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jueves, 1 de septiembre de 2011

Anti-opinión

                Hoy es otro de esos días tristes, uno más de esos días que se demuestran hostiles. Hoy es otro  de esos amaneceres a los que la injusticia le ha borrado la sonrisa de una bofetada, uno de esos en que despertamos envueltos en el virus del miedo.
                Soy madre también, aunque lo entendería si no lo fuese. Hay dolores a los que el nombre les queda chico. Pero esos dolores no suceden solamente cuando nos lo convierte en show empresarios mediático que, tras tener la posibilidad de permanecer inmunes (o al menos ajenos) a tanta fragilidad, deciden capitalizar sombras de almas rotas en números ascendentes. Porque no hay forma de lucrar con la desesperación si no es ajena.
                Hoy quizás haga más frío que otras mañanas, o quizás sea el silencio que queda después de tanto gritar que todo lo encrudece.  Hoy, he abierto los ojos después de que las pocas horas de sueño se mezquinen más entre pesadillas. Hoy, digiero la escasez de mi desayuno untado con esa extraña sensación que hasta, a veces, se maquilla de culpa, por la tranquilidad de ver que mis hijos sí duermen detrás de la puerta de su habitación. Tengo la sospecha de no saber qué estaría haciendo si me hubiese tocado protagonizarlo a mí. ¿Dónde estaría?; probablemente no tendría el coraje para resistirlo. Y entonces una imagen se me planta como reflejo, una que entiendo, que no justifico, pero que al menos, sé que no puedo juzgar. ¿Cómo pedirle a alguien a quien le han arrebatado mucho más que el refugio vital de la propia piel, que no tenga al menos el instinto de intentar recuperarla clamando por venganza más que por justicia? Imagino, tras ello, la impotencia quebrándole los pies, arrojándola sobre si misma, invitándola a caer.
                Entonces el tercer cigarrillo me invita a leer. Y allí está, erguida y orgullosa como siempre, esta otra realidad que a diario me seduce, invitándome a observar a su contrincante desde la ventana. Las paredes de esta anti-ciudad están llenas de gritos, su gente ha salido a la calle, cual legión, a exigir que las cosas cambien. Me cruzo, casi sin querer, con un amigo. Me está esperando con un cartel, una pancarta, que grita lo mismo que aquellos muros. El pueblo grita, llora, se agarra la cabeza, se pregunta porqué. La impotencia es gigante, el dolor ha dejado de llamarse dolor para apodarse con un nombre tan desgarrador que no nos permite siquiera repetirlo en voz alta. Comienzo a marchar, movida, no sólo por la desolación, sino por la fuerza que tienen las masas cuando se unen en una sola voz. Palabras que reclaman justicia, seguridad.
                Pero pronto, esas letras comienzan a desdibujarse, y me encuentran allí, dando pasos tras ellas, como si mi voz también las quisiera decir. Algo me alerta y me corre a un lado de la multitud. Como yo, otros tantos, perplejos, detienen su marcha. La voz se vuelve más ronca y comienza a repetir cosas que abren la puerta a un pánico mayor que el dolor con que este anti-país ha amanecido. Y detrás de las manos que sostienen  las más justas demandas, leo otras que me erizan la piel. La impotencia se ha convertido en odio, uno que acumula una vieja sed. Lo peligroso de que el odio haya encarnado en tan feroz apetito es que aunque uno hiciera a su antojo, raramente quedará satisfecho. “El pueblo argentino quiere pena de muerte”. Me pregunto entonces a qué pueblo perteneceré. Como ellos repudio la violencia y la injusticia, pero recuerdo a Gandhi, y sé que de a  “ojo por ojo, el mundo acabará ciego”; y yo quiero ser habitante de un mundo que tenga la vista bien alerta, que quiera ver. Una señora, unos metros más allá se desmorona al unísono que lanza una frase al vacío: “Que esta muerte no sea en vano”; y otra, desde el otro lado de la movilización, exigiendo que para “estos asesinos” no existan los derechos humanos. Caigo en cuenta que una muerte nunca es algo productivo, y de la cantidad de gente que ha muerto y las cosas siguen igual.  Me provoca una náusea casi incontenible saberme parte de este anti-mundo que a diario se lleva gente por las más diversas expresiones en las que la injusticia decide caprichosamente presentarse; y esta señora y yo cómplices espectadoras silenciosas. Si hasta hemos invitado al fantasma que justificó tantas desapariciones otrora, ese de “algo habrán hecho”.

                De pronto un sonido distrae mi atención y me provoca girar la cabeza en su sentido. Alguien ha traído consigo a la movilización un equipo de música, un grabador, alguno de esos aparatos más o menos modernos, y de fondo el paisaje se tiñe con estrofas que, hasta pegadizas, me invitan a bailar al ritmo de “soy feliz, soy feliz, vamos que la vida es una fiesta”. Curiosamente es la señora, que minutos antes caía sobre sus rodillas, desahuciada. Ya se ha puesto de pie, se ha sacudido el polvo que le dejaron las lágrimas como sombra en las mejillas, y hasta parece que ha empezado a tararear ese ritmo contagioso.

                El siguiente parpadeo me encuentra nuevamente en mi silla, frente a mi taza de café, que se enfrió, y el humo de mi cigarrillo. Las ansias de leer se van esta vez por otros caminos. Continúo una historia que hace unos días dejé. También allí, la ficción se había teñido de sangre en la mano de alguna injusticia. “Todo el barrio se conmovió con la noticia. (…).. En poco tiempo, entre versiones, acusaciones y disculpas, el barrio estaba por una u otra razón completamente movilizado. (…)Los días pasaron, a la prisa de siempre. No es sorprendente que algunas memorias caduquen, como aquí sucedió. Para el cuarto domingo, el quinto martes,  o el sexto mes, la historia había naufragado en el silencio. Como suele suceder, los vacíos se llenan de nuevos espacios repletos de desinterés por dolores que ya no se sufren; el sol insiste con salir hasta que un día el último soldado de la noche se rinde ante el brillo de sus pies; las voces, tan enfrentadas hasta entonces, se aúnan en el implícito perdón de la indiferencia. Pronto, la estrechez entre la injusticia y la absolución se unían en el desenlace de lo irresoluto.”

                La misma música persiste en sus intentos por seducir mis caderas; se me hará más difícil de lo que creo poder seguir leyendo. Me resuena una pregunta, hace cada vez más eco.  Las próximas semanas habrá alguna otra cosa de que hablar. Mi abuela solía decir ojos que no ven… ¿Es que el mundo no habrá enceguecido ya?

1 comentario:

Horacio Beascochea dijo...

Leo tu reflexión y en la tele siguen con el tema. Duele la muerte, no sólo la de Candela. Duele la que vemos todos los días, la de los que todavía siguen excluidos.

Pienso en el pueblo, concepto tan manoseado, en las diferentes concepciones y en aquellos que se dejan llevar. Esa señora que va de la tristeza a la alegría, al ritmo de los medios de (in)comunicación, que pasarán mañana a otro tema, porque así lo exige el raiting.

Buen texto.

Beso