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lunes, 31 de octubre de 2011

"Ojalá" Feria de Artistas Independientes

El grupo Letras Ambulantes,  con el apoyo de Ristretto Coffe,  propone un nuevo espacio donde una gran cantidad de artistas locales estarán compartiendo sus trabajos. La idea es acercar al público obras de gesta independiente.
Habrá exposiones de libros y lecturas, muestras fotográficas, música, y diferentes expresiones artísticas.

La primera cita es el Viernes 04 de Noviembre a partir de las 18:30 horas, en Alberdi 223.

En este primer encuentro la agrupación Letras Ambulantes lanza el primer 
número de su revista cultural quicenal y dará por inaugurado el concurso literario “Creer en Crear” 
La entrada es libre y gratuita. 

                                                                                                                                   Letras Ambulantes     0299-154619131
      0299-4006460

Días

Hay días, como el último miércoles, que llegan extraños, disfrazados de ira, acurrucados entre los brazos del miedo, sudando fríos o tiritando de calor. Días en que uno debiese tirar todo aquello que ha escrito, apelando a la esperanza de no dejar lectores testigos. Días para no leer, porque las historias levantan la sospecha de terminar todas en un idéntico destino, triste, repetido, aburrido. Días para no pensar, porque todo ha de volverse un círculo, o en el mejor de los casos un infinito espiral. Días para no hablar de amor, para no cometer el absurdo de creerlo exigencia, rutina o cita. Días para no hacer confesiones, porque tienen la virtud de transfromarlo en un completo desnudo. Días en que los versos se derraman aguerridos, pero escritos con un trazo débil que al día siguiente habrá de contradecirlos. Días en los que oponemos resistencia a resistirnos, pero que no nos alcanza para juntar el coraje y asumirnos rendidos. Días en donde las horas se pisan unas con otras y da lo mismo si son las seis, las cuatro o las nueve; de todas maneras sabemos que hubiera sido mejor que no llegase ese día. Días de culpas, de caprichos y de disculpas, que se mezclan con sueños, con ganas y con acertijos. Días donde los nervios ya ni tiemblan porque saben de antemano que lo hará nuestra voz. Días de bronca, de silencios, de suspiros.
Pero hay otros días, como hoy, que siguen siendo domingo pero aprenden a disimularlo. Días que pueden contra todo pronóstico y te aparecen el sol con el brío de ese antojo. Entonces caminás, por la calle que sea que andes, y sabés de esas ganas de contarme. Y esperás aunque no haya prometido llegada, y sonreís, porque es inevitable recordar mi mirada. Son esos días de mirarse ("soy yo") y reconocerse de toda la vida; "de habitarse, de quitarse el sueño", de caminar lado a lado "entrelazando las manos, entre autos y bocinazos, pensando en lo que vendrá". Días como hoy, en los que las ganas de dejar huella de una bella historia pueden más que los consejos y decidís hablar en voz alta de esos días. O escribirlos, para que nada los borre cuando después del sueño todo vuelva a la normalidad. 

domingo, 30 de octubre de 2011

Fragmento de "Primera Estación" (La Causa)

El uniformado sostenía una fiera cuyos dientes se dibujaban amaestrados detrás del bozal. Esos colmillos lograron inmovilizar a todo el mundo allí, lo que significó para Tomás un gran alivio, pues, no solamente él se mostraba incómodo ante la situación. Recorrieron el vagón una y otra vez, él y su perro. El ritmo del corazón se le desaceleró, casi a la normalidad, cuando los vio poner los pies sobre las escaleras de salida. Suspiró aliviado y ajustó su palma a la manija de su pequeña valija, creyendo que todo estaría bien, pero algo interrumpió su respiro. Porque la voz de su conciencia no le permitía permanecer callado sin más frente a lo que sucedía bajo los peldaños del compartimento contiguo.
            Un alarido desesperado partió al medio el silencio en que la presencia de la fuerza policial había sumido el lugar. Alcanzó a asomarse antes que los demás por la puerta y pudo ver, desde allí, el rostro portador de la voz de semejante terror. Lo llevaban arrastrándolo, sujeto del codo mientras su cuerpo se endurecía a causa del miedo y como instinto inteligente de resistencia. Detrás de la escena otro oficial, apuntando directamente a la nuca de aquel pobre sujeto que no paraba de gritar en socorro. Otros tantos miembros de la institución de la obediencia completaban aquel desolador cuadro, a la siga, sosteniendo las bestias que amenazaban con devorarlo si lograban escapar.  Lloraba entre pedidos de auxilio y el quebranto de su llanto  le erizó la piel. Era un joven de unos veintitantos años. Lo estaban arrancando de destino injustamente, y la gente permanecía en silencio, testigos cómplice de aquella atrocidad. Pataleaba descontroladamente,  y a cada movimiento de sus piernas la reprimenda en respuesta. El eco de sus chillidos era cada vez más tenue; y es que le iban quitando las fuerzas de a palos.
            Probablemente alguien de la misma autoridad aconsejó al maquinista arrancar motores y echarse a andar; no querían testigos de tan cruenta represión, no eran convenientes. El tren comenzó a marchar por los rieles de la vía, dejando atrás el brutal espectáculo, y nadie reaccionaba. Y el silencio y la lejanía cada vez más evidente de aquella situación, que se perdía en el horizonte, convertía  cada alma allí dentro en mudos cómplices del horror. Quizás esa petrificación respondía a la necesidad de no cruzar ojos con ojos entre implicados; y es que no es fácil llevar a cuestas el peso del reflejo de la cobardía cuando se nos presenta cual fiel reflejo en la mirada de los demás.
            El viaje, metros más allá, siguió su curso, con la impunidad de la distracción. Alguien, alguno de entre tanta gente, tuvo la lucidez para comprender que cada uno de los allí presentes cargarían, a partir de ese momento con la misma responsabilidad; y eso, lejos de condenarlos a todos en multitud, los exoneraba pluralmente. Y ese mismo anónimo decidió volver a su asiento, acompañando los inerciales movimientos con que el ferrocarril seguía marchando a destino, como si nada hubiese sucedido. Esta impunidad se fue contagiando entre los viajeros, lavándoles la culpa hasta la auto-absolución. Uno a uno, recuperaron lugar, tal vez no en la misma posición que antes de aquello, pero quienes estuvieran esperándolos en las próximas estaciones jamás notarían la diferencia, puesto que no sabían en que posición estaban ubicados al momento de partir.  
            Así continuó el viaje; unos cuantos kilómetros más allá, el trayecto había hecho lo suficiente como para bañar de olvido los remordimientos en cada memoria; en todas, menos en la más culpable.
            Tomás no pudo olvidar. Buscó entre las pestañas de sus compañeros, perdón. Y si lo encontraba allí era porque nadie sabía del error. Era a él a quien buscaban; se habían equivocado de hombre. Se habían llevado a un inocente, aunque en realidad él también lo era. Pero fuera de ese juicio de valor que seguramente la historia tendería sobre sus biografías, ese que quedó varado en la estación anterior, era el hombre equivocado.
            Bajó su cabeza y cerró los ojos lo más fuerte que pudo, pidiendo que alguna idea le borrase las tremendas ganas de volver el tiempo atrás y entregar su cabeza por la de aquél muchacho. Debería haber tenido el valor para gritar que se estaban equivocando, que era a él a quien debían castigar, al que debían llevarse. Aferró el maletín contra su pecho y un nudo le atravesó la garganta dejándolo casi sin respiración. Suspiró profundo y levantó la cabeza ayudándole a esa burbuja de impotencia a terminar de tragarse el ahogo.
            Afuera seguía lloviendo, incesante y torrencialmente. Perdió su mirada unos segundos entre las gotas de agua que salpicaban contra la ventana y el viento, jugando a hacer estela de sus pequeñas huellas, dibujándolas por casi todo el cristal, y perdiéndolas entre la prisa del suelo del vagón.
            Había hecho lo correcto. No tenía más opción que callar. Miró el portafolio y lo supo. Entregarse se cobraría más vidas que la de aquel pobre muchacho que el rumbo había dejado atrás.
            Alrededor la misma gente, las mismas ansias de llegar, las mismas sonrisas ante la proximidad del fin del viaje, el mismo murmullo que antes de que aquella injusticia amenazara frustradamente con enmudecer el resto del camino. Zambulló su despecho frente a tanta indiferencia y los observó, uno a uno. Quería grabar minuciosamente cada facción de esos rostros. Vengaría no sólo las brutalidades protagónicas, sino las mudas complicidades también; más no fuera con el mirarlos a los ojos, una vez que la pesadilla concluyese, con la certeza de saber que ellos lo recordarían presente aquella mañana allí, testigo de su tácito pacto de silencio. 

miércoles, 26 de octubre de 2011

Bienvenida Duda

La misma canción, una y otra vez, sonando como si presagiase lo que está por suceder. Afuera el sol, que da testimonio del día y su claridad; a estas horas nadie puede argüir la confusión a la que invitaría la penumbra. En estos días he dibujado su imagen más de una vez. Temo que se haya convertido en una obsesión. Su nombre aquí y allá, escrito detrás de los cuadros de las paredes de mi habitación, y hasta en pequeños retazos de papel que sobran entre tantos libros. Mis horas de sueño invadidas de su perfume, casi desconocido. Quizás haya acabado por perder la razón. Y no está mal… creo que su búsqueda ha de ser el único buen motivo para la locura.
Mis oídos se entregan, rendidos, a esas estrofas que en su compañía suenan más hermosas; porque aunque los versos se repiten, bajo esta luz cobran un sentido distinto. Son tantas las horas invertidas en esta historia que tarareo cada frase de memoria, sin saber que lo estoy haciendo. Pero el canto se interrumpe con un sonido ajeno a esta armonía acostumbrada y es en ese instante en que dejo de cantar que noto mis labios moverse al son de la resonancia.
La puerta se abre lentamente y mis ojos se dirigen hacia ella llenos de curiosidad. Pero el dolor es tan fuerte, el brillo tan intenso, y ellos se han acostumbrado a la oscuridad del lugar. Se cierran, se aprietan, se ciegan, sin querer. La música se calla, como si supiese de lo necesario que son, ahora, mis restantes sentidos. Intento volver a abrirlos, pero es casi inútil, siguen resentidos. 
Se acerca, no puedo ver pero oigo sus pasos. Cada vez más inminente; me lo cuenta la tibieza de  su respiración. Tengo miedo, un ridículo miedo que me paraliza, que me transpira en las manos y me hace temblar.
La proximidad es tremenda, su voz comienza a teñirse de color. Esa voz… no creo reconocerla, pero es tan familiar. Su olor… Una nueva sensación me convida un poco de calma; no he visto su rostro, pero sé quien es; hace años que lo sé; toda una vida.
Me observa, siento el peso de sus ojos sobre mi cabeza que se inclina buscando desesperadamente algo en el piso que me devuelva a la inercia de los días previos a su llegada. Me ahoga un presentimiento que es más bien una certeza. Desde que está aquí nada será igual. Esa idea trae nuevamente los temblores y el sudor.
Es inevitable respirarla, la sé frente a mí. Allí está. Siento sus manos rodeando mi rostro sin tocarlo. Su boca no debe estar a más de dos centímetros de mis labios. Si hasta creo que puedo decirla. El miedo es, ahora, a no atreverme a pronunciarla. Pero como si la tibieza de su tacto lograse derretir las malas sensaciones, mis ojos se relajan, y dejan de fingir. Se desaparecen las arrugas que los mantenían aferrados a la ceguera protegiéndolos de la excesiva claridad. Los siento suaves, con las fuerzas y las ansias del pestañeo. Ella sabe de mi temor, y posa sus dedos sobre mi rostro intentando decirme que de su mano siempre será mejor.
Respiro profundo, con el afán de atesorar en esa bocanada la mayor cantidad de oxígeno que me permitan mis pulmones. Estoy decidida y el vigor de esa decisión me tranquiliza el pulso. Voy a abrir los ojos, voy a verla cara a cara por primera vez. Mis pestañas juntan fuerza y los párpados comienzan a ceder. De mi voz se escapa la forma de la primera letra de su nombre. Voy a mirarla y a decirla en voz alta.
Algo interrumpe. La música, muda hasta ese entonces, comienza a gritar desafinada. La puerta de golpe, esta vez con una brutalidad lejana a la suavidad anterior. Y esta nueva presencia en la habitación retrotrae el tiempo hasta hacer que mis ojos vuelvan a fruncirse. La respiración se convulsiona, tose, se acelera; el pulso tiembla; la certeza se derrite.
Escucho como un par de pies se aleja y se lleva consigo su aliento.
Sigue un instante de silencio y mis ojos que no se aguantan la ansiedad se abren involuntariamente.
La veo, frente a mí, cara a cara. La conozco; no es fácil borrar los rasgos del rastro de la duda. La habitación envuelta una vez más en una perezosa oscuridad. 

lunes, 24 de octubre de 2011

Encuentro de Escritores y Músicos Independientes

Letras Ambulantes

Proyecto : Encuentro de Escritores y Músicos Independientes

Fundamentación
La tarea de hacer conocer nuestros textos y canciones a lo largo de la región y el país, llevó a Letras Ambulantes a reflexionar acerca de la carencia de espacios que permitan a otros creativos poder exponer sus trabajos, sus dudas y posibilidades. Pareciera que la labor en solitario es  la particularidad de todos.  Entonces es a partir de ello que decidimos abrir la propuesta que de acuerdo a nuestro fundamento como grupo trae esto de hacer de cada saber algo social. Esto  implica, exactamente, compartir un punto de partida que permita la interacción con otros, ya que el fin último de Letras Ambulantes es socializar el conocimiento y posibilitar la edición y venta de textos y discos a aquellos escritores y músicos que lo requieran.
La necesidad planteada así  trajo como consecuencia hacerlo posible en el mes de Octubre con una “Juntada por la Literatura”, haciendo extensiva la invitación a todos aquellos que se sientan identificados con nuestra propuesta.

Propósitos
·         Generar un espacio que posibilite, a escritores y músicos, reconocimiento de otros creativos, exposición de sus obras e interacción a partir de actividades operativas y de análisis.


Responsables: Grupo Letras Ambulantes.-


Actores sociales: dirigido a escritores y músicos de la región.-

Lugar:” El Refugio” (Amaranto Suarez 1665-Techos Verdes –Neuquén Capital-)-

Tiempo: Sabado29 de Octubre a partir de las 14hs hasta las 21hs-


Actividades:
-Apertura (14hs)
-Bienvenida: Propósitos del Encuentro (Letras Ambulantes)
-Exposición
-Lectura de textos por género-
-Actividad de Reflexión: “¿Por qué no escribir?”
-Hilada de escritores: ir realizando un texto a medida que se desarrollan las actividades que luego será editado por Letras Ambulantes y enviado a cada participante del evento.
-Cierre y puesta en común-
Presentación de músicos invitados.
                                                                Letras Ambulantes

martes, 18 de octubre de 2011

La vida es una fiesta

Los domingos suelen ser grises para mí. Por alguna extraña razón que no he sabido desenmarañar aún, llegan envueltos en una persistente melancolía, que con el paso de las horas se hace tristeza. Quizás porque en días de descanso tengo más tiempo para pensar, y ese ejercicio reaviva la conciencia que la prisa de la rutina semanal se empeña por adormecer. Lo cierto es que este próximo domingo ya se anuncia más desgarrador que los demás. Alguien me ha invitado a que así sea.
Puedo olerlo, está anunciado. Este tiempo en medio ha sido una simple pausa donde algunos pocos tonto hemos sembrado inútiles esperanzas.  Habrá gente de festejo de algún color, de cualquiera; a esta altura eso es casi lo mismo.  Habrá un grupo de gente saltando, sonriendo, gritando, entonando cánticos similares a los de las barras en las canchas, banderas profanadas, izadas impunemente sobre la desesperación de los que no pueden festejar.
A veces la vida me convida a ser feliz; soy de las que tienen ese privilegio. Y eso en estos tiempos genera una sensación bastante contradictoria. Entonces llego a Silvio y, también, pido perdón a los muertos de mi felicidad. Sé que no puede resignarse, menos con lo que cuesta acariciarla; pero no logro entender la indiferencia de aquellos que gozan sin esa consciencia necesaria que nos genera saber que somos pocos los que podemos repetir su nombre en voz alta. Y ahí los veo, festejando el triunfo, y redoblando la apuesta, haciendo de él un banquete. Veo como comparten la algarabía, como los tenedores, llenos de ese bocado, se pasan de mano en mano y como las bocas que los reciben muerden su parte y se acarician la satisfacción de sus estómagos, alardeando estar invitados al festín.
Miro por la ventana y encuentro las evidencias: la mayoría no alcanza. Es verdad Ismael, no importa si el vaso está medio o lleno o medio vacío si no sacia la sed;. y puertas afuera es tan grande el desierto, tan violenta la sequía, tan mortal la aridez.
Me indigno y me pregunto cuál es el motivo de la fiesta, cómo diagraman la lista de invitados, qué excusa vomitan en la cara de los que no tienen el derecho a participar.
Hay quienes creen y vociferan que el tren de la revolución está pasando por mi país; un lugar donde una vez más me hallo extranjera entonces. Me siento idiota, pues siempre creí que en esos vagones había lugar para todos, y que quien condujera sería incapaz de partir hasta tanto no se asegurase haber subido al último pasajero. El andén está repleto de gente, con sus maletas, cargadas de sueños; pero para estos revolucionarios esa parte del pueblo parece invisible.
Miro a mis hijos de reojo, juegan a unos metros de donde estoy. Intento distraer la impotencia que estas ideas me han plantado, entre su diversión. Pero es imposible, este mundo se esconde hasta detrás de los recreos inocentes. Comienzan a pelearse por la sorpresa que les ha traído un huevo de chocolate. "Lo que toca toca, la suerte es loca", dice mi hija mayor aferrando su derecho a conservar el juguete más divertido. Qué ironía. Veo la decepción en los ojos del más pequeño, con ese otro pedazo de plástico mal ensayado entre sus dedos, masticando el significado de la palabra "azar". Ella también lo nota y decide que ambos pueden jugar con lo que a la suerte le regaló. Él sonríe y todo vuelve a la normalidad.
No quiero pensar que la vida es tan caprichosa como el empresario que diseñó esas extrañas golosinas. Me rehúso a  pensar que estemos quienes tenemos el derecho a  vivir y que haya otros que tengan que conformarse con el juguetito hecho de las sobras. Y por sobre todas las cosas me cuesta creer que haya quienes ante esa realidad, aún tengan ganas de salir a festejar algún triunfo.

Mientras ellos celebren, este domingo, irremediablemente, será más cruel que muchos otros. Si también te sucede que esas jornadas se hacen jodidas,  te invito; es más fácil sobrevivir en compañía.


  .

Entrevista Efecto Tábano

http://www.goear.com/listen.php?v=dd05aca

martes, 11 de octubre de 2011

Otro retazo de "Epifanía"


H
acía demasiado frío, y agradeció haber llevado la campera, aunque, aún con ella puesta, no dejaba de tiritar. Cruzó todo el bosque guiada por un instinto que no sabía de dónde provenía. Su última odisea por allí había sido en brazos de Raúl, y la confusión de ese momento no le habría permitido recordar el camino correcto. Pero el sendero parecía marcado previamente por alguien, con hojas dispuestas de manera tal que tentaban los pasos de sus pies por encima de ellas y no les permitían caminar por otro lado. El crujir que las quebraba retumbaba sórdidamente entre tanta  afonía.

            Contó doscientos sesenta y siete pasos en el último tranco antes de verla. Ahí, sentada en medio de la  vegetación, entre la sombra de los árboles, sobre una manta roja vertida en el piso, estaba ella. Una mujer de unos ochenta años, casi de su misma estatura, rubia, envuelta en una especie de vestido hindú, y aromada con un incienso penetrante. La invitó a sentarse junto a ella y Paula accedió sin mayor cuestionamiento. Le tomó la mano izquierda y le extendió la palma, acariciándola suavemente con la yema de sus dedos. Cerró los ojos invitándola a hacer lo mismo. Pensó por un instante en dejar los párpados entreabiertos, pero no tenía caso haber llegado hasta allí si no iba a confiar en aquella mujer. Entonces la anciana inclinó su cabeza hasta tocarle la frente con al suya. El calor de esa piel, ajada por el tiempo ya, se sentía a su misma temperatura; tanto, que pronto le fue imposible delimitar dónde terminaba su rostro y dónde empezaba el de esa mujer. Olió la tibieza de la respiración ajena, exhalando un monóxido de carbono que ingresaba por su nariz convertido en oxígeno. Su aliento longevo cobró el sabor  de sus papilas gustativas y su lengua comenzó a confundir los extremos. Los dedos se sentían fundidos bajo una misma piel, enumerando nudillos de un mismo par de manos. El siguiente latido debilitó sus brazos, llenando sus huesos de unos poros que le dificultaban la tarea de mantenerse aferrada a esas manos que, ahora, semejaban ser las propias. Un zumbido, que ha de ser el que acontece cuando los oídos se cansan de tanto oír cosas que jamás creen, le acalambró las rodillas. La artrosis le tiñó el cabello  de blanco y le arrugó las huellas de la sonrisa.

            Abrió los ojos y se vio, de rodillas frente a ella misma, como rindiendo culto a lo que sería la huella de su mañana. Las cosas desde esa lejanía temporal, eran mucho más claras; y todo aquello que quisiese decirse no debía superar la valla de no querer escucharse, puesto que de alguna manera era ella dentro del envase de su futuro, pero el no haber llegado allí verdaderamente aún, le quitaba la posibilidad de controlar lo que a esa posteridad le ocurriese.
-No todo el mundo puede con esto- le advirtió.- ¿Estás preparada?

            De haber sido otra la circunstancia, quizás hubiera sentido miedo y hasta el reflejo de arrepentirse. Pero negarse a hacerlo esta vez era lo mismo que fallar; quedaría sentenciada a los confines del olvido, encerrada, amenizando anocheceres entre guitarras y compañías casi anónimas. Y las horas allí dentro habían sido devastadoras en combinación con su amnesia.
-Absolutamente- le contestó. –Empecemos-
-Una cosa más antes de que te marches. –

            La anciana extendió  su mano, abrió la de ella, colocó algo dentro y le apretó el puño fuertemente.
-Quizás eso te ayude si te perdés por ahí-
-¿Qué es?-
-Tu estrella polar-

            Paula prefirió no despegar sus dedos. Inspiró profundo y se marchó.

domingo, 9 de octubre de 2011

El rescate

Quise escribir algo que me distraiga. Escribir es una especie de exorcismo dijiste; pero este maldito demonio de la ansiedad no quiere irse. Ha encontrado la manera de asirse de las curvas y ángulos de las letras para quedarse aquí. Se cuela por entre los renglones y me dibuja frases que, al leerlas, me llevan una y otra vez al mismo lugar. 
Hoy es domingo, y eso puede hacerlo, aún, más peligroso. El estómago gira entre la afonía y su conjugación con palabras nunca dichas. Este es el momento en que desearía haber leído promesas; pero no están.
Tengo el bolso listo y un pasaje, sin fechar, pero sellado con ese mismo destino. Ella,  la ciudad que siempre me ha arrebatado los sueños, te ha secuestrado o está por hacerlo. Esta vez será diferente. La tercera es la vencida y ha llegado el tiempo de mi revancha. Llevo las valijas casi vacías, con el espacio justo para meterte allí y traerte de vuelta, conmigo.
Preparo un café y me siento, mapa en mano, a estudiar cada una de sus calles, intentando adivinar todos sus recovecos. Es difícil saber por dónde empezar con tantas esquinas y tanto silencio. El humo de mi cigarrillo dibuja en el aire posibles recorridos; maldigo su exceso de imaginación. Mis manos se apresuran para retratar sobre las hojas en blanco cada una de sus ideas, pero es demasiado rápido y algún que otro itinerario se me escapa. Enciendo otro, pidiéndole que se consuma un tanto más pausado.
El reloj, como siempre, mudo ante mi prisa. Lo miro fijo, pero sabe hacerse el distraído; sobre todo en víspera de feriados. Reviso insistentemente el teléfono; ya debería haberme llamado pidiendo el rescate. Pero aún no suena, y por un instante eso se torna sospechoso. “Síndrome de Estocolmo”… imposible. Rápidamente me saco los lentes y limpio las huellas de la preocupación de sus cristales. Te reirías si me vieses dudar. Debo mantener la cordura; sabemos de lo peligroso de la ansiedad. Suspiro y el oxígeno logra devolverme la calma; “ya llamará”.
Sobre la mesa el sobre, por si sale mal el plan. Siempre hay algo que hace quebrantarnos; quien lo diría, vos y yo dejándonos extorsionar.
A mi alrededor nadie parece haberlo notado. Qué insólito que tantas cosas sucedan así, entre gente que permanece indiferente. De todos modos, al menos esta vez, es mejor. No quisiéramos que nadie arruine nuestro plan por hablar de más. Cualquiera podría alertarla y entonces sí estaríamos perdidos. Es incómodo pero sabio el silencio.
Vuelvo al papel; el corazón se ha agitado demasiado y empieza a dar malos consejos. Quizás una ficción nueva convide a mantener el pulso firme y no desesperar. Pero hoy todos mis personajes están en huelga. Algunos por empatía, como el pobre prisionero que me ruega que vaya por vos, imaginando que tu libertad quizás se vuelva contagiosa. Las letras  se disimulan, temerosas, cuando andan por las páginas custodiadas por sus captores. Y es que están todos cortados con la misma tijera, y si Suárez descubriese mi plan, correría velozmente a contarle a ella. Mejor dejo el lápiz de lado; hay capítulos muy vigilados y no quiero correr riesgos. Además, aunque hoy parezca quieto, el tiempo pasa, y no sería afortunado que el día me encuentre sin haber terminado de decidir la estrategia.
Me pregunto si cuando estés encerrado te alcanzará la fe para vestirte de la certeza de esperar por mí. Sé, entonces, que debo apresurarme. Pero no demasiado. Habré de encontrar el equilibrio exacto para no ser descubierta pero no demorar hasta que te hayas rendido. Quizás eso sea más difícil que decidir por dónde empezar a buscarte en tan inmensa ciudad. Hay momentos en que sólo cabe creer, así, sin más, y este es uno de ellos. Cruzo los dedos y pido que el azar reconozca sus deudas y esté de mi lado. Tal vez sea el deseo, la esperanza, no lo sé; pero todo invita a pensar que así será. Encuentro pistas de ello en una canción repetida, en un mes casual con idéntico destino, en lo maravilloso de coincidir dentro de tanto mundo.
Repaso tus pasos, repaso los míos; miro el lápiz cobarde, el teléfono mudo, el papel titilando casi virgen aún; ojeo nuevamente el mapa, laberinto inmenso; reviso mis chances; fijo mis ojos en las pupilas del destino, a veces mi aliado, tantas otras mi enemigo. Respiro profundo y decido confiar en mi instinto. Abollo los borradores, desecho los planes y apago el cigarrillo que sigue empecinándose con hacerme confundir. Vuelvo al bolso y saco la poca ropa que había guardado; no quiero que el espacio para traerte sea incómodo, y el viaje de regreso es largo.
Miro el calendario y cuento los días que, como mínimo, imagino que tendrá la espera. Recuerdo tus consejos; la ansiedad, me repito, puede ser peligrosa. Pero qué si no puedo con ella. Y vencida por esta trágica realidad de no poder ser otra cosa más que yo, me adelanto y voy a buscarte antes de que llegues.
Mujer de poca monta, quizás mi única herramienta sea esto de escribir. Pongo todas las fichas a esta pobre arma, la única con la que puedo luchar; agarro otra vez el lápiz y escribo mi nombre en cada centímetro de la confusa cartografía. Acá estoy, agazapada, escondida silenciosamente detrás de estas letras que quizás poco hayan dicho unos meses atrás. Me escribo en cada centímetro de realidad, donde encuentre un hueco; y desde allí acecho. Mi mejor escondite. Sonrío. Estiro la mano y recojo el sobre para hacerlo trizas. Vuelvo a sonreír ante la idea de saber que no habrá lugar para dejarnos extorsionar. Me escondo y espero, siempre sonriendo. Este, lo sé, es un plan infalible. Respiro aliviada y la ansiedad comienza a disiparse. Espero por vos tranquila, porque desde acá tengo la certeza que voy a verte llegar sin que ella se dé cuenta. Y entonces, cuando se distraiga un segundo, habré de salir de entre las letras para rescatarte. Sigo sonriendo, y mientras tanto, otra vez,  me escribo. 

sábado, 8 de octubre de 2011

Bises (repetidos)

Va el primer intento.
-Olvidé que había prometido no hacerlo. Volvamos a empezar.
 Y una vez más, el mismo lugar común.
-Nunca más.
- ¿De verdad?
- Lo prometo.
Nuevo error.
-Fui un egoísta. Perdón.
-Me cuesta volver a confiar.
-Ya está; de verdad.
Siguiente excusa.
-Fue un impulso, no me di cuenta.
-Pero... lo habíamos hablado tantas veces.
-Ya lo sé, pero ahora lo aprendí.
El exceso.
-Es una de debilidad. Ayudame.
-No sé si puedo.
-Lo necesito.
El ocaso anunciado.
-Es que estás tan lejos... hace tanto tiempo.
-Podrías habérmelo dicho.
-No me animé.
-No puedo.
-No va a volver a pasar.
El primer final.
-No pensé.
-No puedo más.
-Por favor.
-Es siempre lo mismo.
-No esta vez
La inercia.
-La última chance.
-No hay tiempo.
-No me quites la posibilidad de demostrarlo.
-Tengo tanto miedo de volver a arriesgar.
El miedo.
-No te vayas.
-Me estás echando.
-Lo juro.
-Ya no te creo.
La sinceridad.
-(...)
-Siempre el mismo silencio.
La cobardía.
-(mejor miento)
-(mejor te espero)

viernes, 7 de octubre de 2011

Perpetua

Y a veces es así, más egoísta que otros días; y con todo lo que sucede a mi alrededor, yo que no puedo dejar de verme la punta de la nariz. Será por eso quizás esta condena. Acaso si hubiese aprendido la libertad hubiera olvidado ojear de tanto en tanto fuera de mí. Si así fuese sentiría orgullo de cumplir esta pena; aunque, confieso, no dejo de pensar que quizás esta idea sea tan sólo una manera de justificar los pasos errados.
Tengo bajo la manga la estrategia perfecta; vengo trabajando en ella los últimos treinta y un años de mi vida. Si es que alguna vez logro convencerme de querer salir de aquí apelaré a la declaración de mi insanía. Creo que de ella no habría juez que pudiese dudar.
Mientras tanto, elijo quedarme aquí dentro, hasta tanto junte el valor de saber que libre podré andar sin perder el rumbo...
Me quedo pensando... quizás ustedes conozcan un buen abogado... háganmelo saber.

jueves, 6 de octubre de 2011

Espera

Llueve, o quizás no. El vidrio de la ventana es tan opaco que no me deja otra chance más que adivinar si sucede o si ya acabó. Quizás mi vida entera esté rodeada de esos vidrios. Qué oportuno sería que, en vez de insinuar pistas engañosas, fuese más contundente al contarme cómo llegó el mundo hoy hasta la puerta de mi casa. Creo que, a estas alturas, ya debería haberme acostumbrado a ese tipo de actitud. Él duerme justo debajo de ella. Los miro de reojo e imagino entre ellos un complot. Seguramente, mientras no estoy, tienen largas charlas en mi honor, en las que llegan a ese macabro acuerdo de no dejarme ver las cosas tal cual son. Y eso sucede simplemente porque tienen algo que ocultar.
A menudo juego a hacerme la distraída, tal vez porque haya sido la única manera que encontré de sentirme un poco a salvo. Y vos, sentado en algún sitio que aún no he aprendido a imaginar, demorando tanto.
Vuelvo la cabeza hacia ellos otra vez, y allí están, lado a lado; él ronca, como si realmente estuviese dormido; ella duerme de manera más silenciosa. Y sé que entre esos cómplices estoy de más; es por eso que ni bien salgo de la cama él cruza todo su cuerpo transversal a las sábanas, como gritándome que allí no tengo más lugar. Ella sonríe irónicamente y en silencio, como siempre; porque aún no ha tenido el valor de mirarme a la cara y decirme la verdad. Me observa, pero no ha podido ser transparente, y hasta me mezquina los rayos de sol cuando éste se digna a aparecer.
Es por eso que elijo quedarme en compañía de mi café, su taza y mi cigarrillo. Es por eso que madrugo de más y cedo a la tentación de escribirte. Sumida en letras la espera se hace un tanto más amena. Además, mi espalda ya no tiene sitio para tanta distracción.
Ojalá te apresures, aunque sea un poco. Ellos tienen un plan, siempre lo supe; y esto comienza a tornarse peligroso. Llegará el día en que abra los ojos y ella decida hacerme creer que aún no ha amanecido; ¡y él actúa tan bien!...
Y qué si despierto más cansada que otras veces y acabo por creerles. Caminaré, insomne, por el pequeño espacio de la casa, hasta que el reloj gire una vuelta completa sin que ella me lo deje ver. Entonces, quizás caiga rendida ante el sueño; y al abrir los ojos seguirá siendo de noche. Como si el tiempo no sucediese, sabré que nunca será el día en que te vea llegar. Terminaré estancada, esperando con la desgarradora certeza de estar esperando en un sitio donde no cabe espera. En momentos de desconfianza, probablemente me aferre al café, suplicándole que me mantenga despierta para que no se me vuelva a pasar el amanecer. Y cuando todo siga en su sitio, quieto, como ellos quieren convencerme, perderé la hasta la noción del espacio. Entonces tampoco sabré dónde estás.
Ojalá te apresures un poco. Todavía hay tiempo; todavía quedan fuerzas para ponerme de pie, abrir la puerta y asomar la nariz para saber que la lluvia ya sólo es huella, más allá de lo que ellos quieran hacerme pensar.
Ojalá te apresures un poco,  antes de que llegue el día en que la espera me convide a olvidarme que tengo que aprender a esperar.

sábado, 1 de octubre de 2011

De "Fines y Principio"

"Pareciera suceder a veces que, esa desnudez con la que el tiempo nos viste para batirnos a un desparejo duelo en que él, acaudalado de finales repetidos, se coloca en rival de nuestra pobre y delgada piel,  nos acumula bajo distintas caras sabiendo que en el último latido su inmensidad habrá acabado por homogenizar nuestros gestos. Como si naciéramos dotados de un olfato que, a la guía de una nariz poco diligente, nos lleva tras las tramposas huellas que él mismo imposta. Desde el principio nos pelea, nos separa, nos enfrenta, nos distingue, nos discrimina, nos agrupa y nos clasifica. Mientras tanto, él se esconde en el lugar más flaco que nos encuentre; y desde allí alimenta, enciende y apaga las luchas en que nos sumimos por existir. Nos hace perder la vida en el ensayo de vivirla. Le acorta el tiempo a los osados que engordan en virtudes y no le dejan espacio. Demora el estreno hasta más no poder. Y se nos ríe a carcajadas en la cara al final de los aplausos. Él, sentado en primera fila sin que nos hayamos dado cuenta, y nosotros, todo su elenco, bajando la cabeza agradeciendo  humildemente esa aclamación. Y alzamos los rostros para reconocer que esa ovación o esos silbidos suenan sólo desde sus manos, desde su voz. Él, sentado en primera fila es nuestro único público. Y nosotros portando la misma cáscara con que nos ha envasado; un cuero que a esta altura, con las luces encendidas, es idéntico sobre mis huesos y sobre los tuyos. "

La clave del éxito

                Paso horas pensando en ello; para que veas, es sábado y llevo dos innecesarias horas despierta ya. Este madrugar exagerado es el resultado de los sueños agitados, que no ven más salida que despertar cada vez que esta idea los arrebata distraídos. Me acompaña el tercer café, y mi cabeza gira y gira, intentando dar a luz una nueva idea. 

            Mientras armaba el bolso, aquella primera vez, recordaba eso de que un viaje puede cambiar tu vida; llevo miles de kilómetros encima sin que eso ocurra así, tan abruptamente como esa frase promete. Estos días me encontraron obligada a desempacar y permanecer aquí, algún tiempo. En casa madrugo, no puedo evitarlo. No importa la hora a la que haya decidido ir a dormir, el amanecer suele tener que apresurarse cuando escucha mis primeras vueltas entre las sábanas amenazando levantarme.

             A las diez otra vez la chica de los libros y su disfraz, poco convincente, saldrán a caminar por el centro, sin muchos argumentos más que la última vez. Y estarán aquellos que acepten, pero sólo porque quieren ayudar, y cometerán ese “acto de arrojo” del que ella les habla cada vez que los encuentra. Estarán esos otros que, sin mayor problema, le dirán a la cara que nada tiene de interesante lo que sus hojas vayan a ofrecer sin siquiera haberlas ojeado. Pero seguirá caminando, porque sabe que siempre encuentra a los demás, a los que elijen creer, como ella.

             Les juro que mañanas como hoy, en las que las ganas de volver a la cama son más tentadoras que cualquier otra opción, la envidio. Yo, llena de horas de desvelo armando planes y más planes, convirtiendo hojas en blanco en bollos de papel arrugado, desechando ideas en borradores que vuelvo  a arrugar. Y ahí la ves, envolviendo sus sueños en un pañuelo, cogiéndolos bajo el brazo, y ya. Debo tener perdido por algún rincón de la casa un retazo de tela donde envolver los míos. Mejor los dejo; creo que hoy también la voy a imitar. 

Prólogo de "Lo demás es cosa de Valientes"

         Esta es una obra deliciosa, con la música que provocan los días, cayendo del almanaque, girando caprichosos, doliéndoles al tiempo, sonando en el silencio de las dudas, los caminos y el miedo. Esta novela lleva los acordes menores  y mayores que la vida y los sueños combinan. Tiene los sabores que usurpan cada paladar de notas graves, dulces, filosas y atrevidas.

            Es quizás, la novela de los fríos y calientes contrastantes, de los antes de hoy los mañana, de los rojo y azul complementarios, de los dolores que ya ni el tiempo quita y los amores que todo lo reparan.

            Esta es, como la vida, una novela de amor. Un amor necesario y repentino, demente y cerebral, crepitante y lodoso, epopéyico y frágil, perezoso y valiente.

“La cobardía es asunto
de los hombres, no de los amantes
los amores cobardes no llegan
ni a amores, ni a historias
se quedan allí
ni el silencio los puede curar
ni el mejor orador conjugar.”
                                           Silvio Rodríguez


Agustín Queipo.