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miércoles, 29 de febrero de 2012

Epifanía XVIII

    L
a luz del sol de la mañana de su vigésimo noveno cumpleaños  le acarició la frente en un suspiro suave hasta hacerla despertar. Amaba sus cumpleaños; tanto, que iniciaba una cuenta regresiva trescientos sesenta y cuatro días antes. Decía que los días de su natalicio eran especiales; que esa fecha, todos los años, lograba reunir fenómenos meteorológicos de todas las clases y para todos los gustos. Se recordaba año a año abriendo regalos entre gotas de lluvia, polvo de vientos fríos y audaces, y hasta otros en que, aseguraba, había contado copos de nieve a la par de los festejos; como si las fuerzas que dirigen el clima estuviesen allí presentes también para brindar.
            Trabajaba en una oficina de esas en las que en verdad se trabaja. No había para ella demasiado tiempo extra en el día más que para trabajar. Su jornada empezaba, al menos en los últimos seis años, cerca de las cinco de la mañana. En realidad no salía de casa hasta pasada las siete; pero la urgencia del resto del día hacían necesarias esas calmas dos horas en que al menos podía saborear los sorbos de café sin sobresaltos. Llegaba alrededor de quince minutos antes de lo que marcaba el reloj de ingreso porque sabía que el teléfono no aguantaba hasta las ocho para empezar a sonar. Las agujas del reloj giraban siempre unas vueltas más de las asalariadas antes de apagar la luz de aquel recinto estresante donde desarrollaba sus tareas. Muchas veces, el horario de salida se convertía en un viaje sorpresa donde, a pesar de hacerlo de manera más relajada y sin tanta presión, habría de seguir trabajando. Cuando no, las fuerzas le restaban sólo para manejar hasta el borde de la cama y recostarse a dormir. Los sábados y domingos duraron los primeros tres meses en esa empresa, antes de convertirse en días de, al menos, tres  horas extra.
            Esta vorágine le había arrebatado planes, vacaciones, descansos, algún que otro kilo y más de un intento de familia.  A medida que se fue afianzando en el puesto el sueldo se fue abultando, pero nunca terminaba alcanzando para cubrir sus ausencias; y hacía unos tres meses ya de su última separación.
            Como otros años,  se había encargado de recordárselo a todos sus amigos, conocidos y parientes, no fuera a ser cosa que la fragilidad de sus memorias atentase contra sus festejos. Como otros años, la importancia de ese día no contaba como excusa para quebrar su presentismo, y debía ir a trabajar. Y así lo prefería; era la oportunidad para poder compartir copas y brindis con sus compañeros también, los que, de otra manera, jamás estarían incluidos en la lista de invitados. Como otros años, había dormido menos la noche anterior, desvelada por los llamados de medianoche que traían los deseos y felicitaciones más puntuales. Esos, los que suenan a las cero horas en punto, la habían hecho trasnochar más de la cuenta. El cansancio, que  le pesaba en los párpados, se lo despejó con una ducha tibia. Eligió la camisa verde claro que tanto le gustaba. Se vistió como anticipando la fiesta y echó perfume al año de estreno. Salió sin desayunar, pues sabía lo esperaban masas, torta y café, parte de los rituales de aniversario en la empresa. 
            La húmeda resaca de la vereda terminó de despabilarla. El olor a la lluvia amenazó con mojar su elegante atuendo; se sentía cercana. No sabía definir si olía a despedida o a regreso, pero decidió no correr riesgos y tomó un taxi que encontró, casualmente, frenado en el semáforo de la esquina de su casa. Normalmente iba en su auto, pero esa mañana estaba en el taller. Notó lo acertado de su decisión a mitad de camino, cuando ese aroma a ozono se convirtió en una torrencial lluvia que la hubiese empapado. La gente, bajo la tormenta, corría desesperadamente para no mojar sus ropas; y ya, a esa altura, hubiese sido casi imposible alcanzar un taxi.
            Tan pronto como el conductor frenó y la luz del reloj taxímetro comenzó a titilar, mientras buscaba la plata en el bolsillo, sintió la sombra, pegada a la ventanilla del auto, de una persona que se aproximaba para asegurarse fuera el suyo el próximo destino de ese vehículo.  Solidaria con aquella alma que aguardaba su descenso bajo la inclemente lluvia, le sugirió al taxista que se quedara con el vuelto y abrió la puerta ayudada por la impaciencia de esa persona. Puso sus pies en el asfalto con la más veloz de las prisas y alzó su rostro hacia el de este nuevo pasajero para anticipar con una sonrisa el agradecimiento. Pero la celeridad de sus movimientos quedó paralizada, como si a esa lluvia, a la que había asumido enfrentar por unos metros hasta la puerta de entrada de la oficina, se le hubiese sumado un baldazo de agua fría, más fría y más súbita de lo esperado. Esa inmovilidad contagió unos instantes todo alrededor, dándole el tiempo suficiente para corroborar lo que estaba viendo. La imagen de esa mujer parada frente a ella le robaba hasta el ánimo con que tanto esperaba ese día, ánimo que se renovaría mañana, hasta que el calendario diera una vuelta entera. La imagen de esa mujer parada frente a ella le endureció hasta las convulsiones de la respiración, que se agitaba y se paralizaba confundiendo el próximo movimiento rutinario de cada pulmón. La imagen de esa mujer parada frente a ella olvidaba lo desprolijo que se vería mojada y enredaba las gotas de agua sobre su pelo con el sudor. La mímica de complacencia que intentó antes de verla cobró color de espanto, y entretanto, esa mujer, que ostentaba esa imagen de desconcierto, parecía cegada por la ansiedad de no empapar su traje. Justo antes de que el mundo volviese a entrar en circulación quebrando la pausa que generosamente le había obsequiado, desempañó los vidrios de sus anteojos y logró encontrar una única diferencia. Esa mujer, fiel en cada uno de sus rasgos a su propio rostro, esbozada en idéntico peso y estatura, cuyas huellas digitales diestras dibujaban el paralelo de su zurda en el vidrio de la ventanilla del vehículo que las tenía cara a cara en ese preciso momento, homónimo del desnudo reflejo que recordaba en el espejo al salir de la ducha media hora antes, tenía una camisa azul. Como eco de la certeza de esa única diferencia vio sus propios ojos, puestos caprichosamente entre las cejas  de esa otra mujer, titilando el reconocimiento del buen gesto de la prisa con parpadeos ajenos. La mujer subió al taxi y se marchó.
            Demoró unos cuantos segundos en reaccionar; los suficientes para que otro taxi, en el que venía la recepcionista de la empresa, frenase casi sobre sus pies, que aún estaban en el asfalto, a unos cuantos centímetros de la vereda. Abrió la puerta abruptamente y esquivando la cartera de Olga, que había caído a la calle, la tomó de un brazo y la sacó del auto. Se subió, ante el asombro de ésta y del propio conductor del vehículo, y gritó, para sonar más fuerte que el estruendo del golpe con que cerraba la puerta, que siguiera a ese otro taxi que casi se perdía doblando la esquina.
            Sentada en la parte posterior del auto, esquivaba las palabras del taxista que rebotaban en el espejo retrovisor e insistían, desde allí, con alcanzarla. Pero la rigidez, que en cierta manera persistía a lo largo de cada músculo de su cuerpo, terminó por ensordecerla a esos comentarios, sumiéndola en un absoluto silencio, donde sólo cabían arremolinadas ideas sobre ella y aquella impostora que la duplicaba. En ese mismo espacio vacío fueron inscribiéndose mucho menos de una respuesta por cada pregunta. No apartaba la vista de aquel auto que de alguna manera siempre llevaba la delantera; no  porque así debía de ser en una persecución (el acechado siempre va unos pasos delante de quien lo persigue), sino por la naturalidad con que la perseguida había sobrevivido a aquel casual encuentro. Era evidente que llevaba la delantera, al menos en la certeza. De otro modo, hubiera quedado perpleja también, ante semejante exactitud.
            Entre conjeturas, preguntas sin respuesta y respuestas sin sentido, la  violencia de la inercia la sorprendió en la luz roja del semáforo y sin vestigios del auto que llevaba su imitación. Desesperada, separó la espalda del respaldo para alargar el horizonte de su visión, y volver a encontrarla. Cuando, casi vencida, imploraba al azar que apresurase la luz verde, la vio; vecina, en el carril contiguo de la avenida, sonriéndole de reojo con la misma naturalidad que cuando estuvieron frente a frente. Sus manos, temblorosas y torpes, giraron la manija de la ventanilla. Alcanzó  a gritar ¡Señora! Y a la par del acelerar que se la llevaba vio como esa sonrisa, que en algún momento previo hasta podía parecer cómplice de una complicidad que ella no manejaba, se transformaba en un gesto soberbio de burla. Tan arrogante que hasta la hizo sentirse insultada. Esos ojos, tan iguales a los suyos, que se jactaban, que presumían el entender lo que este otro par sólo podía observar atónitamente, herían.
            Unas tres cuadras más desde aquél último semáforo para que el viaje terminara. Se detuvo frente al ciento sesenta y cuatro en la calle Uruguay. Los últimos metros habían ido casi a la par. Ambas se bajaron en el mismo momento. Ella no tenía pensado qué decir, qué hacer una vez que estuviesen nuevamente cara a cara. No le hizo falta arrepentirse de la falta de plan ni de lo desprolija que hubiese salido la improvisación. Su otro par de pies, los que sabía simulados por lo real que se sentía el movimiento de sus dedos dentro de los zapatos, se dirigieron hacia ella. La farsante, que había fallado solamente en la elección del color de la camisa, se acercó y la abrazó.
-Confiaba en que tomaría menos tiempo- le dijo mirando su reloj.
-¿Menos tiempo en qué?- se atrevió a responderle.
-Han pasado veinticinco años ya; es mucho más de lo que imaginé que demorarías en venir- exclamó, alisando su camisa azul.
            Era momento para vomitar dudas, para hablar, para interrogar; pero únicamente atinó a acompañarla hacia el interior de la casa. Algo, en la tibieza de ese brazo entrelazado con el suyo, tan idéntico, la tranquilizaba.  Sintió que el cuerpo, que hasta ese momento y desde el primer encuentro en la vereda de la oficina portaba una peligrosa rigidez, de pronto comenzaba a ceder a los mismos ruegos de calma que en un inicio lo tensaron. Era la misma mujer, la misma cara y el mismo desconcierto; pero esas, las mismas sensaciones  culpables de la duda que la llevó de las narices hasta allí, provocaban, a esta altura, una inmensa sensación de paz. Alivio. Eso comenzó a recorrerle la sangre. De alguna manera las respuestas estaban allí, en cada poro de su piel. No lograba  oírlas, o tal vez sí, pero no podía repetirlas en voz alta. Sus sospechas, escondidas tras el anonimato, se nutrían de la fuerza que derramaba la sonrisa de la  impostora.
            Por fin llegaron al sitio que la anfitriona había escogido para enmarcar la revelación. Paradas una vez allí, ésta, que hasta el tono de la voz había logrado emular con una destreza casi natural, le soltó la mano.
-Estamos aquí; hemos llegado. Decime qué pensás- le dijo imitando  la manera de entablar una conversación.
-¿Qué pienso de qué? Si aún no me has dicho nada- contestó recorriendo con la vista las circunstancias- ¿Qué hacemos en el techo?- agregó arrebatada nuevamente por la intranquilidad de la confusión.
-Desde aquí arriba podrás observar mejor todo aquello a lo que renunciaste. Me interesa realmente saldar las deudas de la apuesta-
-¿Qué apuesta? Realmente no sé de qué me hablás. Creo… creo que estoy perdiendo la razón- soltó entre los labios que se apretaban para contener el desmayo.
Estaba comenzando a caer al son de la inestabilidad que le tiraba desde abajo las piernas. Medía poco más de un metro sesenta y a eso, mientras la resistencia y la flojedad se batían a duelo, le sumaba los metros que separaban ese lugar del asfalto. Apuntalaba intentos de firmeza con la amenaza de un golpe letal, pero al mareo no le asustaba la muerte. Y se dejó caer, casi en cámara lenta, demorando la gravedad con la súplica de volver a abrir los ojos. Al mareo no le asustaba la muerte, pero a ella si. Intentó, de un último manotazo, asir el temor pero no fue suficiente. Entonces miró el suelo que, amenazante, ya casi le rozaba la cabeza, apretó los párpados lo más fuerte que pudo y se rindió.
La sospecha de estar sintiendo la última agonía se disipó en el tercer o cuarto parpadeo. Una fuerte puntada en la sien era mucho menos que sus conjeturas de muerte. Se tocó la frente y se miró las yemas del índice, el mayor y el anular, convencida de que ese hilo cálido de humedad que le llegaba casi hasta el cuello acusaría de rojo la pequeña grieta por donde casi se le escapó el alma. Pero era sudor. El sol no le había perdonado el descanso, y estaba bañada en  transpiración. Su camisa azul, mojada,  se veía aún más oscura de lo normal, y esa tenacidad del color evidenciaba, entre el repaso mental de su testamento y el alivio de saberse aún viva, un lapso mayor perdido entre los instantes. Se incorporó con cuidado por  si restaba algún mareo de esa caída, pero sus pies se pararon firmes. Sólo un pequeño resto de historia se había deslizado en el abrir y cerrar de la puerta de su resurrección.
Estaba sola, parada frente a nadie. El techo era el mismo que antes de caer. La confusión llevó nuevamente sus manos a su frente. El tacto le devolvió entonces la certeza de una pequeña cicatriz, suturada con la imponente fuerza del sol.  El rebote de su cabeza en el piso sí había abierto una grieta; pero por allí, al contrario de perder el alma, ésta se le había colado para volver a habitar sus huesos, dejando, de huella,  lo azul de su reencarnación.  

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