Translate

miércoles, 2 de noviembre de 2011

De "Martes Penitentes"


E
sa mañana despertó con una jaqueca que hasta le había desfigurado el contorno de los ojos. Suplicó, mientras intentaba disimular las ojeras con el frió del agua, que el tiempo tuviera su capricho, y hubiera convertido la noche del lunes en madrugada y amanecer de domingo. Pero deseos insólitos son en los que malgastamos la suerte. Era martes, quizá porque el capricho del tiempo es siempre seguir su curso.
            Bajó a desayunar, pero ni la negrura del café ni la aspirina disipaban el dolor; así que decidió llamar a la oficina y tomarse el resto del día. Tan pronto colgó el teléfono volvió a la cama.
             La insidia de aquella pesadilla lo volvió a abrazar, y el próximo despertar fue aún más doloroso. La cabeza le latía al ritmo de  una amenaza de explosión. Y se volvió a entregar al sueño, aún inconsciente de que lo que allí sucedía era lo que provocaba aquel intenso dolor.  Recobraba la conciencia cada vez con más punzadas, hasta que la tortura se coló por entre sus párpados y lo acompañó a sentarse en la cama; había traído un recuerdo del último cabeceo.
            “Una mujer, hermosa por cierto. Llevaba un vestido que insinuaba, rojo, sus pechos, y tapaba, negro, su espalda. Delgada, casi frágil. Pero eso ha de ser sólo parte del prejuicio con que solemos llenar al otro. Porque aún así, vistiendo esa fragilidad, se acercó hasta mí. Llevaba algo entre sus manos, no logré divisar qué era.  Caminaba mirándome a los ojos, pero sin embargo, yo no podía mirar los de ella. Y esa misma fuerza con que me hacía cerrar los párpados, llegaba hasta mí y me abría la cabeza. Sé que la conozco, retengo en la nariz lo familiar de su perfume. Pero posaba su mano sobre mis ojos, como asegurándose conservar el anonimato; y sus labios sólo repetían el sonido de tu nombre. Me devolvió con el eco de tu imagen, que de alguna extraña manera, sé que es lo que me provoca tremenda jaqueca; y verte sólo logra acentuar más ese dolor.”
            Julia lo escuchó sin prestar demasiada atención al asunto y le ofreció café en lo que terminó el relato. Pero la intención de minimizar la anécdota pronto se convirtió en una mezcla de miedo y preocupación. Francisco no lograba mirarla, y si de casualidad cruzaba su vista con la de ella, soltaba un quejido estruendoso, que poco a poco fue instalando angustia en el aire de la cocina. El día terminó sonando el mismo silencio que aquella mañana de la corbata, y casi así continuó el resto de la semana. El siguiente domingo dudó en encontrarse con Irma, pero fue el mismo Francisco el que la instó a ir, y hasta le insinuó rezar por él y lo que fuese que lo llevaba a sufrir esa curiosa nueva aflicción. Y Julia rezó, pero no a los pies de la cruz del templo, sino entre los brazos de su amante. Y no rezó por que cesasen las molestias de Francisco; lo hizo por su impunidad.
El lunes transcurrió en calma, y hasta lograron mirarse y conversar. Como esos segundos de paz, que anteceden la muerte, Francisco parecía haber superado el calvario que lo persiguió los últimos seis días. Y entonces la noche, necesaria otra vez, y el martes abriéndose camino entre el frío de la madrugada, y las pesadillas, y la misma mujer, y la misma jaqueca. Martes, otra vez, y él que no podía mirarla. El sueño que se colaba por entre las hendijas de la vigilia y se quedaba para llenar de preguntas el aire del desayuno.
Pero esta semana Francisco canalizó el suplicio por el andar de la obsesión. Comenzó a dibujar a aquella mujer, siempre en el mismo vestido bicolor y con el rostro ausente. Parada, con las manos entrelazadas en la espalda escondiendo algo, eso mismo que él no había podido descifrar en las pesadillas. Y a su alrededor mil y un veces su nombre. Hojas y hojas perdidas entre “Julias” y esa mujer. Los silencios tirando hasta el borde de la afonía. Y cuando parecía que la cordura no habría de volver  a amanecer, llegaba el lunes, con su paz, como oasis de olvido en medio del tormento.
El tercer martes la fascinación lo llevó a comenzar a buscarla. “Sé que es real, por más irreal que parezca. Sé que está y que no va a dejar de insistir con que la encuentre. La obstinación de volver me está llamando a gritos. Y esta puñalada en la memoria que me deja cada vez que la sueño, que me vomita un recuerdo que vuelve a tragar en el olvido matutino, y tu nombre, y su voz.” Desde esa mañana, cada martes salía a buscarla. Y la misma psicosis con que la dibujaba por todos lados la volvió real. 

No hay comentarios: