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viernes, 1 de julio de 2011

Capítulo III de "Fines y Principio"

III

    C
omo todas las noches, Elías hacía la recorrida habitual por los enormes y sombríos pasillos que custodiaba. “¡Qué inútil!”- pensaba- “Nunca nadie ha podido escapar, y nunca nadie podrá hacerlo. Si ya estas pobres sombras han perdido hasta la memoria de sus antiguos reflejos. De qué les serviría escapar, si ya no tienen lugar donde refugiarse; y si milagrosamente lo encontrasen… creo que les sería imposible admitir el tiempo perdido”- pensaba en cada paso que daba por aquellos corredores. Y pensar en lo ficticia que sería una huida lo hacía sentirse absurdo. Era completamente inútil su función allí. Y si era inútil su función, era estúpida su presencia en aquel lugar. Pero cuánto tiempo había pasado allí realmente. Por un momento intentó recordarlo.

             A diario recorría cada recoveco de la prisión; dos veces al día para ser exactos. Con el primer rayo de sol, contaba cada uno de los cautivos, en el afán de corroborar que ninguna vigilia nocturna hubiese logrado liberarlos; y con el primer destello de la luna, se aseguraba su letargo. Nunca nada dejaba de estar en el lugar que podía imaginarse antes de su paso; realmente lo único que pasaba por allí era el transcurso del tiempo.

Conocía de memoria cada centímetro del recinto; podía dibujarlo cual una máquina fotográfica. Largos pasillos, oscuros, apagados, brumosos, lánguidos, rodeados de angostas portezuelas. Cada una de ellas conducía a un tenebroso calabozo. Podía olerse desde afuera lo rancio de las trasnochadas desilusiones que en ellos se albergaban. Las paredes mohosas confinaban desesperaciones a la frustración de saberse desesperadas. Los innumerables corredores convergían en una galería principal, acaso más lúgubre que los propios calabozos. En el centro de la misma, sobre un envejecido escritorio, tapada de polvo y papeles, se dejaba ver una computadora, en cuya memoria se almacenaban extensos archivos que testimoniaban las huellas de pretéritas voluntades.  Elías nunca tuvo acceso a esos archivos, pero conocía mejor que nadie a cada una de las disuadidas almas que habitaban la prisión. No porque hubiese conversado con ellas, ya que el desgano que las invadía les impedía hablar. Pero el correr del tiempo dentro de esas paredes le había enseñado a leer los extensos silencios que albergaban.

Por un momento intentó recordar cuánto tiempo había pasado desde que él mismo llegó allí. El pensamiento derivó en una interminable serie de imágenes, una idéntica a la otra pero distintas entre sí. Como en un sin fin de espejos, donde los reflejos de los reflejos se confunden de manera tal que logran robar identidad a la imagen que logró desencadenar la sucesión de espejismos. La confusión que esta realidad clonada logró, lo hizo olvidar por un momento si era él quien pensaba los recuerdos o los recuerdos los que piadosamente estaban evocando su existencia. Se restregó los ojos y logró así salir del caos en que ese pensar lo había sumido. Y volvió a intentar recordar cuándo fue que llegó allí. En ese instante se dio cuenta de que, no sólo no podía recordar cuánto tiempo había pasado en ese sitio, sino que también le era imposible recordar cómo había llegado a ese lugar. Entonces, un frío le recorrió el cuerpo, y como si la sangre se le espesase, pudo adivinar su curso por cada rincón. Las bocanadas de aire comenzaron a espaciarse al punto de hacer de las pausas de la respiración un ahogo, que más que amenazar de muerte, traía oleadas de lucidez. -“Ojala la monotonía de estos confines hubiese logrado abolir esta llama de claridad”- pensó, y se sentó sin titubear frente al monitor de la máquina.













1 comentario:

Cristian Baletto dijo...

Me ha llamado la atención el título, por lo que le siguió una lenta lectura a las 3:00am mientras el tibio café mojaba mis labios.

Me ha fascinado. Gran trabajo.