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miércoles, 29 de febrero de 2012

Epifanía XVIII

    L
a luz del sol de la mañana de su vigésimo noveno cumpleaños  le acarició la frente en un suspiro suave hasta hacerla despertar. Amaba sus cumpleaños; tanto, que iniciaba una cuenta regresiva trescientos sesenta y cuatro días antes. Decía que los días de su natalicio eran especiales; que esa fecha, todos los años, lograba reunir fenómenos meteorológicos de todas las clases y para todos los gustos. Se recordaba año a año abriendo regalos entre gotas de lluvia, polvo de vientos fríos y audaces, y hasta otros en que, aseguraba, había contado copos de nieve a la par de los festejos; como si las fuerzas que dirigen el clima estuviesen allí presentes también para brindar.
            Trabajaba en una oficina de esas en las que en verdad se trabaja. No había para ella demasiado tiempo extra en el día más que para trabajar. Su jornada empezaba, al menos en los últimos seis años, cerca de las cinco de la mañana. En realidad no salía de casa hasta pasada las siete; pero la urgencia del resto del día hacían necesarias esas calmas dos horas en que al menos podía saborear los sorbos de café sin sobresaltos. Llegaba alrededor de quince minutos antes de lo que marcaba el reloj de ingreso porque sabía que el teléfono no aguantaba hasta las ocho para empezar a sonar. Las agujas del reloj giraban siempre unas vueltas más de las asalariadas antes de apagar la luz de aquel recinto estresante donde desarrollaba sus tareas. Muchas veces, el horario de salida se convertía en un viaje sorpresa donde, a pesar de hacerlo de manera más relajada y sin tanta presión, habría de seguir trabajando. Cuando no, las fuerzas le restaban sólo para manejar hasta el borde de la cama y recostarse a dormir. Los sábados y domingos duraron los primeros tres meses en esa empresa, antes de convertirse en días de, al menos, tres  horas extra.
            Esta vorágine le había arrebatado planes, vacaciones, descansos, algún que otro kilo y más de un intento de familia.  A medida que se fue afianzando en el puesto el sueldo se fue abultando, pero nunca terminaba alcanzando para cubrir sus ausencias; y hacía unos tres meses ya de su última separación.
            Como otros años,  se había encargado de recordárselo a todos sus amigos, conocidos y parientes, no fuera a ser cosa que la fragilidad de sus memorias atentase contra sus festejos. Como otros años, la importancia de ese día no contaba como excusa para quebrar su presentismo, y debía ir a trabajar. Y así lo prefería; era la oportunidad para poder compartir copas y brindis con sus compañeros también, los que, de otra manera, jamás estarían incluidos en la lista de invitados. Como otros años, había dormido menos la noche anterior, desvelada por los llamados de medianoche que traían los deseos y felicitaciones más puntuales. Esos, los que suenan a las cero horas en punto, la habían hecho trasnochar más de la cuenta. El cansancio, que  le pesaba en los párpados, se lo despejó con una ducha tibia. Eligió la camisa verde claro que tanto le gustaba. Se vistió como anticipando la fiesta y echó perfume al año de estreno. Salió sin desayunar, pues sabía lo esperaban masas, torta y café, parte de los rituales de aniversario en la empresa. 
            La húmeda resaca de la vereda terminó de despabilarla. El olor a la lluvia amenazó con mojar su elegante atuendo; se sentía cercana. No sabía definir si olía a despedida o a regreso, pero decidió no correr riesgos y tomó un taxi que encontró, casualmente, frenado en el semáforo de la esquina de su casa. Normalmente iba en su auto, pero esa mañana estaba en el taller. Notó lo acertado de su decisión a mitad de camino, cuando ese aroma a ozono se convirtió en una torrencial lluvia que la hubiese empapado. La gente, bajo la tormenta, corría desesperadamente para no mojar sus ropas; y ya, a esa altura, hubiese sido casi imposible alcanzar un taxi.
            Tan pronto como el conductor frenó y la luz del reloj taxímetro comenzó a titilar, mientras buscaba la plata en el bolsillo, sintió la sombra, pegada a la ventanilla del auto, de una persona que se aproximaba para asegurarse fuera el suyo el próximo destino de ese vehículo.  Solidaria con aquella alma que aguardaba su descenso bajo la inclemente lluvia, le sugirió al taxista que se quedara con el vuelto y abrió la puerta ayudada por la impaciencia de esa persona. Puso sus pies en el asfalto con la más veloz de las prisas y alzó su rostro hacia el de este nuevo pasajero para anticipar con una sonrisa el agradecimiento. Pero la celeridad de sus movimientos quedó paralizada, como si a esa lluvia, a la que había asumido enfrentar por unos metros hasta la puerta de entrada de la oficina, se le hubiese sumado un baldazo de agua fría, más fría y más súbita de lo esperado. Esa inmovilidad contagió unos instantes todo alrededor, dándole el tiempo suficiente para corroborar lo que estaba viendo. La imagen de esa mujer parada frente a ella le robaba hasta el ánimo con que tanto esperaba ese día, ánimo que se renovaría mañana, hasta que el calendario diera una vuelta entera. La imagen de esa mujer parada frente a ella le endureció hasta las convulsiones de la respiración, que se agitaba y se paralizaba confundiendo el próximo movimiento rutinario de cada pulmón. La imagen de esa mujer parada frente a ella olvidaba lo desprolijo que se vería mojada y enredaba las gotas de agua sobre su pelo con el sudor. La mímica de complacencia que intentó antes de verla cobró color de espanto, y entretanto, esa mujer, que ostentaba esa imagen de desconcierto, parecía cegada por la ansiedad de no empapar su traje. Justo antes de que el mundo volviese a entrar en circulación quebrando la pausa que generosamente le había obsequiado, desempañó los vidrios de sus anteojos y logró encontrar una única diferencia. Esa mujer, fiel en cada uno de sus rasgos a su propio rostro, esbozada en idéntico peso y estatura, cuyas huellas digitales diestras dibujaban el paralelo de su zurda en el vidrio de la ventanilla del vehículo que las tenía cara a cara en ese preciso momento, homónimo del desnudo reflejo que recordaba en el espejo al salir de la ducha media hora antes, tenía una camisa azul. Como eco de la certeza de esa única diferencia vio sus propios ojos, puestos caprichosamente entre las cejas  de esa otra mujer, titilando el reconocimiento del buen gesto de la prisa con parpadeos ajenos. La mujer subió al taxi y se marchó.
            Demoró unos cuantos segundos en reaccionar; los suficientes para que otro taxi, en el que venía la recepcionista de la empresa, frenase casi sobre sus pies, que aún estaban en el asfalto, a unos cuantos centímetros de la vereda. Abrió la puerta abruptamente y esquivando la cartera de Olga, que había caído a la calle, la tomó de un brazo y la sacó del auto. Se subió, ante el asombro de ésta y del propio conductor del vehículo, y gritó, para sonar más fuerte que el estruendo del golpe con que cerraba la puerta, que siguiera a ese otro taxi que casi se perdía doblando la esquina.
            Sentada en la parte posterior del auto, esquivaba las palabras del taxista que rebotaban en el espejo retrovisor e insistían, desde allí, con alcanzarla. Pero la rigidez, que en cierta manera persistía a lo largo de cada músculo de su cuerpo, terminó por ensordecerla a esos comentarios, sumiéndola en un absoluto silencio, donde sólo cabían arremolinadas ideas sobre ella y aquella impostora que la duplicaba. En ese mismo espacio vacío fueron inscribiéndose mucho menos de una respuesta por cada pregunta. No apartaba la vista de aquel auto que de alguna manera siempre llevaba la delantera; no  porque así debía de ser en una persecución (el acechado siempre va unos pasos delante de quien lo persigue), sino por la naturalidad con que la perseguida había sobrevivido a aquel casual encuentro. Era evidente que llevaba la delantera, al menos en la certeza. De otro modo, hubiera quedado perpleja también, ante semejante exactitud.
            Entre conjeturas, preguntas sin respuesta y respuestas sin sentido, la  violencia de la inercia la sorprendió en la luz roja del semáforo y sin vestigios del auto que llevaba su imitación. Desesperada, separó la espalda del respaldo para alargar el horizonte de su visión, y volver a encontrarla. Cuando, casi vencida, imploraba al azar que apresurase la luz verde, la vio; vecina, en el carril contiguo de la avenida, sonriéndole de reojo con la misma naturalidad que cuando estuvieron frente a frente. Sus manos, temblorosas y torpes, giraron la manija de la ventanilla. Alcanzó  a gritar ¡Señora! Y a la par del acelerar que se la llevaba vio como esa sonrisa, que en algún momento previo hasta podía parecer cómplice de una complicidad que ella no manejaba, se transformaba en un gesto soberbio de burla. Tan arrogante que hasta la hizo sentirse insultada. Esos ojos, tan iguales a los suyos, que se jactaban, que presumían el entender lo que este otro par sólo podía observar atónitamente, herían.
            Unas tres cuadras más desde aquél último semáforo para que el viaje terminara. Se detuvo frente al ciento sesenta y cuatro en la calle Uruguay. Los últimos metros habían ido casi a la par. Ambas se bajaron en el mismo momento. Ella no tenía pensado qué decir, qué hacer una vez que estuviesen nuevamente cara a cara. No le hizo falta arrepentirse de la falta de plan ni de lo desprolija que hubiese salido la improvisación. Su otro par de pies, los que sabía simulados por lo real que se sentía el movimiento de sus dedos dentro de los zapatos, se dirigieron hacia ella. La farsante, que había fallado solamente en la elección del color de la camisa, se acercó y la abrazó.
-Confiaba en que tomaría menos tiempo- le dijo mirando su reloj.
-¿Menos tiempo en qué?- se atrevió a responderle.
-Han pasado veinticinco años ya; es mucho más de lo que imaginé que demorarías en venir- exclamó, alisando su camisa azul.
            Era momento para vomitar dudas, para hablar, para interrogar; pero únicamente atinó a acompañarla hacia el interior de la casa. Algo, en la tibieza de ese brazo entrelazado con el suyo, tan idéntico, la tranquilizaba.  Sintió que el cuerpo, que hasta ese momento y desde el primer encuentro en la vereda de la oficina portaba una peligrosa rigidez, de pronto comenzaba a ceder a los mismos ruegos de calma que en un inicio lo tensaron. Era la misma mujer, la misma cara y el mismo desconcierto; pero esas, las mismas sensaciones  culpables de la duda que la llevó de las narices hasta allí, provocaban, a esta altura, una inmensa sensación de paz. Alivio. Eso comenzó a recorrerle la sangre. De alguna manera las respuestas estaban allí, en cada poro de su piel. No lograba  oírlas, o tal vez sí, pero no podía repetirlas en voz alta. Sus sospechas, escondidas tras el anonimato, se nutrían de la fuerza que derramaba la sonrisa de la  impostora.
            Por fin llegaron al sitio que la anfitriona había escogido para enmarcar la revelación. Paradas una vez allí, ésta, que hasta el tono de la voz había logrado emular con una destreza casi natural, le soltó la mano.
-Estamos aquí; hemos llegado. Decime qué pensás- le dijo imitando  la manera de entablar una conversación.
-¿Qué pienso de qué? Si aún no me has dicho nada- contestó recorriendo con la vista las circunstancias- ¿Qué hacemos en el techo?- agregó arrebatada nuevamente por la intranquilidad de la confusión.
-Desde aquí arriba podrás observar mejor todo aquello a lo que renunciaste. Me interesa realmente saldar las deudas de la apuesta-
-¿Qué apuesta? Realmente no sé de qué me hablás. Creo… creo que estoy perdiendo la razón- soltó entre los labios que se apretaban para contener el desmayo.
Estaba comenzando a caer al son de la inestabilidad que le tiraba desde abajo las piernas. Medía poco más de un metro sesenta y a eso, mientras la resistencia y la flojedad se batían a duelo, le sumaba los metros que separaban ese lugar del asfalto. Apuntalaba intentos de firmeza con la amenaza de un golpe letal, pero al mareo no le asustaba la muerte. Y se dejó caer, casi en cámara lenta, demorando la gravedad con la súplica de volver a abrir los ojos. Al mareo no le asustaba la muerte, pero a ella si. Intentó, de un último manotazo, asir el temor pero no fue suficiente. Entonces miró el suelo que, amenazante, ya casi le rozaba la cabeza, apretó los párpados lo más fuerte que pudo y se rindió.
La sospecha de estar sintiendo la última agonía se disipó en el tercer o cuarto parpadeo. Una fuerte puntada en la sien era mucho menos que sus conjeturas de muerte. Se tocó la frente y se miró las yemas del índice, el mayor y el anular, convencida de que ese hilo cálido de humedad que le llegaba casi hasta el cuello acusaría de rojo la pequeña grieta por donde casi se le escapó el alma. Pero era sudor. El sol no le había perdonado el descanso, y estaba bañada en  transpiración. Su camisa azul, mojada,  se veía aún más oscura de lo normal, y esa tenacidad del color evidenciaba, entre el repaso mental de su testamento y el alivio de saberse aún viva, un lapso mayor perdido entre los instantes. Se incorporó con cuidado por  si restaba algún mareo de esa caída, pero sus pies se pararon firmes. Sólo un pequeño resto de historia se había deslizado en el abrir y cerrar de la puerta de su resurrección.
Estaba sola, parada frente a nadie. El techo era el mismo que antes de caer. La confusión llevó nuevamente sus manos a su frente. El tacto le devolvió entonces la certeza de una pequeña cicatriz, suturada con la imponente fuerza del sol.  El rebote de su cabeza en el piso sí había abierto una grieta; pero por allí, al contrario de perder el alma, ésta se le había colado para volver a habitar sus huesos, dejando, de huella,  lo azul de su reencarnación.  

martes, 28 de febrero de 2012

Y MEDDYG (“Respetaré el secreto de quien haya confiado en mí”)


C
uando Amán Rawson se radicó en San Juan corría el año 1818. Llegó a tierras argentinas aconsejado por el doctor Colesbery, compatriota suyo, que llevaba unos años viviendo en Mendoza y era  médico de José de San Martín.    Y es que las cosas para Amán se estaban poniendo feas en el norte.
            Era hijo de una familia noble de origen inglés. Su padre, Edmund Rawson, había luchado en la Guerra de la Independencia de los Estados Unidos.  En esos estratos y por aquellos años, uno tenía el deber de honrar la genealogía. Y Amán era un gran inconveniente al respecto.  Era cleptómano; pero lo era antes de que esta patología fuera descripta por primera vez[1], de manera que pasaba por ladrón, y esto perjudicaba notablemente al apellido y su reputación.  Porque, aunque nocivo también, hubiera sido mucho más sencillo justificar a un loco que a un malhechor.
            El caso es que tras varios sucesos confusos, luego de los cuales los ojos de las mejores familias de Massachussets se posaran todas sobre él, se volvió urgente su salida de allí.  Amán se resistió inicialmente, hasta que una noche, en una no tan importante Fiesta del té en Boston, cometió la imprudencia de quedarse con la cartera de una de las damas más importantes de la época.  El revuelo que armó la mujer fue tal que los anfitriones revisaron a cada uno de los comensales hasta encontrarla entre sus manos, disimuladamente escondidas detrás de la espalda.  Esa noche las acusaciones se volvieron tan irreversibles que Amán no tuvo más opción que acatar el exilio exigido por su padre  y partir a primera hora del día siguiente; era el precio con que Edmund había negociado su libertad.                Colsbery  conocía el problema de Amán, pero sabía que no sería un inconveniente para estas lejanas tierras; más aún, lo que hasta entonces había sido un gran obstáculo le garantizaría grandes relaciones en un territorio donde los ladrones se habían asegurado la función de gobernar.
            Tan en lo cierto estaba que en 1819 Amán, que hacía rato se codeaba con poderosos,  contrajo matrimonio con Justina Rojo, hija de una distinguida familia del lugar.  Este hecho tuvo grandes repercusiones en su tierra natal, donde la noticia llegó rápidamente. De hecho, lo que se conoce como “el pánico de 1819” y que los historiadores explican como un pánico financiero importante asociado a la perturbación de los mercados de bienes raíces en Estados Unidos, producto de la deflación de los bancos de Inglaterra, fue en realidad el temor ante la posibilidad de que este malviviente tuviera descendencia.
            Establecido allí, y después de convertirse al catolicismo (religión que nunca practicó), se dedicó a la medicina y abrió una farmacia.  El año en que murió su mujer intentó fundar una colonia agrícola  de inmigrantes norteamericanos; aunque la terminó fundando con argentinos[2].  Ese mismo 1822 fue electo diputado provincial, pero renunció en diciembre del año siguiente porque consideraba que en el “ambiente” había demasiada competencia.
            Como para justificar aquél temor de sus compatriotas, tuvo no un hijo, sino ocho; cinco naturales y tres dentro su matrimonio, entre los que nació Guillermo Colsbery Rawson. 
            En contrapartida a la mala fama que se había ganando entre los norteamericanos por su natural facultad de meterle la mano en el bolsillo a cuanto ateo, cristiano, agnóstico, budista, judío o protestante se le cruzase por el camino, en estos pagos  era un exitoso político, al punto de ser definido por un misionero inglés que visitó San Juan,  como hombre “vinculado a todas las iniciativas de progreso del país”. 
            Cuando falleció[3] Guillermo tenía  veinticinco años, pero hacía ocho  ya que vivía en Buenos Aires. 
            La continuidad de sus estudios fue simplemente una excusa para mudarse allí. El motivo real era Domingo Faustino Sarmiento.
            Fue estudiando italiano que se cruzó con este hombre unos once años mayor que él, quien lo marcó definitivamente. “¡Debía requerirse un singular deseo de instruirse para dedicarse a estudiar italiano en San Juan en 1837!”[4] Si bien el futuro doctor tenía cierto afán de conocimiento,  era el venidero presidente lo que lo movilizaba en este particular.
            Y es que desde pequeño Guillermo se sabía diferente.


[1] 1816 por el médico suizo Mathey, quien la describió como “forma particular de locura caracterizada por la tendencia a robar sin ningún motivo ni necesidad”
[2] Origen de la actual ciudad de Caucete
[3] 9 de enero de 1847
[4] Gregorio Aráoz Alfaro

sábado, 25 de febrero de 2012

Fragmento Capítulo V de Martes Penitentes

Cuando llegó no lo sorprendió que la puerta de entrada estuviera con llave; seguramente Julia habría vuelto a la cama o estaría deshojando restos de sueño acurrucada en el sillón. Entró sigiloso, para no despertarla; no tenía caso interrumpirla porque él  agarraría la corbata y volvería a salir.  El sillón le confirmó en un susurro vacío sus sospechas. Subió en absoluto silencio hasta la habitación a buscar su corbata y encontró la puerta del cuarto cerrada. Maldijo la circunstancia; no quería despertar a su mujer. Posó su mano sobre el picaporte de la puerta rogando a las bisagras una mudez cómplice, y suavemente ellas respondieron. Pero su cautela había sido completamente absurda. Al abrir la puerta supo que bien debería haber tocado el timbre,  exclamado su entrada con un portazo,  anunciado su presencia con pasos fuertes que hicieran crujir los escalones y llamado en voz alta antes de entrar. Sintió la sorpresa helando su garganta y no logró hacer más que pegar el portazo adeudado y volver a bajar. Llegó hasta el sillón y sintió los pasos mezclados con los murmullos de su mujer y la vecina. Bajaron, como les permitió la vergüenza y a medio vestirse, e Irma solo atinó a balbucear una disculpa antes de escapar. Julia, temblorosa y sumida en una lucha con su blusa, por fin se acercó y posó su mano sobre la de él.
            Hubo lugar para reproches, y lo hubo para explicaciones; podría haberse llenado el aire de ese traicionado living familiar con lágrimas de tristeza y con otras de arrepentimiento; cabían allí las rodillas de la súplica y las espaldas del rechazo. Pero él simplemente la miraba y ella no hacía más que permanecer en silencio.  Esa imagen sólo se quebró ante lo inevitable; Francisco había vuelto a casa no para ser testigo de las mentiras de su mujer, no para conocer la cara del odio sobre las cejas de la mirada de su vecina, no para estrecharse el pecho parado a los pies del lecho donde otra mujer amaba la piel de su mujer, sino para buscar su corbata. Quitó suavemente la mano de Julia de su mano, subió las escaleras con la misma discreción de antes, tomó su corbata, volvió a bajar las escaleras, se acercó a Julia, que seguía inmóvil sentada en silencio sobre el sofá, la besó en la frente y partió.
                        Desde ese tiempo a esta parte, cada mañana el silencio con que Francisco había decidido cubrir la traición, llenaba de ruidos su cabeza. El trágico día de la corbata se le hizo interminable, y la verdad es que algunos otros aún sentía el mismo vacío que sembraron las manos de Irma sobre su mujer. Ni sus más profundos deseos, confundidos hace años, podrían llenar de razón ese desierto. De pronto, la misma imagen que ancló sus años a esta vejez temprana y presumida, hoy dibujaba el tono de voz de todos los interrogantes. Y la duda lo desbordó hasta transformar al mismo dolor en la propia anestesia que lo mantuvo adormecido algún tiempo más.
            Ni esa noche del trágico día de la corbata ni las demás lograron quebrantar el silencio que suplantó el reclamo y la explicación. Él nunca preguntó y ella no tenía respuestas para esa afónica perplejidad. Y para Francisco los días pasaron, sin pedir permiso, y los malos recuerdos dejaron en paz la conciencia de su mujer. 

domingo, 19 de febrero de 2012

Al borde de los Setecientos Ejemplares (Fines y Principios- I)


S
on las seis de la tarde. Debería haber escogido mejor la hora de mi muerte. Le he pedido al humo que acaricia mi garganta que, junto a la cosquilla de mi nariz, encuentre el valor necesario para decidir morir. Mojo mis labios en el vaso que me mira de reojo y exhala  un vapor con olor a anestesia. Es ácido, es amargo, casi sabe igual a los fracasos que aploman sus manos sobre mis hombros y frustran el último intento por escapar. Mi mano sujeta el vaso tratando  que por entre los dedos se me escape la convicción; no debo mantener la soberbia de suponer  que puedo eludir lo inevitable. ¡Si los intentos de huirle sólo han logrado disfrazar los últimos quejidos de la partida de días de mi vida! Ella me buscaba; lo sé. Me ha buscado desde siempre. A veces me reclamo la falta de inteligencia que me hizo zafar de sus brazos cuando por primera vez vino por mí. Tomo valor; busco coraje entre los últimos papeles que escribí. Rezo. Si; aún rezo. Como si esperara que alguien en quien nunca creí fuese a querer evitarlo. Sé que es el momento de su venganza, porque nadie contesta mis plegarias.

Creo que ya lo siento; al menos ese calor que entra a contaminarme, a adueñarse de mi frustración, que apaga lentamente mis sentidos. Y este sudor; creo que he agotado hasta mi transpiración. La luz que entra por la ventana en cada pestañeo impar se apaga y logra hacerme confundir la luna con el sol. Trato de escuchar lo que pienso para rescatar del aturdimiento algún resto de razón.
Tal vez si recuesto mis delirios entre la nuca y el respaldo del sillón, la espera del último suspiro no se haga notar.
De pronto un arrebato solidario de mi inspiración me invita a soñar. Ojalá pudiese mantener una centésima de cordura para poder ser testigo de mi última decisión. 

jueves, 16 de febrero de 2012

HAD (Principio u origen de cualquier cosa)

R
awson era el amante del coronel.  Los dioses parecían saberlo y enfurecerse con ello, como cuando soplaron hasta volar los techos de la recién inaugurada primer Iglesia, o el día en que destruyeron el segundo intento  en medio de un incendio, tiempo después, y hasta en las inundaciones que obligaron no sólo a cerrar el templo sino a mudar el pueblo entero kilómetros más allá.  Pero nada puede contra la realidad, y al tiempo las cosas volvían a la normalidad; el enojo no logró su cometido y el lugar sigue llamándose igual, en honor a él, bautizado así por su fundador, el coronel; y la torre y la fachada de la capilla destruida, como trofeo de una guerra silenciosa y despareja, declarada  patrimonio histórico.
            Jones también lo sabía; lo notó apenas llegó a Buenos Aires. Cuando lo conoció el doctor tenía cuarenta y un años, y era, hacía pocos meses, Ministro del Interior de  Mitre.  Pero Jones traía desde Gales su propio secreto, y quizás por eso fue cómplice de esa relación sin decir nada a nadie. En aquellos años que una cosa así saliera a la luz le hubiera costado a más de uno la cabeza.  Y el doctor probablemente algo pudo notar en los ojos de este inmigrante, algo que los hermanaba sin haberse visto jamás, pero lo suficientemente fuerte como para confiar en él. Y quizás esa empatía simbiótica ayudó a la decisión de otorgarles las tierras  y permitirles fundar una colonia galesa en el valle  del río  Chubut.               Fue el mismísimo coronel el delegado por el gobierno para la fundación del pueblo, al que inicialmente denominaron Trerawson. La natural simpatía entre el doctor y Lewis determinaron que fuese este último el representante de los colonos ante el gobierno, y, en su honor, años después, llegó el bautismo de la vecina población de Trelew, el pueblo de Luis.
            Hoy las calles de Rawson poco dejan entrever de aquellos años de pasiones prohibidas.  La gente vive, camina, respira, calla y casi no sueña, en un lugar entristecido por al sombra con que tapa sus ganas la  estatua de uno de los Generales más impunes que ha teñido nuestra historia con la sangre de quienes debieron haber sido los verdaderos protagonistas. Hoy se erige la bandera argentina, exacerbada de orgullo, como en aquellos años, plantada para marcar el territorio de la soberanía de un pueblo que se cree dueño de lo que, debemos asumir, nos es completamente ajeno. Hoy, las gargantas muerden gritos que no han sabido sobrevivir sino obedeciendo, y el aire se intoxica, se atraganta y enmudece mientras sus paredes descubren que quizás allí está la prueba de que perdimos la batalla.
            Pero, también hoy, la casualidad ha querido entrometerse con la historia, e impertinentemente sacudirle el polvo, revivirla, contarla hasta  desnudarla. Croeso gwirionedd[1].         
           
           
           









[1] Bienvenida verdad

domingo, 12 de febrero de 2012

Reminiscencias (Lo Demás es Cosa de Valientes)

         La noche siguiente, eran casi las dos de la madrugada e Isabel  no se podía dormir. Estancada, miraba las fotos de Nicolás, escuchaba su canción, releía mensajes, lo recordaba consigo. Permanecía sentada frente al monitor, intentando ensayar algo que poseyera un toque mágico, una palabra justa, un motivo suficiente, para lograr convencerlo de volver. “¡Qué ilusa!”, pensaba mientras borraba lo que esbozaba una y otra vez. 
                A su lado el café y un atado de cigarrillos que amenazaba con dejarla sola en no más de veinte minutos al ritmo que llevaba su ansiedad. Decepcionada con la falta de argumentos recorría la discografía de Ismael, de principio a fin, buscando alguna frase acertada, que lo invitase; pero creo que tampoco él sabría qué hacer en una noche como esa. Por momentos se arrepentía, y el cursor titilaba en silencio sobre la pantalla; tenía tanto miedo de fallar. Y cuando el temor se acrecentaba volvía a entrar buscando rastros de algún desvelo que lo devolviese por allí. Pero la noche se empecinaba con dejarla en suspenso.
            Mientras dudaba en enviarle un mensaje o no, se perdía pensando cosas cada vez más absurdas, más ridículas, más inseguras. Sus conjeturas se habían clavado en el lunes, el cumpleaños de Nicolás,  y lo habían transformado en el ícono de su debilidad. Pensaba por dónde andaría ese día y por dónde realmente desearía caminar. Imaginaba la instancia de escribirle un mensaje tímido, que le llevase los deseos más sinceros. Y detrás de su mensaje, si es que lograba escribir de prisa, llegaría ese otro, que seguramente él esperaba ansioso. Uno que traería más que deseos; que había tenido la posibilidad de cargar con recuerdos que para ella aún eran ajenos; uno lleno de anhelos y esperas con más derechos que ese suyo, que hasta podía parecer, sabía a capricho; el escrito con dedos que él conocía de memoria y que llevaban de su cuerpo un mapa que sus manos recién estaban empezando a armar. De golpe una nueva idea; habría de escribirle más tarde, porque su mensaje se sentía a menudo tan pequeño al otro lado de esa historia que no creía tener derecho de anticipársele. 
            Se distraía pensando qué podría regalarle y preparaba una lista gigante con cosas que le quería dar. Las enumeraba, prolijamente, y hasta estudiaba cuál de todas ellas tenía la capacidad de volverse definitiva. Temblaba.
            Entonces, suspirando,  decidía pedirle al calendario que mezclase las hojas y transformase ese próximo lunes en tres de septiembre para ser ella quien pudiera pedir un deseo. Jugaba por un rato a ser ella quien esperase el primer mensaje, o el último; el más importante. Y ahí estaba él, primero, segundo, tercero y último, entre tantos otros, y tan de prisa. Maldecía su ansiedad, sus instantáneos, sus extremos; pero prefería seguir jugando. Era tres de septiembre cuando lograba convencer al delirio. Era tres de septiembre y más. Era el día en que, pedir un deseo, si uno lograba cerrar los ojos fuerte, fuerte, alcanzaba la fortaleza necesaria para volverse realidad. Le hacía caso al consejo y abrazaba sus pestañas hasta volverse casi ciega. Quizás la hora, el deseo, el sueño, o lo confusa que se le volvía la visión cuando abría los ojos; pero lo encontraba, ahí, en cada palabra, como hacía unas noches, a las tres de la madrugada. 
            La música terminaba y la ficción se desmenuzaba en el silencio que queda cuando las melodías se apagan. El próximo lunes aún sería mayo, como esa noche. Suspiraba y le pedía al tiempo una pausa, una duda; pero a esas alturas era irreversible. El vértigo le devolvía la certeza de esa contradicción; la que la  invitaba  a tropezar para terminar de caer, si es que la caída a él le devolviese la tranquilidad que, ella sabía, había perdido. Le costaba decirlo, pero estaba convencida de que el mejor regalo era la libertad, la que lo tranquilizase, la que dejase de incitarlo a pensar cuando no quería hacerlo. 
            Si esa noche hubiese sido tres de septiembre y los deseos de ella, en ese instante hubiera pedido poder cuidarlo. Pero no podía dejar de declararse algo egoísta y ser sincera. Si ella pudiera desear, desearía que él la quisiese, o al menos que quisiese quererla; tener algún narcótico en sus besos que lo hicieran perder la memoria, o al menos transformarla en recuerdo. 
            La canción volvía a empezar y pensaba si la estaría soñando. La noche anterior, como casi todas las últimas noches, lo había encontrado  en un sueño. Era lunes, el último de mayo y él se había perdido por completo en ella. Lo bueno de esas noches, en las que todo le salía bien, era la sonrisa con la que despertaba. Los desayunos, en esas ocasiones, iban acompañados de diálogos entre su disfonía matutina y el recuerdo de Nicolás sobre el sillón.
            Cuando se hicieron las tres creyó prudente irse a dormir. Y aunque las últimas horas de la noche despierta la habían mecido entre el recuerdo de los brazos de Nicolás, el sueño la encontraba asida de la mano de su compañero. No podía dejar de amarlo. Ese, el mismo que la había hecho sangrar más de una vez por la misma herida, aún abrazaba los vuelos de Isabel. Quería negarlo; ponía todo el empeño que podía poner en tratar de olvidarlo, pero no lo conseguía. Entonces el despertar era tormentoso. Lloraba desde que despertaba hasta que volvía a dormir.  Y en las horas en que las lágrimas descansaban, rondaban en su cabeza mil y un explicaciones a lo que le estaba sucediendo. Si una canción de las calles de San Telmo llegaba a sus oídos, entonces concluía que Nicolás era una especie de reemplazo que se había creado para poder convivir con la idea de la ausencia de Ivo. Si en cambio las estrofas las entonaba Ismael, traía entre su voz el recuerdo de Nicolás abruptamente, y la certeza, tras esa imagen, de amarlo perdidamente y hacer todo por convencerlo a volver.
            Esas dudas que luchaban en Isabel lo hacían en los otros dos implicados también. 
            Nicolás se rascaba insistentemente la cabeza, o se perdía entre mil actividades inventadas para no pensar. Alguien lo esperaba unos kilómetros más allá, alguien a quien había jurado amor eterno. Pero no podía dejar de pensar en Isabel, en el delirio que le provocaba cuando imaginaba que volaban juntos.
            Ivo se debatía con su propia moral. Amaba a Isabel más que a nadie en el mundo, pero sabía que no merecía seguir evitando que fuese feliz. Deseaba que esa felicidad fuera a su lado, y maldecía la deslealtad de quien no había podido resistir la tentación. Iba y venía entre la idea de perdón y comprensión, al egoísmo de seguir luchando por recuperar su amor.
            Y entre luchas y más luchas, les llegó el lunes, ese tan temido lunes treinta y uno de mayo, último día del mes que trajo el ensueño y el dolor.
            Isabel amanecía ante el temor de la pesadilla que había delirado despierta una de esas madrugadas en que el desvelo se extendió hasta las tres. Y el miedo la llevó a escribirle a Nicolás; le escribió lo que creía que él estaba esperando. Había logrado decidir  qué, de entre todo lo que tenía pensado, regalarle. Había pensado probablemente demasiado. Pero así era Isabel, y él ya lo sabía. Tenía muchos deseos que pedir para ese día, pero no podía ser tan egoísta, no le correspondía cruzar los dedos a ella. Le había dicho alguna vez que esto del amor no tiene lugar para el egoísmo, y de verdad que lo pensaba así. Y lo estaba siendo. Se la pasaba el día esperando que la llame, que le escriba, que la extrañe, que la quiera. Creyó que lo mejor que podía darle como regalo de cumpleaños era liberarlo. No había otra cosa que le correspondiera más que eso. Había soñado cada día, desde aquél primer mensaje, que ese lunes iba a poder abrazarlo. Casi sobrevivía al lunes… quedaban unas horas nada más… y entonces ahí estaba, en su cara, la evidencia. Si él quería escapar no sabría cómo hacerlo. Así que había decidido regalarle ella ese espacio, esa solución. Le pidió disculpas por esa locura de haber querido hacerlo  volar, y le agradeció haberle  dado la posibilidad de atestiguar la magia de la eternidad en un beso. Consolaría sus ansias de crecer, buscando el lugar del imposible, volando mientras lo imaginaba consigo. Exiliaría ese deseo con la grulla entre sus manos; a ella no la dejaría volar. Y se despidió. 

sábado, 11 de febrero de 2012

¡Nuevo!

La lectura de estas páginas es absolutamente atrapante. La autora toma la historia y la recrea de una manera impertinente, desopilante y profunda.

Buceando aristas impensadas y dibujando un imaginario nuevo del pasado, creando algo tan posible que hasta suena riesgoso para la historia misma, porque podría ser ésta, tranquilamente.

Volvemos a un pasado donde nos encontramos de golpe  imaginando a un prócer en portaligas, sintiéndolos íntimos, sabiéndolos humanos, iguales, pero humanos.

Seguramente, la historia seguirá siendo contada de la misma manera, y el mármol seguirá erguido, pero esta visión es necesaria; fantasiosa, pero necesaria.
Agustín Queipo