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lunes, 23 de enero de 2012

"La Historia" (de "La Causa")

El catorce de Junio amaneció para desafiar el pronóstico.  A esas alturas, tan entrado el año, tan cerca el invierno y tan desnudos los árboles, el sol suele salir casi solamente para no darse por vencido; pero la debilidad se evidencia en el vapor que exhalan quienes están obligados a pasar por alto el derecho a hibernar y salen a la calle enfrentando con manos temblorosas y frentes escarchadas la crueldad del frío.  Esa mañana fue distinta. Hay quienes, supersticiosamente, afirmarían encontrar en esta rareza climática alguna especie de premonición, una señal de lo que esa fecha significaría años más tarde. Lo cierto es que ese preciso día, ese catorce de junio soleado, caluroso, raro, nadie tuvo ninguna visión, nadie supo por adelantado lo que iba a suceder desde allí en más; y el único comentario que circundaba las calles versaba sobre lo felizmente anacrónico que se plantaba el día sobre el calendario y su formalidad; me pregunto qué entenderían hasta ahí de ese anacronismo.
        La historia lleva consigo esa maravilla, la de abofetearnos y reírse de lo ignorante que fuimos, de lo ocultas que se nos presentan las cosas ante esta ceguera natural con la que vamos dando los pasos. La historia habla, a lo que ella considera su debido tiempo; y mientras tanto, antes de gritarnos la verdad, conserva ese silencio desgarrador, el mismo que unos cuantos oportunistas transforman en el pasto fértil donde cultivan las más convincentes realidades de plástico. He creído que esta afonía pasajera tenía en sí algún grado de indiferencia y la he juzgado al extremo de enemistarme con ella. La he acusado de testigo de las peores atrocidades, de inútil y repetitiva, de maquiavélica, de errada, de insolente por seguir su curso cargando sus muertos sobre nuestras espaladas. Pero a esta convicción, de tanto en tanto, la jaquea algún que otro catorce de junio sucediendo a mí alrededor, mientras persisto en declararla mi enemiga. Y cuando eso sucede, y entre mis insultos su dedo índice toca tres veces seguidas mi hombro y me hace voltear, me destapa los ojos, y allí la veo, erguida más allá de los intentos por hacerla morir de rodillas, sobre los pies de quienes aún se atreven a gritar.
        Hay días que son grandes madres. Hay meses que engendran los fetos de las grandes revoluciones en sus entrañas, ocultando la panza para no ser descubiertos. Hay pechos que siembran convicciones y amamantan años que cultivan congruencias. Hay partos más difíciles y dolorosos que otros, y uno de esos era precisamente el que se abría paso ese catorce de junio de sol.  Ese catorce de junio era uno de esos días, uno de esos meses, y todos los demás años. Ese catorce de junio fue el mismísimo tiempo desde allí en adelante.  Y ese catorce de junio se vistió de Santiago,  pero podría haber elegido llegar dentro de la piel de cualquier otro nombre si así lo hubiese decidido.  Ese catorce de junio plantó su huella para que cada par de pies cupiese lo mismo dentro de su contorno; se puso de pie sosteniendo su cuerpo con la lealtad de unas piernas que jamás le permitirían morir de rodillas; dio sus primeros pasos sobre la pasión que se necesita para no perder el rumbo; se alimentó hasta que lo óseo de sus huesos se fundieran con la ternura del amor; se inyectó las venas hasta que la sangre se le tiñera del color de la verdad; guió su olfato hasta dejar diestra su nariz ante el olor de la injusticia; se miró en el espejo hasta reconocerse valiente en el reflejo; se enemistó con la finitud del tiempo hasta salirse de su condena y prometerse eterno; irguió  su espalda hasta saberla capaz de soportar la responsabilidad que lo haría libre; y se declaró ignorante para convertirse en un lienzo virgen donde pudiese abrirse paso la cosecha de la sabiduría. Se puso un rostro, de los más íntegros que algún creador alguna vez pudiese haber imaginado, y con esos mismos ojos desafió a quien osaba disfrazarse de creador.
                Ese catorce de junio se hacía presente. Escondida tras la fragilidad de las primeras horas de vida de Santiago, latía vigorosamente. Cansada de las derrotas, agotada de ser testigo de las injusticias que se cometían en su nombre, harta de escucharse nombrada con un apelativo equivocado; decidió personificarse, reencarnar, renacer. Y su llegada hablaba del error de creerla rígida. Llegaba contando que era posible cambiar; su nacimiento presagiaba la muerte de todo aquello que había sucedido hasta allí. Y luego de esa muerte, un nuevo amanecer. 

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