojado. A la siga, un tanto más lúcido después de la pequeña pelea por convencerla, corre detrás de ella, saltándose casi la mitad de los escalones hasta el piso del comedor. Ella se apresura y continúa corriendo mientras tiembla. Cruza la casa entera, girando de tranco en tranco la cabeza. Se acerca, demasiado. La persigue, ella intenta escaparse pero él es más rápido. La alcanza ni bien cruza la puerta de la cocina y la toma de un brazo. Respira con furia y la lleva, sobre el aire, hasta arrojarla contra la heladera. Ella cae al piso y él vuelve a levantarla. La empuja hasta arrinconarla contra la puerta del patio. Del otro lado los ladridos de la perra, que sabe lo que allí dentro está pasando. Ella intenta manotear el picaporte y dejarla entrar en su ayuda. Esto lo enoja aún más y la agarra del cuello intentando inmovilizarla. Ella no recuerda haber sentido tanto miedo alguna otra vez. El viento de sus puños, descargando las trompadas sobre la pared, le dice que cada vez es menor el intento por esquivarle la cara. Llora y esos dedos que no le dejan gritar el pánico que sube desde la garganta. El espanto la paraliza, cierra los ojos y se entrega al destino que decidan impregnarle los caprichos de esa brutalidad.
Hoy lleva un pañuelo cubriéndole casi toda la cara. En una semana más podrá salir sin él y hasta quizás el dolor haya cedido y camine nuevamente con normalidad. Le ha prometido no volver a hacerlo, le ha jurado estar arrepentido y le ha pedido perdón.
El próximo sábado, cuando regrese de madrugada a su casa y la encuentre nuevamente durmiendo, el espejo habrá de sonreírle tan burlonamente como aquella vez.
El placard de Mariana ya tiene un cajón especial para los pañuelos.

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