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sábado, 25 de febrero de 2012

Fragmento Capítulo V de Martes Penitentes

Cuando llegó no lo sorprendió que la puerta de entrada estuviera con llave; seguramente Julia habría vuelto a la cama o estaría deshojando restos de sueño acurrucada en el sillón. Entró sigiloso, para no despertarla; no tenía caso interrumpirla porque él  agarraría la corbata y volvería a salir.  El sillón le confirmó en un susurro vacío sus sospechas. Subió en absoluto silencio hasta la habitación a buscar su corbata y encontró la puerta del cuarto cerrada. Maldijo la circunstancia; no quería despertar a su mujer. Posó su mano sobre el picaporte de la puerta rogando a las bisagras una mudez cómplice, y suavemente ellas respondieron. Pero su cautela había sido completamente absurda. Al abrir la puerta supo que bien debería haber tocado el timbre,  exclamado su entrada con un portazo,  anunciado su presencia con pasos fuertes que hicieran crujir los escalones y llamado en voz alta antes de entrar. Sintió la sorpresa helando su garganta y no logró hacer más que pegar el portazo adeudado y volver a bajar. Llegó hasta el sillón y sintió los pasos mezclados con los murmullos de su mujer y la vecina. Bajaron, como les permitió la vergüenza y a medio vestirse, e Irma solo atinó a balbucear una disculpa antes de escapar. Julia, temblorosa y sumida en una lucha con su blusa, por fin se acercó y posó su mano sobre la de él.
            Hubo lugar para reproches, y lo hubo para explicaciones; podría haberse llenado el aire de ese traicionado living familiar con lágrimas de tristeza y con otras de arrepentimiento; cabían allí las rodillas de la súplica y las espaldas del rechazo. Pero él simplemente la miraba y ella no hacía más que permanecer en silencio.  Esa imagen sólo se quebró ante lo inevitable; Francisco había vuelto a casa no para ser testigo de las mentiras de su mujer, no para conocer la cara del odio sobre las cejas de la mirada de su vecina, no para estrecharse el pecho parado a los pies del lecho donde otra mujer amaba la piel de su mujer, sino para buscar su corbata. Quitó suavemente la mano de Julia de su mano, subió las escaleras con la misma discreción de antes, tomó su corbata, volvió a bajar las escaleras, se acercó a Julia, que seguía inmóvil sentada en silencio sobre el sofá, la besó en la frente y partió.
                        Desde ese tiempo a esta parte, cada mañana el silencio con que Francisco había decidido cubrir la traición, llenaba de ruidos su cabeza. El trágico día de la corbata se le hizo interminable, y la verdad es que algunos otros aún sentía el mismo vacío que sembraron las manos de Irma sobre su mujer. Ni sus más profundos deseos, confundidos hace años, podrían llenar de razón ese desierto. De pronto, la misma imagen que ancló sus años a esta vejez temprana y presumida, hoy dibujaba el tono de voz de todos los interrogantes. Y la duda lo desbordó hasta transformar al mismo dolor en la propia anestesia que lo mantuvo adormecido algún tiempo más.
            Ni esa noche del trágico día de la corbata ni las demás lograron quebrantar el silencio que suplantó el reclamo y la explicación. Él nunca preguntó y ella no tenía respuestas para esa afónica perplejidad. Y para Francisco los días pasaron, sin pedir permiso, y los malos recuerdos dejaron en paz la conciencia de su mujer. 

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