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martes, 28 de febrero de 2012

Y MEDDYG (“Respetaré el secreto de quien haya confiado en mí”)


C
uando Amán Rawson se radicó en San Juan corría el año 1818. Llegó a tierras argentinas aconsejado por el doctor Colesbery, compatriota suyo, que llevaba unos años viviendo en Mendoza y era  médico de José de San Martín.    Y es que las cosas para Amán se estaban poniendo feas en el norte.
            Era hijo de una familia noble de origen inglés. Su padre, Edmund Rawson, había luchado en la Guerra de la Independencia de los Estados Unidos.  En esos estratos y por aquellos años, uno tenía el deber de honrar la genealogía. Y Amán era un gran inconveniente al respecto.  Era cleptómano; pero lo era antes de que esta patología fuera descripta por primera vez[1], de manera que pasaba por ladrón, y esto perjudicaba notablemente al apellido y su reputación.  Porque, aunque nocivo también, hubiera sido mucho más sencillo justificar a un loco que a un malhechor.
            El caso es que tras varios sucesos confusos, luego de los cuales los ojos de las mejores familias de Massachussets se posaran todas sobre él, se volvió urgente su salida de allí.  Amán se resistió inicialmente, hasta que una noche, en una no tan importante Fiesta del té en Boston, cometió la imprudencia de quedarse con la cartera de una de las damas más importantes de la época.  El revuelo que armó la mujer fue tal que los anfitriones revisaron a cada uno de los comensales hasta encontrarla entre sus manos, disimuladamente escondidas detrás de la espalda.  Esa noche las acusaciones se volvieron tan irreversibles que Amán no tuvo más opción que acatar el exilio exigido por su padre  y partir a primera hora del día siguiente; era el precio con que Edmund había negociado su libertad.                Colsbery  conocía el problema de Amán, pero sabía que no sería un inconveniente para estas lejanas tierras; más aún, lo que hasta entonces había sido un gran obstáculo le garantizaría grandes relaciones en un territorio donde los ladrones se habían asegurado la función de gobernar.
            Tan en lo cierto estaba que en 1819 Amán, que hacía rato se codeaba con poderosos,  contrajo matrimonio con Justina Rojo, hija de una distinguida familia del lugar.  Este hecho tuvo grandes repercusiones en su tierra natal, donde la noticia llegó rápidamente. De hecho, lo que se conoce como “el pánico de 1819” y que los historiadores explican como un pánico financiero importante asociado a la perturbación de los mercados de bienes raíces en Estados Unidos, producto de la deflación de los bancos de Inglaterra, fue en realidad el temor ante la posibilidad de que este malviviente tuviera descendencia.
            Establecido allí, y después de convertirse al catolicismo (religión que nunca practicó), se dedicó a la medicina y abrió una farmacia.  El año en que murió su mujer intentó fundar una colonia agrícola  de inmigrantes norteamericanos; aunque la terminó fundando con argentinos[2].  Ese mismo 1822 fue electo diputado provincial, pero renunció en diciembre del año siguiente porque consideraba que en el “ambiente” había demasiada competencia.
            Como para justificar aquél temor de sus compatriotas, tuvo no un hijo, sino ocho; cinco naturales y tres dentro su matrimonio, entre los que nació Guillermo Colsbery Rawson. 
            En contrapartida a la mala fama que se había ganando entre los norteamericanos por su natural facultad de meterle la mano en el bolsillo a cuanto ateo, cristiano, agnóstico, budista, judío o protestante se le cruzase por el camino, en estos pagos  era un exitoso político, al punto de ser definido por un misionero inglés que visitó San Juan,  como hombre “vinculado a todas las iniciativas de progreso del país”. 
            Cuando falleció[3] Guillermo tenía  veinticinco años, pero hacía ocho  ya que vivía en Buenos Aires. 
            La continuidad de sus estudios fue simplemente una excusa para mudarse allí. El motivo real era Domingo Faustino Sarmiento.
            Fue estudiando italiano que se cruzó con este hombre unos once años mayor que él, quien lo marcó definitivamente. “¡Debía requerirse un singular deseo de instruirse para dedicarse a estudiar italiano en San Juan en 1837!”[4] Si bien el futuro doctor tenía cierto afán de conocimiento,  era el venidero presidente lo que lo movilizaba en este particular.
            Y es que desde pequeño Guillermo se sabía diferente.


[1] 1816 por el médico suizo Mathey, quien la describió como “forma particular de locura caracterizada por la tendencia a robar sin ningún motivo ni necesidad”
[2] Origen de la actual ciudad de Caucete
[3] 9 de enero de 1847
[4] Gregorio Aráoz Alfaro

1 comentario:

roberto dijo...

Realmente quedé impactado con la historia, al igual que una gran mayoría no creo la conozcan, gracias que pasé por el blog de Residente, y me atreví a entrar al tuyo y bueno acá te estoy leyendo, te sigo.

Saludos.