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miércoles, 26 de octubre de 2011

Bienvenida Duda

La misma canción, una y otra vez, sonando como si presagiase lo que está por suceder. Afuera el sol, que da testimonio del día y su claridad; a estas horas nadie puede argüir la confusión a la que invitaría la penumbra. En estos días he dibujado su imagen más de una vez. Temo que se haya convertido en una obsesión. Su nombre aquí y allá, escrito detrás de los cuadros de las paredes de mi habitación, y hasta en pequeños retazos de papel que sobran entre tantos libros. Mis horas de sueño invadidas de su perfume, casi desconocido. Quizás haya acabado por perder la razón. Y no está mal… creo que su búsqueda ha de ser el único buen motivo para la locura.
Mis oídos se entregan, rendidos, a esas estrofas que en su compañía suenan más hermosas; porque aunque los versos se repiten, bajo esta luz cobran un sentido distinto. Son tantas las horas invertidas en esta historia que tarareo cada frase de memoria, sin saber que lo estoy haciendo. Pero el canto se interrumpe con un sonido ajeno a esta armonía acostumbrada y es en ese instante en que dejo de cantar que noto mis labios moverse al son de la resonancia.
La puerta se abre lentamente y mis ojos se dirigen hacia ella llenos de curiosidad. Pero el dolor es tan fuerte, el brillo tan intenso, y ellos se han acostumbrado a la oscuridad del lugar. Se cierran, se aprietan, se ciegan, sin querer. La música se calla, como si supiese de lo necesario que son, ahora, mis restantes sentidos. Intento volver a abrirlos, pero es casi inútil, siguen resentidos. 
Se acerca, no puedo ver pero oigo sus pasos. Cada vez más inminente; me lo cuenta la tibieza de  su respiración. Tengo miedo, un ridículo miedo que me paraliza, que me transpira en las manos y me hace temblar.
La proximidad es tremenda, su voz comienza a teñirse de color. Esa voz… no creo reconocerla, pero es tan familiar. Su olor… Una nueva sensación me convida un poco de calma; no he visto su rostro, pero sé quien es; hace años que lo sé; toda una vida.
Me observa, siento el peso de sus ojos sobre mi cabeza que se inclina buscando desesperadamente algo en el piso que me devuelva a la inercia de los días previos a su llegada. Me ahoga un presentimiento que es más bien una certeza. Desde que está aquí nada será igual. Esa idea trae nuevamente los temblores y el sudor.
Es inevitable respirarla, la sé frente a mí. Allí está. Siento sus manos rodeando mi rostro sin tocarlo. Su boca no debe estar a más de dos centímetros de mis labios. Si hasta creo que puedo decirla. El miedo es, ahora, a no atreverme a pronunciarla. Pero como si la tibieza de su tacto lograse derretir las malas sensaciones, mis ojos se relajan, y dejan de fingir. Se desaparecen las arrugas que los mantenían aferrados a la ceguera protegiéndolos de la excesiva claridad. Los siento suaves, con las fuerzas y las ansias del pestañeo. Ella sabe de mi temor, y posa sus dedos sobre mi rostro intentando decirme que de su mano siempre será mejor.
Respiro profundo, con el afán de atesorar en esa bocanada la mayor cantidad de oxígeno que me permitan mis pulmones. Estoy decidida y el vigor de esa decisión me tranquiliza el pulso. Voy a abrir los ojos, voy a verla cara a cara por primera vez. Mis pestañas juntan fuerza y los párpados comienzan a ceder. De mi voz se escapa la forma de la primera letra de su nombre. Voy a mirarla y a decirla en voz alta.
Algo interrumpe. La música, muda hasta ese entonces, comienza a gritar desafinada. La puerta de golpe, esta vez con una brutalidad lejana a la suavidad anterior. Y esta nueva presencia en la habitación retrotrae el tiempo hasta hacer que mis ojos vuelvan a fruncirse. La respiración se convulsiona, tose, se acelera; el pulso tiembla; la certeza se derrite.
Escucho como un par de pies se aleja y se lleva consigo su aliento.
Sigue un instante de silencio y mis ojos que no se aguantan la ansiedad se abren involuntariamente.
La veo, frente a mí, cara a cara. La conozco; no es fácil borrar los rasgos del rastro de la duda. La habitación envuelta una vez más en una perezosa oscuridad. 

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