jueves, 26 de abril de 2012

El grito de la locura – Reseña a ‘Fines y principio’ de Alejandra Rey Escrito by J.L. Nuñez


Fines y principio es una novela de Alejandra Rey que trabaja con gran profundidad problemas de la psicología, tanto la propia de sus personajes, y a modo de comentario el tratamiento de la psicología como disciplina. La autora nos abre la puerta a un laberinto más mental que mítico, donde la aventura urbana (de taxis, cafés, edificios) es la ornamentación de la incertidumbre, la intriga y la sorpresa que nos acecha en la puerta de cada capítulo. Y donde el tiempo se derrite como relojes de Dalí, a expensas de llegar a comprender ese tornado que llamamos locura.
Es difícil catalogar a la prosa de la narración. Predominantemente es narrativa, aunque tiene una fuerte prominencia de poesía. Por ello, la lectura debe ser paulatina, para poder apreciar el sabor de cada metáfora y que al momento de recrear las escenas, como imágenes poéticas en la mente, logren un fuerte impacto.
El libro comienza con una tentación de suicidio, auxiliada por un sueño (un objeto recurrente en la literatura de la autora). Siguiendo a Gaussen: el sueño es un símbolo de la aventura individual, alojado tan profundamente en la intimidad de la conciencia que se escapa a su propio creador. Aquí es donde la brecha entre pesadilla y sueño se vuelve más fina o incluso invisible, pero en fin, ahí está el resquicio de libertad donde el libre albedrío deja de ser una ilusión; y en este capítulo evita la muerte.
El cosmos aparece como una potencia creadora de azares que no son accidentales. La suerte se conjuga en las acciones que nacieron a petición de los deseos. De este modo transcurre la vida de los personajes, a veces cuestionando esta premisa, a veces afirmándola. Rey, que quizá no lo sepa, es una gran pensadora, pero busca por medio de símbolos (a veces sofisticados) ilustrar sus grandes ideas.
Heráclito nos enseñó, por medio de un río, el constante devenir de las cosas. Alejandra hace del río de Heráclito, un laberinto interminable, con raíces en el alma y una persistente sentencia que perpleja a Lucía: el río se ensanchó para ellos. Ellos, los otros, ese misterio del universo ¿quiénes son ellos? La progresión de la historia nos demuestra que en ese río también se acoge Lucía, Elías, una larga serie de personajes secundarios y también el lector, que debe estar atento para seguir el hilo de la fábula.
Elías en un momento se haya desolado, petrificado por la soledad, casi mudo, y tal vez también medio ciego. Hasta que, por esas cosas del azar, del cosmos, o por la autora, Lucía se acerca a él. Ella entiende que quien no sabe cómo poner voluntad en las cosas pone al menos sentido, creyendo que por ello ya hay voluntad. Él es la flor que olvidó la primavera, y que necesita del rocío que ofrece Lucía para beber de sus manos. Y así, estos dos personajes se atreven a querer.
En el amparo de los cuerpos, piensan que la locura no es lo más alejado de lo ‘normal’, sino lo más cerca al amor. Aunque esa disciplina, titulada científica, no sepa más que encerrar a quienes sufren de graves desordenes mentales. Pero es en el encuentro pasional de estos locos, donde leo parafraseando a Baudelaire: Hecha de azul místico y rosa, una tarde, /cambiaremos ese relámpago q urde/cargado de adioses, cual largo sollozo.
Nos decía Nietzsche (mientras perdía la cordura por una tal Lou Salome) que en el amor siempre hay algo de locura, más en la locura siempre hay algo de razón (y voluntad). Será por ello que muchos utilizamos a desconocidos interlocutores como asistencia de confesionarios y ante su ignorancia de nuestras propias vivencias, nos atrevemos a contar lo incontable, o dicho de otro modo, lo que no podemos olvidar. Es donde aparece la lucha entre la Crono y Mnemosine.
Es cierto que nadie puede negar la sentencia de Shakespeare: en el instante que nacemos, empezamos a morir. Y con ese monstruo que es la muerte, comenzamos a saber de lo que se trata este juego de la vida, la mayoría de las veces mal, otras tantas bien. A veces nos ponemos a escribir, a veces lloramos tras la lluvia del abandono, a veces esperamos una liberación de esta penosa vida: no a través de la transmigración del yo (como piensan los budistas), sino como la liberación socrática esa tarde que probó la cicuta. Y no hace falta morir para no estar vivo. Tal vez por testimonios como los del libro nos podemos dar cuenta que la vida sin amor, es simplemente pura existencia. Me pareció interesante la lectura de esta novela, logra una reflexión constante. En momentos es confusa, por ello la idea de laberinto, pero es importante resaltar la ida y venida de amores, pasiones, azares, en un cosmos que también se puede llamar laberinto, o también se puede llamar vida.

FTE: La Voz de Cipolletti

martes, 17 de abril de 2012

Melanocetus Johnsoni (o pez abisal)

Es gordo, pero gordo engordado, a eso me refiero. Lleva encima esas gorduras que hablan de haberse indigestado. Huele mal, como si por la piel exudara la antítesis del aroma. Y transpira, dejando la huella de su sudor por donde camina. Ha estado por todos lados, hasta en esos sitios a los que nunca fue, porque de eso se trata su vida o así lo cree él. Tiene los bolsillos tan colmados como la barriga, o aún más. Si lo ves andar por ahí sabrás que no exagero; camina de pie pesado pero ligero, dejando un hueco por donde planta el pie, con los billetes haciendo malabares para no caer de su pantalón rojo, azul y blanco. Se despierta siempre primero que el resto, probablemente por la misma avaricia, o quizás porque en algún lado haya guardado su consciencia y ésta no le permita dormir; aunque yo dudo que la tenga. Lo cierto es que, ni bien abre los ojos, haya o no tenido lugar detrás de ellos para algo parecido a un sueño, saca sus notas del maletín de cuero, afila su pluma y comienza a escribir. Llena páginas y más páginas de libros de historia, y esa tinta con que carga sus letras tiene el poder de convertir sus delirios en lo que fronteras afuera vaya a suceder. 
Para los días aburridos, hace años que guarda en el primer cajón de su baulera, el tablero de un juego que lo pierde horas y horas, al que suele batir por sorpresa a indefensos contrincantes. Toma gaseosa, como intentando no perder la infladura, y, mientras los demás sueñan, hace desaparecer sus destinos con un estruendoso eructo que resuena en el eco por mucho más tiempo que el que perdura en el vibrato de su grasosa boca y las paredes de su habitación. Lleva un registro de exculpaciones para cada atraco que se pega, pues, como reza, cree en Dios, y ante él habrá de explicarse el día en que desaparezca de esta tierra. El mundo entero lo duda, aunque lo espera, y se hinca a rezar si lo ve tambaleando, rogando porque caiga de una buena vez. Muchos han perdido la fe justamente después de verlo erguido como siempre luego de cualquier temblor. Hay quienes dicen que ha firmado un pacto con el diablo y por eso sobrevive, pero eso sería imposible, pues el diablo no existe, y si lo hiciese, sería él. 
Es peligroso, sobre todo por la manera en que seduce. Cuando elige la presa es un astuto cazador, de esos que jamás asumiría serlo a punta de escopeta, aunque haya muchas veces en que lo haya hecho. Tal vez por el mismo vértigo que ha de generarle todo ese maquiavélico erotismo. Esconde la panza y disimula la ira de su piel, a la que le quita las escamas y la convierte en promesas de alianzas. Abraza a quien enamora primero suavemente por la cintura, y a medida que florece la confianza, sube sus ansiosos dedos por la espalda de quien, a esta altura, ya está entregado a la ilusión de una historia de amor. Le susurra al oído, con una voz creíblemente fingida y le regala la teoría de una vida distinta a su lado. Se acerca siempre a quien sabe necesitado de rescate, porque de esa manera le cuesta menos obtener el sí. Y la víctima sonríe saciada, pues las primeras horas de romance son una maravilla, y hasta se ríe en la cara de aquellos otros que no han creído en su palabra, orgullosa de ser ella quien duerma en su cama. Los primero indicios del veneno comienzan a verse cuando el nuevo habitante de esos ridículos pantalones estrellados agita el dedo acusando a quienes lo juzgan, y hasta invitándolo a vengar esas injusticias. Es allí cuando el gordo sabe que tiene la presa en la palma de su mano, y con la espalda más ancha que hasta entonces, cierra el puño repentinamente, no sin antes enmendar su decisión con vendas de motivos, y siempre mirando de reojo a los que se atreven a ser testigos, como avisándoles que algún día ellos también caerán. 
Hay que andar con cuidado si caminás por estos pagos, porque el tipo sabe camuflarse lo suficientemente bien como para que aquellos que lo combaten de una u otra manera le acaudalen las arcas de fortaleza.
Los más optimistas aseguran que le queda poco. Dicen que hay un continente entero sobre el que hace años tiene apoyado su pie, creyendo que ese pisotón sobre la cabeza los mantiene doblegados. Dicen que esa tierra tiene en las venas regadas la sangre de cada inocente que su hambre se llevó, que en los bosques ya se escuchan los murmullos, que cada vez son más fuertes, que hay algunos locos que hace un tiempo andan de un rincón al otro convenciendo a la gente que unidos no hay gordura que se resista, y que en las noches, cuando la furia de los días se apaga, se pueden escuchar las estrofas de sus himnos. Enciendo un cigarrillo y el humo dibuja una silueta. Es de noche y la ciudad duerme. Sonrío de esperanza ante la idea. Quizás sea una locura, pero yo apuesto por creerles. El cansancio me lleva, aunque resista, a la cama, y sueño con esa idea. Mañana, apenas despierte, lo he decidido, voy a unirme a esa legión.

lunes, 9 de abril de 2012

GYFOCHROG

(“A menudo encontramos nuestro destino por los caminos que tomamos para evitarlo”[1])

E
l coronel, conservó hasta sus últimos días cada una de las cartas que él le había enviado. Las guardaba celosamente en un antiguo cofre que a todos lados llevaba consigo. Esas letras estaban perfumadas con el aroma de la habitual humedad de aquellos días en Buenos Aires. Antes de partir se habían prometido no escribir, porque sabían que, de hacerlo, estarían dejando un testimonio demasiado peligroso; pero la ansiedad pudo más que la palabra empeñada y desaconsejó a la cautela. Fue así que, al poco tiempo haberse asentado en Patagones, Julián recibió el primer sobre.
            Se conocieron un año antes de que Guillermo fuera designado Ministro del Interior. Julián era unos años más joven que el doctor, y quizás haya sido ese mismo vigor que aún le regalaban los años lo que a éste sedujo.  Buenos Aires por ese entonces se incorporaba a la Confederación Argentina en calidad de miembro dominante, tras el triunfo de Mitre[2].  El largo conflicto y la tensión entre la Confederación y Buenos Aires aumentaba a medida que se acercaba el final del mandato constitucional del presidente Urquiza.  Durante su gobierno el país había quedado dividido. La Batalla de Caseros[3] había acabado la época de los caudillos, pero no las diferencias entre unitarios y federales. Los unitarios de la Provincia de Buenos Aires no aceptaban la política de las demás provincias que querían organizar el país bajo una constitución federal. Urquiza intentó seducir a los porteños a que se incorporasen a la Confederación, pero nunca con éxito. El enfrentamiento era, además de ideológico, sobre todo arraigado al poderío político y económico. La Batalla de Cepeda[4] obligó a Buenos Aires a aceptar la Constitución Nacional, pero esto tampoco había logrado acabar el conflicto. El gobierno de Derqui[5] resultó inestable y  aliados de Buenos Aires consiguieron avanzar sobre algunas provincias, situación de la cual derivó el nuevo enfrentamiento en la Batalla de Pavón. El desenlace de esa contienda yace bajo un manto de intrigas. Cuando Mitre está casi vencido, Urquiza emprende la retirada dejándole el campo al jefe derrotado. Muchos hablan de un acuerdo previo entre ambos, sellado la noche anterior en manos de Yatemon[6]. Sea como fuere, lo cierto es que luego de la victoria de Bartolomé, se disolvió el gobierno de la Confederación  y éste asumió el poder nacional temporalmente, período durante el cual sus hombres invadieron las demás provincias reemplazando sus gobiernos federales por jefes unitarios.
            Nos les fue difícil, entre tanto tumulto, justificar y disimular sus encuentros. Todos tenían, por esos años, los ojos puestos en la disputa por el poder, cosa mucho más entretenida que preocuparse por las intimidades de uno u otro.  Eran usuales las reuniones a puerta cerrada entre ciertos personajes clave, y así podían pensar los demás sus furtivos encuentros. Además, quién hubiera sospechado semejante cosa de un “señor” como El doctor Rawson y un hombre de la milicia tan importante como Julián.
            Así fue como cada noche, durante poco menos de un año, se amaron. Pero ambos sabían que el romance tarde o temprano acabaría, y no se equivocaban.


[1] Jean de la Fontaine
[2] Batalla de Pavón, 17 de septiembre de 1861
[3] 1852
[4] 1859
[5] Sucesor de Urquiza
[6] Norteamericano confidente de Urquiza 

viernes, 30 de marzo de 2012

Hunger

Josué duerme. La noche puertas afuera, de cielo gris. En el comedor, sobre la mesa, las migas de pan; única cena de esa familia. Suelen irse a acostar con la panza casi vacía, pero sucede que esos huecos se acostumbran, y aún hambrientos se animan a sonreír. Él y sus seis hermanos, desde Clara, la más chica, hasta Simón. Mamá les leyó un cuento; un poco ella, y el resto entre los hermanos. Como siempre, la parte que lee Clarita es la más divertida, porque ella aún no ha aprendido a leer, entonces mira los dibujitos e inventa… ¡se le ocurre cada cosa! Después de eso volver a la historia y concentrarse es bastante difícil, casi siempre es un desparramo de risotadas hasta que agarra el libro Celeste (ella es la más aplicada) y retoma el argumento, de cara seria, tanto que los obliga a hacer silencio y atender. A la mayoría de ellos no les causa mucha gracia la lectura, y hasta se hacen los dormidos cuando les toca, pero la madre insiste. Cuando el ritual termina, besa a cada hijo en la frente y los tapa prolijamente con las frazadas. Hace frío, mucho más que otras veces, y ella ruega clemencia al clima una noche más; quizás, mañana sea un nuevo día y algo suceda, que cambie el destino de tanto tiritar. La casa se apaga, unos minutos más tarde, aferrados los sueños a esa ilusión. 
Pero mañana amanece, tan o más cruel que siempre. Josué despierta empapado en fiebre. La madre lo abraza y descubre que hierve. Corre a la cocina a por una olla, que llena de agua, y un retazo de tela con que fabricar paños que calmen el ardor. Lo destapa, le cambia la remera y el pantalón. Le habla mientras lo hace, pero Josué está tan débil que no responde. Le descubre la frente, posa sobre ella el apósito, cuenta hasta diez, y vuelve a hundirlo en el agua, lo estruja y se lo vuelve a colocar. El corazón de Josué late alocadamente, y el pecho se le infla y desinfla a toda velocidad. No deja de temblar. La madre hace sus intentos de calmarlo, cada vez más desesperadamente, pero Josué sigue temblando. La temperatura no cede, y los demás comienzan a despertar y a reunirse alrededor de su madre a los pies de la cama del pequeño. Afuera quizás más helado que horas antes. De a uno, se levantan y preguntan qué sucede. Pero mamá no cesa en mojar una y otra vez la tela e intentar hacer reaccionar a su hijo enfermo. Sus manos disimulan el miedo, aunque los charcos alrededor de la vasija lo dejan en evidencia. Todo lo que hace era inútil; Josué sigue sin reaccionar y cada vez más afiebrado. Mira hacia la ventana y la lluvia se le ríe en la cara. Hace frío, pero debe salir. Tira el paño al piso, agarra a su hijo en brazos y lo envuelve en la frazada. Lo aprieta contra su pecho y mientras cruza la puerta de la casa el temor aumenta, pues Josué se agita violentamente y susurra palabras inentendibles. Camina apurada hasta que las convulsiones de su pequeño la obligan a correr. Y corre, a cada tranco más rápido, casi sin descanso y sin respirar. Detrás de ella los demás, los más chicos tropezando, los más grandes ayudándolos a levantarse y a seguir, aunque algunos no entienden lo que sucede. La lluvia ha embarrado todo y es difícil andar sin que se hundan los pies en el lodo. Pero corren, corren sin detenerse, y gritan auxilio. Es temprano, y esos alaridos desesperados despiertan a los que aún están dormidos. La voz de Susana resuena en cada ventana del barrio, hasta que un vecino la ve, desesperada, con el pequeño en los brazos y los demás a la siga; deja el mate sobre la mesa y sale a socorrerla. 
El hospital tan concurrido como siempre. Entran y Susana que se debate entre seguir aferrando a su hijo entre sus brazos y entregárselo al médico. Es que nadie lo cuidaría como ella, y ese miedo, tan enorme, que habíase contagiado en los ojos del doctor, aunque su profesionalismo intentara disimularlo. Josué sigue tiritando, en las pausas de la convulsión, y ella que cede, a pesar de la resistencia; pues le ve los ojitos, ya nada puede hacer por él. 
Allí están, algunos sentados, otros regados por el piso, esperando. 
La calle se congela sin piedad y hay quienes no han notado lo que dentro de ese edificio sucede. Hombres de oficina, apurados, camino a sus escritorios, cómodamente sentados en la butaca de sus lujosos autos, señoras que se alisan el pelo para estar más coquetas a la hora de salir a comprar, y Josué resistiendo. 
Son las diez. Pablo toma su café con leche. Terminará su desayuno e irá a jugar. Ayer su abuela le trajo de su último viaje un hermoso auto a control remoto, ese que tanto quería, y habrá de estrenarlo. A las doce lo espera el baño, no demasiado extenso, pues aún le quedará almorzar y a la una y cuarto al colegio. Tres vueltas al comedor, y el juguete pierde sentido; desde entonces habrá de decorar la estantería de la biblioteca de su habitación, como todos los demás. Termina de comer y recuerda que ha olvidado hacer la tarea. Corre a su cuarto a garabatear algunas líneas, como para no ir con las manos vacías, a escondidas de la niñera, ésta suele contarle todo a su mama, y si se enterara que pasó todo el día anterior en la computadora y postergó hasta último momento los deberes, lo dejaría una semana entera sin Internet. La bocina de papá lo acelera, guarda los lápices desprolijamente en la cartuchera, la carpeta en la mochila, agarra la corbata del uniforme y corre. Beso a Rosa y baja las escaleras con saltos escalón de por medio; siempre le tuvo miedo al ascensor. Algunas horas de clase; matemáticas, inglés, literatura, computación. Nada como los juegos en los recreos. Seis y media al timbre de salida, y allí afuera lo espera su mamá, con una enorme bolsa en la mano. Corre a su encuentro olvidando saludar a sus compañeros, y la abraza. Lleva algunos días sin verla, desde el jueves precisamente, cuando voló a Buenos Aires a una reunión. Besos, abrazos y el debido regalo como multa por la ausencia. La tarde viene de recuperar el tiempo de estar lejos con paseo, cine, pochochos y hasta un enorme helado de chocolate y limón. Es llegar a casa y caer rendido en la cama después de tanta actividad. Se duerme con la panza sin cena, pero mamá decide no despertarlo, mañana habrá doble ración de desayuno y problema solucionado. 
El día siguiente amanece. La gente en la calle con la prisa y la indiferencia de siempre. Pablo toma dos tazas de café con leche esta vez, y unas cinco tostadas con manteca. El hospital lleno de gente. Susana regresa a casa, junto a casi todos sus hijos. Llora, sin encontrar consuelo, y sabiendo que quizás jamás logre dejar de doler. Tiene ganas de morirse, pero no puede ni siquiera tirarse en la cama a llorar, este nuevo día también habrá que sobreponerse como sea, la hora pasa, el hambre aprieta y hay que salir a buscar qué comer.

martes, 27 de marzo de 2012

Cajón para Pañuelos

Entra. Sube, dificultosamente, agarrándose la borrachera de las barandas de la escalera. Arriba ella, dormida, acurrucada entre las sábanas y su espacio vacío. Llega al baño y se mira al espejo. Se ve, y casi no se reconoce. Se moja la cara y encuentra otra vez ese reflejo. No es él el de ese vidrio, esos ojos no son los de siempre. O quizás sí, y el impostor sea el las otras miradas. Sonríe burlonamente. Las pupilas dilatadas de ira. Ella anoche no fue, no quiso acompañarlo. Hace días que pelean y pelean. Llevan nueve meses juntos, pero ese tiempo ha parido las cosas distintas a lo que imaginaron alguna vez, al encontrarse. No es la rutina; no podría haberse aburrido tan pronto ella de él. Otra cosa sucede; vuelve sus ojos a su imagen allí enfrente y piensa. Se moja las manos, junta un poco de agua en ellas, se inclina hacia el lavatorio y hunde en el líquido el rostro. Permanece así algunos segundos, aguantando la respiración, buscando respuestas. La ama, desde el día en que la vio por primera vez. Ella es delgada, inteligente y pequeña, pero bastante terca. Se incorpora lentamente y sus pestañas gotean manchando el piso de humedad. El mareo no cesa. Vuelve a mirarse y se ve. Inspira profundo y retiene el oxígeno dentro. Está nervioso, demasiado, y tiembla. Ha hecho una promesa y ha cometido el descuido de traer a casa las pruebas de no haberla cumplido. Otra vez ese demonio, que lo mira desde la ventana del botiquín y se le ríe en la cara. No ha podido resistir, y su eco lanza carcajadas como espadas que se le clavan en la frente. Ha quebrado el pacto y ella duerme tranquila, ignorando lo mucho que él la necesita. Sabe que, al llegar a la cama, no podrá imitarla, pues la consciencia le riega las culpas sobre el insomnio y le quiebran los parpadeos hasta dejarlos completamente abiertos y sin reacción. Camina dos pasos hacia el pasillo y se descubre tan borracho como antes, o tal vez peor, pues ahora al vértigo y las nauseas se le han sumado unas terribles ganas de matar. Ira, una profunda ira por saberse impotente ante sí mismo. Enojo, porque ella descansa tranquila y no da excusas para acusarla. Llega hasta la cama y, suavemente, desliza desde un extremo, las sábanas con que se cubre. Primero un pie, chiquito, cual geisha. Luego la adrenalina de la piel de sus piernas, que tanto lo hacen perder. Un poco más y llega hasta sus caderas, inmersas en la velocidad de esa mortal curva hasta llegar a su espalda, el punto exacto de la locura enamorada. Duerme con el pecho sobre el colchón, con las manos escondidas debajo de la almohada y su rostro siempre sobre el mismo perfil. Debajo de sus brazos, por los costados se asoma el busto de sus pecados más exquisitos. ¡Es tan bella! Evita caerse y se descalza, para quitarse más cómodamente los pantalones. Se le acerca despacio, pues aún no está convencido de la intención de despertarla, y comienza a recorrerle los caminos con las huellas de su cuerpo. Intenta acariciarla disimuladamente, pero continúa borracho y los movimientos le salen torpes, hasta que en una mala maniobra pierde el equilibrio y tropieza sobre su sueño, que despierta abruptamente. Ella abre los ojos, se asusta, mucho no entiende. Él la mira a los ojos, le acerca la boca e intenta besarla. Pero ella huele su aliento, pasado de alcohol, y corre la cara a un costado. Él insiste de manera hasta bruta, pero ella sigue esquivándolo. Aturdido, se le tira encima, casi desplomándose sobre su cuerpo y ella gira, tratando de sacarlo de allí arriba. Él cae al otro lado de la cama y la ve, esta vez sentada sobre la frazada y la agarra de un brazo. Es hermosa, es frágil, está semidormida, y la desea. Ella no quiere, y rechaza la invitación agitando un poco el codo. Pero él la sostiene con fuerza, sus dedos se hunden entre el hueco de los huesos y duele. Lo mira a la cara y le pide que la suelte; el aprieta más aún. Ella intenta bajar los pies hasta el piso pero él la jala con fuerza hasta llevarla consigo. Queda acostada y otra vez él, que le salta encima. En los ojos el mismo enfado que acusaba su reflejo en el baño. Lo mira y el miedo de pronto comienza a aparecer. Con fuerzas de no sé donde se lo quita de encima, sale de la cama y se echa a correr. Algo no está bien, y ella lo siente. Lo ha visto borracho muchas veces pero hoy además está enojado. A la siga, un tanto más lúcido después de la pequeña pelea por convencerla, corre detrás de ella, saltándose casi la mitad de los escalones hasta el piso del comedor. Ella se apresura y continúa corriendo mientras tiembla. Cruza la casa entera, girando de tranco en tranco la cabeza. Se acerca, demasiado. La persigue, ella intenta escaparse pero él es más rápido. La alcanza ni bien cruza la puerta de la cocina y la toma de un brazo. Respira con furia y la lleva, sobre el aire, hasta arrojarla contra la heladera. Ella cae al piso y él vuelve a levantarla. La empuja hasta arrinconarla contra la puerta del patio. Del otro lado los ladridos de la perra, que sabe lo que allí dentro está pasando. Ella intenta manotear el picaporte y dejarla entrar en su ayuda. Esto lo enoja aún más y la agarra del cuello intentando inmovilizarla. Ella no recuerda haber sentido tanto miedo alguna otra vez. El viento de sus puños, descargando las trompadas sobre la pared, le dice que cada vez es menor el intento por esquivarle la cara. Llora y esos dedos que no le dejan gritar el pánico que sube desde la garganta. El espanto la paraliza, cierra los ojos y se entrega al destino que decidan impregnarle los caprichos de esa brutalidad.
Hoy lleva un pañuelo cubriéndole casi toda la cara. En una semana más podrá salir sin él y hasta quizás el dolor haya cedido y camine nuevamente con normalidad. Le ha prometido no volver a hacerlo, le ha jurado estar arrepentido y le ha pedido perdón.
El próximo sábado, cuando regrese de madrugada a su casa y la encuentre nuevamente durmiendo, el espejo habrá de sonreírle tan burlonamente como aquella vez.
El placard de Mariana ya tiene un cajón especial para los pañuelos.