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martes, 8 de noviembre de 2011

Despierta

     Había una vez una mujer que no-existía. No tenía cuerpo, ni sangre, ni ojos, ni boca, ni orejas, ni piel. No-estaba sentada en una vieja silla de madera, y no-permanecía allí ni desde siempre ni desde nunca, porque en ese mundo de su no-existencia no existe diferencia entre ser o no ser.  Su no-brazo no-llevaba un reloj pulsera que no-giraba, porque no-tenía ni números, ni agujas, ni cuerdas, ni tiempo. Su no-casa no-estaba en algún lugar del mundo, en cualquiera, lo mismo da. Era un no-hogar pequeño, lleno de no-muebles, y con todos sus no-ambientes cubiertos, desde el piso al cielo raso, de no-espejos. En sus no-días aburridos solía no-mirarse en ellos, aunque casi todos no-eran así.  No-encontraba su no-reflejo en esos no-muros y no-sonreía al no-reconocerse; tantos no-años sola no-había no-aprendido a no-quererse a pesar de todo o de nada. Solía no-hacerse la misma pregunta al menos una de esas tantas no-veces en que se no-encontraba en su no-imagen. ¿Cómo había no-llegado hasta allí?. No podía recordarlo, pero allí no-estaba.
Fuera de las no-puertas de su no-casa el mundo era tal y cual vos y yo lo conocemos. Con su sol, unos días radiante, otros mezquino; pero desde su no-ventana nada de ello se veía. Le sucedían los amaneceres a su no-costado, y ella indiferente, porque esos no-cristales no dejaban entrar la luz de la mañana. 
La gente que habitaba por allí miraba esa no-casa con desconfianza, pero nadie decía mucho al respecto; suele no haber mucho que decir sobre lo que no-existe. De todos modos, quien pasase por ese sitio se llevaba en el anecdotario algún rumor oído por lo bajo, historias llenas de misterio y conjeturas sobre la no-mujer. Los niños del lugar aprendían desde que daban los primeros pasos que no podían acercarse a la no-casa; y es que a todos los padres les sonaba peligrosa la idea de ver a sus hijos caminando hacia la nada. Pero, más allá de las intrigas que ese no-lugar generaba, la vida de los pueblerinos transcurría con total normalidad, como en cualquier otro sitio.
Hasta que un día algo sucedió. Era una mañana de intensa lluvia, de esas torrenciales que apenas si permiten abrir los ojos para ver. Era extraño, pues en esa zona las lluvias eran bastante mezquinas y aparecían no muy a menudo. Ese lunes sucedía, llovía descaradamente, y poco a poco las luces de las casas se encendían, y,  atónitos los ojos de los testigos de tremenda ofrenda, comenzaron a salir a las calles, afanosos por mojarse lo suficiente para sobrevivir la sequía a la que estaba acostumbrados. Pronto el pueblo entero era una fiesta, todos en las veredas, chapotenado entre los charcos que juntaban los gotones sin importar la edad que calzaran los zapatos. Entre  la algarabía no notaron que, a lo lejos, se aproximaba una silueta desconocida, y siguieron intentando atesorar el agua que brotaba del cielo en los huecos de sus bolsillos, hasta que la cercanía le dibujó un rostro a ese cuerpo que arribaba en pies descalzos. Esos pasos detuvieron su camino y una voz tosió, llamando la atención de todo el mundo. Como si sus manos hubiesen sido quienes trajeron la lluvia, no dejó de hacerlo desde que apareció por allí. Quizás haya sido simplemente producto de la casualidad, pero entre gente tan acostumbrada a cosas misteriosas, como la no-casa colina arriba, era de esperarse que rodearan de intrigas la situación. 
Pasaron  unos cuantos días y el visitante permanecía allí. Nadie sabía bien porqué estaba, cómo había llegado, hasta cuando se quedaría o si alguna vez habría de marcharse, pero desde que asociaron su presencia con el oro que brotaba del cielo haciendo crecer sus plantas, nadie se animaba a preguntar; no querían que se sintiera incómodo por nada, ni que interpretara las preguntas como una invitación a partir; necesitaban la lluvia y dejarían llover todo lo que se pudiese por si algún día decidía, el visitante, desaparecer. Por el contrario, se desvivían por atenderlo, intentando convencerlo a que se quedara tanto tiempo como fuese posible. 
Llevaba poco más de una semana cuando una tarde, mientras tomaba unos mates con el viejo más viejo del pueblo, sentados ambos en un banco de la plaza, el extranjero alzó la vista y la vio; allí, colina arriba la descubrió. -¿Quién vive ahí?- le preguntó al anciano, curioso y asombrado de no haberla visto antes. Los ojos del viejo se sacudieron por un temblor repentino hasta desorbitarle las pupilas. -¡Shh!- contestó incitándolo a tener una prudencia que el extraño no entendía.-Nadie- dijo en voz excesivamente baja, casi imposible de oír. -¿Qué sucede?- susurró el visitante aceptando el convite a la  cautela. -De eso no se habla- sentenció su compañero de conversación. Tuvo la intención de insistir con el asunto, pero lo supo en vano; devolvió el último amargo y se marchó. Anduvo, el extranjero, unas vueltas por el pueblo, intentando, con precaución, tentar a alguno de los lugareños a hablar de aquella pequeña casa que se dejaba ver, triste, sobre la colina; pero todos y cada uno de ellos ignoraban o respondían con evasivas, sus preguntas. Ese silencio transformó la curiosidad en una cosa más seria, y al caer la noche, esperó que todos durmieran, agarró sus pocas pertenencias, y emprendió camino, colina arriba, decidido a develar el misterio. 
Caminó dificultosamente. La lluvia seguía cayendo a latigazos, y mientras más se alejaba del caserío se descubría un viento violento que mezclaba el agua con la ira de saberlo próximo a llegar al lugar del que todo el mundo prefería no hablar. 
Llegó y posó su mano sobre el picaporte de la puerta; un suave movimiento de muñeca y la abrió. 
La mañana siguiente amaneció distinta a la de los últimos días. Sol, un radiante y ardido sol situado justo en medio del horizonte. Las calles, puertas afuera de cada casa, árida como otras veces, con una aridez imposible luego de tantas jornada de tormenta. La gente salió, temerosamente, persona a persona a la calle, descreída de lo que les contaban las ventanas, buscando algún charco donde aún hubiese rezagos del agua que les había regado los sueños de pastos verdes y rincones floridos. Nada; y un silencio atónito por eso que sucedía contra el pronostico de cualquier razón, que los dejaba mirándose unos a otros a la cara, buscando inventar una respuesta. Diez segundos y uno de ellos comenzó a girar la cabeza, casi alocadamente, en todas las direcciones posibles. Detrás de él, un pueblo entero levantando piedras, doblando esquinas, espiando detrás de los troncos de los árboles vestidos de un otoño lejano a esa tan reciente lluviosa primavera. Nada, ni aquí, ni allá. Ni lluvia, ni charcos, ni visitante. La afónica búsqueda continuó hasta que el sol copó el centro, cielo arriba, y su inclemencia los obligó a buscar la sombra de sus tejados donde guarecerse. 
Como tantas otras veces las calles se llenaron de murmullos que explicaban mágicamente aquél paisaje desierto e intentaban borrar de las memorias los días de charcos y danzas bajo la humedad. No costó demasiado; quizás no lo hayan olvidado aún, pero las prohibiciones tienen esa fuerza, callan los recuerdos, y si nadie habla, todo simula que nadie lo recuerda ya. Una semana después, el pueblo volvía a ser el mismo lugar seco de siempre, acostumbrado a las caras de tristes, haciendo un hábito de su sed.
Colina arriba la misma no-mujer, que se no-mira en sus no-espejos y no-sonríe, pues nadie la recuerda, ni a ella ni a su tempestad.  Sigue no-llevando en su no-brazo su no-reloj, lo mira y piensa, quizás haya otro no-momento para no-despertar. Esta no-noche, antes de no-dormir, peina su no-pelo lacio y lo acomoda detrás de sus no-orejas. Llega a los pies de su no-cama y lo no-ve, allí, no-acostado, no-esperando por ella.  Se no-abrazan fuertemente y no-duermen toda la no-noche así. Él no-susurra una no-duda a su no-oído, ambos se no-besan y no-sonríen.  Afuera, probablemente, mañana llueva.




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