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lunes, 25 de junio de 2018

Sobre vos


Me gusta pensar que soy poesía sobre vos, que te escribe cada vez que te besa, que te recorre hasta encontrarte la palabra justa y regalártela vuelta belleza, que por más inmensa que sea siempre le queda a corta a esa que en verdad sos. Me gusta pensar que soy canción que canta sobre vos, que sostiene el ardor de los acordes sobre las huellas de tu contorno, que entona tus silencios y los pronuncia con exactitud, que te declama y te atestigua manifiesto. Me gusta pensar que soy razón que argumenta sobre vos, que tiene la osadía de burlar las contradicciones lógicas y las tautologías, que te llena de fundamentos para entregarte de brazos abiertos a la locura rotunda e irremediable. Me gusta pensar que soy memoria sobre vos, que atesora cada detalle de cada uno de tus momentos, que te refleja y te evidencia, que vuelve consciencia tu identidad.
Me gusta pensar que soy fuerza de tu lucha, convicción de tu resistencia, acierto de tu rebeldía, bandera inclaudicable de tu libertad.

miércoles, 13 de junio de 2018

Dia de les escritores

Esto de que nuestro día coincida con una jornada de lucha como la de hoy me gusta pensarlo como una suerte de mensaje. Soy mujer, trabajadora del arte, soy escritora, y estoy convencida de que la suprema tarea del arte en una sociedad dividida en opresores y oprimides, es participar consciente y activamente en las luchas contra todo tipo de opresión, porque, como decía Trotsky, el arte y la cultura forman otro frente de lucha; escritores y artistas (somos) sus soldados. La libertad empieza por nuestras cuerpas.
Que ardan las plumas, que grite la tinta, que se gasten lápices y sacapuntas. Hoy, Aborto Legal, Seguro y gratuito YA!



martes, 12 de junio de 2018

Pienso

El mundo se desangra, la tierra arde, el hambre hiere, el frío pega incluso más rotundo que los últimos inviernos. Los pies más pequeños pareciera que a la intemperie crecen demasiado flacos como para pisar con fuerza y dejar huella, entonces se vuelven invisibles; caminan, andan, corren, por todos lados, con lo mocos a cuestas, con las ganas cansadas, con la tristeza de sus ojos profundos, ojosuniverso, cegados de tanto ver. Porque algunas esquinas son más puntiagudas y a los que les toca caer ahí, encima, el azar los tira de vientre. A veces aprenden a sobrevivir a la miseria endémica; se rinden ante la tragedia aunque saben que mejor muerto que moribundo. Les han robado hasta la libertad de pensarse una suerte diferente. 
Las cosas siguen con su prisa de siempre. Suena el teléfono, el despertador, la alarma, el volumen histérico del televisor. Un grupo de fanáticos desde la catedral de enfrente grita que defiende la vida de los dos, y los párrocos afilan los dientes, rezan cuatro padres nuestros y lavan por anticipado los pecados que sobre los cuerpos de los no abortados habrán de cometer. Ave María, sin pecado concebida, hay vida desde la concepción, se cuelan las prédicas disfrazadas en harapos de una moral arcaica y pestilente. El frío llena de estertores la tierra que aún late debajo del asfalto. Los cuatro puntos cardinales tienen la fuerza suficiente. Escaño contra cultrum. Ni patria ni muerte. Te salvan el hígado pero te hipotecan el corazón. 
La poesía rebota contra los muros de la gente indiferente. Pero ni la hiel ni el desengaño le dan luz de funeral. Y sale a la calle aun más convencida, suicida, valiente, desafiando el ataque de los acreedores francotiradores de boletas vencidas en mi buzón. Lanzo una pregunta al aire y la veo girar hasta perderse en el embudo que deja el frenesí de los tratos y contratos. Las tiendas subastan cabezas inocentes pero los salarios no alcanzan para recuperar ni la mitad. Hay que conformarse con media risa dice el manual del buen ciudadano, y los comerciales proponen rebajas, y los contenedores de la rabia convierten en votos la consignas del enojo y disfrazan de rojo lo que prometen que no es otra cosa que una sonrisa de cotillón. Y después están los de la ley de atracción, los que te culpan de las malas vibras, lo que justifican la sangre derramada, y te invitan a dejar de gritar. Y i la mística del karma no acaba por convencerte, y si la promesa del paraíso resultante de tu sacrificio tampoco te tienta atrás viene la ciencia y te recita unos cuantos miligramos de felicidad. 
La vida vuelta mercancía se ofrece obscena es inmensos escaparates. Los bancos te embargan los sueños y te hipotecan las pesadillas. Mientras los grandes pensadores se acarician la barbilla y redactan teorías y excusas para la resignación. 
Me acusaron de quedarme afuera de toda esa cordura, me señalaron y me auguraron la más profunda soledad. Nunca pensé en dejar de luchar, aunque confieso que el paso impar me daba algo de miedo. Pienso en lo grande que es el enemigo y la sangre bombea más fuerte. Bendigo mi suerte por aparecerte. Dame la mano, estrujémonos, utopía a utopía y salgamos a cambiar el mundo, hagamos el amor y la libertad.

miércoles, 30 de mayo de 2018

Contar


Yo sé que uno tiene miedo, porque está acostumbrado a contar en cantidades. Entonces los números se amontonan, se pisan los talones, se empujan, se estrujan, se es-ta-bi-li-zan. Y la vida es orden. Orden necesario; sobre todo después de haber descubierto que no es el sol el que se pone y sale cada mañana por el horizonte, sino que somos nosotros que estamos parados sobre un suelo que nos urge que sea firme, que la idea de movimiento marea y no sé si voy más rápido o más lento de lo que parece, ¿y si estoy yendo para atrás? ¿Y si todo lo que pienso que fue en ascenso no fue otra cosa que un engañoso camino horizontal porque la tierra giraba en otra dirección y mi escalera apuntaba para el norte equivocado, y fue todo tiempo perdido?, y me veo yendo y viniendo sin sentido porque no soy yo quien lo controla. No. Nadie puede vivir en paz en un caos ni siquiera parecido a eso. Entonces contás; pero contás en cantidades, que no es una redundancia, porque contar para mi es una palabra mucho más bella, es lo que me corre por la sangre, qué sé yo, es mi esencia. Pero el mundo está lleno de injusticias, y contar números es una de ellas. ¡Con todas las cosas bellas que se pueden contar! Yo preferiría contarte cómo me eriza la piel el roce de tu sexo, cómo es la maravilla de que en ese microsegundo de lo más fugaz de tu beso me quepa el mundo entero, cómo el efecto de tus ojos dibuja sobre la sombra de mis párpados ese no lugar, ese que ni acá ni allá, tan que en ningún sitio y tan en todas partes. Pero no, en la vida se cuentan cantidades. Y aunque yo quisiera hacerle un juicio a la real academia española o al arbitrio estúpido de este colectivo fuera de servicio que es la sociedad, por pretender sinonimar contar con computar, calcular y todas esas cuestiones tan del capital, así está establecido.
Establecer viene del latin stabiliscere, y significa “poner para que permanezca en una posición específica”. Stare (parado), abilis (posibilidad), scere (proceso durativo). ¡¿Cómo se le va a ocurrir a uno venir a desordenar!? Las cosas tienen que estar en su sitio, en esa coordenada temporo-espacial que no es más que otro número, una cantidad tridimensional, que se acomoda al lado de otra, y de otra, y de otra más, y van formando ese colchón sedimentario sobre el que apoyás la cabeza tranquilo, donde al fin podés conciliar el sueño, seguro de que mañana todo sigue igual. ¿Sobre qué sino sobre números puede uno atreverse a dejar de pensarse tan efímero como lo es en realidad?
Pero a veces las cosas te escupen, se dinamitan, te estallan en la cara. Y lo supiste siempre, oscilaste entre la certeza que te llevó a no dejar de buscar y, en tiempo más cobardes, la sospecha que, por mínima que fuera, te permitió sobrevivir. Caminás con la inercia de siempre, un día cualquiera, por cualquier lugar, y se te cruza un meteorito que te recuerda que hay vida más allá de la muerte a la que convida la cotidianeidad. Y no sabés cómo, pero el vértigo te gira en espiral y en la estela que dibuja el movimiento descubrís que en la eternidad no hay lugar para cadáveres, funerales, muertos ni entierros; que la magia sólo es posible si estamos locos y que el amor es lo que nos hace libres.

viernes, 4 de mayo de 2018

(In) Sanidad




Primero brillar. Engordarle el alma hasta volverla más esponjosa que una nube, y verla flotar. Retratarla, en casi todos los rincones de tu cuerpo. Que todos los átomos que la componen se amoléculen cual gas. Etérea, que casi no puedas tocarla, que intentes agarrarla y se te escape por entre los dedos y la veas escapar. Se escapa. Se escapa, se te va.
Segundo arremolinar. Que tus dedos la busquen constantemente, y que no la encuentren. Que la esquiven. Que tus palabras le atraviesen la cintura hasta hacerle creer que tiene los oídos en el ombligo. Que tu entrega se susurre, y cuando puedas, que enmudezca. Que pierda los ojos leyéndote los labios, que no te entienda. No te entiende. No te escucha, ¡gritá!
Tercero vomitar. Decile, confesale, revelale todo, hasta que cada letra se le haya tatuado en la cara y puedas leerla cada vez que la mirás. Desahogate, escupile todo, hasta lo que pensaste de aquellas otras, hasta lo que incluso jamás pensás. Arrojale palabras con doble sentido, que la hagan moverse de acá para allá para poder atajarlas, palabras como lanzas, puntiagudas y rápidas, decididas y repetidas, que la vuelvan punto de un blanco tambaleante. Tambalea, tambalea, y te mareas.
Cuarto observar. Mirala, mirala fijo, recorrela de mugre entera. Acercate y olela, profundo, que la porquería te invada las vías respiratorias y te provoque nauseas. Mostrale tus arcadas, la expresión de tu repugnancia. Girá violentamente la cara hacia donde ella no está y que el aire de esa maniobra le impregne de asco su propia nariz. Que se huela hasta saberse sucia y se retuerza tirada en el piso, con tanta fuerza que parezca que las baldosas se la tragan. Se la tragan, se hunde, ¡la tenés que ayudar!
Quinto rescatar. Inspirá profundo. Regalale tu mejor sonrisa vestida de piedad. Y tomala en tus brazos. Está quizás más liviana que al principio. Cuidado. Tirita su fragilidad. Es blanda, maleable. Si el procedimiento fue hecho al pie de la letra, y si sobrevive, sus huesos se habrán pulverizado y necesitará desde ahora sostenerse sobre un esqueleto ajeno. Movela, llevala a donde quieras llevarla. No te la dejes olvidada. Tenela a cuestas. Con el tiempo se vuelve una carga y pesa. Pesa, estorba, molesta, ¡la tenés que tirar!
Sexto extirpar. Este apéndice te ha robado la energía. Es un parásito que te paraliza. No podés morir mirando cómo se mueren los días. Arrancátela, de un tirón, firme y seco, y tirala lo más lejos que las pocas fuerzas que te quedan te permitan. Y empezá tu recuperación. Poco a poco vas a sentirte mejor. Hasta sanar.
Estás sano.
Hasta que te vuelvas a enamorar.
                                                                                                              A.R.

viernes, 20 de abril de 2018

Metempsicosis


La primera vez creí estar enloqueciendo. Estábamos en medio de una charla en la cocina. Yo batía el café y esperaba la pava mientras él, sentado unos pasos más atrás de mi espalda, habló distinto. No era que dijera nada que no hubiese podido decir antes, ni que la voz no fuera su voz de siempre; pero podía jurar que había algo distinto. “Estoy bien; no me pasa nada”, dijo sonriendo y decidí espantar esa estúpida idea.
Unos días después estábamos acostados, al borde de dormir, y cuando quedé casi inconsciente un sonido desincronizado con el que sabemos hacer juntos, me despabiló. Una tercera respiración. Supuse que sería yo que estaría roncando, y lo supuse tan insistentemente que logré volver a dormir.
Pero volvió a pasar la noche siguiente. Y la siguiente. Y luego una vez más. Entonces el argumento del ronquido no fue suficiente, y tuve que levantarme para mojarme la cara, creyendo que el frío del agua haría ahuyentar mis sospechas. Pero camino al baño todo fue peor. Ya no oía a otro respirar, sino que sentía como si desde algún lugar escondido me observara. Corrí las cortinas de la bañera, abrí las puertas del placard, revisé debajo de las camas y del sillón, en el lavadero, controlé que la puerta estuviese cerrada. No encontré nada que justificara despertarlo, de modo que sin querer le choqué la pierna cuando volvía a meterme en la cama y logré, entre sus rezongos, el abrazo que me calmara.
Al día siguiente salí de la casa junto con él y no volví hasta saber que ya habría regresado.
Fue cada vez peor. La próxima semana desperté y encontré a otro en su lado de la cama. Salté horrorizada, le grité que se fuera, que yo no sabía quién era, lo empujé, lo patée, le pegué, le revolée todo lo que tuve a mi alcance. Estaba tan aturdida, tan aterrada, tan confundida que no supe qué decía, vi que intentaba abrazarme, que movía los labios, que se acercaba y se agitaba, que me quería controlar. Y que pegó tal portazo al salir que me ensordeció más.
Me derrumbé. Me hice una bolita en el piso y temblé, como último instinto antes de quedar paralizada.
Cuando él regresó y me encontró así, me abrazó todo el rato que duraron mis lágrimas. “Ya pasó”, dijo mientras prometió no volver a irse. Quise contarle de la pesadilla de amanecer junto a su impostor, pero el miedo a hacerlo sentir culpable de lo que había sucedido en su ausencia se tragó cada una de mis palabras. Estaba tan segura si estábamos cuerpo a cuerpo…
Y pasó otra vez. Algo se lo llevó de golpe y me plantó un intruso que quiso adueñarse de su lugar. Repetitivamente. Aprovechó cada descuido, cada distracción para reemplazarlo de a ratos, cada vez más largos, más confusos, más crudos. Crudos porque con el tiempo y los intentos fue logrando mimetizarse mejor y comenzó a costarme distinguir que no era el verdadero él con quien estaba. A veces dudé tanto que me negué a su sexo por no serle infiel.
Las horas, los días comenzaron a escurrirse entre mis intentos por encontrar el escondite, el agujero desde donde este farsante esperaba el momento justo para abducirlo, retenerlo, secuestrarlo y meterse camuflado en mi rutina pretendiendo ser él.  Vigilé sus movimientos; cada vez que se iba, incluso cuando simplemente entraba al baño o cerraba la puerta de la habitación, yo entraba en pánico. Hasta, pensando que en un pestañeo lo habían trocado, herí al original.
Entonces supe que mi instinto y mi criterio no eran de confiar.
Y ayer… ayer creí que no me equivocaba, estaba segura de saberlo brillando tras sus pupilas transparentes a mi reflejo, sentí ese calor tan suyo que no existe nada igual. Y me atreví a poner en palabras el infierno con el que estaba conviviendo, al que poco a poco me costaba más sobrevivir.
“Siempre soy yo”, dijo matándolo sin dejarme siquiera despedirme.
Hoy el infierno no es sólo una sospecha, no es tan sólo una amenaza que se apodera de a ratos del mundo, no es una simple posibilidad. Hoy mi locura no es una mala defensa, un barato alegato de un homicidio impune, sino la prueba de su ausencia, de su espacio vacío, son sus ojos desde las entrañas de los muros que me observa y me suplica que no me olvide de quien verdaderamente es. Y mi apnea, que ensaya noche a noche, por si logramos volver a sincronizarnos, por si logro sentir que me escucha, por si me siente más allá de la muerte, por si este cuerpo que demora en darse por vencido logra juntar el coraje que se necesita para cruzar el umbral.


lunes, 19 de marzo de 2018

Réplica Revista Machete



Alejandra Rey (Escritora)

Soy mujer, en un país en donde una de nosotras es asesinada cada treinta horas; una sobreviviente. Y soy trabajadora. Eso en esta sociedad capitalista es sinónimo de doble opresión. Vivo en Newken, territorio mapuce, en estos días, cuando se vuelve más obsceno que la conquista y la colonización no ha terminado, cuando el estado arremete con la impunidad característica de sus instituciones al momento de defender sus intereses, entonces salen a cazar al pueblo mapuce, los allanan, los desaparecen, los encarcelan, los judicializan, los extraditan, los asesinan. En tiempos de profundización de crisis, inevitable en un sistema que hace tiempo está en descomposición, en tiempos de ajuste y precarización laboral, en tiempos de cierres de fábricas y despidos, en tiempos de hambre.

Pero también soy mujer y trabajadora, en el mismo lugar donde treinta y seis obreras textiles enfrentaron al gobierno y a la patronal defendiendo sus puestos de trabajo, en la misma provincia donde miles de docentes se movilizan en defensa de la educación pública, en la ciudad de los obreros de Zanon FA. SIN. PAT., uno de los iconos más importantes de la lucha de la clase trabajadora, en la provincia del Cutralcazo, de las multitudes en la calle en respuesta a cada ataque.

Soy mujer, trabajadora del arte, soy escritora, y estoy convencida de que la suprema tarea del arte en una sociedad dividida en opresores y oprimidos, es participar consciente y activamente en las luchas contra todo tipo de opresión, porque, como decía Trotsky, el arte y la cultura forman otro frente de lucha; escritores y artistas (somos) sus soldados.