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lunes, 30 de enero de 2012

Finales Irreversibles (no te empecines ante la fatalidad)

El taxi frenó unos metros antes de aquél vagabundo y la respiración de Isabel se hizo tan fuerte que probablemente ese hombre allí fuera, bajo la lluvia, también podía escucharla. Cuando terminé de buscar las monedas que el taxista exigía, quejándose de la falta de cambio, Isabel ya había bajado del auto.
            La vi acercarse lentamente hacia él, como pidiéndole a sus pasos que frenaran y que se apresuraran contradictoriamente. Y allí estaba él,  con la mirada clavada en el piso, y el asfalto, receloso, que no dejaba adivinarle el rostro.
            De pronto los pies de Isabel le obstaculizaron el idilio con los adoquines mojados del lugar, y abruptamente, como reconociendo esas pisadas, interrumpió la canción que tocaba. Parada, desde enfrente, fui testigo del silencio que se adueñó de la situación.  La lluvia disminuía su furia, quizás para permitirles verse más claramente, o quizás por simple casualidad. Allí estaban; ella parada, enmudecida, frente a ese mendigo que de algún lado conocía; él, también sumido en un letal silencio, mirando fijo la punta de los pies de esa mujer. Y cuando la afonía estaba por volverse sospechosa más que incómoda, el hombre levantó por primera vez la cabeza, suavemente, recorriendo minuciosamente cada detalle de esa figura que esperaba temerosa el encuentro con sus ojos frente a él.
            Podría jurar que el ritmo del mundo se abrió una pausa para ellos dos, que el universo se detuvo a sus pies. Se miraron fijamente un instante eterno, y un nudo les recorrió la garganta hasta dejarlos casi sin aliento. Las manos de él, independientes del resto de su cuerpo, comenzaron a acariciar las cuerdas roncas, y tocó esa invitación al para siempre. Ella temblaba, y una lágrima le recorrió tímidamente la mejilla. Lo escuchó una y otra vez prometerle, entre versos, encontrar el final de ese principio para volver a empezar; y desde donde yo estaba observando creo que a él también lo vi llorar.
            San Telmo tiene esa costumbre con Isabel, la de robarle de las manos los sueños. Volvimos a casa y todo el viaje fue en silencio. Quise preguntarle qué había sucedido allí, pero no me animé. Lo único que se atrevió a decir es que nunca más le permitiese volver.
            Dicen que el trovador ahí sigue, cantando en las calles de ese gris barrio porteño, quizás más cansando y más vencido que otras veces. Isabel sigue teniendo las mismas pesadillas, y amanece mirando de reojo a su compañero, como si no supiese bien quién es. Él sigue escribiendo las canciones más hermosas para ella.
            Cada vez que alguien nombra, por casualidad, esas calles, ella sonríe; y detrás de esa sonrisa aparece la sombra de la misma duda. Pero inmediatamente él la abraza, y esas manos han tenido siempre el mismo efecto sobre Isabel.
            Quizás si ella hubiese tenido el coraje…  Cada vez que escuchaba esa canción imaginaba ir a rescatarlo; algo en esos versos la animaba a pensar que amaba al hombre equivocado. Y entonces se atrevía a conjeturar que alguien los había cambiado de lugar. Pero todas las sospechas morían cuando su compañero la tomaba de la mano.
                        El tiempo hizo lo suyo, como suele suceder, y con él Isabel aprendió a convivir con la duda hasta que un día las cosas a su alrededor lograron convencerla.        Poco a poco las pesadillas fueron cada vez más espaciadas hasta que una noche decidieron no volver. La memoria de aquella lluvia en San Telmo se volvió cada vez más débil ante la falta de ejercicio y que acabó por desaparecer.
            Desde entonces Isabel sonríe más a menudo y cualquiera que la ve puede decirla feliz. Tal vez la convicción tenga esa fuerza abrumadora de volver las cosas realidad, porque he vuelto a andar por los caminos de adoquines varias veces y no volví a ver a ese vagabundo. Como si el olvido lo hubiera convertido en irreal, no sólo ha desaparecido, sino que nadie recuerda haberlo visto ninguna vez. Me pregunto si será que me he vuelto loca, que cada vez que tarareo aquella canción, que a Isabel tanto perturbaba, tampoco nadie recuerda conocerla. Creo tener presente aquél viaje, cuando los vi frente a frente, llorando en silencio; aunque los recuerdos se hacen cada vez más borrosos. Ya ni siquiera puedo tararear ese estribillo sin confundirme.
            Me pregunto si tiene algún sentido dudar. Acaso las verdades suelen ser aquello que decidimos creer. Lo demás es cosa de valientes. 

1 comentario:

León Peredo dijo...

Me gustó mucho la historia, tenés un modo narrativo que desencadena la curiosidad y la avidez del lector. Con mucha humildad permitime que te felicite.