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jueves, 16 de febrero de 2012

HAD (Principio u origen de cualquier cosa)

R
awson era el amante del coronel.  Los dioses parecían saberlo y enfurecerse con ello, como cuando soplaron hasta volar los techos de la recién inaugurada primer Iglesia, o el día en que destruyeron el segundo intento  en medio de un incendio, tiempo después, y hasta en las inundaciones que obligaron no sólo a cerrar el templo sino a mudar el pueblo entero kilómetros más allá.  Pero nada puede contra la realidad, y al tiempo las cosas volvían a la normalidad; el enojo no logró su cometido y el lugar sigue llamándose igual, en honor a él, bautizado así por su fundador, el coronel; y la torre y la fachada de la capilla destruida, como trofeo de una guerra silenciosa y despareja, declarada  patrimonio histórico.
            Jones también lo sabía; lo notó apenas llegó a Buenos Aires. Cuando lo conoció el doctor tenía cuarenta y un años, y era, hacía pocos meses, Ministro del Interior de  Mitre.  Pero Jones traía desde Gales su propio secreto, y quizás por eso fue cómplice de esa relación sin decir nada a nadie. En aquellos años que una cosa así saliera a la luz le hubiera costado a más de uno la cabeza.  Y el doctor probablemente algo pudo notar en los ojos de este inmigrante, algo que los hermanaba sin haberse visto jamás, pero lo suficientemente fuerte como para confiar en él. Y quizás esa empatía simbiótica ayudó a la decisión de otorgarles las tierras  y permitirles fundar una colonia galesa en el valle  del río  Chubut.               Fue el mismísimo coronel el delegado por el gobierno para la fundación del pueblo, al que inicialmente denominaron Trerawson. La natural simpatía entre el doctor y Lewis determinaron que fuese este último el representante de los colonos ante el gobierno, y, en su honor, años después, llegó el bautismo de la vecina población de Trelew, el pueblo de Luis.
            Hoy las calles de Rawson poco dejan entrever de aquellos años de pasiones prohibidas.  La gente vive, camina, respira, calla y casi no sueña, en un lugar entristecido por al sombra con que tapa sus ganas la  estatua de uno de los Generales más impunes que ha teñido nuestra historia con la sangre de quienes debieron haber sido los verdaderos protagonistas. Hoy se erige la bandera argentina, exacerbada de orgullo, como en aquellos años, plantada para marcar el territorio de la soberanía de un pueblo que se cree dueño de lo que, debemos asumir, nos es completamente ajeno. Hoy, las gargantas muerden gritos que no han sabido sobrevivir sino obedeciendo, y el aire se intoxica, se atraganta y enmudece mientras sus paredes descubren que quizás allí está la prueba de que perdimos la batalla.
            Pero, también hoy, la casualidad ha querido entrometerse con la historia, e impertinentemente sacudirle el polvo, revivirla, contarla hasta  desnudarla. Croeso gwirionedd[1].         
           
           
           









[1] Bienvenida verdad

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