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domingo, 9 de octubre de 2011

El rescate

Quise escribir algo que me distraiga. Escribir es una especie de exorcismo dijiste; pero este maldito demonio de la ansiedad no quiere irse. Ha encontrado la manera de asirse de las curvas y ángulos de las letras para quedarse aquí. Se cuela por entre los renglones y me dibuja frases que, al leerlas, me llevan una y otra vez al mismo lugar. 
Hoy es domingo, y eso puede hacerlo, aún, más peligroso. El estómago gira entre la afonía y su conjugación con palabras nunca dichas. Este es el momento en que desearía haber leído promesas; pero no están.
Tengo el bolso listo y un pasaje, sin fechar, pero sellado con ese mismo destino. Ella,  la ciudad que siempre me ha arrebatado los sueños, te ha secuestrado o está por hacerlo. Esta vez será diferente. La tercera es la vencida y ha llegado el tiempo de mi revancha. Llevo las valijas casi vacías, con el espacio justo para meterte allí y traerte de vuelta, conmigo.
Preparo un café y me siento, mapa en mano, a estudiar cada una de sus calles, intentando adivinar todos sus recovecos. Es difícil saber por dónde empezar con tantas esquinas y tanto silencio. El humo de mi cigarrillo dibuja en el aire posibles recorridos; maldigo su exceso de imaginación. Mis manos se apresuran para retratar sobre las hojas en blanco cada una de sus ideas, pero es demasiado rápido y algún que otro itinerario se me escapa. Enciendo otro, pidiéndole que se consuma un tanto más pausado.
El reloj, como siempre, mudo ante mi prisa. Lo miro fijo, pero sabe hacerse el distraído; sobre todo en víspera de feriados. Reviso insistentemente el teléfono; ya debería haberme llamado pidiendo el rescate. Pero aún no suena, y por un instante eso se torna sospechoso. “Síndrome de Estocolmo”… imposible. Rápidamente me saco los lentes y limpio las huellas de la preocupación de sus cristales. Te reirías si me vieses dudar. Debo mantener la cordura; sabemos de lo peligroso de la ansiedad. Suspiro y el oxígeno logra devolverme la calma; “ya llamará”.
Sobre la mesa el sobre, por si sale mal el plan. Siempre hay algo que hace quebrantarnos; quien lo diría, vos y yo dejándonos extorsionar.
A mi alrededor nadie parece haberlo notado. Qué insólito que tantas cosas sucedan así, entre gente que permanece indiferente. De todos modos, al menos esta vez, es mejor. No quisiéramos que nadie arruine nuestro plan por hablar de más. Cualquiera podría alertarla y entonces sí estaríamos perdidos. Es incómodo pero sabio el silencio.
Vuelvo al papel; el corazón se ha agitado demasiado y empieza a dar malos consejos. Quizás una ficción nueva convide a mantener el pulso firme y no desesperar. Pero hoy todos mis personajes están en huelga. Algunos por empatía, como el pobre prisionero que me ruega que vaya por vos, imaginando que tu libertad quizás se vuelva contagiosa. Las letras  se disimulan, temerosas, cuando andan por las páginas custodiadas por sus captores. Y es que están todos cortados con la misma tijera, y si Suárez descubriese mi plan, correría velozmente a contarle a ella. Mejor dejo el lápiz de lado; hay capítulos muy vigilados y no quiero correr riesgos. Además, aunque hoy parezca quieto, el tiempo pasa, y no sería afortunado que el día me encuentre sin haber terminado de decidir la estrategia.
Me pregunto si cuando estés encerrado te alcanzará la fe para vestirte de la certeza de esperar por mí. Sé, entonces, que debo apresurarme. Pero no demasiado. Habré de encontrar el equilibrio exacto para no ser descubierta pero no demorar hasta que te hayas rendido. Quizás eso sea más difícil que decidir por dónde empezar a buscarte en tan inmensa ciudad. Hay momentos en que sólo cabe creer, así, sin más, y este es uno de ellos. Cruzo los dedos y pido que el azar reconozca sus deudas y esté de mi lado. Tal vez sea el deseo, la esperanza, no lo sé; pero todo invita a pensar que así será. Encuentro pistas de ello en una canción repetida, en un mes casual con idéntico destino, en lo maravilloso de coincidir dentro de tanto mundo.
Repaso tus pasos, repaso los míos; miro el lápiz cobarde, el teléfono mudo, el papel titilando casi virgen aún; ojeo nuevamente el mapa, laberinto inmenso; reviso mis chances; fijo mis ojos en las pupilas del destino, a veces mi aliado, tantas otras mi enemigo. Respiro profundo y decido confiar en mi instinto. Abollo los borradores, desecho los planes y apago el cigarrillo que sigue empecinándose con hacerme confundir. Vuelvo al bolso y saco la poca ropa que había guardado; no quiero que el espacio para traerte sea incómodo, y el viaje de regreso es largo.
Miro el calendario y cuento los días que, como mínimo, imagino que tendrá la espera. Recuerdo tus consejos; la ansiedad, me repito, puede ser peligrosa. Pero qué si no puedo con ella. Y vencida por esta trágica realidad de no poder ser otra cosa más que yo, me adelanto y voy a buscarte antes de que llegues.
Mujer de poca monta, quizás mi única herramienta sea esto de escribir. Pongo todas las fichas a esta pobre arma, la única con la que puedo luchar; agarro otra vez el lápiz y escribo mi nombre en cada centímetro de la confusa cartografía. Acá estoy, agazapada, escondida silenciosamente detrás de estas letras que quizás poco hayan dicho unos meses atrás. Me escribo en cada centímetro de realidad, donde encuentre un hueco; y desde allí acecho. Mi mejor escondite. Sonrío. Estiro la mano y recojo el sobre para hacerlo trizas. Vuelvo a sonreír ante la idea de saber que no habrá lugar para dejarnos extorsionar. Me escondo y espero, siempre sonriendo. Este, lo sé, es un plan infalible. Respiro aliviada y la ansiedad comienza a disiparse. Espero por vos tranquila, porque desde acá tengo la certeza que voy a verte llegar sin que ella se dé cuenta. Y entonces, cuando se distraiga un segundo, habré de salir de entre las letras para rescatarte. Sigo sonriendo, y mientras tanto, otra vez,  me escribo. 

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