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domingo, 30 de octubre de 2011

Fragmento de "Primera Estación" (La Causa)

El uniformado sostenía una fiera cuyos dientes se dibujaban amaestrados detrás del bozal. Esos colmillos lograron inmovilizar a todo el mundo allí, lo que significó para Tomás un gran alivio, pues, no solamente él se mostraba incómodo ante la situación. Recorrieron el vagón una y otra vez, él y su perro. El ritmo del corazón se le desaceleró, casi a la normalidad, cuando los vio poner los pies sobre las escaleras de salida. Suspiró aliviado y ajustó su palma a la manija de su pequeña valija, creyendo que todo estaría bien, pero algo interrumpió su respiro. Porque la voz de su conciencia no le permitía permanecer callado sin más frente a lo que sucedía bajo los peldaños del compartimento contiguo.
            Un alarido desesperado partió al medio el silencio en que la presencia de la fuerza policial había sumido el lugar. Alcanzó a asomarse antes que los demás por la puerta y pudo ver, desde allí, el rostro portador de la voz de semejante terror. Lo llevaban arrastrándolo, sujeto del codo mientras su cuerpo se endurecía a causa del miedo y como instinto inteligente de resistencia. Detrás de la escena otro oficial, apuntando directamente a la nuca de aquel pobre sujeto que no paraba de gritar en socorro. Otros tantos miembros de la institución de la obediencia completaban aquel desolador cuadro, a la siga, sosteniendo las bestias que amenazaban con devorarlo si lograban escapar.  Lloraba entre pedidos de auxilio y el quebranto de su llanto  le erizó la piel. Era un joven de unos veintitantos años. Lo estaban arrancando de destino injustamente, y la gente permanecía en silencio, testigos cómplice de aquella atrocidad. Pataleaba descontroladamente,  y a cada movimiento de sus piernas la reprimenda en respuesta. El eco de sus chillidos era cada vez más tenue; y es que le iban quitando las fuerzas de a palos.
            Probablemente alguien de la misma autoridad aconsejó al maquinista arrancar motores y echarse a andar; no querían testigos de tan cruenta represión, no eran convenientes. El tren comenzó a marchar por los rieles de la vía, dejando atrás el brutal espectáculo, y nadie reaccionaba. Y el silencio y la lejanía cada vez más evidente de aquella situación, que se perdía en el horizonte, convertía  cada alma allí dentro en mudos cómplices del horror. Quizás esa petrificación respondía a la necesidad de no cruzar ojos con ojos entre implicados; y es que no es fácil llevar a cuestas el peso del reflejo de la cobardía cuando se nos presenta cual fiel reflejo en la mirada de los demás.
            El viaje, metros más allá, siguió su curso, con la impunidad de la distracción. Alguien, alguno de entre tanta gente, tuvo la lucidez para comprender que cada uno de los allí presentes cargarían, a partir de ese momento con la misma responsabilidad; y eso, lejos de condenarlos a todos en multitud, los exoneraba pluralmente. Y ese mismo anónimo decidió volver a su asiento, acompañando los inerciales movimientos con que el ferrocarril seguía marchando a destino, como si nada hubiese sucedido. Esta impunidad se fue contagiando entre los viajeros, lavándoles la culpa hasta la auto-absolución. Uno a uno, recuperaron lugar, tal vez no en la misma posición que antes de aquello, pero quienes estuvieran esperándolos en las próximas estaciones jamás notarían la diferencia, puesto que no sabían en que posición estaban ubicados al momento de partir.  
            Así continuó el viaje; unos cuantos kilómetros más allá, el trayecto había hecho lo suficiente como para bañar de olvido los remordimientos en cada memoria; en todas, menos en la más culpable.
            Tomás no pudo olvidar. Buscó entre las pestañas de sus compañeros, perdón. Y si lo encontraba allí era porque nadie sabía del error. Era a él a quien buscaban; se habían equivocado de hombre. Se habían llevado a un inocente, aunque en realidad él también lo era. Pero fuera de ese juicio de valor que seguramente la historia tendería sobre sus biografías, ese que quedó varado en la estación anterior, era el hombre equivocado.
            Bajó su cabeza y cerró los ojos lo más fuerte que pudo, pidiendo que alguna idea le borrase las tremendas ganas de volver el tiempo atrás y entregar su cabeza por la de aquél muchacho. Debería haber tenido el valor para gritar que se estaban equivocando, que era a él a quien debían castigar, al que debían llevarse. Aferró el maletín contra su pecho y un nudo le atravesó la garganta dejándolo casi sin respiración. Suspiró profundo y levantó la cabeza ayudándole a esa burbuja de impotencia a terminar de tragarse el ahogo.
            Afuera seguía lloviendo, incesante y torrencialmente. Perdió su mirada unos segundos entre las gotas de agua que salpicaban contra la ventana y el viento, jugando a hacer estela de sus pequeñas huellas, dibujándolas por casi todo el cristal, y perdiéndolas entre la prisa del suelo del vagón.
            Había hecho lo correcto. No tenía más opción que callar. Miró el portafolio y lo supo. Entregarse se cobraría más vidas que la de aquel pobre muchacho que el rumbo había dejado atrás.
            Alrededor la misma gente, las mismas ansias de llegar, las mismas sonrisas ante la proximidad del fin del viaje, el mismo murmullo que antes de que aquella injusticia amenazara frustradamente con enmudecer el resto del camino. Zambulló su despecho frente a tanta indiferencia y los observó, uno a uno. Quería grabar minuciosamente cada facción de esos rostros. Vengaría no sólo las brutalidades protagónicas, sino las mudas complicidades también; más no fuera con el mirarlos a los ojos, una vez que la pesadilla concluyese, con la certeza de saber que ellos lo recordarían presente aquella mañana allí, testigo de su tácito pacto de silencio. 

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