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martes, 7 de junio de 2016

Salir de mi”, para que la narrativa estalle

Reseña literaria, por Horacio García
“Come off me” es el título de la última novela de Alejandra Rey y, en condiciones normales, sería suficiente con esto para fatigar las calles en busca de un ejemplar. Alejandra no sólo es una infatigable “trabajadora” de la literatura, sino que también, y esto es lo más importante, es una de las novelistas más exquisitas que he leído. Por su estilo, por la forma de hacer estallar (de maneras muy distintas en cada una de sus obras) la estructura misma del género narrativo y por la búsqueda consciente e incesante de plasmar la literariedad en cada texto. Su “intención” literaria se manifiesta así en una aplanadora que con-vierte, re-vierte, in-vierte, con cada uno de sus libros, la tradicional forma de escribir novelas.
No obstante la posibilidad de escribir un extenso ensayo sobre la obra de Alejandra Rey y sobre la figura de la escritora como trabajadora del arte literario, sólo me extenderé aquí a realizar un esbozo de reseña sobre su último libro. “Come off me” es el título de su última novela. Creo haberlo dicho, pero, aunque muy sugerente, no termina de hacerle honores al texto mismo de la obra, ni a las intenciones artísticas de su autora.
“Salir de mí” (tal la traducción)… Y la escritora (la persona) sale. Sale, pero no sólo de ella, sino que, mágicamente, saca también a los personajes presentes, a los no tan visibles y a los ausentes de tiempo completo; saca también al texto de su formato tradicional y, por último se deleita en sacar al inocente e ingenuo lector. Pues, para leer la obra de A. Rey, se debe estar cómodo y fuerte (física y mentalmente); el texto no permite lectores distraídos y blanditos, sosos, tibios o fuera de foco; advierto, al texto en cuestión hay que darle pelea.
Ya en textos anteriores (por ejemplo “Lola”, otra magnífica novela), se podían adivinar los esfuerzos, los forcejeos, las escaramuzas que venía manteniendo A. Rey con el lenguaje a propósito de “salir de ella”, como si esa deseada exterioridad fuese (y creo fervientemente que lo es) la única y desesperada manera de pintar el alma completa en el papel a modo de exorcismo literario.
No obstante ello, no creo haber dicho nada especial, pues a mi entender, todo artista que se precie de tal, pone en su obra un 20% de talento y un 80% de trabajo. Frase trillada si las hay, pero nunca tan cierta. Escritores somos todos; me explico: escritora era mi abuela cuando confeccionaba la lista de productos que debía comprar en el almacén; escritor es el flaquito que deja una nota en la mesa de un bar dirigida a alguien en particular; escritora era mi madre cuando redactaba las cartas que me mandaba desde Bs. As…. Insisto: todos somos escritores… Y lo somos desde que salimos de la escuela primaria… Pero, ¿qué es lo que hace que un texto sea más importante que otro? ¿Acaso una carta suicida es más importante y urgente que una carta de amor desesperado? ¿Es más importante un complicadísimo informe trimestral sobre el estado actual de la economía de una empresa o las notitas que dejaban mis hijos a los Reyes Magos? A mi entender, todas son, de maneras distintas, importantes, pues todas cumplen perfectamente con la idea de “comunicar” desde el lenguaje y, como todos sabemos, el hombre, en tanto ser social, “necesita” imperiosamente comunicarse con “el otro”.
Bien, dentro del marco de la escritura como medio de comunicación social, también (y fundamentalmente) nos encontramos con la exquisita, imperiosa y desesperada “intención” que muchos de nosotros sentimos para comunicar, mostrar, desnudar, ofrecer nuestra alma sin prejuicios, sin tapujos, completa y vulnerable, como debe ser… Y vaya si lo hacemos, claro que sí, muchas veces torpemente, así, como nos sale, con las palabras que conocemos o las que están por venir y no llegan nunca; lo hacemos casi vomitando nuestro corazón en un trozo de papel que nada sabe de nosotros, pero que lo intenta…
Y aquí es donde me quiero detener un momento. Mucho se ha dicho y escrito sobre la “literariedad” de tal o cual texto, es decir, el poder que posee intrínsecamente dicho texto para convertirse en lo que la inevitable crítica literaria denomina como un “texto clásico”. Literalmente, y por definición, un texto clásico es aquel que se utiliza “en clase” (en la universidad, en la escuela, etc.) para su estudio o bien, como referencia, como ejemplo comparativo de algo; pero siempre “en clase”, si no, no sería “un clásico”…
La pregunta del millón puede ser (y de hecho lo es, ya que tanto lingüistas como teóricos del arte, aún hoy, no se han puesto de acuerdo con ello): ¿Qué cosa define a un texto como “clásico”? ¿Qué texto cumple con el estricto requisito de la “literariedad”? ¿Quién o quiénes son los responsables de ponerle el cartelito al texto? Sólo estoy seguro de algo: las obras de arte son para siempre, son inmortales, superan épocas, movimientos sociales, políticos, religiosos, etc.; en cambio la “moda literaria” es efímera, tanto nace hoy como muere mañana…
Creo, a esta altura, debemos ir por partes. Durante décadas nos han metido en la cabeza que un escrito “debe” cumplir con ciertos requisitos teóricos para que éste sea considerado un “cuento” o una “novela” o un “poema” o una “obra de teatro”… Y quizás (sólo quizás) estén en lo cierto… y creo que los analistas lo hacen como para darle cierto orden a la literatura y poder enfocar el microscopio diseccionador tanto en escritos como en escritores… Pero, aún así, debo reconocer que los “cartelitos” nunca me gustaron…
Y acá llegamos, por fin, al objeto que nos ocupa: A. Rey y “Come off me”.
Hasta ahora, no he hecho más que desarrollar los pensamientos encadenados que se me fueron presentando a medida que iba leyendo la novela por tercera vez. Y la pregunta que me toma por asalto y me martilla el cerebro: ¿Esto que estoy leyendo es, en definitiva, una “novela”? ¿Este texto podría configurarse, pasado el tiempo, en un “clásico”?
Veamos. En principio, “Come off me” posee la clásica estructura de una novela, es decir, dividida en capítulos, narra las peripecias del “héroe” (heroína en este caso) para lograr un objetivo final (típica narración épica). “Salir de mí” es la meta de la heroína y, justamente aquí es en dónde radica la genialidad de la obra. Me explico. En el plano real, cuando alguien intenta recorrer el arduo camino hacia el interior de sí mismo, cuando comienza una búsqueda íntima y personal de su yo interior, es decir, cuando intenta “salir de sí” para verse desde afuera con una nueva perspectiva, reconocer sus vicios y errores y amarlos tanto como ama a sus logros y virtudes, lo que en verdad está haciendo es liberar a su espíritu para objetivizar su subjetividad. Pero (si, siempre lo hay), ese “salir de sí” no sucede de manera lineal, cronológicamente hablando; sino que, sucede muy a menudo, el espíritu escapa como puede, por donde puede y cuando puede. El mercado de la “autoayuda” y de las “religiones y cultos” está plagado de métodos que nos machacan constantemente la mejor manera de “canalizar” el escape de nuestro espíritu (o alma, llámese como quiera) hacia una “vida” mejor (nirvana, paraíso, ascensión, campos elíseos, etc., etc.), pero, lo cierto es que, en la práctica, cada cual lo hace de manera distinta y, francamente, como puede…
Insisto: aquí radica la genialidad de la novela en cuestión. Las capítulos están organizados de manera a-dimensional, a-temporal, a-nominativa; no obstante, la vuelta de tuerca radica en la polarización de los capítulos que concluye con la conformación de ejes narrativos necesariamente pertinentes para ir ubicando al lector sobre la pista de fuga de este tan escurridizo espíritu. Por ejemplo: “Acá-Allá”, “Before-After”, “Día fuera del tiempo-En ninguna parte”, son los ejes (tiempo, espacio, realidad, ficción) que el lector puede entender como necesarios para comprender como “huye” del alma de la heroína. Si detengo mi análisis aquí, al menos a mí me basta para considerar a “Come off me” como una de las mejores novelas que tuve la fortuna de leer en mucho tiempo.
Sin embargo, esto no acaba, esto no es suficiente, hay más, mucho más… Por ejemplo, alguien podría preguntarse: “Todo bien, pero… ¿por dónde circula la narración de la historia?”. Es cierto, ¿por dónde…? A. Rey también pensó en eso y ubicó, estratégicamente, los capítulos necesarios para que la historia narrada circule sin dificultad ni interferencias, mientras el alma (o espíritu) continúa con su plan de escape. “Jibha-El sueño-Hormigón”, son los capítulos de anclaje narrativo, las pistas, las señales para que el lector no se pierda ni se abrume… En este sentido, la narración (o la historia del plano ficcional) se vuelve autorreferencial con la Historia (en el plano real) en sí misma; muy autorreferencial, desesperada y poéticamente autorreferencial… No obstante, el apocalipsis espera y lo desprecia la utopía de los cobardes.
En este caso, “la lluvia no lava todas las heridas de tu alma”, sino, todo lo contrario, la lluvia empantana, ralentiza, difumina, disloca, polariza, aturde y enemista el frágil devenir de la psicología de los personajes que se atreven a circular por las calles de una ciudad devastada. Nuevamente la lluvia, pero esta vez de naturaleza desconocida, ha regado las veredas de pseudo-cadáveres que, como todo en la novela, no se terminan de completar, ya que, aparentemente, “duermen”; los caminantes (o “pseudo-vivos”) los esquivan, los evitan (temen al contagio); nadie ayuda a nadie; todos ignoran a todos (o se preocupan desesperadamente en ignorar). Pero, una vez más, el salto al vacío: los “dormidos” también se ignoran, también evitan la mirada de los caminantes; ninguno quiere ser el primero en despertar (temen a las represalias). En el plano de la narrativa ficcional, también se configura una polarización (vida-muerte; sueño-vigilia) que, por razones obvias, se adhiere a la temática inicial: ese “salir de mí” propuesto desde el comienzo.
Como se puede ver, diversos planos narrativos se superponen o se entrecruzan; caminan paralelos o se enfrentan ferozmente; se reconocen o se ignoran; se prestan los personajes o los esconden… En fin, tanto en los planos narrativos, como en su estructura; tanto en la psicología de los personajes, como en el devenir de los destinos que le ha tocado a cada uno; tanto en la enorme metáfora narrativa que se propone en la historia que sirve de “anclaje”, como en la exquisita poesía que nos muestra los poros por donde el espíritu de la heroína intenta, una y otra vez, sus desesperadas “huídas”; tanto en los capítulos que polarizan el espacio-tiempo, como en aquellos en donde se polarizan los conceptos de “concreto y ficcional” frente a “abstracto y espiritual”; en todo, absolutamente en todo, está impresa, como una marca de fuego, esta idea desquiciante y desesperada de “salir de sí”.
Como adelantaba al comienzo de la reseña: todo sale de sí, todo huye, todo “necesita” escapar… Todo se confabula para estallar en mil pedazos y dejar que el alma fluya, se deje llevar, hondamente resignada, febrilmente enamorada, en esa famosa “insoportable levedad del ser”.
Nota aparte: Alguien podría preguntar “Che… ¿y por qué existen pasajes de texto en inglés? ¿Es que el castellano no alcanza?”. No. No alcanza. Al menos así lo decidió la autora… ¿Por qué? Pues me imagino que de la misma manera que, por ejemplo, un pintor recurre a varios “lenguajes” (colores, texturas, luces y sombras, pasta, acuarela, óleo, etc.) para expresar su arte, para darle continuidad legítima a su idea, a su sentimiento, a su expresión, la autora, A. Rey, ha entendido que el cuando el espíritu intenta escapar de uno, no hay lenguaje que alcance y, por ello, recurre a cuanta lengua tenga a mano para darle suficiente libertad de expresión a este espíritu ansioso de búsqueda.
Insisto, y ya para ir terminando, con las preguntas del comienzo: ¿Estuve, realmente, leyendo una “novela”? ¿Esto que me ha perturbado tanto, puede configurarse como un “texto literario”? ¿Puede “Come off me” alcanzar el status de un “clásico”? Como anticipé en su momento, no me gustan los cartelitos (porque siempre te encontrás con uno que te prohíbe algo y, francamente, ya estoy harto de desobedecer…), así que intentaré responder desde un lugar del teclado un tanto desacostumbrado a los “eruditos”, “estudiosos”, “críticos”, “teóricos”, o como quieran llamarse; no me interesa para nada meterme en ese lugar.
En primer lugar y, sin ninguna duda, acabo de leer una “novela”. Un novela de la hostia, como hacía tiempo no encontraba. ¿Por qué? Pues, por tres razones que saltan a la vista de cualquiera y son, a mi entender, inevitables e impostergables: la exquisita poesía anclada en el texto narrativo; la franca, abierta y directa “intención literaria” que buscó la autora al componer su obra y el monumental “trabajo” textual y estructural que hizo estallar en mil pedazos la forma tradicional de escribir (y de leer) narrativa.
En segundo lugar, ¿que si es o no un “texto literario”? Por supuesto que lo es, y sólo por el simple hecho (y volvemos a la misma cuestión), de la “intención” y el acabado “trabajo” textual consciente de la autora. Me pregunto, conociendo el ambiente literario regional, ¿cuántos de nosotros nos dormimos en los laureles (ganados en buena ley o no) de la gloria y continuamos, una y otra vez, repitiéndonos para agradar a un público determinado que espera de nosotros lo mismo de siempre?
¿Cuántos de nosotros cometemos, una y otra vez, el suicidio textual, arrojando nuestras obras al vacío sin red, sólo por el hecho de escribir lo que nosotros queremos escribir y no aquello que la gente espera de nosotros? Particularmente, siempre voy a preferir la peor de las creaciones a la más exquisita de las imitaciones. Ya no tolero a tanto autor “laureado” (o no) que se repite de manera que su primera obra es idéntica (o casi) a la última; entiendo al arte (en cualquiera de sus formas) como una manera fundamental de superarse a sí mismo en tanto artista; sin crecimiento no puede haber evolución, y sin evolución no puede haber crecimiento; el ciclo no debe terminar nunca, no debe interrumpirse; y esto tiene que ir mucho más allá que aquello que la gente espera de cada uno; todo artista que se considere tal debe ser, en primer lugar y sobre todo, fiel a sí mismo, debe creer en lo que hace. Dicen que la poesía es un arma cargada de futuro… y me pregunto: ¿qué futuro puede haber en la poesía que se repite a sí misma? A. Rey ha decidido no repetirse; ha decidido romper lanzas con la tradición narrativa.
Por último, ¿Come off me puede alcanzar el status de un “texto clásico”? No sólo puede, sino que “debe” alcanzar dicho nivel. Entiendo que la novela de A. Rey debe ser propuesta como texto de estudio en los niveles educativos secundarios, terciarios y universitarios; la novela “debe” ser diseccionada hábilmente, comparada con pericia y analizada con vocación. Ni estudiantes ni docentes deben dejar pasar este hito literario de nuestra región e incorporarlo como una nueva forma de reescribir la narrativa, potenciar sus posibilidades y difundir sus virtudes.


jueves, 5 de noviembre de 2015

Come off me. Recién salido del horno

Todo es más de lo mismo. Las caras de la gente son idénticas unas con otras. La identidad no es más que una pretensión. Mirate al espejo. ¿Te creés diferente? Mamarracho; disfrazado por la calle, como los demás; obligando a la ropa, al peinado, a los movimientos, a las formas, a decir lo que ninguno de nosotros se atreve. Estamos obligados a hacer lo que debemos hacer, y si no, somos severamente castigados. Siempre. De las maneras más básicas o más originales. Señalados, condenados, mortificados, sancionados, torturados, ajusticiados por los demás. Perdonar, absolver, indultar, incluso premiar son formas de castigo. “If you do not do what you are told to do when you are told to do it, you will be punish, do you understand? (…) Your ass belongs to me now” . Vos no sos diferente; ¡yo no lo soy! La existencia es una maldita milicia, somos todos soldados marchando hacia la muerte, alzando la bandera de habernos sacrificado para sobrevivir. ¿Dignidad? Digno hubiera sido mirar a la vida a los ojos y escupirle en la cara: “no te creo” ¿Pero quién te creés que sos? ¿Quién soy yo para decir esto? No tenemos opción, no hay otro camino más que este que ya está lleno de huellas. ¿No ves? Por donde sea que andes ya hubo un par de pies. Dejá de soñar, no será sano, al final del camino, haberte mentido tanto. Quizás debiéramos empezar por asumirnos, por dejar de pretendernos. Mirar para abajo y tener el coraje de admitir que ese suelo firme sobre el que estamos parados armando laberintos de libertad, es un invento, y que estamos constantemente haciendo equilibrio para no caer más allá. Tal vez haya llegado el momento de coger todo el coraje que nos quepa en los pulmones y saltar. Saltar, simplemente saltar. Atrevernos, hundirnos. Sumergirnos más allá del límite que le quisimos poner al espacio del movimiento. Y caer. Caer mientras todo es bombardeado por la valentía del arrojo y cae con nosotros. Bajar, hasta más allá del fondo de las cosas que no tienen fondo. Que se abra en gajos el mundo y se desarme sobre sí. Darlo vuelta todo, reordenarlo y volver a desarmarlo. Y subir, mientras todo emerge con nosotros, hasta rozarle las mejillas al cielo y su absurdo infinito; tentarlo a que nos de una mano, amenazar con aferrarnos y dejarnos parir por la caída otra vez, ésta, con más violencia, hasta dejarle un agujero a la superficie de la tierra por donde se le escape el mundo, dejar que ese vacío nos trague, llegarle hasta el estómago y tragarlo a él. Permitirle a ese bocado indigestarnos y regurgitar el caos. Vomitarlo hasta quedar livianos y flotar, una vez más hasta lo que sea que exista o no exista después del universo, y desplomarnos con la furia suficiente para estallarnos la cabeza contra el piso y hacerlo evaporarse. Rompernos en mil pedazos, hacernos polvo y mezclarnos, hasta que el viento y el frío nos funda en cosa nueva. Y desaparecer. O permanecer. Seguir perteneciéndonos. Sobreviviéndonos. Creyéndonos dueños de algo que se supone que somos. Ser. Llenarnos de sentidos. Mirame. ¿Me ves? Acá estoy. Yo te veo. Tocame. ¿Me sentís? Yo te siento. Escuchame. ¿Me oís? Tengo tu música repitiéndose y colmando mis oídos. Hablame. ¿Me mentís? Yo siempre nos miento.

Fragmento de "Come off me"

Quizás realmente haya llegado la hora de estallar, de mostrarle mis garras al mundo, de clavar las tuyas en este puto rumbo que no deja de guiarme hacia tus pies. La rendición, siempre, esta asquerosa devoción que te alza los pasos más allá de mi cabeza y que se erige y se endereza a medida que va haciéndose más pequeña mi ilusión de sobrevivir. Si todos somos la misma mierda, el mismo envase, la misma construcción, pedante reflejo de los lugares más banales y más esquivos de la realidad. Sacate la cara, sacátela, no me sirve mirarte si es detrás de esa putrefacta máscara que te cuida de mi, de vos, de todos, de nadie más. Qué sabés de protegerte si te la pasás rodeando mi espalda con tu abrazo, disimuladamente. Y raspa, sabés, raspa, porque pone el cuero en carne viva, la desaparece entre las vomitivas promesas de tu ternura, y los pelos de tus brazos, de los que me termino aferrando para no caer cuando descubro que si caes vos, te sigo. Y las horas pasan y la inyección de realidad nunca es suficiente, no importa lo que piense la gente ni el tiempo, ni dios. Sos obra del diablo, sos mi sacrificio, el lugar donde me ha encontrado la muerte, de la manera más traicionera posible, sin armas, sin fuerzas, sin ganas de nada más que de anclar mis huesos a tu voz.

Números

En 1780 días:
Lola: 1673
Estúpido Señor Cats: 1435
Fines y principio: 1312
Oda de resurrección: 1186
Todas las veces que me salvé: 894
Martes penitentes: 789
Epifanía: 543
Textos Atrapados: 533
El talle de mi tumba: 529
La causa: 344
De cómo errar en todo: 281
Pepsi, Rawson y el coronel: 264
Lo demás es cosa de valientes: 252
Aporía: 134
Total: 10169
¡Gracias!

sábado, 12 de septiembre de 2015

PRESENTACIÓN DEL LIBRO “TODAS LAS VECES QUE ME SALVE”

En el marco de una política de lucha contra la violencia de género y el femicidio, Aten, a través de la Secretaría de Derechos Humanos, auspició la presentación del libro Todas las veces que me Salvé, de la escritora Alejandra Rey.
Este importante acontecimiento, realizado en el día de ayer en las instalaciones de La Conrado Cultural fue promocionado dentro del espacio a Guitarra Limpia contando con la participación de los cantantes Pedro Palacios, Walter Cuevas, Miguel Sprumont, Sergio Abdala y Mati Moya; también participaron lxs poetas Juliana Biurrun, Juan Aguilar y Hernan Riveiro; además, y como protagonista principal, Alejandra Rey, la autora del libro, realizó una lectura donde la crítica hacia el modelo machista y androcéntrico de nuestra sociedad, mostraba la importancia y urgencia de batallar contra esa cultura e ideología. Junto a ella, subieron al escenario Ivanna Rosales y Marcela Peiris; como representantes de Aten hicieron uso de la palabra Susana Delarriva, Alejandra Delarriva y Marisabel Granda, quienes se refirieron al compromiso indelegable de Aten de luchar en todos los escenarios y espacios contra este flagelo y también mencionaron la importancia de la Resolución N°1633 que habilita a tomar licencia por Violencia de Género a todas las compañeras del sistema educativo neuquino. Esta conquista pone a Neuquén como la tercera provincia a nivel nacional en tener esta licencia.