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domingo, 19 de febrero de 2012

Al borde de los Setecientos Ejemplares (Fines y Principios- I)


S
on las seis de la tarde. Debería haber escogido mejor la hora de mi muerte. Le he pedido al humo que acaricia mi garganta que, junto a la cosquilla de mi nariz, encuentre el valor necesario para decidir morir. Mojo mis labios en el vaso que me mira de reojo y exhala  un vapor con olor a anestesia. Es ácido, es amargo, casi sabe igual a los fracasos que aploman sus manos sobre mis hombros y frustran el último intento por escapar. Mi mano sujeta el vaso tratando  que por entre los dedos se me escape la convicción; no debo mantener la soberbia de suponer  que puedo eludir lo inevitable. ¡Si los intentos de huirle sólo han logrado disfrazar los últimos quejidos de la partida de días de mi vida! Ella me buscaba; lo sé. Me ha buscado desde siempre. A veces me reclamo la falta de inteligencia que me hizo zafar de sus brazos cuando por primera vez vino por mí. Tomo valor; busco coraje entre los últimos papeles que escribí. Rezo. Si; aún rezo. Como si esperara que alguien en quien nunca creí fuese a querer evitarlo. Sé que es el momento de su venganza, porque nadie contesta mis plegarias.

Creo que ya lo siento; al menos ese calor que entra a contaminarme, a adueñarse de mi frustración, que apaga lentamente mis sentidos. Y este sudor; creo que he agotado hasta mi transpiración. La luz que entra por la ventana en cada pestañeo impar se apaga y logra hacerme confundir la luna con el sol. Trato de escuchar lo que pienso para rescatar del aturdimiento algún resto de razón.
Tal vez si recuesto mis delirios entre la nuca y el respaldo del sillón, la espera del último suspiro no se haga notar.
De pronto un arrebato solidario de mi inspiración me invita a soñar. Ojalá pudiese mantener una centésima de cordura para poder ser testigo de mi última decisión. 

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