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viernes, 30 de marzo de 2012

Hunger

Josué duerme. La noche puertas afuera, de cielo gris. En el comedor, sobre la mesa, las migas de pan; única cena de esa familia. Suelen irse a acostar con la panza casi vacía, pero sucede que esos huecos se acostumbran, y aún hambrientos se animan a sonreír. Él y sus seis hermanos, desde Clara, la más chica, hasta Simón. Mamá les leyó un cuento; un poco ella, y el resto entre los hermanos. Como siempre, la parte que lee Clarita es la más divertida, porque ella aún no ha aprendido a leer, entonces mira los dibujitos e inventa… ¡se le ocurre cada cosa! Después de eso volver a la historia y concentrarse es bastante difícil, casi siempre es un desparramo de risotadas hasta que agarra el libro Celeste (ella es la más aplicada) y retoma el argumento, de cara seria, tanto que los obliga a hacer silencio y atender. A la mayoría de ellos no les causa mucha gracia la lectura, y hasta se hacen los dormidos cuando les toca, pero la madre insiste. Cuando el ritual termina, besa a cada hijo en la frente y los tapa prolijamente con las frazadas. Hace frío, mucho más que otras veces, y ella ruega clemencia al clima una noche más; quizás, mañana sea un nuevo día y algo suceda, que cambie el destino de tanto tiritar. La casa se apaga, unos minutos más tarde, aferrados los sueños a esa ilusión. 
Pero mañana amanece, tan o más cruel que siempre. Josué despierta empapado en fiebre. La madre lo abraza y descubre que hierve. Corre a la cocina a por una olla, que llena de agua, y un retazo de tela con que fabricar paños que calmen el ardor. Lo destapa, le cambia la remera y el pantalón. Le habla mientras lo hace, pero Josué está tan débil que no responde. Le descubre la frente, posa sobre ella el apósito, cuenta hasta diez, y vuelve a hundirlo en el agua, lo estruja y se lo vuelve a colocar. El corazón de Josué late alocadamente, y el pecho se le infla y desinfla a toda velocidad. No deja de temblar. La madre hace sus intentos de calmarlo, cada vez más desesperadamente, pero Josué sigue temblando. La temperatura no cede, y los demás comienzan a despertar y a reunirse alrededor de su madre a los pies de la cama del pequeño. Afuera quizás más helado que horas antes. De a uno, se levantan y preguntan qué sucede. Pero mamá no cesa en mojar una y otra vez la tela e intentar hacer reaccionar a su hijo enfermo. Sus manos disimulan el miedo, aunque los charcos alrededor de la vasija lo dejan en evidencia. Todo lo que hace era inútil; Josué sigue sin reaccionar y cada vez más afiebrado. Mira hacia la ventana y la lluvia se le ríe en la cara. Hace frío, pero debe salir. Tira el paño al piso, agarra a su hijo en brazos y lo envuelve en la frazada. Lo aprieta contra su pecho y mientras cruza la puerta de la casa el temor aumenta, pues Josué se agita violentamente y susurra palabras inentendibles. Camina apurada hasta que las convulsiones de su pequeño la obligan a correr. Y corre, a cada tranco más rápido, casi sin descanso y sin respirar. Detrás de ella los demás, los más chicos tropezando, los más grandes ayudándolos a levantarse y a seguir, aunque algunos no entienden lo que sucede. La lluvia ha embarrado todo y es difícil andar sin que se hundan los pies en el lodo. Pero corren, corren sin detenerse, y gritan auxilio. Es temprano, y esos alaridos desesperados despiertan a los que aún están dormidos. La voz de Susana resuena en cada ventana del barrio, hasta que un vecino la ve, desesperada, con el pequeño en los brazos y los demás a la siga; deja el mate sobre la mesa y sale a socorrerla. 
El hospital tan concurrido como siempre. Entran y Susana que se debate entre seguir aferrando a su hijo entre sus brazos y entregárselo al médico. Es que nadie lo cuidaría como ella, y ese miedo, tan enorme, que habíase contagiado en los ojos del doctor, aunque su profesionalismo intentara disimularlo. Josué sigue tiritando, en las pausas de la convulsión, y ella que cede, a pesar de la resistencia; pues le ve los ojitos, ya nada puede hacer por él. 
Allí están, algunos sentados, otros regados por el piso, esperando. 
La calle se congela sin piedad y hay quienes no han notado lo que dentro de ese edificio sucede. Hombres de oficina, apurados, camino a sus escritorios, cómodamente sentados en la butaca de sus lujosos autos, señoras que se alisan el pelo para estar más coquetas a la hora de salir a comprar, y Josué resistiendo. 
Son las diez. Pablo toma su café con leche. Terminará su desayuno e irá a jugar. Ayer su abuela le trajo de su último viaje un hermoso auto a control remoto, ese que tanto quería, y habrá de estrenarlo. A las doce lo espera el baño, no demasiado extenso, pues aún le quedará almorzar y a la una y cuarto al colegio. Tres vueltas al comedor, y el juguete pierde sentido; desde entonces habrá de decorar la estantería de la biblioteca de su habitación, como todos los demás. Termina de comer y recuerda que ha olvidado hacer la tarea. Corre a su cuarto a garabatear algunas líneas, como para no ir con las manos vacías, a escondidas de la niñera, ésta suele contarle todo a su mama, y si se enterara que pasó todo el día anterior en la computadora y postergó hasta último momento los deberes, lo dejaría una semana entera sin Internet. La bocina de papá lo acelera, guarda los lápices desprolijamente en la cartuchera, la carpeta en la mochila, agarra la corbata del uniforme y corre. Beso a Rosa y baja las escaleras con saltos escalón de por medio; siempre le tuvo miedo al ascensor. Algunas horas de clase; matemáticas, inglés, literatura, computación. Nada como los juegos en los recreos. Seis y media al timbre de salida, y allí afuera lo espera su mamá, con una enorme bolsa en la mano. Corre a su encuentro olvidando saludar a sus compañeros, y la abraza. Lleva algunos días sin verla, desde el jueves precisamente, cuando voló a Buenos Aires a una reunión. Besos, abrazos y el debido regalo como multa por la ausencia. La tarde viene de recuperar el tiempo de estar lejos con paseo, cine, pochochos y hasta un enorme helado de chocolate y limón. Es llegar a casa y caer rendido en la cama después de tanta actividad. Se duerme con la panza sin cena, pero mamá decide no despertarlo, mañana habrá doble ración de desayuno y problema solucionado. 
El día siguiente amanece. La gente en la calle con la prisa y la indiferencia de siempre. Pablo toma dos tazas de café con leche esta vez, y unas cinco tostadas con manteca. El hospital lleno de gente. Susana regresa a casa, junto a casi todos sus hijos. Llora, sin encontrar consuelo, y sabiendo que quizás jamás logre dejar de doler. Tiene ganas de morirse, pero no puede ni siquiera tirarse en la cama a llorar, este nuevo día también habrá que sobreponerse como sea, la hora pasa, el hambre aprieta y hay que salir a buscar qué comer.

martes, 27 de marzo de 2012

Cajón para Pañuelos

Entra. Sube, dificultosamente, agarrándose la borrachera de las barandas de la escalera. Arriba ella, dormida, acurrucada entre las sábanas y su espacio vacío. Llega al baño y se mira al espejo. Se ve, y casi no se reconoce. Se moja la cara y encuentra otra vez ese reflejo. No es él el de ese vidrio, esos ojos no son los de siempre. O quizás sí, y el impostor sea el las otras miradas. Sonríe burlonamente. Las pupilas dilatadas de ira. Ella anoche no fue, no quiso acompañarlo. Hace días que pelean y pelean. Llevan nueve meses juntos, pero ese tiempo ha parido las cosas distintas a lo que imaginaron alguna vez, al encontrarse. No es la rutina; no podría haberse aburrido tan pronto ella de él. Otra cosa sucede; vuelve sus ojos a su imagen allí enfrente y piensa. Se moja las manos, junta un poco de agua en ellas, se inclina hacia el lavatorio y hunde en el líquido el rostro. Permanece así algunos segundos, aguantando la respiración, buscando respuestas. La ama, desde el día en que la vio por primera vez. Ella es delgada, inteligente y pequeña, pero bastante terca. Se incorpora lentamente y sus pestañas gotean manchando el piso de humedad. El mareo no cesa. Vuelve a mirarse y se ve. Inspira profundo y retiene el oxígeno dentro. Está nervioso, demasiado, y tiembla. Ha hecho una promesa y ha cometido el descuido de traer a casa las pruebas de no haberla cumplido. Otra vez ese demonio, que lo mira desde la ventana del botiquín y se le ríe en la cara. No ha podido resistir, y su eco lanza carcajadas como espadas que se le clavan en la frente. Ha quebrado el pacto y ella duerme tranquila, ignorando lo mucho que él la necesita. Sabe que, al llegar a la cama, no podrá imitarla, pues la consciencia le riega las culpas sobre el insomnio y le quiebran los parpadeos hasta dejarlos completamente abiertos y sin reacción. Camina dos pasos hacia el pasillo y se descubre tan borracho como antes, o tal vez peor, pues ahora al vértigo y las nauseas se le han sumado unas terribles ganas de matar. Ira, una profunda ira por saberse impotente ante sí mismo. Enojo, porque ella descansa tranquila y no da excusas para acusarla. Llega hasta la cama y, suavemente, desliza desde un extremo, las sábanas con que se cubre. Primero un pie, chiquito, cual geisha. Luego la adrenalina de la piel de sus piernas, que tanto lo hacen perder. Un poco más y llega hasta sus caderas, inmersas en la velocidad de esa mortal curva hasta llegar a su espalda, el punto exacto de la locura enamorada. Duerme con el pecho sobre el colchón, con las manos escondidas debajo de la almohada y su rostro siempre sobre el mismo perfil. Debajo de sus brazos, por los costados se asoma el busto de sus pecados más exquisitos. ¡Es tan bella! Evita caerse y se descalza, para quitarse más cómodamente los pantalones. Se le acerca despacio, pues aún no está convencido de la intención de despertarla, y comienza a recorrerle los caminos con las huellas de su cuerpo. Intenta acariciarla disimuladamente, pero continúa borracho y los movimientos le salen torpes, hasta que en una mala maniobra pierde el equilibrio y tropieza sobre su sueño, que despierta abruptamente. Ella abre los ojos, se asusta, mucho no entiende. Él la mira a los ojos, le acerca la boca e intenta besarla. Pero ella huele su aliento, pasado de alcohol, y corre la cara a un costado. Él insiste de manera hasta bruta, pero ella sigue esquivándolo. Aturdido, se le tira encima, casi desplomándose sobre su cuerpo y ella gira, tratando de sacarlo de allí arriba. Él cae al otro lado de la cama y la ve, esta vez sentada sobre la frazada y la agarra de un brazo. Es hermosa, es frágil, está semidormida, y la desea. Ella no quiere, y rechaza la invitación agitando un poco el codo. Pero él la sostiene con fuerza, sus dedos se hunden entre el hueco de los huesos y duele. Lo mira a la cara y le pide que la suelte; el aprieta más aún. Ella intenta bajar los pies hasta el piso pero él la jala con fuerza hasta llevarla consigo. Queda acostada y otra vez él, que le salta encima. En los ojos el mismo enfado que acusaba su reflejo en el baño. Lo mira y el miedo de pronto comienza a aparecer. Con fuerzas de no sé donde se lo quita de encima, sale de la cama y se echa a correr. Algo no está bien, y ella lo siente. Lo ha visto borracho muchas veces pero hoy además está enojado. A la siga, un tanto más lúcido después de la pequeña pelea por convencerla, corre detrás de ella, saltándose casi la mitad de los escalones hasta el piso del comedor. Ella se apresura y continúa corriendo mientras tiembla. Cruza la casa entera, girando de tranco en tranco la cabeza. Se acerca, demasiado. La persigue, ella intenta escaparse pero él es más rápido. La alcanza ni bien cruza la puerta de la cocina y la toma de un brazo. Respira con furia y la lleva, sobre el aire, hasta arrojarla contra la heladera. Ella cae al piso y él vuelve a levantarla. La empuja hasta arrinconarla contra la puerta del patio. Del otro lado los ladridos de la perra, que sabe lo que allí dentro está pasando. Ella intenta manotear el picaporte y dejarla entrar en su ayuda. Esto lo enoja aún más y la agarra del cuello intentando inmovilizarla. Ella no recuerda haber sentido tanto miedo alguna otra vez. El viento de sus puños, descargando las trompadas sobre la pared, le dice que cada vez es menor el intento por esquivarle la cara. Llora y esos dedos que no le dejan gritar el pánico que sube desde la garganta. El espanto la paraliza, cierra los ojos y se entrega al destino que decidan impregnarle los caprichos de esa brutalidad.
Hoy lleva un pañuelo cubriéndole casi toda la cara. En una semana más podrá salir sin él y hasta quizás el dolor haya cedido y camine nuevamente con normalidad. Le ha prometido no volver a hacerlo, le ha jurado estar arrepentido y le ha pedido perdón.
El próximo sábado, cuando regrese de madrugada a su casa y la encuentre nuevamente durmiendo, el espejo habrá de sonreírle tan burlonamente como aquella vez.
El placard de Mariana ya tiene un cajón especial para los pañuelos.

lunes, 19 de marzo de 2012

Biblioteca Ambulante

Letras Ambulantes inaugura su biblioteca ambulante. ¿Cómo es eso? Yo, con un bolsito lleno de libros de escritores regionales, un catálogo (¡¡¡guarda!!!), recorriendo calles como siempre. Pero, esta vez, en lugar de hacer malabares para convencer gente a que cometa un acto de arrojo y, a ciegas, me compre un libro, esta vuelta se lo presto-alquilo durante una semana, al módico precio de cinco pesos (una cifra mucho menos arriesgada para invertir, y a la que casi nadie habrá de resistirse). Todo eso, sin contar con la calidad de la estanteria, ¡off course!

sábado, 17 de marzo de 2012

¿Quién es el impostor? (Lo Demás es Cosa de Valientes)


 Para ser sincera nunca fui, nunca me invitaron, ni nunca nadie me llevó hasta allí. La canción tampoco he vuelto a escucharla, aunque no tengo necesidad, pues recuerdo y tarareo cada verso de memoria. Y la lluvia... es que como dice el autor de las Pequeñas Revoluciones, "de haberlo hecho hubiera llovido". 
Mientras tanto el destino juega a los encuentros y desencuentros; y la vida se empeña con gritarte a la cara que quizás haya errores que no tengan solución. Los domingos las sensaciones se repiten, como ecos; y hay semanas que están cargadas de domingos. 
Hubo días en que la certeza se plantó de la mano de tu recuerdo y me contó, convencida, que estabas por ahí, en algún lado, volando mientras me imaginabas contigo; son esos mismos en que él se pierde en algún burdel y apuesta ochenta pesos a que lo voy a volver a perdonar. Eso... eso también ha de ser parte del para siempre, del tiempo aferrado a un segundo al que le rogamos que fuese eterno... y así es. 
Hoy me pregunto... ¿cuál será el mientras tanto del para siempre?. Y aquí estoy, con tu canción en replay, aunque no sea parte del libro. 




           

domingo, 11 de marzo de 2012

CARIAD

 (El amante cuando contempla al amado
 y su belleza, se acuerda de la belleza 
verdadera y adquiere alas[1])

G
uillermo crecía y con ello también lo hacía su desolación. Desde pequeño sus deseos no se correspondían con lo que su familia esperaba de él. Ya en años de sus estudios primarios se había comenzado a sentir extraño. Y es que sus amigos, hijos todos de gente perteneciente al círculo social de su padre, comenzaban sus intentos de cotejar alguna  que otra jovencita. Él pasaba horas sentado, mirándolas de reojo. Eran todas muy bonitas, no podía negarlo, pero no se sentía atraído realmente por ninguna de ellas; y en cambio podía perderse escuchando a alguno de sus compañeros contando aventuras.
            Sus sospechas no se confirmaron hasta que apareció Domingo en su vida. Este hombre, mayor que él, lo cautivó a primera vista. Había regresado unos meses atrás de su exilio en Chile por cuestiones políticas, y fue por él precisamente que Guillermo ingresó a dicho ámbito, a pesar de que la historia se lo adjudique a la herencia.
            No era simplemente admiración; el futuro doctor se había enamorado profundamente de Domingo, y lo amó por años en silencio. Se ilusionó con los elogios del  maestro cuando recibió su título en medicina; pero no había nada de lo que Guillermo deseaba detrás de esas palabras. Su oposición a Juan Manuel de Rosas, su pertenencia a la Generación del 37 y su participación en el Grupo de los Cinco, se debieron a su afán por estar vinculado de alguna manera con su amor imposible.
            Vivió todo ello prácticamente en silencio. A la única persona a quien confesó sus emociones fue a su hermano Benjamín, el gran pintor, aunque la charla terminó por distanciarlos, pues el artista también había perdido la cabeza por el irresistible Domingo y hasta se había exiliado con él en Chile, abusándose de la leal amistad que le profesaba, cosa que recién en ese momento Rawson vino a conocer. De hecho, poco hablaron desde aquél suceso; Guillermo se sintió traicionado, y el conocido retrato al óleo que Benjamín le regaló como muestra de cierta culpa o arrepentimiento, no tuvo el éxito por el plástico esperado. Sólo luego de que el hermano mayor de Guillermo contrajera matrimonio[2]        las cosas se pacificaron un tanto, pero jamás dejó de fruncir el ceño del doctor el recuerdo de aquél desengaño. Y desde su regreso a Buenos Aires la cercanía que ostentaba con Domingo terminó por desencantarlo. Como si el amor se curase con el odio, desde entonces se enfrentó sucesivamente a quien, años atrás, sus más profundos deseos había habitado.




[1] “Fedro”- Platón
[2] 25 de marzo de 1847 con Paz Mendieta

domingo, 4 de marzo de 2012

Importante

A todos aquellos escritores independientes que tengan obras publicadas, estamos por lanzar un nuevo mecanismo de distribución y nos gustaría contar con ustedes.
Interesados comunicarse  vía mail a letrasambulantes@hotmail.com.ar