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martes, 11 de octubre de 2011

Otro retazo de "Epifanía"


H
acía demasiado frío, y agradeció haber llevado la campera, aunque, aún con ella puesta, no dejaba de tiritar. Cruzó todo el bosque guiada por un instinto que no sabía de dónde provenía. Su última odisea por allí había sido en brazos de Raúl, y la confusión de ese momento no le habría permitido recordar el camino correcto. Pero el sendero parecía marcado previamente por alguien, con hojas dispuestas de manera tal que tentaban los pasos de sus pies por encima de ellas y no les permitían caminar por otro lado. El crujir que las quebraba retumbaba sórdidamente entre tanta  afonía.

            Contó doscientos sesenta y siete pasos en el último tranco antes de verla. Ahí, sentada en medio de la  vegetación, entre la sombra de los árboles, sobre una manta roja vertida en el piso, estaba ella. Una mujer de unos ochenta años, casi de su misma estatura, rubia, envuelta en una especie de vestido hindú, y aromada con un incienso penetrante. La invitó a sentarse junto a ella y Paula accedió sin mayor cuestionamiento. Le tomó la mano izquierda y le extendió la palma, acariciándola suavemente con la yema de sus dedos. Cerró los ojos invitándola a hacer lo mismo. Pensó por un instante en dejar los párpados entreabiertos, pero no tenía caso haber llegado hasta allí si no iba a confiar en aquella mujer. Entonces la anciana inclinó su cabeza hasta tocarle la frente con al suya. El calor de esa piel, ajada por el tiempo ya, se sentía a su misma temperatura; tanto, que pronto le fue imposible delimitar dónde terminaba su rostro y dónde empezaba el de esa mujer. Olió la tibieza de la respiración ajena, exhalando un monóxido de carbono que ingresaba por su nariz convertido en oxígeno. Su aliento longevo cobró el sabor  de sus papilas gustativas y su lengua comenzó a confundir los extremos. Los dedos se sentían fundidos bajo una misma piel, enumerando nudillos de un mismo par de manos. El siguiente latido debilitó sus brazos, llenando sus huesos de unos poros que le dificultaban la tarea de mantenerse aferrada a esas manos que, ahora, semejaban ser las propias. Un zumbido, que ha de ser el que acontece cuando los oídos se cansan de tanto oír cosas que jamás creen, le acalambró las rodillas. La artrosis le tiñó el cabello  de blanco y le arrugó las huellas de la sonrisa.

            Abrió los ojos y se vio, de rodillas frente a ella misma, como rindiendo culto a lo que sería la huella de su mañana. Las cosas desde esa lejanía temporal, eran mucho más claras; y todo aquello que quisiese decirse no debía superar la valla de no querer escucharse, puesto que de alguna manera era ella dentro del envase de su futuro, pero el no haber llegado allí verdaderamente aún, le quitaba la posibilidad de controlar lo que a esa posteridad le ocurriese.
-No todo el mundo puede con esto- le advirtió.- ¿Estás preparada?

            De haber sido otra la circunstancia, quizás hubiera sentido miedo y hasta el reflejo de arrepentirse. Pero negarse a hacerlo esta vez era lo mismo que fallar; quedaría sentenciada a los confines del olvido, encerrada, amenizando anocheceres entre guitarras y compañías casi anónimas. Y las horas allí dentro habían sido devastadoras en combinación con su amnesia.
-Absolutamente- le contestó. –Empecemos-
-Una cosa más antes de que te marches. –

            La anciana extendió  su mano, abrió la de ella, colocó algo dentro y le apretó el puño fuertemente.
-Quizás eso te ayude si te perdés por ahí-
-¿Qué es?-
-Tu estrella polar-

            Paula prefirió no despegar sus dedos. Inspiró profundo y se marchó.

1 comentario:

Horacio Beascochea dijo...

"Abrió los ojos y se vio, de rodillas frente a ella misma, como rindiendo culto a lo que sería la huella de su mañana.", es excelente.

Dan ganas de seguir leyendo.

Beso