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miércoles, 4 de enero de 2012

Julieta (De Cómo Errar en Todo)

          Julieta se llama Julieta, aunque los demás insistan con llamarla José. Tiene el cabello negro, de esos negros intensos, corto y lacio; ella lo acaricia soñando en dejárselo crecer. Julieta tiene recién nueve años y su mamá decide por ella, tanto, que hasta la sigue tratando de él.
            Julieta se mira en el espejo y piensa, “¿qué habrá pasado estos últimos meses?” Hasta hace algún tiempo la familia entera sonreía si ella aparecía, escalera abajo, hermosa dentro de un vestido rosado, e incluso  alentaban a Brisa, su hermana mayor, a pintarle los cachetes con unos pompones colorados. Se levanta la remera y se mira el ombligo; quizás haya engordado un tanto y esa ropa no le quede tan bien.
            Vive en un pueblo pequeñito, de esos que uno encuentra si recorre mucho, a la vera de la ruta, y al costado del río. Su casa también es pequeña, y allí vive con su mamá, su papá, su hermana Brisa, la perra y su abuela.  Las paredes de la pieza eran naranjas y a ella le encantaban,  pero hace unos días su papá decidió pintarlas de un eléctrico azul.  Julieta las mira y decide: no es que queden mal ni que ella tenga nada contra ese enérgico tono, pero definitivamente las prefería como antes, aunque no dice nada a su familia, no tiene derecho a desilusionar a su padre que había trabajado duro para renovarlas con este nuevo color. La casa entera estaba de mudanza interna; hasta hacía unas semanas Julieta dormía con su hermana, pero se ve que ella ya está grande y necesita su espacio, y por eso decidieron mudarla a la pieza que esta en el altillo, donde hasta entonces habían guardado fotos, baúles con ropa vieja, recuerdos, clavos, pinzas, tenazas y martillos. Julieta esta un tanto triste por ello, de noche extraña a su hermana. Porque mientras durmieron juntas, cada día antes de dormir, jugaban a ponerse tacos, perfumes, pulseras y faldas, y ahora ya no baja ni siquiera para contarle el cuento de antes de dormir, y no pelean más por la frazada. Pero tampoco dice nada, no quiere que su hermana se enoje, y la ve realmente ilusionada con su nuevo lugar, al que su papá se ha llevado el color naranja. Tanto cambio le da por pensar que en la casa estan ocurriendo cosas raras.
            Su abuela se llama Jorgelina, y con ella suele jugar tardes enteras. La nona (como le llamaban cariñosamente) hace de clienta y Julieta se bautiza Amalia, como su mamá. Pasan horas de compra y venta de ropa usada. La abuela paga con caramelos casi siempre, menos los días previos a cobrar la jubilación, en los que Amalia le fía y lo anota en una libretita con tapas doradas. “A los viejos no nos alcanza” repite Jorgelina mientras Julieta sonríe y agenda la deuda. Las horas pasan de risas que contagian toda la casa. El lugar del juego es la sala principal de la casa, porque allí había espacio para regar el guardarropa entero sobre los sillones, la mesa, la barra. Y antes de terminar, Julieta ordena todo prolijamente, lleva cada prenda a su cajón y hasta acomoda los almohadones. Julieta hace memoria, repasa; ¿habría olvidado algún zapato, alguna remera, alguna media tirada por ahí sin darse cuenta? No puede recordarlo, pero probablemente si, porque su mamá ya no la deja jugar más a ser Amalia. O quizás su abuela se ha aburrido y no se atreve a decírselo; lo cierto es que de aquél juego ya ni se habla.
            Pasa la navidad y Julieta se siente cada vez más extraña. Los regalos se quedan allí, sobre el estante de la biblioteca: autos, pelotas, camiones y máquinas; ella sueña con muñecas, vestidos y alhajas.
            Dos años siguen y Julieta cada vez más “rara”. Así la llama la gente del barrio, sus amigos, y su propia familia, cada vez que alguien pregunta, en voz baja. Ha logrado dejarse el pelo un poco más largo, -¡Dejalo Amalia!, los varones ya no lo llevan tan  cortito-,  consuela una tía que pasaba por la casa en medio de un viaje y no sabe nada de nada.
            Julieta juega a las escondidas cada vez que está sola en su cuarto. Ya no hay sitio para calzar tacones frente al resto de la casa; ya no es un juego, ella lo sabe, ellos también.  Entonces cierra la puerta y su mundo florece, y la gente que habita ese sitio nunca se olvida que se llama Julieta. Su madre la espía por el ojo de la cerradura, se larga a llorar y sale corriendo; ya casi no lo hace, no soporta observar por la mirilla como esa impostora le roba a su hijo José, y se enoja con ella, hasta que deja de hablarle.
            Julieta se anima y recorre las calles vestida de Julieta. José ha quedado allá en casa, guardado en algún recoveco. Amalia acaricia sus fotos y las recuesta cada noche sobre la vieja cama de Julieta.
            Pero la vida allí fuera tampoco la abraza cuando la descubre Julieta, la insulta a la cara y le grita otro nombre. Ella no cede, pues aunque nadie le crea no puede ser otra cosa que no sea ser ella.  Y le dan vuelta la cara y le roban el sueño, como si alguien tuviese derecho a elegirle la piel.
            Julieta resiste, no hay más escondidas, y la gente la acusa de matar a José. Ella lo mira, lo busca y no lo encuentra, y en las noches más flacas piensa que quizás tengan razón, que la vida en sus manos sea más sencilla, entonces se lo inventa. Le deja crecer la barba y hasta le calza unos formales pantalones; pero se mira al espejo y lo sabe una ilusión. Porque detrás de ese traje con el que lo ha decorado, la sonrisa y los labios siguen siendo de Julieta.
            La escuela hace rato que no sabe nada de ella, pero nadie pregunta pues están todos distraídos con la desaparición de José. A ella le duele que ya nadie la extrañe, pero se está acostumbrando y sabe que algún día esa indiferencia dejará de doler.
            No ha conseguido trabajo mejor que el de aquella esquina, y aunque hay noches muy frías no puede faltar. Pone todo su empeño en ser una buena empleada, pero en ese sitio no existen los ascensos, ni los aguinaldos, ni las vacaciones, ni la obra social, ni la “ART”.  
            Julieta se enferma pero nadie la cuida, pues al que han internado es a José. Julieta se marcha, su madre se entera y maldice el tiempo perdido pues ese vacío no puede llenarlo con los recuerdos de su hijo. La noticia la desgarra, casi hasta llevarla con ella, pero siempre ha sido cobarde y el coraje no le alcanza.
            En esa casa siguen sucediendo cosas extrañas, Julieta lo sabe y sonríe, desde algún sitio en donde esté, pues desde allí se ve su cuarto, que ha vuelto a ser naranja. Allí la encuentra a Amalia, acariciando su foto, de tacones y pelo largo, la que recuesta cada noche  sobre la cama, con la que conversa horas y horas. Ya nunca ha vuelto a llamarla José. 

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