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sábado, 5 de noviembre de 2011

Violencia de Cobardes (en "Lo Demás es cosa de Valientes")

            Pero el amor y la falta de juicio habitan un mismo lugar, y de tanto en tanto se pelean a trompadas por ganar sitio. Esa mañana el miedo a perderse y la sensación de haberse perdido se vistieron de ira, y los encontraba convergiendo en la desesperación que inunda antes de la última bocanada de oxígeno previa a morir ahogados.  El perdón gritaba cada vez más fuerte, pero no le alcanzaba la voz para detener lo inevitable. Esparcidos en el aire revoloteaban los sueños quebrados, que luchaban por no terminar de caer.
            Ella dictaba la sentencia mirando fijo al piso, como si allí estuviera el apunte con la lista de argumentos que explicaban el fin de esto que había surgido como promesa del infinito. Él la escuchaba, arrodillado y en silencio, con la vista perdida en el mismo lugar, como tratando de encontrar en la teoría algún bache por donde escapar de lo irreversible. Ella repetía una y otra vez  el nombre de cada dolor y él se sumía en la impotencia de no haber aprendido a llorar en su vida. Ella que explicaba y él que no quería entender.
            Un breve silencio invadió la escena. Ella contaba sus segundos en firmeza y evitaba verlo directo a los ojos, porque sabía que, de hacerlo, caería rendida ante sus brazos y la promesa de que nada de todo lo malo volvería a suceder. Él inspiraba hondo y rezaba por un último milagro. Los dos veían en el suelo el reflejo del cielo de reojo reclamando claridad.
            Pronto la paz del silencio les dijo que no habría de perdurar, y otra vez el espacio entre ellos, que se agigantaba, comenzó a llenarse de reproches, de explicaciones, de promesas vanas, y de insultos. Se gritaron de más.
            Ivo estaba desesperado. Sabía que se había equivocado una y mil veces, pero a nada amaba más en la vida que a esa mujer. La veía segura de la despedida, y eso lo llenaba de miedo, de desgarro, de ira. A la impotencia a veces le sucede que se enoja tanto que se convierte en rabia. Ivo no podía dejar de pensar que este final no hubiese sido tal si Nicolás no se les hubiera entrometido en la historia. Isabel siempre lo perdonaba, siempre había entre ellos otra oportunidad. Si esta vez su compañera era tan intransigente era porque este impostor la llenaba de argumentos. La escuchaba reclamarle explicaciones tardías. Gritaba cosas horrendas, pero él la amaba tanto que aún gritando encontraba hermosa su voz. La veía llorar y no sentía ser el único culpable de esas lágrimas. Porque los llantos que él le provocaba desembocaban siempre en un abrazo de consuelo y un nuevo inicio. Esta vez, había llegado para instalarse entre ellos el irreversible, y eso era obra de Nicolás. La veía llorar y ese llanto avivaba la llama de la venganza con que pretendía enterrar esa otra fingida historia de amor que le arrebataba a su amada.
            De pronto un nuevo silencio se interponía al desenlace. Ivo siguió perdido entre los planes de su próxima penitencia y tardó en darse cuenta que Isabel ya no estaba sentada allí. Fue cuando irguió su cara, en un último intento por convencerla de que le diese otra oportunidad, que no la encontró. La estela de su sombra entrando a la cocina lo levantó de golpe. Que Isabel ya no estuviese sentada frente a sus súplicas significaba el fin. No podría seguir rogando las disculpas porque no tenía ante quien hincarse. Ella había decidido terminarlo y por eso se había levantado, y hasta se había ido allí. Lo definitivo terminó por sacarlo de sí y caminó los diez pasos que lo separaban de Isabel afirmando sobre cada uno de ellos la ira, la impotencia, el dolor.
            Llegó. Isabel parada frente a la cocina. Se veía calmada luego de la decisión. Estaba preparándose un café y él intentó ayudarla. Pero ella ya no quería alargar más la despedida, y sabía que no tenía sentido; de todas maneras él no prepararía un nuevo café desde ese día en adelante. Le pidió que la dejara sola y él insistió. Quiso tomar la taza que esperaba por el azúcar sobre la mesada y ella que se negaba. La discusión se transformó en un forcejeo sin que se dieran cuenta. Esa pequeña riña fue el suelo fértil donde desembocaron las ganas y las anti ganas, los medios y los arrebatos de coraje. Los empujones se hacían cada vez más rudos, y eso, que había comenzado como una ridícula disputa, se transformaba en el lugar donde Ivo descargaría toda la furia de saberse arrojado lejos de los brazos de esa mujer. Y entonces, sus manos sembraban una certeza sobre el cuello de Isabel; si él no podía tenerla, nadie más habría de hacerlo por él.
            El agua hervía sobre el fuego. El cuello de Isabel ya asomaba, en los espacios que dejaban sin ocupar los dedos de Ivo, las marcas de la desesperación.  Los azulejos sudaban el vapor y mojaban un alerta, uno que este enajenado logró ver. Y en esas paredes se vio reflejado, con el mismo cuello que tantas otras veces había besado, entre la ira de su brutalidad. Fue entonces que la lucidez hizo pie entre los pelos de sus razones y la soltó, dejándola caer. 

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