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viernes, 16 de noviembre de 2018

Fragmento del próximo libro, sin título por ahora


Reabrían Las Palmas, mientras las paredes de toda la ciudad exigían que Sergio apareciera con vida. Todo un símbolo de impunidad. Siete años buscándolo. “La desaparición de un estudiante no puede inhibir en forma permanente la actividad lícita”. No, lógico, la vida de un chico del interior jamás sería más valiosa que las cuentas bancarias de ningún burgués. Catorce de Junio, el día del cumpleaños del Che. Tenía diecinueve años cuando desapareció.  Mi fuerza sale de la esperanza de tener Justicia, de saber qué pasó”, dice Asunción mientras le crecen arrugas a la muerte que avanza. “Necesitamos que se garantice la justicia y la investigación de estos hechos, que dañan la imagen no sólo de esta región sino del país”. Declarando con total obscenidad que nuestras vidas les importan un carajo. No dejan pasar oportunidad para recordártelo; así de cínico les gusta jugar.  Toda la pornografía de sus discursos bien ornamentados, como para que el mensaje entre sin levantar sospecha. ¿Cómo salir a decir sin más que Sergio estaba borracho y drogado como todos los que van a ese lugar sin que los que tenemos algunos gramos de dignidad  les saltemos a la yugular? Pero necesitan ese murmullo que por lo bajo empieza construirles las excusas, algo habrá hecho. Entonces el nombre de dios hace las veces de vaselina y promete convertir el Fuerte en un centro de sanación para la juventud perdida y endemoniada.
El boliche tenía cuarenta cámaras de seguridad que dejaron de funcionar quince minutos antes de que entrara Sergio al lugar. Polito; nadie sabe nada de él. Desde un principio se sospechó que a Sergio lo mataron a golpes los patovas del lugar; los milicos y sus costumbres. Luciano Arruga tenía dieciséis años cuando la policía bonaerense lo secuestró. La policía hostiga, persigue  y reprime a los jóvenes de los barrios populares; los usan como “carne de cañón” para el crimen organizado con la complicidad del poder político y judicial. Luciano se negó a robar para la bonaerense. “Pasa a contarme de la hazaña/la de su cara en el cartel/pues le envanece las entrañas/no haber consentido al poder./El que conforman los bufones/de este sistema criminal/la mafia de los “sin cojones”/la policía nacional.[1]  Cinco años y ocho meses después de su desaparición, el cuerpo de Luciano apareció enterrado como NN en el cementerio de La Chacarita. Pareciera que la única vida a la que tienen derecho algunos es a esperar y aguantar que la yuta los cague a palos. No hay mayor inseguridad que los asesinos de uniforme en la calle, sean milicos o policías.  Palizas, torturas, detenciones, golpes, violaciones, extorsiones, desapariciones. La muerte oficial prefiere a los pobres. “El crimen de Estado no se define por la característica de la víctima sino del victimario. Es el victimario el que decide de acuerdo con las necesidades de su etapa a quién reprimir en cada momento. Ocurrió con organizaciones revolucionarias y una clase obrera combativa en pie. Pero terminada la tarea de limpieza durante la dictadura, con un terrorismo de Estado explícito, se produce el recambio del general borracho por el demócrata que recita el Preámbulo. Lo que había que hacer es lo que te dice tu mamá cuando te termina de ordenar el cuarto: “Bueno, ahora mantenelo”.”[2]



[1]              “Él” Copla (Canto obligado por Luciano Arruga). Salta la banca.
[2]              María del Carmen Verdú

domingo, 4 de noviembre de 2018

Resistencia a la suerte


Tocar la guitarra. Cantar. La misma estrella atreviéndose en tu mano. Caminar hasta el borde del río. Las deshoras atrevidas. El eco de las palabras del silencio. El café frío. El mate oscilando entre el ácido y la desórbita de la insulina. El desorden de los días que nos pasan por el costado. La ropa acumulándose en el piso. Los platos limpios, porque son pocos y hay que volver a comer. La sed. El nudo en la garganta. El aliento revuelto cuando bajamos del micro. Tus ojos cerrados sobre el calor del asfalto y las colillas en las plataformas. La voz de la terminal anunciándonos que aunque nadie haya ido a recogernos, la urgencia de la ciudad nos espera. El desconcierto buscando alguna evidencia de que no equivocamos el destino. Los pasajeros y sus prisas despeinadas que los amontona al pie de la bodega. Las valijas y el sobrepeso. Mi sobrepeso y tu cuerpo que me hizo olvidar que el del asiento de atrás quizás nos veía y adivinaba la razón de los jadeos afónicos bajo la manta. El abrazo desgarrador de alguna madrugada. La plata para el taxi y el próximo desayuno. La huelga de hambre cuando volvamos a casa. El granizo. El humo de atados enteros de cigarrillos. Los años de desencuentros. Los encuentros imaginarios durante esos años. Las cosquillas en la panza cuando subamos en ascensor. Tu coraje y mis sombreros. Lo idéntico. La fuerza del río. Lo inevitable. Un helado de chocolate y vainilla. Un caramelo. El desvelo entre los libros. Vos. La razón que echa raíz.
La gente no pregunta por eso. A lo sumo un beso un poco más profundo que el que obliga la rutina. Y la charla nunca va más allá. Porque uno intenta desnudar el desborde, tiene tanto para decir. Pero cómo le explicás a quien pasa las horas entre cuentas y oficinas, entre pagarés y abrochadoras, que es en el gajo de una mandarina que te ofreció una mano a la que viste por primera en la espera de una terminal, a la que quizás nunca vuelvas a ver, en donde cabe el mundo. Cómo les ofrecés la maravilla de improvisar un documental sobre hormigas mientras descalzás tu cansancio y despertás tus pies. Cómo pronunciás la libertad sin encerrarla para definirla, ponés en palabras los intentos. Los impostores transforman el coraje que tenemos para nombrarla en un álbum de fotos baratas de los grafemas, ni siquiera de las letras, la entonación o la gramática. Imágenes, que caprichosamente podrían ser simples garabatos. Lo mismo vale la tinta que derramó sentencia de muerte que descanso en paz, si escribir no fuera más que ese acto mecánico de combinar los palitos, rayas, puntos y curvas que forman fonemas, mentirosos, de otra voz, que quizás te articula entre las cuerdas vocales por obligación, por pulsión intelectual. Yo quiero que me lean con hambre, que me traguen con impunidad, que se atoren con la longitud de las repeticiones y los vacíos, que me regurgiten hasta el arco del asco, que me perforen los ojos con los dedos que usan para destinar el vómito de mi ejecución; pero que no puedan controlarse, que los arrebate un instinto visceral de pasar la lengua sobre los restos podridos de lo que quede de mí, que me laman, que me saboreen, que me invente la irreverencia de sus papilas gustativas cualquier sabor, mientras sea adictivo. Y quiero verme al espejo la mañana siguiente a que el anonimato me devuelva a un subasta de libros tan baratos que nadie leyó; y aún así, reconocerme. ¿Cuánto más prostituida tiene que estar una palabra para que verdaderamente la entiendan? ¿Qué tan más vacía tiene aparentar ser mi vida para que puedas sobrevivir al plástico de tu mala poesía? Ser la evidencia de su complicidad no les deja otra salida. El que no se atreve a suicidarse, te exilia.
La indiferencia que para ellos acaba siendo no más que un dolor de barriga con el que aprenden a convivir, para nosotros es una úlcera.
Y después está la testarudez que no nos permite hacer silencio, y la fe, que nos convida a volver a contar, aunque lo único que venga de vuelta sea cuánto ganaste o si el viaje te rindió.
Bendigo mi suerte de encontrar el abrazo, y el roce de las vueltas que da sobre la cama la noche, el asilo, el abrigo de mi resurrección. Y a dormir, que mañana quizás le ganemos algunos milímetros más al vientre del enemigo y a la muerte.

domingo, 14 de octubre de 2018

Nuevo nuevo nuevo

El día que mataron a Rafita los diarios volvieron a mentirnos. Era sábado, un sábado de noviembre, pero no pudimos dejar de sentir cómo se nos congelaba la sangre cuando llegó la noticia. Había sido la yuta, otra vez; la yuta, la prefectura, la gendarmería, los milicos, da lo mismo; pibes de barrio uniformados, que entran porque buscan laburo, y engordan las filas de las “milicias” que los ricos usan para controlarnos, para seguir manteniéndonos callados cuando aprieta el hambre, cuando la vida ya es mucho peor que la supervivencia. Cínico, los mismo pibes con los que jugaste al fútbol al pie de la barda, con los que te juntaste a tomar una birra en la esquina del barrio, se hacen canas, y son los que te van a cagar a corchazos cuando salgas a luchar porque te echaron del laburo, porque te dejaron en la calle, porque no tenés para darle de morfar a tus pibes. Porque los ricos no preparan a sus hijos para ser milicos. Los nenes ricos cuando crecen son jueces, diputados, médicos, abogados; y si van al ejército se reservan los altos rangos.
Rafita era un pibe de barrio, vivía en uno de los barrios más pobres de una de las zonas con más desocupados del país, el Nahuel Hue, uno de esos lugares donde la miseria del capitalismo se muestra más feroz, donde se desnuda la mentira del “progreso”, donde queda en evidencia que las curvas y estadísticas de los economistas, aún en sus pronósticos más catastróficos, a muchos los olvida. Qué importa si es el diez, el nueve, el quince por ciento si el hambre te abre un hueco en la panza, si te azota el frío y la desesperanza. Rafita era un pibe de gorra, de esos a los que a la yuta le encanta parar si los encuentra caminando por el centro; les piden documentos, los miran de arriba a abajo, uno se aleja y modula algo por la radio, los retienen un rato, como recordándoles que no se crean con el derecho de andar por ahí, y los deja ir, con cierto aire desconforme, y mirada de desprecio. Era hincha de Boca, fanático de Boca. Y era mapuce.
Tenía veintidós años, y al igual que muchos, había comenzado poco tiempo antes a reconocer su verdadera identidad. Porque la conquista y la colonización no es otra cosa que un genocidio, porque qué otra cosa es un genocidio sino negarle, robarle el derecho a la existencia a un grupo humano. A los mapuce los asesinaron, y a los que lograron sobrevivir, les robaron la identidad. “El capitalismo para construir hegemonía penetra a los propios sujetos. Los mapuce, que fueron históricamente negados, se decían a sí mismos paisanos, que era la categoría que les permitía colgarse al menos del último eslabón de la sociedad y ser así argentinos. A los colonos no les bastó con usurpar el territorio; para garantizar el éxito de su asesina empresa, para totalizar la explotación colonial, y para poder justificarse, armaron meticulosamente un discurso en el que presentaron a la sociedad colonizada como una sociedad sin valores”. Ellxs, dueños de la moral absoluta, presentan a los “indígenas” carentes de ética y valores. Arman así la imagen de un sujeto “bestial” y se autoproclaman salvadores de una comunidad sin futuro. Y como corolario, la Iglesia, la religión cristiana, extirpando las herejías de los pueblos originarios, los instintos “animales”, y hasta el mismísimo mal.
A Rafita lo mataron el mismo día que velaban a Santiago, a quien también habían asesinado las fuerzas de seguridad unos meses atrás; lo persiguieron, lo asesinaron, lo desaparecieron. A Santiago se lo llevó Gendarmería de territorio mapuche el 1° de agosto, en medio de una brutal represión contra el pueblo Mapuce, en la Lof Resistencia Chusamen. Se lo llevaron de la Lof que le recuperó a Benetton las tierras que les saqueó.
Cando mataron a Rafita, como cuando asesinaron a Santiago, llovieron justificaciones de la represión y estigmatizaciones sobre el pueblo y la lucha mapuce. “Los mapuce pasaron de ser un grupo en extinción –en una Argentina pensada como europea—a ser los desestabilizadores de la soberanía nacional o de la democracia, pasaron de ser las raíces ancestrales de nuestra identidad nacional a ser los invasores chilenos que permanentemente traspasan la frontera nacional. Esta doble vara también esquiva la verdad, por intereses económicos y políticos, o por ignorancia.”.
A Rafita le gustaba la cumbia. Había dejado de estudiar para juntar algo de plata. Era herrero, pero no conseguía laburo porque era un “chico del alto” y por tener apellido mapuce.
El día que mataron a Rafita yo aún no te conocía. 


domingo, 23 de septiembre de 2018

Girar y girar

Viaje por San Rafael, Mendoza, Córdoba, Paraná, Rosario, San Luis, Santa Rosa. Llevamos nuestro arte, nuestras intervenciones,  nuestro atrevimiento y nuestra poesía. Nos trajimos bares, postales, kilómetros, magia, música,  luchas, promesas, consignas; y las infinitas ganas de volver a girar.