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domingo, 22 de enero de 2012

Once (Epifanía)

P
ensar no había servido de mucho. Por más esfuerzo que pusiera en intentar recordar qué había sucedido antes no lograba conseguirlo. Dibujó en el aire paso por paso, en retroceso, y el boceto terminaba siempre en el mismo lugar: la campanilla del despertador.
            La calle, a pesar del tiempo que dedicó a repasar de memoria los últimos ratos, seguía vacía. Volvió la cabeza hacia todo lo que tenía alrededor. Todo estaba inmóvil, en pausa. Le sentó incómoda la idea de ser el único desliz del movimiento entre tanta quietud; pero justo antes de desesperar frente a tremenda responsabilidad, una pequeña hoja, que se desprendía de un árbol, testigo desde enfrente, le habló de la complicidad del viento. Inspiró profundo, afanosa de llegar lo más cerca posible de él. Lo sintió aliviándole los pulmones y desacelerándole la respiración.
            Alguna vez he oído hablar del sonido del silencio. Y es que verdaderamente hay soledades que se escuchan, vacíos que parecieran hablar. Pero debo confesar que no he tenido oportunidad de conocerlo. No es mi intención que esto se interprete como una expresión de deseo. Tampoco quiero sonar agradecida de esa incapacidad.  Es que pensar que se pueda oír algo que, por definición, debiese de permanecer absolutamente callado, me atemoriza un poco.
            Algo parecido debe de haberle sucedido a Paula antes de encontrar el refugio que daba el viento a esa proposición que le estaba haciendo el destino. Y es que moverse dentro de la inacción es lo mismo que escuchar el silencio; una idea que, al menos al principio, suena a contradicción.   
            Plantear el ejercicio de una acción distinta a la exigida por la situación protagonista no es algo a lo que estemos demasiado acostumbrados. Ha de ser, tal vez, por la inercia con la que sí tenemos vestida la costumbre.  Solemos movernos por ese reflejo de pensar las cosas de una única manera, o a lo sumo de una u otra forma, la mayoría de  las veces antagonistas entre sí. Posicionamos dos extremos para cada cosa que podemos conocer, y libramos al azar un abismo de otras tantas que quedan vagando ente ellos. Acotamos el significado de las palabras con largas listas de denotación, y salvamos el margen de error, en que de esta manera se nos convierte el infinito, con unos puntos suspensivos que, jamás notamos, son la propia antítesis de tanta tesis mal ensayada.  Pronto el universo se nos divide en blancos y negros, buenos y malos,  zurdos y diestros, gordos y flacos. Y en medio de tanta división, algunos se alistan a un lado o al otro por miedo a ser divididos, y otros tantos distraídos se dejan etiquetar. Estructuramos un sistema de realidades disyuntivas sin prestar atención a los instantes del movimiento. Las cosas están de un lado o del otro, como si la génesis fuese cuestión de generación espontánea. Esa misma idea de las realidades disyuntivas, es la que ridículamente nos lleva a contabilizar lo intangible. Y llenamos los verbos de yerros o los dejamos en la inacción cuando creemos que están cruzando el límite de lo uno o lo otro. Y aquellas cosas que desafíen esa delimitación nos paralizan a nosotros también, nos dan miedo.
            Algo similar le sucedía a Paula. Instintivamente deseaba no ser parte de lo opuesto a lo que esa realidad planteaba.  Más que la absoluta desolación la desconcertaba el hecho de ser, su propia existencia, la que cuestionaba la integridad de aquel vacío. Hubiese preferido no estar tampoco ella allí, como el resto de las almas, aunque no tuviese la mínima idea de si aquél otro lugar, a donde todo el mundo había ido, era mejor que éste. El caso es que no podía dejar de pensar en la existencia de algún otro lugar. Y de alguna manera el hecho de que ella estuviese allí ponía en jaque la normal contraposición de los opuestos.
            Seguía sentada en el mismo banco, en la misma posición cuando comenzó a sentirse observada. Esa sensación le recordó a su madre. De alguna manera quien fuese que la estaba viendo tenía en la mirada la misma fuerza de aquél juicio que, generalmente, la desaprobaba a la hora de la sentencia.  Esa impresión confirmaba sus sospechas. No sabía qué había ocurrido con los pasos y los destinos del resto, tampoco sabía cómo había logrado ella permanecer allí; pero tenía la certeza de haber debido hacerlo.
            Los ojos anónimos se percibían cada vez más cercanos  a su espalda. Esa cercanía la cubrió de espanto y agitó sus latidos hasta el borde de la desesperación. Y aunque esta vez no tenía entre las manos la lista de razones que solía erigir en bandera cada vez que desafiaba a su madre, confiaba en su innato sentido de contradecir aquello que le parecía injusto. La falta de memoria no le permitía saber ni porqué burlaba esta decisión, ni quién la había decidido;  pero sabía que tenía una causa para hacerlo, como cada otra vez que se rebeló.
            Se paró sigilosamente del asiento, con la decisión de evitar aquellos ojos que parecían penetrarla. Ya de pie, tuvo el pequeño reflejo de intentar volver a sentarse. No conocer el propietario de esas pupilas, que imaginaba impregnadas de ira tras su burla, la dejaba desnuda frente a la debilidad que significa no saber de quién defenderse. La duda estuvo casi por convencerla; pero cuando posó su mano, sobre la que asentaría el peso del resto de su cuerpo para volver a acomodarse, en aquél banco, una nueva imagen detuvo la intención. Podía no saber el alcance del brazo ejecutor de tremenda desolación circundante, y aunque conjeturase poderosa esa voluntad capaz de borrar tanta gente, de alguna manera su individual pequeño capricho de permanecer allí  había tenido la diestra fuerza de eludirla.
            Esa idea la llenó del coraje necesario para permanecer de pie. Entonces escuchó un pequeño murmullo que intentaba llamarla sin conocer su nombre. Giró su cabeza y divisó una sombra que se perdía detrás del monumento central de la plaza. Quizás si el murmullo hubiese pronunciado su nombre o si ella hubiese ido corriendo tras el llamado sin dudar, aquél encuentro no hubiera tenido lugar jamás. Pero la incertidumbre de quien llamaba se identificaba con la desconfianza que comenzó a moverle los pies, temerosamente, hacia aquella persona que insistía tímidamente en llamar su atención. Dio tres pasos en dirección a la estatua y nuevamente la sombra, murmurando una invitación a acercarse. Avanzó unos metros más y se quedó parada, salvaguardando su identidad e invitando a ese otro a exponer la suya un poco más.
-¿Cómo te llamás?- dijo aquella sombra con voz de hombre.
-Paula- contestó, deseando que la sinceridad los haga cómplices y que esa voz, finalmente se pintara un rostro.
-¡Apurate; seguime!-

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