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lunes, 30 de enero de 2012

Finales Irreversibles (no te empecines ante la fatalidad)

El taxi frenó unos metros antes de aquél vagabundo y la respiración de Isabel se hizo tan fuerte que probablemente ese hombre allí fuera, bajo la lluvia, también podía escucharla. Cuando terminé de buscar las monedas que el taxista exigía, quejándose de la falta de cambio, Isabel ya había bajado del auto.
            La vi acercarse lentamente hacia él, como pidiéndole a sus pasos que frenaran y que se apresuraran contradictoriamente. Y allí estaba él,  con la mirada clavada en el piso, y el asfalto, receloso, que no dejaba adivinarle el rostro.
            De pronto los pies de Isabel le obstaculizaron el idilio con los adoquines mojados del lugar, y abruptamente, como reconociendo esas pisadas, interrumpió la canción que tocaba. Parada, desde enfrente, fui testigo del silencio que se adueñó de la situación.  La lluvia disminuía su furia, quizás para permitirles verse más claramente, o quizás por simple casualidad. Allí estaban; ella parada, enmudecida, frente a ese mendigo que de algún lado conocía; él, también sumido en un letal silencio, mirando fijo la punta de los pies de esa mujer. Y cuando la afonía estaba por volverse sospechosa más que incómoda, el hombre levantó por primera vez la cabeza, suavemente, recorriendo minuciosamente cada detalle de esa figura que esperaba temerosa el encuentro con sus ojos frente a él.
            Podría jurar que el ritmo del mundo se abrió una pausa para ellos dos, que el universo se detuvo a sus pies. Se miraron fijamente un instante eterno, y un nudo les recorrió la garganta hasta dejarlos casi sin aliento. Las manos de él, independientes del resto de su cuerpo, comenzaron a acariciar las cuerdas roncas, y tocó esa invitación al para siempre. Ella temblaba, y una lágrima le recorrió tímidamente la mejilla. Lo escuchó una y otra vez prometerle, entre versos, encontrar el final de ese principio para volver a empezar; y desde donde yo estaba observando creo que a él también lo vi llorar.
            San Telmo tiene esa costumbre con Isabel, la de robarle de las manos los sueños. Volvimos a casa y todo el viaje fue en silencio. Quise preguntarle qué había sucedido allí, pero no me animé. Lo único que se atrevió a decir es que nunca más le permitiese volver.
            Dicen que el trovador ahí sigue, cantando en las calles de ese gris barrio porteño, quizás más cansando y más vencido que otras veces. Isabel sigue teniendo las mismas pesadillas, y amanece mirando de reojo a su compañero, como si no supiese bien quién es. Él sigue escribiendo las canciones más hermosas para ella.
            Cada vez que alguien nombra, por casualidad, esas calles, ella sonríe; y detrás de esa sonrisa aparece la sombra de la misma duda. Pero inmediatamente él la abraza, y esas manos han tenido siempre el mismo efecto sobre Isabel.
            Quizás si ella hubiese tenido el coraje…  Cada vez que escuchaba esa canción imaginaba ir a rescatarlo; algo en esos versos la animaba a pensar que amaba al hombre equivocado. Y entonces se atrevía a conjeturar que alguien los había cambiado de lugar. Pero todas las sospechas morían cuando su compañero la tomaba de la mano.
                        El tiempo hizo lo suyo, como suele suceder, y con él Isabel aprendió a convivir con la duda hasta que un día las cosas a su alrededor lograron convencerla.        Poco a poco las pesadillas fueron cada vez más espaciadas hasta que una noche decidieron no volver. La memoria de aquella lluvia en San Telmo se volvió cada vez más débil ante la falta de ejercicio y que acabó por desaparecer.
            Desde entonces Isabel sonríe más a menudo y cualquiera que la ve puede decirla feliz. Tal vez la convicción tenga esa fuerza abrumadora de volver las cosas realidad, porque he vuelto a andar por los caminos de adoquines varias veces y no volví a ver a ese vagabundo. Como si el olvido lo hubiera convertido en irreal, no sólo ha desaparecido, sino que nadie recuerda haberlo visto ninguna vez. Me pregunto si será que me he vuelto loca, que cada vez que tarareo aquella canción, que a Isabel tanto perturbaba, tampoco nadie recuerda conocerla. Creo tener presente aquél viaje, cuando los vi frente a frente, llorando en silencio; aunque los recuerdos se hacen cada vez más borrosos. Ya ni siquiera puedo tararear ese estribillo sin confundirme.
            Me pregunto si tiene algún sentido dudar. Acaso las verdades suelen ser aquello que decidimos creer. Lo demás es cosa de valientes. 

lunes, 23 de enero de 2012

"La Historia" (de "La Causa")

El catorce de Junio amaneció para desafiar el pronóstico.  A esas alturas, tan entrado el año, tan cerca el invierno y tan desnudos los árboles, el sol suele salir casi solamente para no darse por vencido; pero la debilidad se evidencia en el vapor que exhalan quienes están obligados a pasar por alto el derecho a hibernar y salen a la calle enfrentando con manos temblorosas y frentes escarchadas la crueldad del frío.  Esa mañana fue distinta. Hay quienes, supersticiosamente, afirmarían encontrar en esta rareza climática alguna especie de premonición, una señal de lo que esa fecha significaría años más tarde. Lo cierto es que ese preciso día, ese catorce de junio soleado, caluroso, raro, nadie tuvo ninguna visión, nadie supo por adelantado lo que iba a suceder desde allí en más; y el único comentario que circundaba las calles versaba sobre lo felizmente anacrónico que se plantaba el día sobre el calendario y su formalidad; me pregunto qué entenderían hasta ahí de ese anacronismo.
        La historia lleva consigo esa maravilla, la de abofetearnos y reírse de lo ignorante que fuimos, de lo ocultas que se nos presentan las cosas ante esta ceguera natural con la que vamos dando los pasos. La historia habla, a lo que ella considera su debido tiempo; y mientras tanto, antes de gritarnos la verdad, conserva ese silencio desgarrador, el mismo que unos cuantos oportunistas transforman en el pasto fértil donde cultivan las más convincentes realidades de plástico. He creído que esta afonía pasajera tenía en sí algún grado de indiferencia y la he juzgado al extremo de enemistarme con ella. La he acusado de testigo de las peores atrocidades, de inútil y repetitiva, de maquiavélica, de errada, de insolente por seguir su curso cargando sus muertos sobre nuestras espaladas. Pero a esta convicción, de tanto en tanto, la jaquea algún que otro catorce de junio sucediendo a mí alrededor, mientras persisto en declararla mi enemiga. Y cuando eso sucede, y entre mis insultos su dedo índice toca tres veces seguidas mi hombro y me hace voltear, me destapa los ojos, y allí la veo, erguida más allá de los intentos por hacerla morir de rodillas, sobre los pies de quienes aún se atreven a gritar.
        Hay días que son grandes madres. Hay meses que engendran los fetos de las grandes revoluciones en sus entrañas, ocultando la panza para no ser descubiertos. Hay pechos que siembran convicciones y amamantan años que cultivan congruencias. Hay partos más difíciles y dolorosos que otros, y uno de esos era precisamente el que se abría paso ese catorce de junio de sol.  Ese catorce de junio era uno de esos días, uno de esos meses, y todos los demás años. Ese catorce de junio fue el mismísimo tiempo desde allí en adelante.  Y ese catorce de junio se vistió de Santiago,  pero podría haber elegido llegar dentro de la piel de cualquier otro nombre si así lo hubiese decidido.  Ese catorce de junio plantó su huella para que cada par de pies cupiese lo mismo dentro de su contorno; se puso de pie sosteniendo su cuerpo con la lealtad de unas piernas que jamás le permitirían morir de rodillas; dio sus primeros pasos sobre la pasión que se necesita para no perder el rumbo; se alimentó hasta que lo óseo de sus huesos se fundieran con la ternura del amor; se inyectó las venas hasta que la sangre se le tiñera del color de la verdad; guió su olfato hasta dejar diestra su nariz ante el olor de la injusticia; se miró en el espejo hasta reconocerse valiente en el reflejo; se enemistó con la finitud del tiempo hasta salirse de su condena y prometerse eterno; irguió  su espalda hasta saberla capaz de soportar la responsabilidad que lo haría libre; y se declaró ignorante para convertirse en un lienzo virgen donde pudiese abrirse paso la cosecha de la sabiduría. Se puso un rostro, de los más íntegros que algún creador alguna vez pudiese haber imaginado, y con esos mismos ojos desafió a quien osaba disfrazarse de creador.
                Ese catorce de junio se hacía presente. Escondida tras la fragilidad de las primeras horas de vida de Santiago, latía vigorosamente. Cansada de las derrotas, agotada de ser testigo de las injusticias que se cometían en su nombre, harta de escucharse nombrada con un apelativo equivocado; decidió personificarse, reencarnar, renacer. Y su llegada hablaba del error de creerla rígida. Llegaba contando que era posible cambiar; su nacimiento presagiaba la muerte de todo aquello que había sucedido hasta allí. Y luego de esa muerte, un nuevo amanecer. 

domingo, 22 de enero de 2012

Once (Epifanía)

P
ensar no había servido de mucho. Por más esfuerzo que pusiera en intentar recordar qué había sucedido antes no lograba conseguirlo. Dibujó en el aire paso por paso, en retroceso, y el boceto terminaba siempre en el mismo lugar: la campanilla del despertador.
            La calle, a pesar del tiempo que dedicó a repasar de memoria los últimos ratos, seguía vacía. Volvió la cabeza hacia todo lo que tenía alrededor. Todo estaba inmóvil, en pausa. Le sentó incómoda la idea de ser el único desliz del movimiento entre tanta quietud; pero justo antes de desesperar frente a tremenda responsabilidad, una pequeña hoja, que se desprendía de un árbol, testigo desde enfrente, le habló de la complicidad del viento. Inspiró profundo, afanosa de llegar lo más cerca posible de él. Lo sintió aliviándole los pulmones y desacelerándole la respiración.
            Alguna vez he oído hablar del sonido del silencio. Y es que verdaderamente hay soledades que se escuchan, vacíos que parecieran hablar. Pero debo confesar que no he tenido oportunidad de conocerlo. No es mi intención que esto se interprete como una expresión de deseo. Tampoco quiero sonar agradecida de esa incapacidad.  Es que pensar que se pueda oír algo que, por definición, debiese de permanecer absolutamente callado, me atemoriza un poco.
            Algo parecido debe de haberle sucedido a Paula antes de encontrar el refugio que daba el viento a esa proposición que le estaba haciendo el destino. Y es que moverse dentro de la inacción es lo mismo que escuchar el silencio; una idea que, al menos al principio, suena a contradicción.   
            Plantear el ejercicio de una acción distinta a la exigida por la situación protagonista no es algo a lo que estemos demasiado acostumbrados. Ha de ser, tal vez, por la inercia con la que sí tenemos vestida la costumbre.  Solemos movernos por ese reflejo de pensar las cosas de una única manera, o a lo sumo de una u otra forma, la mayoría de  las veces antagonistas entre sí. Posicionamos dos extremos para cada cosa que podemos conocer, y libramos al azar un abismo de otras tantas que quedan vagando ente ellos. Acotamos el significado de las palabras con largas listas de denotación, y salvamos el margen de error, en que de esta manera se nos convierte el infinito, con unos puntos suspensivos que, jamás notamos, son la propia antítesis de tanta tesis mal ensayada.  Pronto el universo se nos divide en blancos y negros, buenos y malos,  zurdos y diestros, gordos y flacos. Y en medio de tanta división, algunos se alistan a un lado o al otro por miedo a ser divididos, y otros tantos distraídos se dejan etiquetar. Estructuramos un sistema de realidades disyuntivas sin prestar atención a los instantes del movimiento. Las cosas están de un lado o del otro, como si la génesis fuese cuestión de generación espontánea. Esa misma idea de las realidades disyuntivas, es la que ridículamente nos lleva a contabilizar lo intangible. Y llenamos los verbos de yerros o los dejamos en la inacción cuando creemos que están cruzando el límite de lo uno o lo otro. Y aquellas cosas que desafíen esa delimitación nos paralizan a nosotros también, nos dan miedo.
            Algo similar le sucedía a Paula. Instintivamente deseaba no ser parte de lo opuesto a lo que esa realidad planteaba.  Más que la absoluta desolación la desconcertaba el hecho de ser, su propia existencia, la que cuestionaba la integridad de aquel vacío. Hubiese preferido no estar tampoco ella allí, como el resto de las almas, aunque no tuviese la mínima idea de si aquél otro lugar, a donde todo el mundo había ido, era mejor que éste. El caso es que no podía dejar de pensar en la existencia de algún otro lugar. Y de alguna manera el hecho de que ella estuviese allí ponía en jaque la normal contraposición de los opuestos.
            Seguía sentada en el mismo banco, en la misma posición cuando comenzó a sentirse observada. Esa sensación le recordó a su madre. De alguna manera quien fuese que la estaba viendo tenía en la mirada la misma fuerza de aquél juicio que, generalmente, la desaprobaba a la hora de la sentencia.  Esa impresión confirmaba sus sospechas. No sabía qué había ocurrido con los pasos y los destinos del resto, tampoco sabía cómo había logrado ella permanecer allí; pero tenía la certeza de haber debido hacerlo.
            Los ojos anónimos se percibían cada vez más cercanos  a su espalda. Esa cercanía la cubrió de espanto y agitó sus latidos hasta el borde de la desesperación. Y aunque esta vez no tenía entre las manos la lista de razones que solía erigir en bandera cada vez que desafiaba a su madre, confiaba en su innato sentido de contradecir aquello que le parecía injusto. La falta de memoria no le permitía saber ni porqué burlaba esta decisión, ni quién la había decidido;  pero sabía que tenía una causa para hacerlo, como cada otra vez que se rebeló.
            Se paró sigilosamente del asiento, con la decisión de evitar aquellos ojos que parecían penetrarla. Ya de pie, tuvo el pequeño reflejo de intentar volver a sentarse. No conocer el propietario de esas pupilas, que imaginaba impregnadas de ira tras su burla, la dejaba desnuda frente a la debilidad que significa no saber de quién defenderse. La duda estuvo casi por convencerla; pero cuando posó su mano, sobre la que asentaría el peso del resto de su cuerpo para volver a acomodarse, en aquél banco, una nueva imagen detuvo la intención. Podía no saber el alcance del brazo ejecutor de tremenda desolación circundante, y aunque conjeturase poderosa esa voluntad capaz de borrar tanta gente, de alguna manera su individual pequeño capricho de permanecer allí  había tenido la diestra fuerza de eludirla.
            Esa idea la llenó del coraje necesario para permanecer de pie. Entonces escuchó un pequeño murmullo que intentaba llamarla sin conocer su nombre. Giró su cabeza y divisó una sombra que se perdía detrás del monumento central de la plaza. Quizás si el murmullo hubiese pronunciado su nombre o si ella hubiese ido corriendo tras el llamado sin dudar, aquél encuentro no hubiera tenido lugar jamás. Pero la incertidumbre de quien llamaba se identificaba con la desconfianza que comenzó a moverle los pies, temerosamente, hacia aquella persona que insistía tímidamente en llamar su atención. Dio tres pasos en dirección a la estatua y nuevamente la sombra, murmurando una invitación a acercarse. Avanzó unos metros más y se quedó parada, salvaguardando su identidad e invitando a ese otro a exponer la suya un poco más.
-¿Cómo te llamás?- dijo aquella sombra con voz de hombre.
-Paula- contestó, deseando que la sinceridad los haga cómplices y que esa voz, finalmente se pintara un rostro.
-¡Apurate; seguime!-

jueves, 19 de enero de 2012

Cuarto Número

     Un poco demorado pero en la calle al fin. Desde hoy, el cuarto número de la revista Letras Ambulantes, ahora un poco más extensa y mensual.
     Letras y música de artistas regionales y no tanto. Poesía, narrativa, entrevistas, opinión, algo de entretenimiento, alguna que otra noticia curiosa, biografías de aquellos que nos han marcado el camino, y seguramente cosillas de las que en este momento me olvido.
    ¡Que la disfruten!

miércoles, 4 de enero de 2012

Julieta (De Cómo Errar en Todo)

          Julieta se llama Julieta, aunque los demás insistan con llamarla José. Tiene el cabello negro, de esos negros intensos, corto y lacio; ella lo acaricia soñando en dejárselo crecer. Julieta tiene recién nueve años y su mamá decide por ella, tanto, que hasta la sigue tratando de él.
            Julieta se mira en el espejo y piensa, “¿qué habrá pasado estos últimos meses?” Hasta hace algún tiempo la familia entera sonreía si ella aparecía, escalera abajo, hermosa dentro de un vestido rosado, e incluso  alentaban a Brisa, su hermana mayor, a pintarle los cachetes con unos pompones colorados. Se levanta la remera y se mira el ombligo; quizás haya engordado un tanto y esa ropa no le quede tan bien.
            Vive en un pueblo pequeñito, de esos que uno encuentra si recorre mucho, a la vera de la ruta, y al costado del río. Su casa también es pequeña, y allí vive con su mamá, su papá, su hermana Brisa, la perra y su abuela.  Las paredes de la pieza eran naranjas y a ella le encantaban,  pero hace unos días su papá decidió pintarlas de un eléctrico azul.  Julieta las mira y decide: no es que queden mal ni que ella tenga nada contra ese enérgico tono, pero definitivamente las prefería como antes, aunque no dice nada a su familia, no tiene derecho a desilusionar a su padre que había trabajado duro para renovarlas con este nuevo color. La casa entera estaba de mudanza interna; hasta hacía unas semanas Julieta dormía con su hermana, pero se ve que ella ya está grande y necesita su espacio, y por eso decidieron mudarla a la pieza que esta en el altillo, donde hasta entonces habían guardado fotos, baúles con ropa vieja, recuerdos, clavos, pinzas, tenazas y martillos. Julieta esta un tanto triste por ello, de noche extraña a su hermana. Porque mientras durmieron juntas, cada día antes de dormir, jugaban a ponerse tacos, perfumes, pulseras y faldas, y ahora ya no baja ni siquiera para contarle el cuento de antes de dormir, y no pelean más por la frazada. Pero tampoco dice nada, no quiere que su hermana se enoje, y la ve realmente ilusionada con su nuevo lugar, al que su papá se ha llevado el color naranja. Tanto cambio le da por pensar que en la casa estan ocurriendo cosas raras.
            Su abuela se llama Jorgelina, y con ella suele jugar tardes enteras. La nona (como le llamaban cariñosamente) hace de clienta y Julieta se bautiza Amalia, como su mamá. Pasan horas de compra y venta de ropa usada. La abuela paga con caramelos casi siempre, menos los días previos a cobrar la jubilación, en los que Amalia le fía y lo anota en una libretita con tapas doradas. “A los viejos no nos alcanza” repite Jorgelina mientras Julieta sonríe y agenda la deuda. Las horas pasan de risas que contagian toda la casa. El lugar del juego es la sala principal de la casa, porque allí había espacio para regar el guardarropa entero sobre los sillones, la mesa, la barra. Y antes de terminar, Julieta ordena todo prolijamente, lleva cada prenda a su cajón y hasta acomoda los almohadones. Julieta hace memoria, repasa; ¿habría olvidado algún zapato, alguna remera, alguna media tirada por ahí sin darse cuenta? No puede recordarlo, pero probablemente si, porque su mamá ya no la deja jugar más a ser Amalia. O quizás su abuela se ha aburrido y no se atreve a decírselo; lo cierto es que de aquél juego ya ni se habla.
            Pasa la navidad y Julieta se siente cada vez más extraña. Los regalos se quedan allí, sobre el estante de la biblioteca: autos, pelotas, camiones y máquinas; ella sueña con muñecas, vestidos y alhajas.
            Dos años siguen y Julieta cada vez más “rara”. Así la llama la gente del barrio, sus amigos, y su propia familia, cada vez que alguien pregunta, en voz baja. Ha logrado dejarse el pelo un poco más largo, -¡Dejalo Amalia!, los varones ya no lo llevan tan  cortito-,  consuela una tía que pasaba por la casa en medio de un viaje y no sabe nada de nada.
            Julieta juega a las escondidas cada vez que está sola en su cuarto. Ya no hay sitio para calzar tacones frente al resto de la casa; ya no es un juego, ella lo sabe, ellos también.  Entonces cierra la puerta y su mundo florece, y la gente que habita ese sitio nunca se olvida que se llama Julieta. Su madre la espía por el ojo de la cerradura, se larga a llorar y sale corriendo; ya casi no lo hace, no soporta observar por la mirilla como esa impostora le roba a su hijo José, y se enoja con ella, hasta que deja de hablarle.
            Julieta se anima y recorre las calles vestida de Julieta. José ha quedado allá en casa, guardado en algún recoveco. Amalia acaricia sus fotos y las recuesta cada noche sobre la vieja cama de Julieta.
            Pero la vida allí fuera tampoco la abraza cuando la descubre Julieta, la insulta a la cara y le grita otro nombre. Ella no cede, pues aunque nadie le crea no puede ser otra cosa que no sea ser ella.  Y le dan vuelta la cara y le roban el sueño, como si alguien tuviese derecho a elegirle la piel.
            Julieta resiste, no hay más escondidas, y la gente la acusa de matar a José. Ella lo mira, lo busca y no lo encuentra, y en las noches más flacas piensa que quizás tengan razón, que la vida en sus manos sea más sencilla, entonces se lo inventa. Le deja crecer la barba y hasta le calza unos formales pantalones; pero se mira al espejo y lo sabe una ilusión. Porque detrás de ese traje con el que lo ha decorado, la sonrisa y los labios siguen siendo de Julieta.
            La escuela hace rato que no sabe nada de ella, pero nadie pregunta pues están todos distraídos con la desaparición de José. A ella le duele que ya nadie la extrañe, pero se está acostumbrando y sabe que algún día esa indiferencia dejará de doler.
            No ha conseguido trabajo mejor que el de aquella esquina, y aunque hay noches muy frías no puede faltar. Pone todo su empeño en ser una buena empleada, pero en ese sitio no existen los ascensos, ni los aguinaldos, ni las vacaciones, ni la obra social, ni la “ART”.  
            Julieta se enferma pero nadie la cuida, pues al que han internado es a José. Julieta se marcha, su madre se entera y maldice el tiempo perdido pues ese vacío no puede llenarlo con los recuerdos de su hijo. La noticia la desgarra, casi hasta llevarla con ella, pero siempre ha sido cobarde y el coraje no le alcanza.
            En esa casa siguen sucediendo cosas extrañas, Julieta lo sabe y sonríe, desde algún sitio en donde esté, pues desde allí se ve su cuarto, que ha vuelto a ser naranja. Allí la encuentra a Amalia, acariciando su foto, de tacones y pelo largo, la que recuesta cada noche  sobre la cama, con la que conversa horas y horas. Ya nunca ha vuelto a llamarla José. 

martes, 3 de enero de 2012

Mis Pies (a modo de prólogo de "De Cómo Errar en Todo")

Estos son mis pies; de regreso a casa. Camino y pienso: la negra tiene esa facilidad, ese don de hacerme embarcarnos en proyectos gigantes. Ella dice que soy yo, que genero, y repite y repite, donde tiene oportunidad, que me la paso creando, como hace un par de medianoches atrás, plena entrevista, tanto me nombró que acabó por confundir a la conductora y antes de despedirse la llamó por mi nombre. Decí que somos la negra y yo, y que entre nosotras está todo claro; imaginate si la confusión se hubiese generado entre otras dos… los ojos hubieran llegado a sacarse por tremendo traspié. Viste que los artistas tienen un tema con el ego, pero es la negra, y soy yo; y no hay egos entre nosotras. No les digo que nos la pasamos peleando sobre quién incitó a quién. De afuera debe verse un tanto aburrido: ella que soy yo, yo que es ella. Y así.  El caso es que hoy, como tantas otras veces, sea de quien sea la autoría de la idea, heme aquí, mirándome los pies, preguntándome ¿y ahora cómo sigue? Porque la cosa viene en serio; cada vez que los mates pasan de una mano a la otra nos sucede lo mismo: una idea. Y no es cosa de que se diga y quede en suspenso; si hay ideas hay acción; eso es como si fuese una consigna implícita. Esos son mis pies, calle Chocón al mil doscientos. Cómo si hubiera tiempo que distraer con todo esto. Pero lo hay, o al menos de ello se convence.
                El Refugio queda unas seis o siete cuadras de casa, no sé exactamente, porque he ido millones de veces, pero siempre olvido contarlas. Salí pensando en esto de “la idea”; una especie de manual –Tipo collage, ¿entendés?, como cuando éramos chicas. Me acuerdo un año, tercero de secundaria, en que dije “no quiero más carpetas”. Por ese entonces la tipa, bien parada sobre el metro sesenta y dos, ¡divina! No me importaba nada, y si quería usar botas de goma en pleno verano, me las ponía. ¡Te imaginás mi mamá! “¿Cómo no vas a querer carpetas?” Colegio privado, de blazer. Yo obviamente, ¡ni blazer!, camisa de mi papá casi hasta la rodilla y punto. Estaba bueno porque no encajaba en ningún lado. “Ahora cuando llegue tu padre lo hablás con él.” Y llegó, cara verde de tanto trabajo. “Dejala que no use carpeta, dejala hacer lo que quiera. Basta con esto de ella siempre con su rebeldía en el centro de la atención.” Y ahí fuimos, a la librería donde todos los chicos se compraban los útiles para empezar el colegio. Mi hermana con su carpeta negra, aburridísima, su lapicera. Volvimos a casa y agarré ¿viste ese papel marrón? con el que el hombre del negocio había envuelto los útiles y los corté, pero así con la mano, nada de tijera”. –
                Y así vamos, de recolección de historias. Y con eso retumbándome en la cabeza camino hasta casa. Mis pies para un collage son una buena elección, o eso creo.  Pero sobre todo por sus pasos, porque de eso se trata esta historia, de lo que hemos recorrido hasta acá. No porque nuestras biografías sean algo interesante. Alguna vez Google “¿cómo hacer una síntesis biográfica de una persona poco interesante?”. Hoy estamos lejos  de aquellas horas en donde creíamos que no teníamos nada para contar; y por eso los pasos. ¿Alguna vez tuvieron esa sospecha de estar andando en círculos, de haber pasado ya por ese mismo lugar?, ¿o esa otra de mirar alrededor y no reconocer lo que los rodea, y darse cuenta de que están perdidos? Nosotras sí; quizás ese sea el motor de esta “idea”. –¡Pero con mapa y todo eh!- Sonreímos emocionadas, ansiosas, afanosas, contagiadas.
                Me miro los pies y me quedo pensando un segundo. ¡Con mapa y todo! Me pregunto si podremos guiar.
                -A veces siento que los artistas somos parte de una gran legión, como soldados dispersos por todos lados. ¿Sabés? En esos días de crisis, donde te la pasas  preguntándote si lo que hacés es bueno o no, si esta proliferación se estará tornando un tanto repetitiva; y dudo, supongo que habré de aburrir. Pero no. Quizás la idea una y otra vez, escondida entre los textos funcione como mensaje, como norte, como luz. Es como cuando alguien cita a otro alguien, le da más validez, porque entonces los leés o los escuchás y decís: “no es el capricho de uno solo”. Muchos soldados, repartidos por todos lados, dispersos; y está bueno, porque de esa manera se atacan todos los flancos. Y cuando los sentidos se te despiertan, los ves, están ahí, donde quiera que mires, y siempre estuvieron, sólo que antes la ceguera no dejaba que los encuentres. – la negra me mira y sonríe, porque me reconoce.
                ¡Con mapa y todo! Apostemos a que la verdad no puede disfrazarse por mucho más tiempo, y a que sigue siendo verdad aunque se la escriba en los márgenes; porque como dice Ismael, si no vemos más allá de nuestro propio horizonte, entonces… estaremos perdidos.