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jueves, 29 de noviembre de 2012

Letra en Feriado


Y qué si fuéramos otros, si mañana despertáramos en otros cuerpos, con otras almas, otras ganas, otros tormentos. Y si cambiáramos de lugar los conceptos y prohibiéramos lo que siempre permitimos y juzgáramos lo que hoy alentamos. Y si la noche nos brillara un sol inmenso, y la luna nos bronceara con su canto; y si descubriéramos que alargarnos la vida es demorar la hora de nuestro nacimiento. Q
ué tal que mañana despertara ayer y tuviéramos que predecirnos el pasado, o andar contándole a la gente las anécdotas que estamos por vivir; si "no estar" fuera nuestro presente. Si de la risa nos brotaran las evidencias de la muerte, o la vida fuera esa función que el público aplaude desde su cómodo escenario. Si llegáramos al irnos, partiéramos en dirección opuesta para encontrarnos, buscáramos para perder...
Ni aun así podría desconocerte. Y aunque para tener lugar en esa ficción lo lógico seria odiarte, te amaría rebeldemente, y nos crearía en el beso este mismo mundo u otro diferente, donde sigamos siendo vos y yo.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

21 de Noviembre


Llueven letras y se nos moja el piso. Hay que andar con cuidado saltando tanto charco. Si pisás distraído corrés el riesgo de que tu pie se vea envuelto en una página de esas que te roban hasta los zapatos. La tinta mojada te tiñe las medias y se mezcla con el talco, entonces las palabras se esconden tras la bruma de los pasos y ya no sabés si andás  o si te escriben andando. Hay viento, sopla fuerte, y las oraciones se nos enredan en el pelo y uno anda caminando con frases absurdas como peinado; gente extravagante murmura una señora que nos mira desde el balcón. 
El problema de que la ira de la tormenta nos confunda con el texto es que esa hoja bien puede ser un borrador, y acabaría uno hecho un bollo, olvidado y arrugado, botado en la papelera. Triste destino haberse vuelto personaje para que nos borren de un tachón. 

miércoles, 31 de octubre de 2012

Te invito a viajar

      Unos días antes de encontrarte Lola se desgarraba. Despertaba del sueño a la pesadilla real de encontrarse duplicada; moría una y otra vez en el intento del amalgama, y el sol le escurría las lágrimas llovíéndolas sobre el vapor de las ventanas. Unos días antes de aparecerte Lola se ahogaba en la tos.  Salía al mundo desnuda, invisible, disimulada; la prisa le pisaba la cabeza, y te buscaba. Unos días antes de que llegaras Lola era engullida por el mundo. Te escribía un río y el papel se lo robaba, dejándola casi sin sentido, afónica, sobre el piso y la ilusión desparramada. A veces le imitaba la cara a la luna y salía a caminar espiando cada par de ojos que la esquivaba; otras te seguía camino al trabajo, o te preguntaba la hora a las dos menos diez. 
Tanto lloró Lola en la espera, tanto se quejó de las veces que la dejaron a oscuras. Nunca se imaginó que vos le ibas a encender el cielo. 
Pero esas cosas suceden, aunque no tengamos muchos recursos para explicar cómo o por qué, y recurramos al azar, a la casualidad. Sea como fuere, fue la magia y de pronto acostarse boca arriba y pintar lucecitas que nos encendieron un mundo. 
No sé, hoy me puse a pensar en vos; mientras recorría la ciudad de un extremo al otro, me puse a pensar en vos. Te imaginé caminando al lado mío; tu carita tan nítida... toda otra vez que te imaginé estaba tan difusa que me perdía tu sonrisa. Y detrás la mía, sonrisa reflejo, por haberme aprendido hasta el color de tu piel. Te imaginé caminando al lado mío, recorriendo la ciudad de un lugar al otro, de la mano, y el sol también sonrió. 
Y nos anduve por una y otra calle, y mientras anduvimos se me cruzó el antojo de hacer un viaje. Entonces cerré los ojos y soñé los sitios más bellos, los mejores lugares adonde ir. Eran todos tan especiales que me costaba decidir a cuál invitarte. Volví a casa cansada y algo frustrada, porque el despertador sonó en la voz de un vecino, en una bocina, en el ladrido de un perro, en una frenada, y me obligó a contar el tiempo y las monedas, escasas, y saber que no me alcanzaban para llevarte a ningún lugar. 
Pero suelo resistirme antes de darme por vencida y así también sucedió esta vez. Después de calcular y calcular cuántos kilómetros podría financiar con la telaraña de mis bolsillos y maldecir la economía, encontré el mejor lugar.
Te invito a mañana.

viernes, 26 de octubre de 2012

Presentación

Hace un tiempo pensaba, deliraba mejor dicho, con ese día en que una gran editorial me descubra y me ofrezca un contrato. Entonces me preguntaba si reeditarían algo de todo lo que ya escribí. Y si así fuese... ¿cuál de todos los títulos?

Porque aunque poca gente conozca mis libros, yo estoy enamorada de cada uno de ellos, y elegir quién sería la diva, llegado el caso, me ponía en el riesgo de cometer alguna injusticia. 
El representante de la editorial llegaba en avión; la entrevista era acá, en Neuquén, de ese modo al sueño le ahorraba el esfuerzo de tener que inventar un escenario desconocido, y daba paso a la ansiedad de lo verdaderamente importante. 
La charla; y ¿qué diría sobre mi si este hombre de traje y corbata (imaginación formal y machista) me preguntaba? Es tan difícil hablar sobre mi misma...
Cuando las cosas se ponen difíciles hay un recurso que no falla. Se me rompe una impresora, se traba la computadora, decretan un feriado que arruina mi economía de hormiga trabajando día a día, la gente no me da bola y me cuesta horas lograr vender un libro, convocan a una feria para la cual no me da el pedigree o me dejan afuera las ilusas aristas de la ideología; y ahí salta, como defensa, como estandarte, como razón, como epicentro de donde sacar las fuerzas para seguir, la misma estúpida convicción: "¡pero qué biografía que me estoy mandando!". 
Cada tanto me propongo una cita con la trascendencia. Y cuando no llega me excuso catalogándome de impuntual. Entonces agendo otra. Y así vamos.
Una de las cosas más interesantes, peligrosa, pero interesante, en un escritor, es esta posibilidad de crearnos un mundo a nuestro antojo; jugar con el delgado límite entre la realidad y la ficción. 
El tipo de la editorial es aún más impuntual que yo. Y la ansiedad me carcome. Por eso decidí saltearme todos aquellos pasos que implican esperar, y, jugando un poco a hacer realidad ciertas cosas, es les hago esta invitación. 
En un acto de justicia he decidido incluir todos mis textos, y para que mi biografía sea contada de manera más objetiva y menos propagandística que si lo hiciera yo, invité a quienes han estado cerca, testigos y protagonistas de los errantes pasos que no me han permitido dar con este maldito señor del traje, a contarles el camino, a hablar por mi. 
El único inconveniente es que este tipo con la corbata también tenía el maletín con los fondos para financiar este proyecto. Pero editores, sépanlo, no los necesitamos.
Confiamos en los lectores, que son quienes han dado crédito y billetes para llegar hasta acá. 
No sé si haya hecho tantas cosas como dicen, pero la gente derrocha y derrocha palabras. Nos ha tomado más de 900 páginas este asuntito. Y editar es caro. Así que, luego de llamar por teléfono, atosigar con mensajes de texto, mails, cartas de correo y demás, a los inversionistas, infructuosamente, tuvimos una gran idea. Para costear la impresión de esta edición necesitamos vender por anticipado los libros. Armamos una bonita tarjeta, que, cual cupón de promoción, cambiarás por un ejemplar (de tres tomos) el día de la presentación. El precio, para que no espante, va por privado. 
Esperamos verte (en plural todo suena mejor).


miércoles, 24 de octubre de 2012

Trovadores de Barro Negro


Para entrar y poner "me gusta"


Edición impresa de Falsaria


La Edición impresa de la Red Social Literaria Falsaria es una publicación en papel donde se recogen los 30 autores que más “Me Gusta” han obtenido a lo largo de cada trimestre (1 obra por autor). Todo el mundo puede participar gratuitamente, para ello simplemente debes Registrarte y subir tu obra: si consigue 10 Me Gusta pasará a Portada donde más gente podrá conocerla, leerla y votarla.
Al finalizar el trimestre, se cierra la edición correspondiente, se maqueta (puedes participar en la elección del Arte de Tapa), se envía a impresión y finalmente se pone a la venta en la misma Red Social.
Falsaria tiene como misión dar a conocer el mayor número de escritores noveles posibles. De este modo, aquellos autores que han sido publicados en una Edición Impresa, serán excluidos de la posibilidad de participar (aún cuando sus votos se lo permitan) de la Edición inmediatamente siguiente. Si, en cambio, en el resto de ediciones del año.

Mi último artículo allí: 

http://www.falsaria.com/casi-portada/agujero-negro/

domingo, 21 de octubre de 2012

Delirios que me trajo el viento


Quizás con un beso calmemos la furia de puertas afuera... ¿dale? ¿Si? ¿Me das un beso?, uno de esos gigantes gigantes, uno dulce, sincero... ¿si? ¿si? ¿si? No seas malo, vení, abrazame y besame, hagamos el amor. No he conocido nada más parecido al paraíso de esa imagen nuestra, ojos a ojos, fundiéndonos la piel. Mirate las manos ¿ves entre tus dedos los míos entrelazados? Mirá que la gente no tiene la culpa y hay chicos caminando bajo el viento. De arrebatos pienso que si vos y yo estamos juntos convertimos esa ira en una brisa que les ayude a creer. Dale, ¿aceptas? Sueño que juntos podríamos contra el mundo, que tus manos y las mías cambiarían el rumbo de la historia. ¿Dale que escribimos un cuento de volver las cosas realidad? No nos vamos a rendir justo ahora, ¿qué queda para ellos si fuera así? Asomá la nariz a la calle. No vamos a confundirnos con los que no creen, ¡no!, si vos y yo nos encontramos a pesar de las distracciones que nos puso la rutina en el camino. Salgamos a despertar gente por el mundo. ¡¿Te imaginás qué feliz?! Ayudame, ¿querés?, que la tarea no es cosa sencilla. Nos tomamos la mano y salimos a andar, vayamos a despabilar dormidos. Si hasta tenemos la misma arma para esta lucha entre las manos. Tengamos un mundo donde todo se puede y salgamos a la calle, bien temprano a intentar contagiar a los demás. Provoquemos envidia en lo que no se atreven a quererse, miremos a la cara a los que nos quisieron convencer que el amor va de desmemoria, de aburrimiento, de melancolía, de culpa, de dolor, de egoísmo, de cosas sin sabor ni sentido repetidas, y gritemos que no les creemos nada. No dejemos que las circunstancias nos apaguen, nos hagan naufragar. No digamos palabras como desaparecer o abandonar, o desconfiar o temer.... que no tengan lugar entre nosotros. Si tus labios en mi voz y tus palabras en mi boca saben que la vida es otra cosa, distinta a las anclas que nos cortaron el vuelo, enemiga de asumirse muerto y rendido tan temprano, lejana a esto de sobrevivir. Dale, que las espaldas juntas saben que soportan otro peso, que el mundo afuera es violento, mortal, que los días están sedientos de vivir diferente, que los ojos extrañan esa humedad, que esto no es casual, y alrededor está plagado de señales, que lo nuestro no es a destiempo, si no hay otra hora para vivir que la de esta vida. Dale, ¿aceptás? Agarrame la mano, no te sueltes ahora. Yo estoy para evitar el golpe si la historia te sacude tan fuerte que intenta hacerte caer. Como el juego de la confiaza, ¿lo conocés? Dale, apurate, que la nostalgia está un tanto debilitada luego del embate que tantos le han metido. Dale que casi la convencemos de que no es tan poderosa como se creyó siempre. Dale que le encontramos el talón de aquiles a lo que hace tiempo asumimos como única realidad. Dale que quizás hasta encontremos la manera de resignificarlo todo. Dale que tu sonrisa sabe de lo contagiosa de la mía. ¿Venís? Te espero, pero apurate... que el enemigo está engordado con tantos años de soledad.

No-amarte

Te conté que ayer, de regreso a casa, venía pensando en algo para escribirte, y que con las horas esa idea se me había perdido en algún sitio. Bueno; el sueño me la ha traído de vuelta, no tan bonita como sucede con la espontaneidad, pero ya.
Pensaba en vos, apresurando los pasos para contagiar al reloj y hacerlo dar la hora de la cita de una buena vez. Y entre pensarte te repetía entre mis brazos, y era tan inmenso el recuerdo que hasta creí que podía abrazarte, fuese donde fuese que en ese instante te encontrases. Podía, cerrando los ojos, sentirte el perfume, y respirarlo tan hondo que me impregnaba hasta la última exhalación. Y por debajo de los párpados, tus ojitos tiernos que no dejaban de mirarme, aunque sus pupilas estuviesen reflejando cualquier otro lugar fuera de mí. 
El camino me declaraba completamente culpable de amarte. El pulso temblaba al ritmo de esa convicción; porque amar quizás nos haya sido un tanto ingrato hasta hoy. Los dedos se me escondían, argumentando que la presura, que el frío; pero era más bien esa sensación parecida al miedo que a veces la eternidad nos da. Y la razón, los atisbos de lo que debiese ser la prudente cordura, de índice extendido directo al apuro desmedido, a la locura, al delirio y a su inconveniente desesperación. Claro, todos los pronósticos del mundo se enemistan con la idea de tremenda declaración; y los días se nos llenan de plazos maduros; de listas de gustos, formas y colores; de vueltas de reloj, de consejos que amedrentan; de tragos amargos, resabio de las malas experiencias. ¡Y yo que gritaba entre susurros que me había enamorado de vos!
¿Sabés que creo? Que el tiempo que la gente se toma para declararse rendido es el mismo que insume en moldear el envase más “oportuno”, para demarcar, circunscribir, delimitar, ajustar, delinear, ceñir, eso que de golpe lo ha tumbado. Que los días, las citas consecutivas, la “construcción” responde nada más que al temor. Temor a perder lo que no es de uno, lo que no nos puede, por definición, pertenecer. Y de ahí en más, todo se trata de mantenerle las alas prolijamente recortadas.
Tal vez el error haya sido haberlo nombrado tantas veces en vano; haberlo mal-contaminado entre tanta gente, queriéndose apoderar de esa otra tanta gente. Quizás sería más aconsejable no nombrarlo, dejar que las cosas sucedan en silencio, porque es muy fácil caer en esa errada definición, tan frecuente. Pero es tan bello leer o escuchar lo que el otro siente…
El amor es otra cosa. Es esto que te sucede sin que nada puedas hacer en contra de ello. Son estas ganas de robarte más no sea una sonrisa. Esta sensación anti-egoísta que lleva consigo la felicidad en efecto dominó. Es que unos besos contagien a otros labios de un sabor que llevarán consigo por más otras bocas con que el destino los encuentre. Es esta virtud de contener el mismísimo universo en una sola palabra, y hacer que el vértigo del mundo quede anclado a la inmensidad de un segundo, aunque este jamás se repita. 
Nada debería hacernos sentir más libres que amar. Pero en este mundo se han propuesto encerrarlo. Si así fuese, si ellos fueran los que tienen razón, si amar se tratara de ir en dirección opuesta al vuelo, pues entonces quisiera no-amarte. 
Quisiera que te aferrases a mi mano y me ayudases a enseñarle al mundo una nueva definición.

Te vas


Te vas y yo quedo pensando en que lo más bello de verte partir es la ilusión de que regreses... aunque eso nunca sucediese. 

Me acuerdo aquella invitación, a la que nunca respondiste, de dejarnos llevar por la ficción. Cuando me mirás a los ojos en noches como anoche, siento que a la pausa le quedaría bien decir que te amo, que respondas que vos también; aunque quererse sea algo que en otros momentos del día tengamos prohibido.
Porque si quisiera perderme en una historia de amor, sin lugar a dudas sería en una como esta, que me salvaguarde de intoxicarme de cordura. 
Juego a que esa ternura que nos abraza de golpe, nos eleva quizás más allá del amor, a un lugar donde ni él mismo tenga sitio; a que tiene la fuerza para salvarnos de la soledad, de la tristeza de esos putos días. 
Creo un lugar distinto, un paréntesis en el mundo, un espacio común, donde no necesitemos armadura, donde dejamos caer las defensas y nos entregamos, seguros, a salvo, fundidos en el abrazos, tomados de la mano para no caer. 
Te vas, y también es bello pensar a todos los sitios que andaré con vos, a todos los que te llevaré conmigo.

martes, 16 de octubre de 2012

Trovadores de Barro Negro


Horas insanas



Hoy es once de mayo.  La casa está vacía de gentes pero llena de silencios. Igual que hace un año.  Como si las cosas se repitiesen una y otra vez, la computadora recorre la misma lista de temas que, casualmente, son los únicos que he podido rescatar del formateo del disco.  Afuera el clima tan inclemente como acostumbra a esta altura del año; digamos que eso no es casual. El teléfono idénticamente desesperado a mayo del año anterior. Y él en silencio.
                No es fácil transitar la soledad, y mucho menos sus primeros pasos. Hay cosas absurdas, como el sonido de la hornalla que calefacciona la casa (el año pasado también estaba averiado el calefactor) que se convierte en algo así como el sonido del mismísimo infierno. Pensar que en horas de compañía esa misma melodía tentaba a descansar; y hoy no me da tregua.
                Estiro una sábana sobre el sillón pues ya no tiene mucho sentido ocupar la cama; además es peligroso su desabrigo.  Me recuesto y enciendo un cigarrillo. El humo entre la oscuridad danza, de aquí para allá, hasta formar la figura exacta de su recuerdo.  Tiemblo porque  conozco el resultado de ese ritual, y sólo pensarme otra vez haciéndole el amor a los restos de su perfume me llena de miedo.  Apago el cigarrillo intentando apresurar la llegada del sueño, doy la vuelta, me tapo. Pero no hay caso, la almohada ya ha hecho carne de su aroma.  Definitivamente alguien está allí, detrás de la historia, esperando el momento justo para dar el zarpazo, pues Filio ha alterado el orden de la lista de reproducción y hasta parece haberse tragado alguna estrofa con tal de repetirme eso de que la mañana se puede recortar para enviarla donde él despierta. Suspiro; ni siquiera sé dónde está ese sitio.
                Cierro los ojos y lo veo, parado sobre el escenario. No sólo canta, es algo más. Sus dedos recorren las cuerdas de la guitarra con la misma ciencia que han trazado este trayecto imborrable sobre mi piel. Quién pudiera devolverle a sus caricias tan entonadas melodías, quién pudiera ser canción.
                El silencio corta el poco oxígeno sano que me rodea y repito su nombre, una, dos, tres veces. Lo nombro una y otra vez, rogando que llegue. Y es allí, en ese preciso instante en que la ficción acude a mi rescate y me salva del naufragio.
Sonrío mientras lleno sus espacios vacíos con excusas absurdas, con intenciones irreales, con palabras no dichas. Recorro cada mensaje, de los pocos que me escribe, varias veces y así parecen ser más.  Entonces recuerdo la última vez que lo vi y dibujo conexiones que me alcancen para lograr la paz necesaria aunque no esté.
Hoy es once de mayo, hace un año nacía esta historia y hoy, a las doce exactas, me buscaba entre la gente de la sala para dedicarme esa canción que tanto me gustaría merecer. No ha podido venir conmigo, no ha contestado nada de lo que le he dicho, pero sé que entre la gente esos ojos me buscaron hasta encontrarme, y esa sonrisa de manantial, al cruzarse conmigo, era toda para mi.  
Hace unos días estuvo acá, acostado entre mis besos. Inspiro profundo y voy hasta la pequeña caja que está junto a la puerta, donde guardo los tesoros. Revuelvo entre atados de cigarrillos vacíos, gruyas de papel de beldent, la letra de mi canción, horas de infinita espera,  hasta que encuentro su pañuelo.  Lo abrazo fuertemente contra mi pecho y es como si esa tela cobrara de pronto la dimensión de su cuerpo. Lo huelo, lo saboreo, lo acaricio, y decido llevarlo a la cama conmigo. 
Lo desnudo, siempre a media luz, y recorro cada uno de sus centímetros con los ojos cerrados, pues en estos meses me lo he aprendido de memoria.  Repentinamente las paredes de la habitación parecen murmurar multitudes, el mundo se llena de gentes, pero nunca lo pierdo entre el tumulto.  Y si me alejo unos pasos soy testigo de esa magia de encontrarnos siempre, como si el cosmos todo se configurase para juntarnos. Sonrío y me acerco a él nuevamente, confesándole lo mucho que me vale verlo sonreír ante la evidencia y corro a sus brazos rendida ante la certeza de saberlo un arrebato a la sensatez en mi vida.  El rapto de locura nos envuelve, nos mece entre sus brazos, nos convida a olvidarnos de todo ese murmullo, y deja sobre el aire sólo el sonido conjunto de nuestra respiración.  Los besos se hacen dulces, nos embriagan el paladar. Me atrevo a dibujarle un gesto en el rostro que me hable de amor. Allí encuentro en su tibieza el calor necesario para derretir los miedos a no volver a tenerlo. Sueño despierta, vivo en el sueño, me baño del olor de su cuello. Ahora la realidad y la ficción no se reconocen límites, se funden, se atrapan, se confunden, acaban por asemejarse, identificarse, imitarse y volverse tan una como la otra en el acorde que, de fondo, acusa la canción. Ese es el momento exacto para lograr dormir el delirio, al menos hasta la mañana siguiente. Otra vez sola, siempre es mejor el sillón. 

Fin de Semana de Buena Música




martes, 2 de octubre de 2012

Martes de Lola


Libro una batalla contra la tos, contra la tos, contra la abstinencia y contra el ahogo; contra el ahogo, contra la tos, contra la maldita estupidez de no querer caer rendida y no parar de toser. Toso y el eco de la tos me devuelve una puntada, esa puntada que quema desde la base de los pulmones, que me atraviesa hasta el centro del pecho y me deja, por unos cuantos segundos, sin respiración.
Me siento en el cordón de la vereda, me siento o allí me arroja la tos.
El cielo se desviste del negro de antes; el frío empieza a transpirar. La calle se abarrota de gente y yo sentada allí, dando manotazos entre el ahogo, y la calle que se llena de gente. Una, dos, tres personas que van, que vienen; gente por todos los rincones; gente, gente, más gente. Estoy sentada, arrojada por la tos, intentando no perder la batalla contra la muerte y la ciudad se llena de gente.  Pies, pasos, pisadas y pies sobre la vereda, sobre el asfalto y la vereda. Gente, apurada, de prisa,  envuelta en telas bien acomodadas, a talle; gente, gente, gente. Gente que camina, que camina a mi lado, detrás de mi, por enfrente y pasa sin verme. Gente y más gente, con sus pasos, sus pisadas, sus huellas, sus zapatos y sus pies; que camina de un lado a otro, en todas y cada una de las direcciones; gente que camina y no me ve, como aquellas personas imaginarias que maté. Gente indiferente, que existe a mis costados, debajo mío y sobre mi.  Y no sólo la  gente,  que brota desde los más recónditos sitios y camina y viene y va. El mundo;  el mundo ha decidido ocupar el sitio, el mundo que está, que lo veo, que se siente, alredor, abajo y sobre mi. El mundo ha amanecido, al unísnono y no de a poco. El mundo aparece, como por arte de magia, delante de mi. Y yo, sentada sobre el cordón de la vereda, entre asfixiada y confundida, aún lidiando con la maldita tos. El mundo delante de mis ojos, fuera de mis ojos, fuera de mi. El mundo, distinto a como puede palparlo ni bien abrí la puerta de casa. Este mundo que ni frío  que ni tos; este mundo que ni viento, que ni postigos, que ni martes, que ni mío. El mundo, ese mundo que se mueve delante de mi, sobre mí y hasta debajo mío; este mundo y sus gentes, esas gentes y su mundo, ese mundo ajeno a mi, esta yo ajena al mundo. Gente, que camina entre medio de mi tos y ni la siente; gente que no me ve ni para esquivarme; gente que me pisa y que ni eso, porque ni siquiera me confunde con el suelo. Gente, un mar de gente que brota desde los más recónditos sitios, gente que camina bajo el sol, porque este mundo ni frío, ni llueve, ni viento, ni madrugada. Este mundo lleva un sol colgado en la pechera, justo debajo del mentón, y sus gentes que caminan siempre a una altura no más elevada que la de su ombligo, que miran hacia arriba y lo ven, y lo miran sólo hasta allí, estas gente que ignoran que más allá de la pera este mundo ha de portar una cabeza, un sentido, una razón. Y yo, sentada en el cordón de la vereda, lo miro a los ojos, desde la tos. Lo miro a los ojos y el mundo me mira; me mira y se ríe, se ríe tímidamente o a carcajadas, pero se ríe. Y yo, sentada desde el cordón de la vereda que miro al mundo, con el sol colgado debajo de la pera, lo miro fijo y le encuentro los ojos, y más allá de los ojos le encuentro la cabeza. Este mundo de cabeza casi sin cabellera, de cabeza semidesnuda y de ojos fijos sobre mi. Este mundo y en su abrazo sus gentes, y estas gentes que caminan y no me ven, y esta tos, siempre esta maldita y endemoniada tos. Este mundo, que me mira, que me descubre fuera del vértigo de sus gentes, que me descubre, que me mira, que me ve; y yo, sentada en el cordón de la vereda, con el pecho oprimido por la tos, siguiendo como puedo el camino de las gentes que me pasan por encima, esquivando el pisotón. Este mundo que mis ojos miran a los ojos, y esos ojos del mundo que me reflejan y me devuelven más desnuda, desnuda en eco y con eco de tos. El mundo me mira, me descubre, sentada en el cordón de la vereda, con la respiración amordazada por la tos; me mira y me refleja y me duplica, me copia, y me devuelve esa copia como clon. El mundo me mira y me imita, imita mi imagen con su tos, y me elige un sitio, elige cuidadosamente un sitio donde ubicar a mi reemplazo, me transforma en pieza de su rompecabezas, me imprime un apuro y me echa a rodar. 

jueves, 27 de septiembre de 2012

Instrucciones para perderse

Lo que más cuesta, en esto de perderse, es el primer paso. Y es que uno se pone a pensar si, después de darlo, sabrá dónde ha dejado el otro pie para poder seguir, cosa no menos importante si se emprende la tarea con real convicción. 
Es así que, querido lector, si lo que usted quiere es extraviarse, la clave del éxito, han concluído los teóricos, es avanzar de a saltos. Deberá usted pararse, 
tobillo contra tobillo, inspirar profundo para obtener un buen envión, y saltar. Si bien es cierto que los catedráticos, en su mayoría, aconsejan mantener los párpados apretados para no marearse, dudar, arrepentirse o tambalear, permítaseme la irreverencia de expresar mi desacuerdo en este punto; pues nada más bello que mirar cara a cara el vértigo y atestiguar la humedad regada en lágrimas sobre las mejillas.
Sépase que, en el viaje que se está emprendiendo hacia este sitio sin coordenadas, está permitido llevar cualquier tipo de equipaje. Abra las maletas y ponga allí cuanta cosa le venga en ganas. No se vea acongojado si considera que, por ejemplo, la suma de sus temores habrá de ser detectada por los sensores de sobrecarga; una vez que inicie la travesía comprenderá que todo eso está de sobra y será usted mismo el que abra la ventanilla y lo tire por la borda.
Si está parado sobre la duda, imaginando cómo será ese destino, intrigado; es mi deber hacerle saber que está contraindicado andar asomándose a la ruta a paso pausado y con precaución. Aunque le cueste creerlo y esto le suene a locura, recuerde aquello que le dije al principio sobre el primer paso y el segundo pie, no vaya a ser cosa que por precavido se quede usted varado y no pueda ni llegar ni volver (sobran, en referencia a este apartado, testimonios que narran este tipo de desgracias; puede usted conseguirlo sobre todo en formato de bolero, lamento o canción).
Tenga en cuenta, también, que ante tamaña decisión jamás recibirá una palabra de aliento; por el contrario, sus allegados insistirán en la tarea de desalentarlo y hasta le contarán terribles historias de lo que sucede en ese “más allá”. Y está claro que así sea, al cabo ninguno de ellos ha tenido el coraje suficiente para saltar. Tampoco les crea a esos que se hacen llamar arrepentidos; esos han errado en el cálculo, habrán llegado a un lugar parecido; acá estamos hablando de extraviarse en serio, y una vez que uno se pierde es imposible regresar.
Habrá concluído, a esta altura, que esto no puede haber sido escrito sino antes de saltar, pues si yo ya estuviese extraviada al momento de sentarme frente al papel, el texto también estaría perdido. Sabrá, entonces, que todo lo que escribo está basado en un simple y llano reflejo de fe. Y he pensado bastante que, si está usted en sus cabales, quizás necesite una garantía de que esto no es tan sólo un delirio. Es por eso que cuando se enfrente a esta pequeña instrucción yo ya lo habré hecho, segura de que me propio salto le dará la confianza, habré saltado.
Recuerde inspirar profundo, abrir bien los ojos, juntar lo más que pueda los pies y dejarse caer. Yo estaré esperándolo.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Hace cuatro horas

Hace días que resisto a la tentación; debo admitir que no es fácil. Llevo horas esquivando el papel, lo miro de reojo; te juro que llama, me grita desde el blanco, se ofrece virgen y dispuesto a toda esta sensación. Y yo ciego mis ojos, miro para otro lado; y cuando no puedo más dibujo alguna palabra ajena, le regalo alguna oración que no haya escrito yo. 
Durante días resistí inmersa en la lectur
a, pero las letras son tan estrategas que te encuentro hasta donde no estás; y cada frase de otro autor tiene un dejo tuyo. Y acá estoy, rendida, asumiendo la derrota, entregada a la tarea de escribir sobre vos.
No es que no quiera, en realidad esa es la parte más difícil; es que tengo miedo, tengo miedo de que suceda lo mismo una y otra vez.
Pero el oficio reclama, exige, y hasta quizás condena; heme aquí fundida entre los trazos dibujándote. Suspiro y suplico que hoy sea diferente, que el texto no te atrape, que no te lleve, o que al menos te sepa compartir.
De fondo una canción que no escucho, es que tu nombre tiene ese poder. De pronto el mundo se reduce a tu abrazo, y el tiempo, dentro de ellos, deja de existir. No hay lugar más seguro que tu beso, me digo aliviada y me atrevo a seguir.
Las letras se vuelven garabatos si intento definirte; se abrazan en esa misma melodía con que tus dedos acarician mi sed. Cierro los ojos y recuerdo cada recoveco de tu geografía; sonrío porque sé que he descubierto ya, los sitios donde esconderme.
Y te recorro, y en cada centímetro descubro una palabra nueva; una palabra nueva y al instante la magia que promete mantenerla intacta durante todo el recorrido, y que redobla la apuesta, cuando de a ratos se atreve, y la impregna de nuevos sentidos.
Hay momentos en los que le gritaría al mundo aquello del bendito azar de reencontrarte, como vos; pero la ansiedad nos ha hecho gritar en falso tantas veces... Entonces escondo la nariz entre las sábanas y decido guardarte en silencio; pero desborda, inevitablemente desborda. Es que la inmensidad no cabe en ningún envase, trasciende, aunque me guarde el secreto para mantenerlo a salvo, trasciende. Me delata la sonrisa, me delata la canción.
Mirá todo este desorden, mirá todas estas letras mezcladas que, aunque aparentan estar ordenadas, no dicen nada. Mirá cómo se me derrumba el mundo, cómo se tambalean hasta las metáforas, cómo se declaran pequeñas, finitas y se quedan calladas. Mirá cómo no me alcanzan las teorías, cómo te me has vuelto inevitable, cómo ni el miedo, ni las dudas, ni los consejos, ni las heridas, ni la sal, ni nada. Mirá cómo no paro de repetir tu nombre, de imaginarme el camino, cómo asumo sentirme a gusto hasta con sus días repetidos. Mirá cómo creo y me animo. Mirá cómo me atrevo y desafío todo mal augurio, y me le río en la cara a la mismísima mala suerte, al papel y su maldición; mirá cómo te escribo.

lunes, 24 de septiembre de 2012

Inolvidables de "La habitación cerrada" de Paul Auster



“No estoy hablando de deseo tanto como de conocimiento, del descubrimiento de que dos personas, a través del deseo, pueden crear algo más poderoso de lo que ninguna de ellas podría crear sola. Ese conocimiento me transformó, creo, e hizo que me sintiera más humano. Al pertenecer a Sophie, empecé a sentir como si perteneciera a todos los demás. Resultó que mi verdadero lugar en el mundo estaba más allá de mí mismo, y si estaba dentro de mí, también era ilocalizable. Era el diminuto espacio entre el yo y el no yo, y por primera vez en mi vida vi esta nada como el centro exacto del mundo."
“Luego, sin previo aviso, ambos nos erguimos, nos volvimos el uno hacia el otro y empezamos a besarnos. Después de eso, me resulta difícil hablar de lo que sucedió. Estas cosas tienen poco que ver con las palabras, tan poco, en realidad, que casi parece inútil tratar de expresarlas. En todo caso, diría que estábamos cayendo el uno en el otro, cayendo tan rápido y tan lejos que nada podía pararnos.”
“Sólo la oscuridad tiene la fuerza necesaria para hacer que un hombre le abra su corazón al mundo, y la oscuridad es lo que me rodea cada vez que pienso en lo sucedido. Si hace falta valor para escribir acerca de ello, también es cierto que sé que escribir es la única posibilidad que tengo de escapar. Pero dudo que esto ocurra, ni siquiera suponiendo que consiga contar la verdad. Las historias sin  final no pueden hacer otra cosa que continuar eternamente, y verse atrapado en una de ellas significa que morirás antes de haber interpretado tu papel hasta el final. Mi única esperanza es que lo que tengo que decir tenga un final, que encuentre en alguna parte un claro en la oscuridad. Esta esperanza es lo que defino como valor, pero que haya razones para la esperanza es otra cuestión enteramente distinta.”
“Toda vida es inexplicable, me repetía. Por muchos hechos que se cuenten, por muchos datos que se muestren, lo esencial se resiste a ser contado. Decir que fulanito nació aquí y fue allá, que hizo esto y aquello, que se casó con esta mujer y tuvo estos hijos, que vivió, que murió, que dejó tras de sí estos libros o esta batalla o ese puente, nada de eso nos dice mucho. Todos queremos que nos cuenten historias, y las escuchamos del mismo modo que las escuchábamos de niños. Nos imaginamos la verdadera historia dentro de las palabras y para hacer eso sustituimos a la persona del relato, fingiendo que podemos entenderle porque nos entendemos a nosotros mismos. Esto es una superchería. Existimos para nosotros mismos quizá, y a veces incluso vislumbramos quiénes somos, pero al final nunca podemos estar seguros, y mientras nuestras vidas continúan, nos volvemos cada vez más opacos para nosotros mismos, más y más conscientes de nuestra propia incoherencia. Nadie puede cruzar la linde que le separa de otro por la sencilla razón de que nadie puede tener acceso a sí mismo.”
“Las vidas no tienen sentido, argumenté. Un  hombre vive y luego muere, y lo que sucede en medio no tiene sentido.”
“No hay probabilidades que vencer, no hay reglas que pongan límites a la mala suerte, y en cada  momento empezamos de nuevo, tan a punto de recibir un golpe bajo como lo estábamos en el momento anterior.”
“En general, las vidas parecen virar bruscamente de una cosa a otra, moverse a empellones y trompicones, serpentear. Una persona va en una dirección, gira abruptamente a mitad de camino, da un rodeo, se detiene, echa a andar de nuevo. Nunca se sabe nada, e inevitablemente llegamos a un sitio completamente diferente de aquel al que queríamos llegar.”
“No tengo intención de insistir en esto. Pero las circunstancias bajo las cuales las vidas cambian de rumbo son tan diversas que lo lógico sería no decir nada sobre un hombre hasta que muere. La muerte no sólo es el único verdadero árbitro de la felicidad (comentario de Solón), sino que es la única medida por la cual podemos juzgar la vida misma.”
“No morí allí, pero estuve cerca, y hubo un momento, quizá hubo varios momentos, en que saboreé la muerte, en que me vi muerto. No hay cura para semejante encuentro. Una vez que sucede, continúa sucediendo; vives con eso el resto de tu vida.”

sábado, 22 de septiembre de 2012

Lola persiste

Escribir, escribir, escribir; a veces olvido que escribo; a veces olvido todo lo que está fuera del papel y escribiendo me olvido de vivir. Extraño es este oficio que se mete con todo, que no conoce descansos ni fronteras, ni tiempos ni espacios. Escribir. Sentarse en la silla y escribir. Sentarse en la silla, sobre el escritorio la taza de café, los infaltables cigarrillos, y escribir. Una, dos, tres letras; flueyen, tienen vida propia, se atreven, inundan el papel con una inercia distinta a la agilidad de mis dedos. Palabras, letras, oraciones, que no se detienen, que corren y se tiran de cabeza sobre el papel. Papel lleno de letras, de palabras, de oraciones, lleno de balncos. Horas y horas con el papel en blanco, horas mirando fijamente la misma oración, leyendo y releyendo las palabras; días enteros, con todo y sus noches, detrás de la frase exacta, de la combinación más exquisita de palabras, con los ojos petrificados sobre el punto seguido, sobre una palabra, sobre una oración, como si correr la vista de allí les permitiese escapársenos. Mirarlas fijo para detenerlas, para no dejarlas ir, para lograr entenderlas; leerlas y corregirlas, y ellas que se ofenden si las queremos corregir. Las palabras son sensibles, las palabras, las letras y cada oración. Suelen ser tímidas, y se esconden detrás de la pluma y no hay cómo convencerlas de que salgan a la luz. Las palabras son osadas, osadas, atrevidas, maleducadas; las palabras dicen lo que no deben decir. Las palabras hablan, gritan; susurran, gritan, hablan. Las palabras, los puntos, el texto, cada oración; las palabras se escriben sobre el texto, se esciben sobre mi. Un texto frente a mis ojos, sus palabras frente a mis ojos y mis ojos que creen que las escriben, que las escriben, las desnudan y las leen. Sospecho que es exactamente al revés. Mis ojos las leen, se posan sobre ellas y creen que las leen; y ellas se dejan, al cabo son quienes les han dado forma, lugar y color a mis ojos. Las palabras miman mis ojos, los malcrían, les permiten andar por ahí con la soberbia de creerse lectores, de creer que pronuncian su sentido, que las entienden y pueden denotarlas; que las usan, que las corrigen, que las mueven, que las cambian de lugar. Mis ojos, en complcidad con mis manos, se sientan y se pierden en la ficción de creer que escriben; las palabras se ríen, se sonrojan, se sonríen, y disfrutan las cosquillas haciendo que se dejan escribir. Y el papel se llena de personajes, se llena de gentes; gentes y personajes; gentes, lugares y personajes. El papel se llena de gentes y mi casa también. La casa con sus ruidos y sus silencios; la casa con sus ruidos, sus silencios, la hornalla encendida; la hornalla, la silla, incómoda silla donde todos los días me siento a escribir; el papel en blanco, la soledad, mis ojos, mis manos, y la casa llena de gentes, poblada, sobrepoblada, de caras, de historias, de gentes. La casa que se llena de gentes y todos los ruidos convergen en la misma historia sobre el papel; y si afuera hace frío probablemente se me congelen las letras y las frases tiemblen sobre los renglones; y si ellas sobreviven al invierno entonces seré yo quien empiece a tiritar. Tirito; escribo, leo, y tirito. Tirito y un sujeto se acerca y me ofrece un café. Gustosa lo acepto; acepto el café, lo miro y pienso en lo guapo que es ese sujeto; acepto el café y lo invito a sentarse a mi lado. Escribo, sentada en la misma incómoda silla, frente al papel, y a mi lado un extraño sujeto, extraño pero guapo, que me mira mientras escribo. Escribo, sentada al lado del extraño sujeto, y cada vez me parece más guapo. Escribo y mientras escribo lo miro de reojo; me gustaría decirle algo. Escribo, con los ojos distraídos en el perfil de ese sujeto extraño que me ha convidado el café, y ensayo la frase exacta, la palabra justa; escribo y pienso en decirle algo. Escribo, y ya casi lo tengo, casi decido la mejor manera de entablar una conversación con este extraño sujeto que se sienta al lado mío y me observa escribir. Pero las palabras se traban, se enredan y se traban antes de que mi voz pueda pronunciarlas. Las palabras trastabillan y mis dedos no pierden ocasión, se lanzan sobre ellas y no me permiten decirlas; las atrapan, les tapan la boca y las derraman sobre el papel. Allí está, la frase perfecta, la que con tanto esmero diseñé para regalarle al extraño sujeto que me convidó el café; pero ya no sirven; han muerto sobre el papel renaciendo otra historia; y el sujeto me mira decepcionado, murmura algo fastidiado y se va. “Siempre me sucede lo mismo”, pienso, y maldigo la rapidez de las palabras, la velocidad de mis manos sobre ellas, la diligencia de mis dedos sobre el teclado, la impertinencia del papel que me roba las historias, que me roba el mundo, que me desvalija la casa y hasta se lleva mis visitas para luego ostentarlas frente a mis ojos obligándome a leerlas, que rapta mis misterios y los desnuda ante los ojos de quien quera leerlos, que me asalta sin importarle el cansancio y la madrugada y me desvela obligándome a que lo escriba.

viernes, 21 de septiembre de 2012

Lola, otra vez

Te miro, una vez más te miro. Te observo, con los ojos camino cada centímentro de tu cuerpo; con los ojos hasta que me acerco, y te repito con la yema de mis dedos, y me alejo, cierro los ojos mientras me alejo y duplico tu contorno en mi imaginación. No somos uno y ahora tampoco somos dos. Somos tres, cuatro, cinco, somos tantos como tantas veces nos multiplique el simulacro párpados adentro. Primero tu cuerpo, perfectamente calcado a la imagen que logro de vos; y sos dos, y estás allí, tendido sobre las sábanas, y estás acá también, reiterado en una copia fiel; o quizás sea ese otro el intruso, el que permanece inmóvil sobre el colchón, y tu original sea éste que se mueve, me abraza y me tiembla por dentro. Luego yo, parada, única, sobre las plantas de mis pies, a la par de la ventana; yo exclusiva, precisa hasta mi sombra, que no es más que mi primer repetición, y después mis ecos, danzando de tu mano por debajo de mis pestañas, enlazada a los dedos de tu clon. Ambos reincidiendo, reiterándonos en la blancura de los límites del cuarto gracias al sol; en redudandancia de nosotros mismos cuando nos pienso.
Estoy, estamos, estás, parada frente a tu cuerpo, que yace sobre el lecho, de espaldas a la ventana; parada frente a un cuerpo que ya no sé si es el tuyo, dentro de uno que ya no reconozco como mío. Pero estoy; estás, estamos, en algún sitio. Estoy, estás, estamos en algún sitio, o en varios, o en todos, o en ninguno, quizás todo eso sea exactamente lo mismo. Estás sobre la cama; te veo, te observo, te miro. Al menos algo hay sobre la cama. Un cuerpo, perfectamente determinado, surcado por el perímetro de una piel que lo cubre, lo mantiene, los sotiene, lo recubre; y aquí, en este punto específico, en esta intersección desde donde te miro también ocupa un espacio otro cuerpo, que otrora llevaba puesto vistiéndolo ciertamente como el mío. Una piel, un montón de huesos acomodados bajo un determinado órden, músculos, fibras, tendones y músculos en perfecta articulación; venas, venas, y sangre y arterias, plasma, glóbulos y plaquetas; órganos, sistemas y células; células, mitocondrias, ribosomas, lisosomas, y todo lo demás también. Cuerpos, dos cuerpos; dos estructuras físicas, materiales. Corpus: extensión limitada y perceptible por los sentidos. Cuerpos, sistemas orgánicos, conjuntos de cosas, cuerpos. El tuyo sobre el lecho, el mío de pie, a espaldas del rayo del sol, el perro y su ladrido. Cuerpos; ¿el tuyo, el mío, el de ninguno de los dos? Cuerpos, dos cuerpos; uno tieso sobre el colchón, otro de pie, de espaldas al rayo del sol, el perro y sus aullidos. Cuerpos, dos cuerpos y su imitación, en la sombra, en el recuerdo, en el pasado, en el camino, en tus restos en mis dedos, en mis palabras en tu voz, en el eco de los sueños. Cuerpos, dos cuerpos y su imitación. Dos imitaciones y sus muchos cuerpos, idénticos, interminables e infinitos cuerpos. 
Respiro y un indicio de tos se atreve. Uno, dos, tres… y la evito. 
Un cuerpo o su simulacro te observa con sus pies en el piso, sobre la sábana y el piso. Un cuerpo o su parodia te observa, con sus pies en el piso, sobre la sábana y el piso, y tiembla. Un cuerpo o su representación te observa, con sus pies en el piso, sobre la sábana y el piso, tiembla y te observa, observa otro cuerpo, otro cuerpo o su falsificación, observa otro cuerpo o el mismo, recostado, boca arriba sobre el colchón. 
Uno, dos, tres cuerpos, un montón. Todos los cuerpos y un par de ojos que los observan, un par de ojos que también se duplican con los cuerpos. Ojos, un par de ojos en cada cuerpo, montones de cuerpos, montones de ojos. Te miran, me miran, nos miran y ven; ven los cuerpos y ven los ojos que miran otros ojos, otros cuerpos. Ojos que miran, ojos que se dejan ver. 
Un cuerpo yace sobre la cama, quieto sobre la cama. En él un par de ojos cerrados, los únicos ojos que no ven en todo este escándalo. Inútiles los ojos de ese cuerpo si no miran, infructuosos ojos sobre tu cuerpo, un cuerpo pálido, quieto entre medio de tanta multiplicación, un cuerpo inerte con ojos infecundos, absurdos tu ojos y absurdo tu cuerpo, absurda su quietud y su ceguera; más absurdo este enojo que me provoca que no veas, que no vean tus ojos, que tu cuerpo no se mueva, que el perro aún aulle, que no suene otra vez el reloj, absurdo como el sol, que se empecina con quemarme y hacer sombra de mi cuerpo sobre tu cuerpo, una sombra que sólo mis ojos ven y repiten en otros cuerpos mientras tus ojos siguen declárandose innecesarios.

domingo, 16 de septiembre de 2012

Lola51


El barrio donde vivo es usualmente tranquilo. Recorro las veredas sorteando trocitos de helada resbaladizos y hago memoria de otras veces. Ayer, sin ir más lejos volví de noche y las cosas se veían igual que hoy. Camino y repaso las otras huellas que pisé en otros tiempos del mismo recorrido. ¿Cuántas veces habré andado por el mismísimo sitio? ¿Será que cada paso que doy sobre este suelo ocupe el mismo lugar que el paso que di ayer? Camino, toso, y para distraer la distancia, el frío, las ganas de fumar y la tos imagino sobre la acera mis otros pies, esos que anduvieron antes, ayer, a las cuatro de la madrugada, cuando volvía del bar de los jueves, la semana anterior, quizás el último domingo que también olvidé comprar cigarrillos. Si los pasos permanecieran debajo de los pies que los
pisan una y otra vez, el asfalto se hincharía, caminaríamos cada vez más arriba, aunque no pudiéramos notarlo, y un día descubriríamos el cielo más cerca, tendríamos la extraña sensación de ir flotando, volando; saldrían a la calle esos de siempre, los de la ecología y el ahorro, a decirnos que procuráramos pisar siempre sobre el mismísimo sitio para no andar contaminando huellas por ahí; harían bandera oportunista del asunto (como tantas otras veces) y llenarían las paredes con anuncios de conciencia; y la gente comenzaría a caminar con más cautela, ojos siempre clavados en el piso para saber bien dónde pisar, y nos perderíamos el cielo, más inmenso aún en su cercanía, apoyaríamos el pie con más firmeza que antes, con más tezón; ya nos serían pies apoyados sobre el piso, sino casi una patada al suelo, profunda la de los más pretensiosos, intentando recuperar el espacio perdido; y los estudiosos seguirían diciendo que cada vez hay menos espacio para pisar, invertirían millones en campañas publicitarias, aparecería algún actor famoso con cara de buena gente a darnos consejos por la televisión; nos encontraríamos culpables de robarnos el camino, y allí algún prudente optaría por quedarse quieto, y otro un poco menos consciente se lo cruzaría en el sendero y no se atrevería a esquivarlo; pronto una fila de hombres cautelosos, juiciosos y responsables sobre las veredas de la ciudad, cada uno prolijamente ubicado en su sitio, no puede uno andar así por la vida, despilfarrando.

lunes, 10 de septiembre de 2012

Agujero Negro


A veces creo que el papel es una especie de agujero negro, un agujero negro por donde se me escapa el mundo, un agujero negro que me desangra el mundo; un agujero negro donde han ido a parar todas esas cosas que hoy me faltan, todo lo que no tengo, todo lo que no está acá; un agujero negro que me saquea la existencia y se lleva mis cosas, como se ha llevado recién al guapo sujeto que me convidó un café. El papel me robó esas bonitas palabras que yo, con esmero, había combinado para él; y él, el extraño sujeto se ha ido tras ellas, al cabo le pertenecen. Se ha ido tras ellas porque son la frase exacta, la frase perfecta; se ha ido tras ellas porque ellas han sido creadas a su medida, porque las escribí cargadas de seducción. El papel me ha robado esas palabras y el sujeto se ha ido tras ellas. Siempre me pasa lo mismo pero no me resigno a estos atracos del papel, no voy a darme por vencida. Y entonces asomo la nariz; asomo la nariz  y el resto del cuerpo; asomo la nariz, el resto del cuerpo y me adentro en el agujero negro; voy en rescate de mis palabras y, con ellas, del sujeto que me convidó el café. Aunque quizás no sea una buena idea; quizás no sepa cómo salir. Quizás debiese quedarme aquí afuera, fuera del papel, y ver cómo el guapo sujeto danza entre las letras. Quizás debiese quedarme aquí fuera y hacerle cosquillas con la punta de la lapicera, y rodearlo de otras palabras bonitas, de otras frases perfectas. Quizás debiese quedarme de este lado del mundo, fuera del papel, y hacerle el amor con las letras a es guapo sujeto que me ha convidado un café. Cierro los ojos y dudo; dudo si entrar o quedarme obserándolo desde aquí. Y entonces tirito, una vez más tirito, y es que la ventana trae demasiado frío. Tirito; tiemblo, tirito de frío, y un guapo sujeto se acerca y me  convida un café.
A veces creo que el mundo es una especie de agujero negro, un agujero negro que me desangra; un agujero negro donde han ido a parar todas esas cosas que hoy me faltan, todo lo que no tengo, todo lo que no está acá; un agujero negro que me saquea la existencia y se lleva mis cosas.  El mundo me roba las palabras bonitas o lo intenta, pero las palabras resisten y abren un hueco por donde escapar en el papel. Las palabras me sostienen desde la punta de los dedos y me salvan del agujero negro en que se ha convertido el mundo; las palabras evitan que el mundo me trague, como se ha tragado al guapo sujeto que me convidó un café. Me ha robado al extraño sujeto pero en realidad viene por mí. El mundo, agujero negro, viene por mí;  por mí o por mis palabras. El mundo viene a devorarse mis palabras, y como no puede con ellas viene por mí. Viene por mí como ha ido por todos; el mundo enceguecido por el hambre, voraz, siguiendo el instinto de su gula, viene por mí. Y cuando está demasiado cerca, cuando ya es peligrosa su cercanía y se escuchan sus pasos tras la puerta, las palabras penetran el papel y ofrecen una guarida; y allí me escondo, entre las letras, oculta tras la espalda del texto; y el mundo entra, rompe las puertas de mi casa y entra; entra y me busca en cada habitación y no me encuentra; y desepera, y se para frente al papel; se para frente al papel y lo husmea; lo agarra, lo toca, lo lee y lo deja. Las palabras, las letras y yo estamos a salvo, el mundo nunca nos habrá de creer.
A veces creo que soy una especie de agujero negro, un agujero negro que se desangra; un agujero negro donde han ido a parar todas esas cosas que hoy me faltan, todo lo que no tengo, todo lo que no está acá; un agujero negro que me saquea la existencia y se lleva mis cosas.  Soy un agujero negro que me roba las palabras bonitas o lo intenta, pero las palabras resisten,  abren un hueco por donde escapar en el papel y me reescriben.

jueves, 30 de agosto de 2012

Pedacitos de Lola


En el diario siempre las mismas noticias, aunque quiera creerlas distintas; quizás otro nombre, otro sitio, pero al cabo todo siempre es igual. Crónicas de la misma cosa repetida, la última pitada al cigarrillo y la certeza de encontrar cada esquina exactamente la misma, más allá de sus coordenadas; personas que reclaman, otros que no dan, gente que sale a la calle vestida de la misma manera aunque siempre lleve una ropa distinta; rutinas, acá, allá, donde quiera que veas, rutinas; levantarse, el baño, el cepillo de dientes, el café del desayuno, las tostadas hechas con el mismo fuego y el mismo pan; tostadas recicladas, gente reciclada, vidas recicladas; noticias y más noticias;  están los que tienen, a los que siempre les va a faltar, los que luchan por eso, los que dicen luchar, a los que no les interesa, los que no saben de qué coño les hablo, los que roban y van presos, los que van presos sin robar, los que denominan trabajo a sus grandes estafas, el miedo por todas partes sembrando amenazas; los títeres y los titiriteros, el público que aplaude o abuchea, el que dirige, el que corrige y el otro que ni dirige ni corrige, el que está y lo sabe, el que no sabe y está, el que está y ni cuenta, el que pretende llevarnos las cuentas, los que suman, los que restan, los de la división y los que dividen mientras otros multiplican; gente que se multiplica como conejos, y puebla, y conquista y vende y negocia; los que se quedan, los que quieren irse, cada una de las salidas de escape y la prisión; el que siembra, el que recolecta, el que gana fortunas con la recolección; las casas, las plazas, las ventanas, la gente tomando mates al sol; los planes, los imprevistos,  el orden y la impertinencia de querer desordenar; los martes, una y otra vez martes, las madrugadas y cada uno de los cigarrillos; todo exactamente igual. Y hay gente que escribe sobre ello, y gente que lee y logra sorprenderse como si nunca hubiese estado en ese lugar. Copias, calcos, reiteraciones y el reloj, la única manera de convencernos de algo distinto. Acá son las seis treinta,  sigue siendo martes, y el reloj parece no funcionar. Piense en lo que piense, lea lo que lea, siga estando yo aquí o me haya movido  a otro sitio,  todo sigue exactamente igual.  Enciendo el último cigarrillo, quizás lo único que no me permite del todo aferrarme a este delirio de martes por la mañana, quizás la única parte del relato que no puede permanecer quieta, que se consume,  que se descuenta. Siento alivio por no haber dejado de fumar. 

miércoles, 29 de agosto de 2012

Pequeño retazo de lo que viene

"Sería mejor haber enceguecido, haber logrado de la idiotez un estadío constante, sin intervalos lúcidos, perder por completo la razón o recuperar el juicio. Sería mejor desayunar tostadas, vivir en un barrio un poco menos tranquilo, cambiar de ciudad, revisar más a menudo las pilas del reloj. Sería mejor acabar por asumir la soledad, aprender a dar algo por perdido, ensayar un poco mejor la distr
acción, limpiar más a menudo la casa, no prolongar tanto el ayuno. Claro que sería mejor; sería mejor reemplazar el café por un vaso de agua, comer más a menudo, cortarme el pelo de tanto en tanto, llenarme las horas de horas perdidas, ir a trabajar. Sería mejor adoptar un perro, comprar alguna otra compañía, pagar por sexo o cobrar por ello. Sería mejor, claro que sería mejor; dejarme sobornar por el amor de mercado, haberme resignado a cualquier cosa de utilería, vestirme distinto,cambiar de oficio, no llamar tanto la atención. Claro que sería mejor haberme casado, haber cumplido con todos los mandatos; tener una casa más grande, un auto, un jefe, que este escritorio trajera un salario, haber votado en la última elección; no buscarle los piojos al mundo, no mirarlo a los ojos, aceptar que las cosas no son más que como son; no volar, no imaginar, no luchar, no esperar. Claro que sería mejor."

jueves, 9 de agosto de 2012

Fines y Principio VI


              E
ra una computadora bastante vieja. No recordaba haber visto a ninguno de los administrativos encenderla jamás. Tampoco sabía cuántos administrativos había en el lugar. No recordaba sus nombres, ni sus caras. No podía asegurar si eran hombres o mujeres. De pronto la misma sensación de segundos atrás lo aferró a la intención de recordar.
Cerró los ojos. Todos sus sentidos enfocaron la voluntad en reconstruir alguna imagen, algún vestigio de realidad anterior a lo que hoy constituía su aparente único contexto.  El vacío que obtuvo como primera respuesta lo hizo perder el interés en resucitar la fecha exacta de su ingreso. Pero necesitaba revivir el momento, la manera.
Rascó su cabeza como si el temblor que provocaba la fricción de sus manos sobre su cuero cabelludo hubiera de remover las telarañas que mantenían cautivos los cuadros de su pasado. Mas las pinturas parecían haber sido borradas prolijamente, devolviendo al lienzo su originaria virginidad. Ni siquiera podía retratar burdamente los recuerdos que por su importancia debiesen de estar grabados en la memoria del más despistado amnésico.
Advirtió que la propia confusión que promovía lo desierto de sus pensamientos lo mantenía inútilmente inmóvil frente a lo que podría ser la revelación que dé muerte a sus dudas. Tenía órdenes estrictas de no hacer nada más que lo que se le había encomendado. Supuso siempre, desde ese momento, que el castigo cantado lo internaría en una de las celdas que él mismo se encargaba de custodiar. La sola posibilidad de perder su libertad lo hizo levantarse apresuradamente de la silla y alejarse a trancos largos pero silenciosos de la máquina. Sollozó agitado y recorrió con los ojos el recinto. Pronto descubrió que los trescientos sesenta grados que dibujaba la circunferencia de su alrededor o habían padecido una circunstancial ceguera u oportunamente habían enmudecido luego de ser testigos de su rebelde intención. El único rastro de su maquinación era el aire de ansiedad que exhalaban las paredes del lugar, aire que lo invitaba a volver a intentar, que lo empujaba a recobrar el valor que la incertidumbre le había generado un rato atrás.
Titubeó, osciló unos segundos entre la posibilidad de ser descubierto y la de descubrir lo que tanta perplejidad le causaba. Tomó aire y se encaminó por fin, decididamente, a revelar la verdad.  Sus dedos temblorosos encendieron la computadora; así lo acusó el estruendo que rompió el silencio de la prisión, el que disimuló anticipadamente con un sobreactuado ataque de tos. La opacidad usual del monitor se tiñó de un brilloso blanco al que a sus maltratados ojos les costó acostumbrarse. Exploró cada archivo, de principio a fin. Buscó entre nombres, fotos, relatos, datos y más datos. Cada detalle apuntado allí confirmaba sus innumerables conjeturas. A medida que leía aquella información algo extraño le sucedía. Una simultánea identidad se generaba espontáneamente en su recuerdo, como si su memoria hubiese contenido previamente esos archivos. Imaginó su cabeza como un rollo de fotos que protege celosamente los negativos poseedores de pequeños trozos robados al entorno. De la misma manera en que una fotografía inmortalizaba un objeto dejándolo fuera del transcurso del tiempo, o un momento, logrando repetirlo cada vez que alguien se dispusiese a observar su retrato; esos archivos habían eternizado las almas de los cautivos de la prisión congelando sus caminos a la fecha de ingreso. Era evidente ahora ante su mirada. Los allí encerrados habían quedado colgados en el último momento vivido antes de declararse rendidos, y pasarían el resto de su perpetuidad girando cíclicamente en el mismo segundo una y otra vez. Su capitulación tenía el efecto de esa cámara fotográfica; retrataba el preciso instante de entrega. Un mismo instante repetido continuamente podría bien durar una millonésima de segundo, un día, un año. Donde el inicio era lo mismo que el final la duración del momento podría apreciarse desde el núcleo del  mismo únicamente. Sólo notaría el paso del tiempo dentro de la fijación atemporal de la repetición quien fuese protagonista de ella. El observador podría solamente distinguir la fotografía capturada, inmóvil, detenida, paralizada.
Se pensó a sí mismo. Todos los días recorriendo los pasillos de los calabozos, encontrando todo en el mismo lugar. Repitiendo lo mismo cada uno de los días de su vida. Su vida. Recordó entonces que le era imposible recordarse antes de aquella rutina; como si hubiese de pronto aparecido de la nada en ese lugar, sin haber existido antes en ningún otro sitio. “En ningún otro tiempo” – pensó- “no hubo tiempo para mi anterior a este”. No habrá tiempo después. Justo cuando la desesperación amenazaba invadirlo recordó ver amanecer y anochecer. Los días sí transcurrían para él. El fastidio con que apagaba el despertador cada mañana evidenciaban el paso de la noche, y el cansancio con que iba deseoso a su cuarto a acostarse anunciaba el final de la jornada.  Ciertamente se levantaba, se duchaba, se vestía, recorría las celdas, comía, volvía a recorrer las celdas, cenaba, ajustaba la alarma del reloj a la misma hora y se acostaba a dormir. Efectivamente cada tarea demostraba que los días sí transcurrían para él.
Con la tranquilidad que ese último pensamiento le devolvió, recorrió su cuerpo con la mirada, tal vez para terminar de convencerse humano. Se observó detenidamente, y cuando estaba a punto de desechar esa absurda idea de no ser más que un instante repetido, una ráfaga de lucidez volvió a invadir su trabajada convicción. Se vio con la misma vestimenta que todos los días, se recordó degustando exactamente el mismo plato de comida una y otra vez, almuerzo y cena, con el apetito de estar probando un manjar del que el asombro de sus papilas gustativas no tenían recuerdo. Dibujó sus recorridas diarias de memoria y pudo jurar que daba la misma cantidad de pasos en la misma dirección a diario. Cada acción que realizaba desde el inicio de lo que ahora sabía una especie de pesadilla se repetía una y otra vez, trazando una circunferencia que mirada desde esa perplejidad fundía principios con finales, convirtiendo la figura en un retrato estático. No era más que una imagen retratada a perpetuidad.
El entumecimiento que provocó la revelación le dio náuseas. Se levantó de la silla y corrió hacia el baño intentando contener las ganas de vomitar. Salió del baño débil, como si en el vómito hubiese dejado esa vida que hasta  ayer creyó tener. Sus piernas casi ausentes lo obligaron a acudir a sus manos, siempre más obedientes que aquellas, y se sostuvo de las paredes para volver a la galería principal. No sabía ya si existía diferencia entre seguir custodiando las celdas de los prisioneros o estar dentro de una de ellas. Pero la idea de ser descubierto aún lo incomodaba y deseaba sólo llegar a la máquina para poder apagarla y borrar la huella de su intromisión.
No podía decir que había muerto con el descubrimiento porque para que ello hubiese sucedido debería haber estado vivo; pero así lo sentía.  No lograba del todo comprender, aunque para ser sinceros, ya no sabía si tenía entendimiento. Suponer que todo era un sueño le era imposible, tenía la certeza de estar despierto, si bien la situación reflejaba una gran similitud entre una cosa y la otra.
Aturdido, logró con gran esfuerzo alcanzar la silla, se sentó dispuesto a deshacer cualquier evidencia cuando escuchó una voz susurrándole al oído una frase que desencadenó una procesión de recuerdos desvaneciendo la arritmia que la espesura de aquella sangre solidificándose le había provocado: “nunca creíste que el río se ensancharía para nosotros”.
Resucitó. 

viernes, 3 de agosto de 2012

DARGANFOD (“El que se pierde es el que encuentra las nuevas sendas” )


E
l coronel sufría en silencio la distancia que lo separaba del Guillermo. Intentaba distraer sus días inmiscuyéndose en cuanta campaña militar aparecía, pero entre tantos hombres de las tropas buscaba los ojos de su ministro preferido. Se habían jurado amor eterno, aunque sabían que no volvería a estar juntos jamás, y menos ahora, que todos los ojos estaban puestos en la Patagonia, pendientes de cada cosa que sucediera allí.
            El tiempo le ponía las cosas cada vez más difíciles. Debía, no sólo aparentar ser rudo frente a sus soldados, sino también aguantar alguna que otra tentación. Como la tarde en que llegó ese nuevo  recluta, Larrosa. Joven, llevaba encima apenas diecinueva años. Julián lo sintió venir, y ya, sin verlo, lo sospechaba. Era realmente buen mozo; alto, con un incipiente bigote asomando los primeros intentos debajo de su nariz, entre rubio y pelirrojo. El uniforme le quedaba tan bien que a Murga le costó guardar la compostura. El muchacho se presentó entre la resistencia disimulada del coronel a bajar la mirada un poco más allá de la cintura del soldado recién inaugurado. Como pudo lo logró, frunciendo el ceño un poco más que de costumbre para desdibujar así cualquier esbozo de sonrisa que pudiese escapársele.
            Quizás ya no le fuera tan sencillo esconder sus ademanes, sus gestos, sus ganas; o quizás Larrosa haya tenido la impertinencia necesaria como para poder pensar a su coronel gay. El caso es que, a los tres días de haber llegado al campamento, caída ya la noche, el muchacho se adentró en la carpa del coronel con la absurda excusa de estar extraviado. Julián, entre asustado y asombrado, se paró abruptamente de la silla que lo sostenía sentado frente al escritorio mientras delineaba algunas frases que enviaría al doctor, dejando caer la pluma y el tintero sobre el papel, arruinando todo lo escrito y evidenciando lo nervioso que lo ponía la situación. Luego de tremendo salto la autoridad del rango había desaparecido por completo, al menos para ese instante entre ellos dos. Inmediatamente, luego de sonreír al descubrir el sonrojo en las mejillas de un hombre al que le costaba cada vez más pasar por severo, el muchacho apresuró el paso y se acercó hasta el coronel, para ayudarlo a recoger el desastre que había provocado su inesperada interrupción.  Julián se sentía avergonzado y descubierto y temblaba, inmóvil, como una hoja; cosa bastante inoportuna  para hacer delante de un subordinado. Pero no podía evitarlo. Entonces Larrosa, que no había ido hasta allí con ninguna mala intención, lo tomó por los hombros, le borró el sudor que se asomaba, escandaloso, sobre la frente de su superior, y lo invitó a tranquilizarse. Esas manos eran tan suaves que lograron calmarlo e inspirarle la confianza de sentirse seguro. Ya no tenía sentido seguir escondido frente a este joven, de manera que se relajó y le pidió disculpas.
            Permanecieron un largo rato conversando, primero casi austeramente, hasta que la noche convidó a ablandarse. Anécdotas e historias se entretejieron en el lugar hasta converger en este secreto compartido. El joven era oriundo de Mendoza, y le contó sobre su necesidad de irse de casa tras haberse enamorado del hijo de un reconocido abogado del lugar.  Julián no pudo resistir la tentación, y, en confianza luego de tremendas confesiones, le contó sobre el doctor y sus hazañas para verse escondidos entre reuniones y planes de invasión. Sin darse cuenta los abrazó la madrugada con pinceladas de risas y alguna que otra lágrima de añoranza, hasta que los sorprendió el primer rayo de sol.
            Apresurado, el coronel le aconsejó a su compañero que regresara a su cama, antes de que algún curioso notase su ausencia. El joven se marchó; le hubiera encantado decirle las ganas que se le habían antojado de partirle la boca de un beso, pero esas ideas jamás se le hubieran cruzado tan desfachatadamente a un subordinado. Murga bajó la cabeza y suspiró por el muchacho, por Guillermo, por la distancia y por la  maldita fidelidad que no le permitía ni un desliz nocturno. Esa fue la única vez que estuvo a solas con Larrosa.
            Mientras tanto el doctor intentaba convencer a Mitre sobre la necesidad de construir “la frontera de hierro” con el ferrocarril, como mejor método para “ampliar  la frontera contra el indio”, alegando mayor efectividad en ello que en la ocupación de las tierras. De esa manera aumentaban sus posibilidades de encuentros con Julián. Así impulsó desde el ministerio la construcción de líneas férreas, del telégrafo y del servicio postal; todo para poder estar un poco más cerca de él.
            Aunque para Rawson era un tanto menos grave la distancia. No porque amara menos a su lejano compañero, sino porque desde la aparición de Jones tenía, al menos, con quien conversar del asunto. Lewis se transformó en su confidente; pasaban horas y horas hablando.
Guillermo trabajaba fervientemente en la elaboración de unas medicinas que suministraba a su amigo, con resultados cada vez más  eficientes, y entre tanto le contaba de cómo había conocido al coronel, de las noches que habían pasado juntos mientras los excusaba la convulsionada realidad de la ciudad, y hasta alguna que otra vez le leía fragmentos de las cartas que recibía.
Jones iba narrando su propia historia en pequeñas partes desordenadas, como una especie de rompecabezas; y el doctor pasaba las horas de su siesta tratando de encajar esas piezas. La vida de Lewis había sido mucho más complicada que la suya, pero a pesar de ello la actual situación del joven galés era mucho más benevolente que la del propio Guillermo. Sabía que no era el único que había notado que la tersura de ese rostro no era la que generalmente portaban los hombres en la cara, pero nadie decía nada, al menos no a viva voz. De modo que Jones vivía casi libremente su condición, sobre todo desde que había arribado al Río de la Plata. Él admiraba la dedicación que éste ponía en su apariencia.
Mil novecientos setenta trajo una nueva exigencia. Rawson pisaba los cincuenta y su soltería comenzaba a dar de qué hablar. De pronto sus esfuerzos por mantener limpio su nombre de ciertos juicios se desvanecía, y hasta algún que otro chismoso había levantado la perdiz con aquello de que el coronel, con quien muy a menudo se lo había visto, hubiese bautizado aquel poblado patagónico con su nombre. Esta imprudencia, la avanzada edad de Guillermo, el curioso detalle de no haberlo visto jamás acompañado de una mujer, y su nueva amistad con Jones, eran terreno fértil donde comenzaron a hilvanarse sospechas y a murmullar conjeturas en cada rincón de la ciudad. Debía detener todo eso antes de que el caos estallara.
Jacinta Rojo apareció como si el destino le regalase la gracia de estar a su favor. Era una mujer de buena familia, agradable, y por sobre todas las cosas sumisa. Y se casó[1], a pesar de todos los intentos del coronel por evitarlo. 
Murga lloró a escondidas noche tras noche por aquella boda. No podía entender tremenda traición. El doctor le seguía escribiendo, luego del matrimonio, pero algo más espaciado y escueto que hasta entonces, y en cada epístola, además de jurarle seguir amándolo como el primer día, le rogaba que no cometiese ninguna locura, que a estas alturas podría costarles la vida a los dos. Julián leía esas líneas absorbido por un profundo dolor; su enamorado no sólo hoy dormía en brazos de una mujer, sino que además lo creía capaz de hacer algo que lo perjudicase; él hubiera entregado la cabeza antes de permitirse algo así.
Desde la boda el coronel no volvió a responderle jamás; no encontraba qué decirle.
El próximo tiempo fue más duro aún que aquellos años de amarse a lo lejos, pero resistió.
Una mañana, tras haber permanecido en cama una semana y algunos días, preso de una fiebre que los médicos adjudicaban al clima sin saber de su depresión, se levantó decidido a continuar su camino. Y lo logró, aunque nunca dejó de llevar consigo aquel cofre con los retazos de su historia.
Fue al año siguiente en que la vida lo volvió a abofetear, cuando en una nueva campaña “amistosa” a Choele Choel se topó con el “Rey de Araucanía y Patagonia”.
Orélie  Antoine de Tounens[2] llegó a Chile en 1858, atraído por la heroica resistencia del Pueblo Mapuce defendiendo su soberanía frente a las intenciones europeas. Fascinado como estaba con la cultura de estos indígenas, aprendió su lengua, vistió ponchos y se dejó crecer el pelo para asemejarse a ellos. Logró conquistar la confianza y el respeto de los jefes máximos, y hasta comió y vivió con ellos. Este francés era abogado, y utilizó su academia para ayudar a los Toqui[3] a negociar con los gobiernos chileno y argentino, que por ese entonces pretendían ocupar definitivamente las tierras pertenecientes a este pueblo.  Fue un verdadero aliado fiel de la Nación Mapuce.
Según Armando Braun Menéndez[4]  los caciques lo aceptaron porque vieron en él el símbolo de la resistencia frente al Estado chileno, y por aquella leyenda mesiánica, influida por la evangelización cristiana que hablaba del fin de la guerra y la esclavitud de la mano de la llegada de un hombre blanco a la región.  Lo cierto es que tan sólo a un mes de haber llegado, los convenció y decretó el nacimiento de la primera monarquía constitucional y hereditaria de la Araucanía, y se autoproclamó Rey. Promulgó la Constitución de la Monarquía y la publicó en varios periódicos.  Como si eso fuera poco, en noviembre de 1860 decidió, además, incorporar la Patagonia a su reino, de costa a costa y hasta el estrecho de Magallanes.
Oriélie se dirigió a Valparaíso para dar a conocer su “Nueva Francia”, pero hasta sus amigos se rieron de sus ocurrencias y jamás ninguna autoridad lo recibió.
Entonces reclutó otros nativos, a los que ofreció ayuda para defender la frontera norte a cambio de adhesión a su reino. Esto hizo que las autoridades chilenas se sintieran amenazadas, y pusieron precio a su cabeza.  En 1862 fue apresado, enjuiciado y encerrado por diez años, pero ese mismo año, el cónsul francés Henri Cazotte lo liberó y lo envió a Europa.
En 1871 que el coronel lo conoció personalmente. Fue verlo y rendirse enamorado a sus pies. Quedó seducido y perplejo por lo bien que le quedaban a este extraño europeo el poncho y los pelos largos. Era una combinación perfecta de la delicadeza característica de los hombres del viejo continente y la rudeza de los pobladores originarios.
Le salvó la vida, pues las cosas a su regreso eran más cruentas que años atrás,   y las autoridades chilenas no escatimaban a la hora de asesinar a quien se opusiera en su camino de conquista.
Pasaron una única noche juntos, pero no como Julián lo hubiese querido. Refugiados entre las malezas de la meseta el extranjero durmió y el coronel veló por su descanso. Un rato antes de la salida del sol el rey partió, escabullido entre la oscuridad, evitando que la luz y el enemigo lo descubriesen.
Otro amor que se le iba lejos y Murga cada vez más debilitado. Le escribió al monarca alguna que otra misiva, pero éste jamás contestó, a pesar de haberle prometido hacerlo.
Y la desazón se convirtió en ira. Entonces encontró una forma de vengar  sus dolores. De noche solía tener pesadillas en las que encontraba a Orélie nuevamente entre los Mapuces, en amoríos con alguna joven muchacha. Eso lo llevó a aceptar participar enfáticamente en el genocidio que encabezaba el General Roca. Muchos indígenas murieron en sus manos, pero no fue suficiente la sangre de ninguno para saciar su sed. Y al francés jamás lo volvió a ver.
En 1878 supo de su muerte. Las fuerzas le resistieron para dar pelea en una sola batalla más, en la que fue derrotado. Desde allí, fue dado de baja en el ejército y se instaló en su casa en Carmen de Patagones. Pasó sus últimos días acompañado únicamente de aquellas viejas cartas, las que leía una y otra vez.
El día de su muerte[5] lo encontró dormido. Era demasiado temprano para morirse, y el coronel, que tenía decidido vivir algún tiempo más,  había olvidado deshacerse de aquel cofre en que resguardaba el secreto. Un mes después la verdad escupía en la cara a la historia y su estúpida moral.




[1] 29 de enero de 1870, Basílica de San Nicolás de Bari, Buenos Aires
[2] Citado en español como Aurelio Antonio
[3] Jefes máximos del Pueblo Mapuce
[4] Biógrafo más importante de Tounens
[5] 1883 en Carmen de Patagones