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miércoles, 6 de julio de 2011

Capítulo VI de "Martes Penitentes"

VI

S
u voz la tranquilizó. Era él. No había olvidado regresar a casa. Era él. Había superado ese maldito encuentro, este endiablado martes. La había vuelto a escoger. Julia sabía del riesgo, pero ¡con qué moral habría de suplicar no exponerla semana tras semana!

            Escuchó el mensaje en el contestador más de una vez, quizás dos, quizás tres. Necesitaba convencerse de que no era parte de ese mismo sueño cobarde que la había dejado tirada en el sillón, al resguardo de cualquier mala noticia. Por fin, decidió aceptar la invitación. Subió corriendo las escaleras por los mismos peldaños que bajó acompañada de la vergüenza la mañana en que su pasión perdió la voz. Entró al baño, abrió la ducha y entre el vapor, que desdibujaba su imagen reflejada en el espejo, se permitió engañar su desconsuelo.

            Enjabonó sus brazos, para lavar los pecados del último domingo. Refregó su piel para quitar el deseo que aquella mujer tatuaba al trazo de sus huellas digitales. Se maldijo entre la espuma del champú por tener más secretos que enterrar de los que habían acusado alguna silenciosa disculpa. Pero por más que se jurara sellar las sombras sabía que volvería a mentir. Y otra vez, otro martes, otro miedo al desayuno, otra tarde de espera entre dedos cruzados y promesas de última vez, hasta el próximo suspiro de impunidad el próximo miércoles por la madrugada, cuando él volviese, decidido a seguir sin ver.

            La realidad es que ella ya no temía, o al menos no tanto como el primer martes en que él le contó que habría de salir a buscarla. La realidad es que el miedo se disipaba cada vez que él regresaba de ese absurdo encuentro, y que ya le costaba renovarse en cada amenaza de huida, un poco más. Los lunes eran cada vez más ridículos, y ella lo sabía. Pero la insensatez de esa terca decisión mentirosa de Francisco de encontrarse con ella, se  mezclaba con el dejo de sabor que los besos de Irma habían impregnado en los labios de Julia la tarde anterior. Tal vez era que el paladar no llegaba a teñirse de la culpa necesaria para hacerla abandonar su repetida traición, porque contaban con la bendición del templo, cómplice de sus dominicales excusas de encuentros. Recordó temerosamente, envuelta en el toallón, el primer instante de pánico al verlo sentado allí, en el sillón, mientras ella acomodaba su blusa y su compañera de infiernos se desvanecía tras la disculpa. Recordó el silencio y sus ecos amenazando un final que la dejaría vacía de principios, no sólo por la falta de coraje para enfrentarse con el destino, no sólo por lo embarazoso de mirarlo a los ojos después de haberlo burlado, sino por la declaración de cobardía que significaba haber empeñado el tiempo de vida en una muerte que acababa de morir. Esa mañana la corbata, desde lo alto de la habitación, le contaba sobre la quietud a la que su antigua falta de brío y su nueva ausencia de ímpetu, estaban por atarla. Mientras Francisco subía las escaleras se imaginó quieta, fría, estancada. Y es que pasamos la vida entera preguntándonos qué hay más allá de la vida, pero jamás esbozamos una hipótesis sobre qué debería haber antes  de la muerte. Recordó que la intriga se le volvió carne a la luz de la indiferencia con que Francisco volvió esa noche. Quiso preguntarle si esa humedad en la mirada eran los restos de las mismas lágrimas que le  brotaban a ella de los ojos en ratos en que el mundo la olvidaba; pero es que ella aún no descifraba si las llenaba el nacimiento o estaban vacías luego de regar el entierro. Recordó que esa misma tarde él traía la corbata en la mano, que ella tembló ante la idea de que fuese el mismo olvido delator, el arma de la venganza. Pero él entró a la casa, esa tarde, como tantas otras, con una sonrisa cansada dibujada entre la comisura de los labios que susurraba la alegría de volver. Parecía amnésico, a pesar de que la ironía apretujaba cada vez más fuerte la corbata, presa de su puño. Con ese mismo sarcasmo la amó apasionadamente esa noche. Julia buscó chispas de burla airada cada vez que él pronunciaba el nombre de Irma, pero nunca podía acusar esos comentarios de furia. Pronto supo que lo que su marido había velado y enterrado era el recuerdo de aquella tarde; y que esa muerte había sido tan violenta, sorpresiva y repentina, que ni siquiera tuvo que vestir de luto.

            Salió aun mojada del baño, dejando huellas de agua hasta la habitación, y comenzó a  vestirse. Mientras elegía entre blusas pecaminosas, vestidos aliados en la infidelidad, recordó la primera vez que un día martes osó escribir su nombre con mayúscula, con una tipografía tan sobresaliente, que terminó por escaparse del calendario. Desde esa vez las hojas del almanaque parecían converger en una especie de agujero negro que se repetía semana tras semana. Desde esa  vez los lunes habían aprendido a temblar, y los miércoles reafirmaban, una y otra vez,  su voto de vida o su sentencia de muerte. Desde esa vez en que la pesadilla desertó el prolijo plan del olvido de Francisco, la memoria se llenó de dudas. 

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