Translate

sábado, 24 de diciembre de 2011

Sinsentido

¿Tuviste alguna vez esos días de no saber qué, por qué ni para qué; de mirar alrededor y no encontrarte, simplemente porque no hay sitio donde buscar?   De chica solía pensar que todo esto era una magistral obra de teatro, montada sobre un pésimo gusto a la hora de elegir el decorado, y que alguien jugaba con nosotros a Dios. Sucedía, sobre todo, mientras observaba la gente transitar desde el asiento trasero del Dodge amarillo huevo de mi papá. Allá las gentes, caminando, llevando y trayendo una historia que, a través de la ventanilla, simulaba ser de utilería. Una señora con la bolsa de las compras, chicos jugando a la escondida y corriendo, una elegante señor detrás de un maletín; todos caminando en distintas direcciones para encontrarse, al fin, en un mismo sitio. Luego, mi abuela en casa, amasando unos exquisitos ñoquis;  a la mesa a comer, y los escuchaba hablar, casi siempre de las mismas cosas. De entrada todo este circo me parecía aburrido y sin sentido. Abrir los ojos a las cuatro, a las cinco, a las seis (hay alguna desfortunas más afortunadas que otras), para enfrentar un transcurrir repetido una y otra vez por días, meses, años; como amanecer para ver llegar el instante en que uno debe irse a dormir – ¿Cómo te fue en el colegio? ¿Hiciste la tarea? ¡La Sabrina se casa! Y la Olga está esperando un bebé. Al que le va bien es al Jorge, lo ascendieron en el trabajo, ¿te enteraste?, y recién hace unos meses que está. En enero, si todo sale bien nos vamos a San Bernardo, nos merecemos un descanso después de tanto trajín. ¡Aumentó la papa gorda! ¿A dónde va a ir a para este país? Hoy, tranquilito, termino de cortar el pasto para que tu madre no rezongue, cervecita y a ver el partido. ¡Esta nena está cada día más linda!, vas a tener que salir con una escopeta cuando crezca. ¿Cuándo seas grande qué querés ser? La Priscilla el domingo toma la comunión; si la vieras ¡tan bonita en su vestido! Y el Marcelo… está a punto de recibirse de abogado; a ese sí que no le va a faltar nada; siempre es bueno tener un abogado en la familia. ¡Vamos a la cama piruja, que ya es tarde, y mañana nos espera un día largo, hay que madrugar!-
            Mi habitación estaba en el  primer piso y la ventana daba a la calle. Pijama, a lavarse los dientes y a dormir. Yo esperaba que todas las luces de la casa se apagasen, oía a mis papás decirse “buenas noches”, contaba hasta treinta y me cruzaba al otro lado de la habitación, sin hacer demasiado ruido, me sentaba en el piso con la espalda sobre la pared, hacía un huequito con el dedo, separando la cortina de los cristales, y desde allí, nuca pegada a la espalda, miraba las estrellas. El mundo no podía tratarse de esto, nada más que de esto. Suspiraba.
            Algunas noches la imaginación se disparaba, y entonces viajaba a sitios desconocidos. Pero no duraban demasiado esas odiseas; debía volver pronto a la cama, porque generalmente el cansancio era mucho, y mis pequeños años aún no habían aprendido a trasnochar demasiado. No quería que me descubriesen allí, sentada mirando al cielo, lanzando preguntas a la oscuridad, contándole a algún personaje imaginario que no veía sentido en llenar mis días con días como los de mi mamá. De modo que los escapes acababan pronto, y otra vez a la cama, a esperar que un rato más tarde el olor a café con leche se asomara por la puerta, acompañando la voz de ella que me invitaba a levantarme.  Fue durante esas mismas sesiones de sueños despierta en que descubrí que Papá Noel se parecía bastante a mi mamá, que los Reyes Magos usaban la misma bata y las mismas pantuflas que papá, y que el Ratón Pérez era tan antisocial que prefería dejarme sin mi moneda y perderse mi diente antes de tener que mirarme y saludar. Se imaginan después de eso, todo parecía peor aún, las ilusiones se me deshacían entre los dedos; aquí no había lugar ni para la magia ni para sus encantos. Dormir se presentaba, entonces,  cada vez más vital y necesario.
            Quizás fue por ello. A medida que el tiempo pasaba  las sospechas se hicieron certezas, y los regalos y las monedas ya no tenían atrás ningún misterio. Crecer y sus obligaciones, y sus tiempos, y sus rutinas            , y sus días de rituales ficticios, absurdos, ignorantes, como si de ellos dependiese el hecho de estar vivos. La escuela, los títulos, la secundaria, la familia, la universidad, el trabajo y los salarios; los aumentos y la inflación, los políticos y las campañas, los fines de semana que te arraigan esa idea de que disfrutar es para el tiempo libre, los asados, las ideas, las peleas y su reconciliación; las camas, las sábanas y sobre ellas mi almohada; las fronteras, los países, las banderas, las guerras y la puta civilización; los mates a la mañana, las roscas de pascua y el maldito pan dulce que jamás me gustó; las plazas, y los niños que juegan al mañana, pero no a cualquiera, no les permitirían jamás ensayar nada distinto a lo que ellos creyeron futuro y vieron escapar; los autos y las bocinas que nunca se callan, la gente y sus murmullos, asidos como idiotas a una estúpida fe, que rezan porque el paraíso los encuentre dormidos, así la muerte duele un poco menos, lavándose pecados en aguas hediondas, o sin ella;  y sus iglesias, cargándonos en la espalda  la culpa y el consecuente castigo; el juicio y el perdón; la ira, la furia, la tristeza en los pies de cada uno que camina; los proyectos que nos convencen de que vivir sucederá mañana y  que hay que tener las valijas preparadas, prolijamente ordenadas; las manos vacías hoy, las sesiones de terapia, gente curando a gente sin saber que quizás estén igualmente enfermos; una heladera llena de imanes y los estantes cargados de libros que tal vez ni recordemos haber leído; un barullo de fondo, se haga lo que se haga, y una estúpida máquina, soldada sobre la muñeca hasta los huesos, que gira y gira y nos cuenta que mientras estamos, algo allí afuera sucede, que hay que correr a buscarlo, aunque no tengamos la más mínima idea de qué nos está hablando; y la debilidad de creerle y salir corriendo, y sus agujas que se clavan como puñales pues nunca llegamos antes que él, que se nos ríe en la cara y nos desafía una y otra vez, y nos deja sobre la piel las arrugas, como testimonio de haber dado digna batalla, insuficiente, pero digna, ¡vaya consuelo!; y los que encuentran en eso la oportunidad, y te venden un espejo sin vejez, y unas cuantas cremas que te arruinan el bolsillo, y unos cuerpos delgados y esbeltos que también querrás tener, y los dedos de tu hija más grande que buscan dentro de su garganta la belleza, intentando vomitar lo que les sobra, mientras unos cuantos engordan sus bolsillos con esos restos; y los elíxires que te pierden, te ciegan, te envuelven, mientras los días se embriagan de un siempre lo mismo, estás donde estés; el aburrimiento que nos corre y el sexo que está de oferta. Creo que me equivoqué. Esto no es ninguna obra de teatro. Es un circo, de esos extraños donde los payasos se abofetean y a los aplausos los hace reír. Y la función pareciera un éxito hasta que el que está en la butaca de al lado tuyo te mira y descubre que también sos parte del show, y hasta se atreve a reírse de tu actuación, o lo que es peor, te abuchea. Como efecto dominó, todos los demás giran sus ojos hasta donde estás sentado y te ven, tan o más tragicómico que los malabaristas allí abajo, sobre la arena, y se disponen a aplaudir también. Y, quizás movidos por la convulsión de las carcajadas, empiezan a moverse, esquizofrénicamente, sobre sus butacas y se encuentran, se miran unos a otros y descubren que también son parte de un cuadro que otros ojos, ajenos y gigantes, miran, abuchean o aplauden desde algún lugar de más allá.
            Lo saben, aunque algunos anden risueños como si lo hubiesen olvidado; lo saben. Por eso andan así, como apesadumbrados, rendidos a que sus vidas no son más que parte del capricho de otro, que tampoco tienen certeza que exista.
            -¿Cuál es el sentido de las cosas?- Me mira con ojitos tiernos, y a mí que no me alcanzan las vocales para sostenerlo. Pienso. Quizás debiera decirle la verdad. Pero con qué derecho habría de asesinarlo. Inspiro y trago los fracasos, uno por uno antes de comenzar a hablar. Mentir no es bueno, nunca me ha gustado. Entonces recuerdo por un segundo mi profesión, esa que quizás también sea parte de esta gran mentira que a diario se nos planta como real. Él está allí, expectante, ansioso por conocer mi respuesta. Me tiemblan las manos, pero pongo todo el esfuerzo en escribir prolijo.  Mis dedos comienzan a moverse con la libertad de saber que no habrá reglas para su trazo, que podrán hacerlo hasta en diagonal, si quisiesen. Y los renglones se tiñen de instantes sin tiempo. El saber esas páginas infinitas me acelera el corazón y a su latido las palabras se acomodan, solas, una detrás de la otra, en una extraña combinación, y las oraciones se abren camino y vuelan multiplicando el espacio que ocupan. La tinta transpira nuevos sitios,  y se apropia de la imaginación, se funde y se abraza con ella. Entonces lo miro a los ojos y le cuento, que quizás ese otro mundo es posible, ese que imaginamos; allí mis manos como caso testigo de que se puede crear. Se mira las suyas y sonríe, acaricia mis hojas, y entonces esa sonrisa crece más, porque  a medida que lee, su piel se confunde con el papel y los poros se le tatúan de  las huellas digitales de cada personaje. Y la apuesta es mayor aún, porque descubre que puede hacer con ellos lo que quiere.  Entonces elige el protagónico, le calza sus zapatos y lo saca a caminar. Allá andará, vagando por algún recoveco de la ciudad, agregándole anécdotas, completando sus espacios vacíos, y hasta, por qué no, cambiándole el final. 

1 comentario:

Wires dijo...

Es posible que no haya sitio ni sujeto, sólo una búsqueda inútil corriendo sobre sí misma, disfrazándose: un gran espectáculo, un dios detrás, una forma de destino, la supuesta fuerza de voluntad. Todas palabras que intentan, en un movimiento desesperado, otorgar justificación, peso, a una ausencia absoluta. ¿En qué momento empezamos a creer que los días debían ser llenados? ¿Cuándo nos convencimos que el escenario que habíamos construido - con el esfuerzo alienante que exige la rutina- tenía, debajo, la firma de alguien más? Posiblemente hayamos hecho de la existencia una farsa y fingiendo las sonrisas cotidianas no hagamos más que cegarnos a una auténtica vía de escape.
Al menos puedo quedarme con el recuerdo de los dedos de la hija más grande, buscando la belleza en su garganta, feroces, terribles, más soñadores que precisos, llevando en ellos la esperanza -siempre necia- de que en algún lado, de alguna manera, la belleza, generalmente ilusiva, existe.
"La vie. Était-ce donc ceci?", decía, hace bastante tiempo, un muchachito...