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domingo, 12 de febrero de 2012

Reminiscencias (Lo Demás es Cosa de Valientes)

         La noche siguiente, eran casi las dos de la madrugada e Isabel  no se podía dormir. Estancada, miraba las fotos de Nicolás, escuchaba su canción, releía mensajes, lo recordaba consigo. Permanecía sentada frente al monitor, intentando ensayar algo que poseyera un toque mágico, una palabra justa, un motivo suficiente, para lograr convencerlo de volver. “¡Qué ilusa!”, pensaba mientras borraba lo que esbozaba una y otra vez. 
                A su lado el café y un atado de cigarrillos que amenazaba con dejarla sola en no más de veinte minutos al ritmo que llevaba su ansiedad. Decepcionada con la falta de argumentos recorría la discografía de Ismael, de principio a fin, buscando alguna frase acertada, que lo invitase; pero creo que tampoco él sabría qué hacer en una noche como esa. Por momentos se arrepentía, y el cursor titilaba en silencio sobre la pantalla; tenía tanto miedo de fallar. Y cuando el temor se acrecentaba volvía a entrar buscando rastros de algún desvelo que lo devolviese por allí. Pero la noche se empecinaba con dejarla en suspenso.
            Mientras dudaba en enviarle un mensaje o no, se perdía pensando cosas cada vez más absurdas, más ridículas, más inseguras. Sus conjeturas se habían clavado en el lunes, el cumpleaños de Nicolás,  y lo habían transformado en el ícono de su debilidad. Pensaba por dónde andaría ese día y por dónde realmente desearía caminar. Imaginaba la instancia de escribirle un mensaje tímido, que le llevase los deseos más sinceros. Y detrás de su mensaje, si es que lograba escribir de prisa, llegaría ese otro, que seguramente él esperaba ansioso. Uno que traería más que deseos; que había tenido la posibilidad de cargar con recuerdos que para ella aún eran ajenos; uno lleno de anhelos y esperas con más derechos que ese suyo, que hasta podía parecer, sabía a capricho; el escrito con dedos que él conocía de memoria y que llevaban de su cuerpo un mapa que sus manos recién estaban empezando a armar. De golpe una nueva idea; habría de escribirle más tarde, porque su mensaje se sentía a menudo tan pequeño al otro lado de esa historia que no creía tener derecho de anticipársele. 
            Se distraía pensando qué podría regalarle y preparaba una lista gigante con cosas que le quería dar. Las enumeraba, prolijamente, y hasta estudiaba cuál de todas ellas tenía la capacidad de volverse definitiva. Temblaba.
            Entonces, suspirando,  decidía pedirle al calendario que mezclase las hojas y transformase ese próximo lunes en tres de septiembre para ser ella quien pudiera pedir un deseo. Jugaba por un rato a ser ella quien esperase el primer mensaje, o el último; el más importante. Y ahí estaba él, primero, segundo, tercero y último, entre tantos otros, y tan de prisa. Maldecía su ansiedad, sus instantáneos, sus extremos; pero prefería seguir jugando. Era tres de septiembre cuando lograba convencer al delirio. Era tres de septiembre y más. Era el día en que, pedir un deseo, si uno lograba cerrar los ojos fuerte, fuerte, alcanzaba la fortaleza necesaria para volverse realidad. Le hacía caso al consejo y abrazaba sus pestañas hasta volverse casi ciega. Quizás la hora, el deseo, el sueño, o lo confusa que se le volvía la visión cuando abría los ojos; pero lo encontraba, ahí, en cada palabra, como hacía unas noches, a las tres de la madrugada. 
            La música terminaba y la ficción se desmenuzaba en el silencio que queda cuando las melodías se apagan. El próximo lunes aún sería mayo, como esa noche. Suspiraba y le pedía al tiempo una pausa, una duda; pero a esas alturas era irreversible. El vértigo le devolvía la certeza de esa contradicción; la que la  invitaba  a tropezar para terminar de caer, si es que la caída a él le devolviese la tranquilidad que, ella sabía, había perdido. Le costaba decirlo, pero estaba convencida de que el mejor regalo era la libertad, la que lo tranquilizase, la que dejase de incitarlo a pensar cuando no quería hacerlo. 
            Si esa noche hubiese sido tres de septiembre y los deseos de ella, en ese instante hubiera pedido poder cuidarlo. Pero no podía dejar de declararse algo egoísta y ser sincera. Si ella pudiera desear, desearía que él la quisiese, o al menos que quisiese quererla; tener algún narcótico en sus besos que lo hicieran perder la memoria, o al menos transformarla en recuerdo. 
            La canción volvía a empezar y pensaba si la estaría soñando. La noche anterior, como casi todas las últimas noches, lo había encontrado  en un sueño. Era lunes, el último de mayo y él se había perdido por completo en ella. Lo bueno de esas noches, en las que todo le salía bien, era la sonrisa con la que despertaba. Los desayunos, en esas ocasiones, iban acompañados de diálogos entre su disfonía matutina y el recuerdo de Nicolás sobre el sillón.
            Cuando se hicieron las tres creyó prudente irse a dormir. Y aunque las últimas horas de la noche despierta la habían mecido entre el recuerdo de los brazos de Nicolás, el sueño la encontraba asida de la mano de su compañero. No podía dejar de amarlo. Ese, el mismo que la había hecho sangrar más de una vez por la misma herida, aún abrazaba los vuelos de Isabel. Quería negarlo; ponía todo el empeño que podía poner en tratar de olvidarlo, pero no lo conseguía. Entonces el despertar era tormentoso. Lloraba desde que despertaba hasta que volvía a dormir.  Y en las horas en que las lágrimas descansaban, rondaban en su cabeza mil y un explicaciones a lo que le estaba sucediendo. Si una canción de las calles de San Telmo llegaba a sus oídos, entonces concluía que Nicolás era una especie de reemplazo que se había creado para poder convivir con la idea de la ausencia de Ivo. Si en cambio las estrofas las entonaba Ismael, traía entre su voz el recuerdo de Nicolás abruptamente, y la certeza, tras esa imagen, de amarlo perdidamente y hacer todo por convencerlo a volver.
            Esas dudas que luchaban en Isabel lo hacían en los otros dos implicados también. 
            Nicolás se rascaba insistentemente la cabeza, o se perdía entre mil actividades inventadas para no pensar. Alguien lo esperaba unos kilómetros más allá, alguien a quien había jurado amor eterno. Pero no podía dejar de pensar en Isabel, en el delirio que le provocaba cuando imaginaba que volaban juntos.
            Ivo se debatía con su propia moral. Amaba a Isabel más que a nadie en el mundo, pero sabía que no merecía seguir evitando que fuese feliz. Deseaba que esa felicidad fuera a su lado, y maldecía la deslealtad de quien no había podido resistir la tentación. Iba y venía entre la idea de perdón y comprensión, al egoísmo de seguir luchando por recuperar su amor.
            Y entre luchas y más luchas, les llegó el lunes, ese tan temido lunes treinta y uno de mayo, último día del mes que trajo el ensueño y el dolor.
            Isabel amanecía ante el temor de la pesadilla que había delirado despierta una de esas madrugadas en que el desvelo se extendió hasta las tres. Y el miedo la llevó a escribirle a Nicolás; le escribió lo que creía que él estaba esperando. Había logrado decidir  qué, de entre todo lo que tenía pensado, regalarle. Había pensado probablemente demasiado. Pero así era Isabel, y él ya lo sabía. Tenía muchos deseos que pedir para ese día, pero no podía ser tan egoísta, no le correspondía cruzar los dedos a ella. Le había dicho alguna vez que esto del amor no tiene lugar para el egoísmo, y de verdad que lo pensaba así. Y lo estaba siendo. Se la pasaba el día esperando que la llame, que le escriba, que la extrañe, que la quiera. Creyó que lo mejor que podía darle como regalo de cumpleaños era liberarlo. No había otra cosa que le correspondiera más que eso. Había soñado cada día, desde aquél primer mensaje, que ese lunes iba a poder abrazarlo. Casi sobrevivía al lunes… quedaban unas horas nada más… y entonces ahí estaba, en su cara, la evidencia. Si él quería escapar no sabría cómo hacerlo. Así que había decidido regalarle ella ese espacio, esa solución. Le pidió disculpas por esa locura de haber querido hacerlo  volar, y le agradeció haberle  dado la posibilidad de atestiguar la magia de la eternidad en un beso. Consolaría sus ansias de crecer, buscando el lugar del imposible, volando mientras lo imaginaba consigo. Exiliaría ese deseo con la grulla entre sus manos; a ella no la dejaría volar. Y se despidió. 

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