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sábado, 1 de octubre de 2011

La clave del éxito

                Paso horas pensando en ello; para que veas, es sábado y llevo dos innecesarias horas despierta ya. Este madrugar exagerado es el resultado de los sueños agitados, que no ven más salida que despertar cada vez que esta idea los arrebata distraídos. Me acompaña el tercer café, y mi cabeza gira y gira, intentando dar a luz una nueva idea. 

            Mientras armaba el bolso, aquella primera vez, recordaba eso de que un viaje puede cambiar tu vida; llevo miles de kilómetros encima sin que eso ocurra así, tan abruptamente como esa frase promete. Estos días me encontraron obligada a desempacar y permanecer aquí, algún tiempo. En casa madrugo, no puedo evitarlo. No importa la hora a la que haya decidido ir a dormir, el amanecer suele tener que apresurarse cuando escucha mis primeras vueltas entre las sábanas amenazando levantarme.

             A las diez otra vez la chica de los libros y su disfraz, poco convincente, saldrán a caminar por el centro, sin muchos argumentos más que la última vez. Y estarán aquellos que acepten, pero sólo porque quieren ayudar, y cometerán ese “acto de arrojo” del que ella les habla cada vez que los encuentra. Estarán esos otros que, sin mayor problema, le dirán a la cara que nada tiene de interesante lo que sus hojas vayan a ofrecer sin siquiera haberlas ojeado. Pero seguirá caminando, porque sabe que siempre encuentra a los demás, a los que elijen creer, como ella.

             Les juro que mañanas como hoy, en las que las ganas de volver a la cama son más tentadoras que cualquier otra opción, la envidio. Yo, llena de horas de desvelo armando planes y más planes, convirtiendo hojas en blanco en bollos de papel arrugado, desechando ideas en borradores que vuelvo  a arrugar. Y ahí la ves, envolviendo sus sueños en un pañuelo, cogiéndolos bajo el brazo, y ya. Debo tener perdido por algún rincón de la casa un retazo de tela donde envolver los míos. Mejor los dejo; creo que hoy también la voy a imitar. 

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