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martes, 18 de octubre de 2011

La vida es una fiesta

Los domingos suelen ser grises para mí. Por alguna extraña razón que no he sabido desenmarañar aún, llegan envueltos en una persistente melancolía, que con el paso de las horas se hace tristeza. Quizás porque en días de descanso tengo más tiempo para pensar, y ese ejercicio reaviva la conciencia que la prisa de la rutina semanal se empeña por adormecer. Lo cierto es que este próximo domingo ya se anuncia más desgarrador que los demás. Alguien me ha invitado a que así sea.
Puedo olerlo, está anunciado. Este tiempo en medio ha sido una simple pausa donde algunos pocos tonto hemos sembrado inútiles esperanzas.  Habrá gente de festejo de algún color, de cualquiera; a esta altura eso es casi lo mismo.  Habrá un grupo de gente saltando, sonriendo, gritando, entonando cánticos similares a los de las barras en las canchas, banderas profanadas, izadas impunemente sobre la desesperación de los que no pueden festejar.
A veces la vida me convida a ser feliz; soy de las que tienen ese privilegio. Y eso en estos tiempos genera una sensación bastante contradictoria. Entonces llego a Silvio y, también, pido perdón a los muertos de mi felicidad. Sé que no puede resignarse, menos con lo que cuesta acariciarla; pero no logro entender la indiferencia de aquellos que gozan sin esa consciencia necesaria que nos genera saber que somos pocos los que podemos repetir su nombre en voz alta. Y ahí los veo, festejando el triunfo, y redoblando la apuesta, haciendo de él un banquete. Veo como comparten la algarabía, como los tenedores, llenos de ese bocado, se pasan de mano en mano y como las bocas que los reciben muerden su parte y se acarician la satisfacción de sus estómagos, alardeando estar invitados al festín.
Miro por la ventana y encuentro las evidencias: la mayoría no alcanza. Es verdad Ismael, no importa si el vaso está medio o lleno o medio vacío si no sacia la sed;. y puertas afuera es tan grande el desierto, tan violenta la sequía, tan mortal la aridez.
Me indigno y me pregunto cuál es el motivo de la fiesta, cómo diagraman la lista de invitados, qué excusa vomitan en la cara de los que no tienen el derecho a participar.
Hay quienes creen y vociferan que el tren de la revolución está pasando por mi país; un lugar donde una vez más me hallo extranjera entonces. Me siento idiota, pues siempre creí que en esos vagones había lugar para todos, y que quien condujera sería incapaz de partir hasta tanto no se asegurase haber subido al último pasajero. El andén está repleto de gente, con sus maletas, cargadas de sueños; pero para estos revolucionarios esa parte del pueblo parece invisible.
Miro a mis hijos de reojo, juegan a unos metros de donde estoy. Intento distraer la impotencia que estas ideas me han plantado, entre su diversión. Pero es imposible, este mundo se esconde hasta detrás de los recreos inocentes. Comienzan a pelearse por la sorpresa que les ha traído un huevo de chocolate. "Lo que toca toca, la suerte es loca", dice mi hija mayor aferrando su derecho a conservar el juguete más divertido. Qué ironía. Veo la decepción en los ojos del más pequeño, con ese otro pedazo de plástico mal ensayado entre sus dedos, masticando el significado de la palabra "azar". Ella también lo nota y decide que ambos pueden jugar con lo que a la suerte le regaló. Él sonríe y todo vuelve a la normalidad.
No quiero pensar que la vida es tan caprichosa como el empresario que diseñó esas extrañas golosinas. Me rehúso a  pensar que estemos quienes tenemos el derecho a  vivir y que haya otros que tengan que conformarse con el juguetito hecho de las sobras. Y por sobre todas las cosas me cuesta creer que haya quienes ante esa realidad, aún tengan ganas de salir a festejar algún triunfo.

Mientras ellos celebren, este domingo, irremediablemente, será más cruel que muchos otros. Si también te sucede que esas jornadas se hacen jodidas,  te invito; es más fácil sobrevivir en compañía.


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2 comentarios:

Jorge n dijo...

La vida es una fiesta, ¿y cuánto cuesta el cotillón? una sonrisa, una moneda, un juguete, una vida, no lo sé. Quizá de eso se trate, de no saberlo. Me gustó tu trabajo, una invitación a la reflexión. Saludetes

jn

Horacio Beascochea dijo...

Muy buena reflexión... Y excelente la cita de Ismael, de "Prende la luz", sino me equivoco. Es cierto, hay muchos todavía en el andén, muchos y muchas a los que hay que incluir.

Saludos